It’s on You (2026), de Nick Chater y George Loewenstein, cuestiona una de las ideas más profundamente arraigadas de nuestra sociedad: que los mayores problemas sociales son, fundamentalmente, consecuencia de nuestras decisiones individuales.
El libro propone mirar en otra dirección. En lugar de preguntarnos únicamente por qué las personas toman determinadas decisiones, invita a analizar las reglas, los incentivos, las instituciones y los entornos que condicionan esas decisiones desde el principio.
Desde la crisis de los opioides y el cambio climático hasta la obesidad, la sanidad, las pensiones o la desigualdad, los autores muestran cómo determinados intereses económicos e institucionales pueden desplazar nuestra atención de las causas estructurales hacia la responsabilidad personal.
¿Por qué tantos problemas continúan enquistados después de décadas de concienciación, campañas y supuestas soluciones?
La respuesta que propone It’s on You resulta incómoda: quizá llevamos demasiado tiempo buscando las soluciones en el lugar equivocado.
La gran virtud de esta perspectiva es que no obliga a elegir entre responsabilidad individual y responsabilidad colectiva. Podemos seguir tomando decisiones personales responsables y, al mismo tiempo, preguntarnos quién diseñó las reglas, qué incentivos existen y a quién benefician. Siempre que aparezca un discurso que reduzca un problema complejo a «la gente debería comportarse mejor», conviene hacer una segunda pregunta: ¿qué elementos del entorno están haciendo que ese comportamiento sea tan frecuente?

¿Por qué culpamos al individuo de problemas que también son sistémicos?
Cuando algo va mal en una sociedad, es bastante natural empezar a buscar culpables.
También forma parte de nuestra naturaleza inclinarnos hacia las explicaciones más sencillas. Y, cuando se trata de repartir responsabilidades, eso suele significar señalar al comportamiento individual.
¿Una epidemia de obesidad?
La explicación sencilla es que las personas deberían comer menos.
¿Una crisis climática?
Que todo el mundo conduzca menos.
Con el paso del tiempo hemos construido una poderosa narrativa según la cual problemas sociales extraordinariamente complejos son el resultado de decisiones personales y, por tanto, también pueden resolverse individuo a individuo.
Pero existe otra manera de observarlos.

La alternativa: estudiar los sistemas que condicionan nuestras decisiones
En lugar de concentrarnos exclusivamente en las decisiones individuales, podemos alejarnos un poco y analizar los sistemas que las moldean.
Todos estamos influidos por normas, incentivos y entornos que hacen que determinados resultados sean mucho más probables que otros.
La tesis de Chater y Loewenstein es que industrias e instituciones han contribuido a desplazar nuestra atención de las transformaciones sistémicas necesarias y que, en determinados casos, incluso han utilizado las ciencias del comportamiento para mantener el statu quo.
Sin embargo, el planteamiento del libro no termina en el pesimismo.
Si los sistemas generan resultados, también podemos rediseñar los sistemas
Si determinadas reglas, instituciones e incentivos contribuyen a crear problemas, también podemos modificarlos para favorecer resultados diferentes.
La pregunta deja entonces de ser únicamente:
«¿Cómo conseguimos que las personas tomen mejores decisiones?»
y pasa a ser:
«¿Cómo diseñamos sistemas que hagan más probables las mejores decisiones?»
Este cambio de enfoque resulta especialmente útil porque evita moralizar problemas que probablemente tengan múltiples causas. Antes de diseñar una campaña basada en educación, disciplina o concienciación individual, sería sensato evaluar también precios, incentivos, accesibilidad, regulación, arquitectura de elección y distribución del poder. En muchos casos, intervenir en esos factores puede resultar más eficaz que repetir mensajes dirigidos al ciudadano.

El cambio climático y la invención de la responsabilidad individual
Existen numerosos problemas de enorme gravedad que solemos tratar como si pudieran resolverse simplemente consiguiendo que las personas tomaran mejores decisiones.
El cambio climático constituye uno de los ejemplos más claros.
Hubo un momento en que la concienciación pública crecía con tanta rapidez que parecía difícil que las grandes compañías de combustibles fósiles pudieran evitar el escrutinio sobre su responsabilidad.
