3 ejercicios que te ayudarán a liberarte del apego

Una vez, un mico hambriento estaba buscando comida entre las ramas de los árboles. De repente, divisó unos cocos en el suelo, así que bajó del árbol para ver si los podía comer. 

Inmediatamente se dio cuenta de que uno de los cocos tenía dos pequeños agujeros y estaba lleno de maní. El mico metió ambas manos con cuidado y tomó sendos puñados de maní. Sin embargo, cuando quiso sacarlas, no pudo porque los puños no cabían por el hueco. Entonces apareció un cazador, que lo apresó y lo vendió a un zoológico.

En muchas ocasiones, generalmente sin darnos cuenta, nos comportamos como el mico de la historia. Sufrimos por culpa del apego.

¿Qué es realmente el apego?

El apego no se limita a las personas y las posesiones materiales, sino también a determinadas relaciones, al status quo dominante, a un hábito o incluso a la imagen que hemos desarrollado de nosotros mismos. Practicar el desapego significa deshacerse de esas ataduras.

El desapego no significa amar menos, sino liberarse de las ataduras que crean el miedo a la pérdida y el sufrimiento. El desapego no es sinónimo de pérdida, sino de ganancia porque también significa vivir con mayor intensidad el presente, siendo plenamente conscientes de que es lo único que tenemos.

“Si miramos el objeto de nuestro apego con una simplicidad nueva, comprenderemos que no es ese objeto lo que nos hace sufrir, sino el modo en que nos aferramos a él”. —Matthieu Ricard

Takuan Sôhô, un monje zen que fue abad del monasterio Daitokuji, en Kyoto, explicó que una persona libre de apegos mundanos no es “de piedra”, sin sentimientos, emociones ni dolor. Significa que no bloquea nada.

En el Bhagavad-gītā, un importante texto sagrado hinduista, Krishna le explica a Arjuna que actuar desde el desapego significa hacer las cosas sin preocuparse por el éxito o el fracaso. Esto significa que cuando nos deshacemos de los apegos no renunciamos a la intención de cumplir nuestros deseos sino al interés obsesivo por los resultados.

3 ejercicios de practicar el desapego

1. Ejercicio de las piedras

A menudo no somos conscientes del peso que representan nuestros apegos. Los llevamos desde hace tanto tiempo que nos hemos acostumbrado a ese pesado fardo. Sin embargo, si de verdad quieres volar alto, debes deshacerte del peso innecesario.

“El desapego es la capacidad de hacernos nada para llegar a ser personas enteras”. —Claudio Naranjo

Este ejercicio consiste en recopilar varias piedras de tamaño medio. Luego, con un rotulador, escribe en cada una de ellas los apegos que tienes, ya sea a personas, relaciones, hábitos, objetos… Cuando hayas terminado, reparte las piedras en tus bolsillos o ponlas en una bolsa. Tendrás que cargarlas durante todo el día. Al cabo de un rato, comenzarán a pesar y se convertirán en obstáculos. En ese momento, revisa las piedras y elige una para deshacerte de ese apego. Tira esa piedra con determinación y alegría, sintiendo como eres cada vez más ligero.

Tirar una piedra donde esté escrito el nombre de un amigo, por ejemplo, no significa cortar con esa persona, sino con el tipo de relación que hemos desarrollado, que es lo que genera sufrimiento y dependencia. Lo más interesante del desapego es que nos permite desarrollar un estado emocional y relacional nuevo a partir del cual podemos construir vínculos de calidad.

Por supuesto, deshacerse de un apego no es tan sencillo como tirar una piedra, pero este ejercicio te ayudará a tomar conciencia de esas dependencias negativas que has desarrollado.

2. Ejercicio para aumentar la tolerancia a la incertidumbre

Cuando nos encontramos en tiempos de incertidumbre, la mente se siente atraída hacia las preocupaciones. Al lidiar con una situación incierta, nos preocupamos excesivamente y nos preguntaremos: “qué pasaría si…” o “es posible que…”, preguntas que solo sirven para exacerbar los aspectos negativos de una situación.

La respuesta más habitual para lidiar con la incertidumbre consiste en intentar eliminarla o evitarla, ya sea buscando reaseguros o evadiendo ciertas actividades. El problema es que incrementar el nivel de certeza no hará que te preocupes menos. Esas actividades solo aliviarán momentáneamente la tensión.

La solución radica en practicar el desapego. Nuestro problema para lidiar con la incertidumbre proviene de nuestro apego a las certezas y las seguridades. Por eso, cuando aumentas tu tolerancia a la incertidumbre, también aprendes a aceptar el flujo de la vida.

“La inteligencia del individuo se mide por la cantidad de incertidumbres que es capaz de soportar”. —Immanuel Kant

Un buen ejercicio consiste en recordar una situación pasada con un alto grado de incertidumbre que haya terminado bien. Recuerda todas las preocupaciones que rondaron tu mente, las preguntas que te planteaste y tus temores. Ahora es probable que esas preocupaciones te parezcan banales, pero en aquel momento no lo fueron.

Intenta ver esas preocupaciones con los ojos de hoy, hasta el punto de que te parezcan francamente ridículas. Cuando logres reírte de algo que te atemorizó, significa que ese miedo ya está superado. Transfiere ese sentimiento a tus preocupaciones actuales de manera que te des cuenta de que quizá dentro de unos días o semanas, habrán quedado atrás.

El objetivo de esta técnica es que comprendas y asumas que tus pensamientos y preocupaciones no son permanentes, sino que cambian continuamente, al igual que tus emociones, por lo que no tiene mucho sentido aferrarte a ellos hasta el punto que te hagan sentir mal. Ante una situación difícil, pregúntate siempre cómo tu mente está empeorando las cosas.

3. Ejercicio de reconocimiento emocional

Cuando tenemos que lidiar con un apego muy intenso debemos comenzar por reconocer y trabajar con nuestros sentimientos. De hecho, las emociones y sentimientos son las que alimentan el apego, como el miedo a la pérdida, la ansiedad por alcanzar una meta o la desesperanza cuando no logramos algo. Esas emociones no son negativas, el problema comienza cuando nos aferramos a ellas durante demasiado tiempo. Por eso es importante aprender a detectarlas, asumirlas y luego dejarlas ir.

Un ejercicio muy sencillo, para cuando te sientas mal, consiste en explorar las emociones que estás sintiendo y fijarte en su expresión corporal. No las juzgues, simplemente nótalas y, luego, asúmelas. Puedes decirte: “me siento enfadado y lo acepto, dejo que esa sensación se exprese”. Un estudio llevado a cabo en la Universidad de California desveló que etiquetar las emociones sirve para reducir su impacto, lo cual se debe a que cuando las expresamos con palabras se activan las zonas del cerebro relacionadas con la inhibición emocional.

A continuación, imagina que esas emociones son como nubes y, al igual que estas, desaparecen con el viento. Imagina esas emociones-nubes y céntrate en cómo desaparecen de tu horizonte. Cuando termines te sentirás mucho mejor.

Recuerda que todo en la vida es temporal. Si las cosas van bien, disfrútalas porque no durarán para siempre. Si van mal, no te preocupes demasiado porque tampoco durarán para siempre.

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