Pero, en lugar de modificar sustancialmente sus planes, algunas empresas desarrollaron una estrategia mucho más eficaz: reformular la conversación.
La huella de carbono personal
Una de las herramientas más importantes utilizadas en estas campañas de relaciones públicas fue la idea de la huella de carbono personal.
Compañías de petróleo y gas como BP comenzaron a ofrecer calculadoras en internet que animaban a las personas a medir y reducir sus propias emisiones.
A primera vista, parece una propuesta empoderadora.
¿Cuánto vuelas?
¿Qué comes?
¿Cómo calientas tu casa?
¿Cuánto conduces?
¿Qué puedes cambiar tú?
Pero el argumento de los autores es que este enfoque también puede servir para redirigir la atención.

De las emisiones industriales a nuestros hábitos cotidianos
En cuanto el foco se coloca sobre los hábitos individuales —cuántas veces volamos, qué comemos o cómo calentamos nuestra vivienda— dejamos de observar con la misma intensidad el sistema económico y energético responsable de una parte sustancial de las emisiones.
Y esta estrategia también tiene una dimensión psicológica.
El fenómeno del crowding out
Cuando una persona realiza pequeñas acciones individuales, como calcular y reducir su huella de carbono, puede experimentar la sensación de:
«Ya he hecho mi parte».
Eso puede, en determinadas circunstancias, reducir el apoyo a transformaciones políticas más amplias.
Este fenómeno se conoce como crowding out: medidas bienintencionadas pueden acabar disminuyendo el impulso necesario para promover cambios estructurales de mayor alcance.
Como consecuencia, algunas de las soluciones potencialmente más eficaces —como la fijación de precios al carbono o una regulación a gran escala— pueden quedar relegadas.
Según el planteamiento desarrollado en el libro, esas soluciones exigirían transformaciones significativas de determinadas industrias, precisamente las transformaciones contra las que esas industrias tienen mayores incentivos para resistirse.
Lo razonable no parece ser abandonar las acciones personales, sino impedir que se conviertan en una coartada para no analizar las emisiones estructurales. Reciclar, consumir menos energía o reducir determinados desplazamientos puede tener valor, pero la conversación debería incluir siempre infraestructura, generación energética, transporte, producción industrial e incentivos económicos. La pregunta útil no es si debemos actuar como individuos o cambiar el sistema, sino cómo hacer ambas cosas sin que una sustituya a la otra.
Obesidad: ¿es realmente solo cuestión de comer menos?
El cambio climático es un ejemplo paradigmático, pero no es el único.
La misma lógica puede observarse en ámbitos tan distintos como la obesidad, la jubilación o la sanidad.

El 40 % de los adultos estadounidenses y la explicación de la fuerza de voluntad
En Estados Unidos, la obesidad afecta aproximadamente al 40 % de la población adulta, según los datos recogidos en el texto.
El relato dominante vuelve a depositar gran parte de la responsabilidad sobre la disciplina personal:
hay que comer menos y moverse más.
Pero los datos que presentan los autores sugieren una historia bastante más compleja.
Qué cambió desde los años ochenta
Hace aproximadamente cincuenta años, la tasa de obesidad de Estados Unidos no era radicalmente distinta de la registrada en otros países.
La situación comenzó a cambiar especialmente durante la década de 1980, coincidiendo con grandes transformaciones del entorno alimentario:
- alimentos procesados más baratos;
- porciones más grandes;
- marketing más agresivo;
- y una mayor desigualdad de ingresos.
El estudio de las familias militares
Uno de los estudios mencionados siguió a familias de militares destinadas a diferentes lugares.
Cuando estas familias se trasladaban a zonas con tasas de obesidad más elevadas, aumentaba también su probabilidad de desarrollar sobrepeso.
Cuando se mudaban a entornos más saludables, el riesgo disminuía.
La conclusión es importante:
no es únicamente la fuerza de voluntad; el entorno también moldea nuestros resultados.
Cómo el precio modifica nuestro comportamiento
El precio constituye otra herramienta poderosa.
Los menús de comida rápida suelen presentar las porciones grandes como una mejor relación cantidad-precio.
Si por una cantidad relativamente pequeña de dinero adicional podemos recibir una cantidad considerablemente mayor de refresco o patatas, resistirse resulta más difícil.

Un diseño aparentemente inocente puede ser un nudge
Estas estrategias pueden considerarse formas de nudging, es decir, maneras de estructurar una elección aprovechando características previsibles del comportamiento humano para aumentar la probabilidad de que escojamos una determinada opción casi sin pensarlo.
Una arquitectura de elección puede llevarnos a consumir el doble de calorías en un restaurante de comida rápida.
Pero el mismo principio también puede utilizarse para dirigir nuestra atención hacia determinados aspectos de un problema y alejarla de otros.
Reducir la obesidad a una falta de voluntad resulta particularmente pobre como explicación cuando millones de personas están expuestas simultáneamente a los mismos cambios del entorno alimentario. Una política o intervención seria debería facilitar que la opción saludable sea también asequible, accesible y sencilla. Si constantemente necesitamos una enorme fuerza de voluntad para elegir bien, quizá también debamos preguntarnos por qué el entorno está haciendo tan difícil esa elección.
Nudge: cómo la economía conductual aprendió a influir en nuestras decisiones
El concepto de nudge adquirió una enorme popularidad en 2008, cuando el jurista Cass R. Sunstein y el economista conductual Richard Thaler publicaron Nudge.
Su propuesta explicaba cómo podían aprovecharse determinados rasgos del comportamiento humano a la hora de presentar diferentes opciones.
Cambiar la elección sin eliminar la libertad
Si diseñamos adecuadamente la forma en la que se presentan las alternativas, podemos incrementar la probabilidad de que las personas adopten la opción deseada sin que perciban necesariamente que han perdido su autonomía.
La opción por defecto, el orden de las alternativas, la presentación de un precio o el modo de redactar un mensaje pueden modificar nuestro comportamiento.
El nudging se ha aplicado posteriormente de muchas maneras.
El problema aparece cuando el nudge sustituye al cambio estructural
En algunas ocasiones pretende ayudar genuinamente a las personas.
Pero Chater y Loewenstein plantean que también puede convertirse en una forma de trasladar la responsabilidad desde quienes diseñan o mantienen determinados sistemas hacia quienes deben desenvolverse dentro de ellos.
El nudge no debería convertirse en una especie de reparación cosmética de sistemas mal diseñados. Antes de añadir otro recordatorio, otra opción predeterminada o una nueva campaña conductual, convendría comprobar si puede eliminarse directamente la barrera que provoca el problema. La economía conductual parece especialmente útil cuando simplifica buenas decisiones, pero resulta mucho más discutible cuando simplemente hace soportable una complejidad que podría evitarse.
Pensiones: cómo el riesgo pasó de las empresas a los trabajadores
Durante buena parte del siglo XX muchos trabajadores dependieron de las llamadas pensiones de prestación definida.
Estos sistemas garantizaban unos ingresos relativamente estables durante la jubilación, agrupaban riesgos y situaban una parte importante de la responsabilidad sobre los empleadores.
Durante un tiempo funcionaron razonablemente bien.
Pero progresivamente este modelo fue desmantelándose.
De las prestaciones definidas a las aportaciones definidas
Las empresas redujeron plantillas y se desplazaron hacia sistemas de aportación definida.
El cambio fue profundo.
La responsabilidad de ahorrar, invertir y gestionar el riesgo dejó de descansar principalmente sobre las empresas y pasó en mucha mayor medida a los individuos.

La economía conductual intenta compensar el problema
Aquí volvieron a intervenir la economía conductual y los nudges.
Una de las medidas consiste, por ejemplo, en establecer la inscripción automática en determinados planes de jubilación como opción predeterminada.
Estas políticas pueden ser útiles.
Sin embargo, el texto sostiene que, de media, las personas pueden perder alrededor de un 40 % de sus ahorros antes de llegar a la jubilación.
Muchas ni siquiera son conscientes de ello.
El problema, según los autores, es que los trabajadores se ven obligados a tomar decisiones extraordinariamente complejas sobre cuestiones financieras que, en muchos casos, no comprenden completamente.
Pedir a toda la población que actúe como si fuera experta en planificación financiera parece una expectativa excesiva. La educación financiera puede ayudar, pero no debería ser la única defensa frente a productos complejos, comisiones, riesgos o decisiones de décadas de duración. Sería preferible que los sistemas incorporasen opciones predeterminadas razonables, costes transparentes, comparaciones comprensibles y salvaguardas frente a errores previsibles.
Sanidad estadounidense: más gasto no significa necesariamente mejores resultados
La sanidad muestra una dinámica similar, aunque con consecuencias todavía más importantes.
Estados Unidos gasta, según las cifras recogidas en el texto, alrededor de 13.000 dólares por persona al año, mucho más que otros países comparables.
Sin embargo, obtiene peores resultados en diversos indicadores, entre ellos la mortalidad materna y la esperanza de vida.
El paciente también debe convertirse en experto en seguros
Una vez más, una gran parte de la responsabilidad se deposita en el individuo.
Se espera que el paciente sea capaz de navegar por un sistema extraordinariamente complejo compuesto por distintos planes, coberturas y condiciones.
Al mismo tiempo, existen estructuras de pago que pueden recompensar el volumen de actividad en lugar del valor obtenido.
Más pruebas y procedimientos pueden significar más ingresos
Esto implica que médicos y hospitales pueden recibir pagos por cada procedimiento, prueba o tratamiento realizado.
Un sistema de este tipo puede crear incentivos para hacer más cosas incluso cuando hacer más no sea necesariamente lo más útil para el paciente.
En sanidad, la complejidad tiene además un coste especial: la persona debe tomar decisiones difíciles precisamente cuando puede estar enferma, preocupada o bajo presión. No parece razonable convertir al paciente en responsable último de descifrar un sistema opaco. La información sobre cobertura, costes, alternativas y resultados debería ser comprensible antes de que el usuario necesite convertirse en especialista en burocracia sanitaria.
La crisis de los opioides: Purdue Pharma y el traslado posterior de la culpa
La crisis de los opioides en Estados Unidos constituye uno de los ejemplos más contundentes utilizados en el libro.
Purdue Pharma financió organizaciones médicas y trabajos académicos destinados a favorecer una mayor prescripción de opioides.
El texto señala además que la American Medical Association recibió una aportación de tres millones de dólares de Purdue y desarrolló posteriormente un curso de formación que alentaba a los médicos a ser menos cautelosos en relación con la prescripción de opioides.
Cuando apareció la adicción, cambió también el relato
Cuando la adicción comenzó a extenderse, la narrativa se desplazó.
En lugar de concentrarse exclusivamente en el sistema que había hecho posible aquella expansión, una parte importante de la responsabilidad comenzó a atribuirse a las decisiones de los individuos.
El patrón vuelve a repetirse
Primero se crea o favorece un determinado entorno.
Después aparecen consecuencias sociales negativas.
Finalmente, esas consecuencias se interpretan como el resultado de malas decisiones personales.
Este caso muestra con especial claridad el peligro de analizar solo el último eslabón de una cadena causal. Para comprender una crisis semejante no basta con estudiar al consumidor final; también hay que reconstruir financiación, marketing, prescripción, regulación e incentivos. Ante problemas de adicción, conviene evitar explicaciones morales demasiado simples y analizar siempre qué condiciones facilitaron que el daño alcanzara una escala masiva.
Plásticos, privacidad y seguridad vial: el mismo mecanismo aparece en todas partes
Esta forma de convertir problemas sistémicos en responsabilidades individuales aparece en muchos otros ámbitos:
- contaminación;
- residuos plásticos;
- privacidad digital;
- seguridad vial;
- sanidad;
- alimentación;
- energía;
- desigualdad económica.
Sistemas rentables que pueden generar costes sociales
El patrón descrito por los autores es similar:
los sistemas se diseñan de maneras económicamente rentables aunque puedan producir consecuencias perjudiciales para la sociedad.
Posteriormente, quienes se benefician de esos sistemas pueden contribuir a construir un relato en el que esos resultados parezcan consecuencia fundamentalmente de decisiones individuales.
Una buena regla práctica consiste en observar dónde termina la responsabilidad cuando una empresa o institución ofrece una solución. Si la respuesta es siempre «el consumidor debe informarse mejor, reciclar mejor, protegerse mejor o leer mejor las condiciones», merece la pena examinar si parte del problema podría resolverse desde el diseño del producto o servicio antes de llegar al usuario.
Desigualdad económica y movilidad social
La desigualdad constituye uno de los ejemplos más claros.
Los sistemas fiscales han cambiado a lo largo del tiempo de formas que, según la interpretación presentada en el libro, han protegido especialmente la riqueza de quienes se encuentran en la parte superior de la distribución y han limitado la movilidad social.
El 43 %, el 4 % y el 40 %
En Estados Unidos, el texto recoge los siguientes datos:
el 43 % de los niños nacidos en el quintil inferior de la distribución de ingresos permanecen en ese mismo quintil cuando son adultos.
Solo alrededor del 4 % consigue alcanzar el quintil superior.
Mientras tanto, aproximadamente el 40 % de los niños nacidos en el quintil superior permanecen también allí cuando llegan a la edad adulta.
¿Hasta qué punto vivimos realmente en una meritocracia?
A pesar de estos patrones, Estados Unidos suele presentarse como una meritocracia en la que el talento y el esfuerzo determinan fundamentalmente la posición que cada persona termina ocupando.
El mensaje vuelve a ser:
depende de ti.
Y los autores destacan una paradoja: incluso algunas personas perjudicadas por un terreno de juego desigual continúan aceptando ese relato, contribuyendo involuntariamente a mantenerlo.
Reconocer factores estructurales no significa negar el esfuerzo personal. Significa evitar atribuir a ese esfuerzo todo el peso explicativo. Cuando se habla de movilidad social conviene observar el punto de partida, las oportunidades disponibles y la probabilidad real de ascender o descender, además de las historias individuales de éxito, que por definición no nos dicen qué ocurre con el conjunto de la población.
El «Gran Mito»: cómo llegamos hasta aquí
Después de estudiar estos casos concretos, It’s on You amplía el foco para analizar cómo surgió este marco de pensamiento.
Los autores lo denominan el «Gran Mito».
Mercados eficientes, individuos responsables y gobierno problemático
Expresado de forma resumida, este relato sostiene que:
- los mercados son inherentemente eficientes;
- los individuos son responsables de sus propios resultados;
- y el gobierno constituye fundamentalmente un problema.
Según el relato histórico desarrollado por los autores, esta visión comenzó a consolidarse después de que Estados Unidos saliera de la Gran Depresión.
Pero alcanzó una fuerza extraordinaria durante la década de 1980.
Ronald Reagan y los años ochenta
Durante la presidencia de Ronald Reagan, esta filosofía encontró una expresión política especialmente clara.
El gobierno pequeño y una regulación más limitada fueron presentados como condiciones necesarias para una economía floreciente.
Del 70 % al 28 %
Durante este periodo, los tipos fiscales aplicables a los ingresos más elevados se redujeron, según las cifras recogidas en el texto, del 70 % al 28 %.
También se debilitó la influencia de los sindicatos y se eliminaron diversas regulaciones.
El supuesto subyacente era que, si las empresas y sus ejecutivos prosperaban, el resto del sistema terminaría ajustándose favorablemente.
Thatcher, Clinton y Obama
El «Gran Mito» llegó a ser tan influyente que modificó la manera de interpretar prácticamente todo, desde la desigualdad hasta la sanidad o las políticas climáticas.
El Reino Unido adoptó una orientación similar bajo el gobierno de Margaret Thatcher.
Los autores sostienen además que presidentes demócratas estadounidenses como Bill Clinton y Barack Obama tampoco llegaron a invertir de manera decisiva esta narrativa.
La parte más interesante de este argumento no es decidir si mercado o Estado son siempre preferibles —una oposición demasiado simple—, sino reconocer que ninguna arquitectura institucional debería darse por buena únicamente por razones ideológicas. Lo recomendable es evaluar qué estructura produce mejores resultados en cada ámbito, qué incentivos genera, qué externalidades aparecen y quién asume los riesgos y beneficios.
La construcción intelectual de una visión antirregulatoria
Cambiar este marco resulta especialmente difícil porque distintos grupos influyentes llevan décadas financiando campañas destinadas a defender una visión crítica con la regulación.
El texto menciona expresamente a la National Association of Manufacturers como uno de esos actores.
El problema de asumir que todos decidimos racionalmente
Los autores consideran defectuoso el «Gran Mito» porque parte de una visión simplificada y anticuada del individuo.
Supone que las personas somos decisores racionales que disponemos de toda la información relevante.
Pero esa imagen ignora aspectos fundamentales:
- la desigualdad en el poder de negociación;
- la información imperfecta;
- las limitaciones cognitivas;
- y externalidades como la contaminación.
Cualquier política basada en un consumidor perfectamente informado y racional corre el riesgo de funcionar bien solo sobre el papel. Al diseñar mercados y regulaciones conviene partir de cómo se comportan realmente las personas: tenemos tiempo limitado, información incompleta y una capacidad finita para comparar opciones complejas.
Albert Hirschman y los «argumentos de perversidad»
El libro conecta también esta forma de pensar con lo que el economista Albert Hirschman denominó «argumentos de perversidad».
Se trata de la afirmación de que determinadas políticas bienintencionadas terminarán provocando precisamente el efecto contrario al que pretenden conseguir.
¿Los cinturones de seguridad nos hacen conducir peor?
Uno de los ejemplos históricos utilizados consistía en afirmar que las leyes que obligaban a utilizar cinturones de seguridad acabarían aumentando las conductas arriesgadas al volante.
Según el texto, aquella afirmación resultó ser falsa.
Regulaciones que terminaron salvando vidas
Pese a la resistencia que determinadas regulaciones de seguridad encontraron en la industria del automóvil, medidas como los cinturones de seguridad y los airbags han salvado un enorme número de vidas.
Aun así, la confianza en el gobierno se ha debilitado.
Y, según el argumento de Chater y Loewenstein, la nueva era de la economía conductual no siempre ha contribuido a corregir ese desequilibrio.
Los efectos secundarios de cualquier regulación deben analizarse, pero convertir la posibilidad de consecuencias no deseadas en una razón automática para no intervenir es igualmente problemático. Lo más sensato es medir resultados reales, revisar las normas cuando sea necesario y abandonar tanto el entusiasmo regulatorio automático como el rechazo regulatorio automático.
«Responsabilización»: cuando todo termina dependiendo de nosotros
En lugar de utilizarse exclusivamente para ayudar a las personas, parte de la política pública inspirada en la economía conductual ha contribuido a lo que se denomina responsabilización.
Comer mejor, proteger nuestros datos, elegir el seguro correcto…
Depende de nosotros:
- elegir alimentos saludables;
- proteger nuestra privacidad;
- aprender a navegar por el laberinto de los seguros médicos;
- comprender los planes de pensiones;
- ahorrar correctamente;
- consumir responsablemente.
Y todo ello incluso cuando esos propios sistemas pueden haber sido diseñados de manera innecesariamente compleja o explotadora.
El desequilibrio fundamental
El resultado es un desequilibrio que puede distraernos de una tarea más importante:
cambiar los sistemas que condicionan una parte significativa de nuestra calidad de vida.
Hay algo poco realista en exigir que cada ciudadano sea simultáneamente nutricionista, asesor financiero, experto en privacidad, especialista en seguros y consumidor perfectamente informado. La responsabilidad personal tiene límites razonables. Un buen sistema debería permitir que una persona normal pueda tomar decisiones aceptables sin necesitar convertirse primero en especialista.
¿Podemos utilizar la economía conductual para rediseñar sistemas?
La pregunta fundamental pasa a ser entonces:
¿cómo sería un sistema diseñado para trabajar con el comportamiento humano en lugar de luchar constantemente contra él?
Pese a las críticas anteriores, la economía conductual también puede utilizarse de manera constructiva, especialmente combinada con nuevas tecnologías.
Automóviles que eviten determinadas conductas peligrosas
Por ejemplo, podrían incorporarse limitaciones tecnológicas en los automóviles destinadas a reducir determinados comportamientos de conducción peligrosa, del mismo modo que existen dispositivos que impiden conducir a personas que han consumido alcohol.
Estas estrategias no intentan «arreglar» psicológicamente a la persona.
Cambiar el sistema en lugar de corregir constantemente al individuo
Reconocen que existe un riesgo humano previsible y modifican el entorno para reducir su probabilidad.
Ese cambio de perspectiva es fundamental.
Este enfoque me parece especialmente interesante cuando existen errores previsibles y las consecuencias pueden ser graves. La clave está en equilibrar seguridad, autonomía, proporcionalidad y evidencia. Antes de pedir a millones de personas que nunca se equivoquen, merece la pena comprobar si la tecnología o el diseño pueden hacer que el error sea menos probable o menos dañino.
Industrias que explotan nuestra inercia
Vivimos rodeados de sistemas diseñados teniendo en cuenta tendencias previsibles del comportamiento humano.
Las aseguradoras sanitarias proporcionan un ejemplo.
Pueden atraer inicialmente a clientes mediante planes aparentemente atractivos y aumentar después los precios, confiando en que la inercia haga que muchos consumidores no cambien de compañía.
Información y transparencia como herramientas de cambio
Dos elementos pueden ayudar a construir sistemas mejores:
información factual y transparencia sobre el destino del dinero.
La transparencia es especialmente importante cuando una empresa obtiene beneficios de que el consumidor no revise periódicamente sus condiciones. Deberían resultar fáciles de comparar el precio inicial, el precio posterior, las comisiones, las renovaciones y las condiciones esenciales. Una competencia real requiere que cambiar de proveedor no sea artificialmente complicado.
Impuestos: no todos funcionan igual
Los impuestos son siempre una cuestión polémica.
Pero comprender cómo funcionan permite evaluar mejor quién gana y quién pierde con cada medida.
Crédito fiscal frente a deducción fiscal
El texto utiliza como ejemplo la diferencia entre:
- un crédito fiscal, que tiende a beneficiar más a familias con menores ingresos;
- y una deducción fiscal, que suele proporcionar mayores beneficios a personas con ingresos más elevados.
Comprender estas diferencias puede modificar nuestra percepción de la fiscalidad.
¿Puede un impuesto ser parte de la solución?
La palabra «impuesto» suele presentarse automáticamente como algo negativo.
Sin embargo, los autores señalan que un impuesto al carbono podría constituir una herramienta muy eficaz para reducir las emisiones.
La percepción ciudadana también dependería de cómo se explicase el destino de los ingresos obtenidos.
Si el gobierno comunicara claramente que ese dinero podría utilizarse, por ejemplo, para reforzar la Seguridad Social o financiar otros programas populares, la actitud hacia esa reforma podría cambiar.
Debatir sobre impuestos únicamente a partir de si «suben» o «bajan» ofrece muy poca información. Una valoración seria debería examinar quién paga, cuánto paga, qué comportamiento pretende modificar, dónde termina el dinero y cuáles son sus efectos distributivos. Esos datos permiten juzgar una medida con mucha más precisión que su etiqueta.
El tabaco demuestra que los sistemas pueden transformarse
La regulación del tabaco constituye uno de los mejores ejemplos históricos.
Fue necesaria una larga confrontación con una enorme campaña de resistencia de la industria tabaquera.
Pero Estados Unidos consiguió reducir significativamente las tasas de tabaquismo y transformar la percepción social sobre los riesgos del cigarrillo.
Impuestos, publicidad y regulación
Los nuevos impuestos y las restricciones publicitarias modificaron progresivamente el entorno.
Lo mismo podría ocurrir, según los autores, con:
- la sanidad;
- la contaminación;
- la industria alimentaria;
- y la industria energética.
Pero para hacerlo posible hace falta otro elemento:
una democracia saludable.
El caso del tabaco recuerda que informar al ciudadano es importante, pero a veces no suficiente. Cuando una industria posee incentivos muy fuertes para promover un producto dañino, pueden ser necesarias medidas que actúen sobre publicidad, disponibilidad, información y costes. Las campañas educativas funcionan mejor cuando el entorno no está enviando simultáneamente el mensaje contrario.
También el sistema político puede ser diseñado y distorsionado
El sistema político es, como cualquier otro sistema, susceptible de ser moldeado.
Y puede deformarse cuando determinadas formas de poder se concentran excesivamente.
Algunos de los cambios más importantes, además, pueden producirse sin llamar demasiado la atención pública.
La Sección 230 y la estructura de internet
El texto utiliza como ejemplo la Sección 230 de la Communications Decency Act estadounidense.
Se trata de una disposición relativamente desconocida para el gran público que terminó protegiendo a las grandes plataformas tecnológicas frente a determinadas responsabilidades por los contenidos publicados a través de ellas.
Según el libro, esta norma desempeñó un papel significativo en la configuración de la estructura del internet moderno.
Medios, think tanks e investigación selectiva
Otros mecanismos pueden igualmente inclinar nuestra forma de comprender los problemas:
- adquisiciones y concentración de medios;
- financiación de think tanks;
- selección interesada de investigaciones;
- difusión de desinformación.
Cuando desaparece la confianza, desaparece también el terreno común
Cuando disminuye la confianza en las instituciones se vuelve más difícil acordar siquiera cuáles son los hechos básicos.
Y si no podemos ponernos de acuerdo sobre los hechos, todavía resulta más difícil ponernos de acuerdo sobre las soluciones.
Por eso los autores consideran fundamental fortalecer los procesos políticos.
Aquí conviene distinguir cuidadosamente entre desacuerdo político legítimo y opacidad. Las sociedades democráticas pueden discrepar profundamente sobre las soluciones, pero necesitan saber quién financia determinadas campañas, estudios, organizaciones y mensajes públicos. Una mayor transparencia no elimina el conflicto político, pero permite comprender mejor quién intenta influir y con qué intereses.
Dinero, transparencia y medios independientes
Reducir la influencia del dinero, incrementar la transparencia y respaldar medios independientes no resolverá inmediatamente todos los grandes problemas sociales.
Pero puede crear las condiciones para un sistema con mayores posibilidades de ser equilibrado y justo.
No es necesario asumir que cualquier financiación privada distorsiona automáticamente el debate para reconocer que conocer su origen mejora nuestra capacidad crítica. El estándar más útil sería más trazabilidad sobre financiación, conflictos de interés, propiedad de medios y patrocinio de investigaciones, de modo que el lector pueda valorar la información con mayor contexto.
Por qué nos resistimos tanto al cambio
Existe además otro problema fundamental:
los seres humanos tendemos a resistirnos al cambio.
Incluso cuando una transformación podría producir mejores resultados, venderla políticamente puede resultar muy difícil.
Y parte de la explicación está relacionada con la manera en la que funciona nuestra mente.
Somos extraordinariamente buenos adaptándonos
Los humanos tenemos una enorme capacidad de adaptación.
Pero esa capacidad posee dos caras.
Por un lado, podemos ajustarnos rápidamente a nuevas circunstancias.
Por otro, también podemos acostumbrarnos a sistemas ineficientes, injustos o incluso dañinos.
Aquello a lo que estamos acostumbrados termina convirtiéndose en nuestra nueva normalidad.
Y cualquier alteración de esa normalidad puede parecernos arriesgada o incómoda incluso si el nuevo sistema supone una gran mejora.
La resistencia inicial no debería utilizarse por sí sola como prueba de que una reforma es mala, pero tampoco debería ignorarse. Una buena estrategia consiste en probar cambios de manera evaluable, medir sus efectos y permitir que la experiencia real sustituya progresivamente a las expectativas abstractas.
Las prohibiciones de fumar parecían radicales hasta que dejaron de parecerlo
Una vez más, la historia del tabaco resulta esclarecedora.
Antes de eliminar progresivamente el humo de cigarrillos de bares, restaurantes y lugares de trabajo, muchas personas advertían sobre pérdidas de libertad y enormes perjuicios para los negocios.
Hoy, en cambio, los espacios sin humo constituyen la normalidad en muchos lugares.
Incluso muchos fumadores actuales considerarían desagradable regresar a la situación anterior.
La tarificación por congestión siguió una evolución similar
Más recientemente, los sistemas de peaje o tarificación por congestión han seguido un camino parecido.
En Estocolmo, la oposición pública era intensa antes de la entrada en vigor de la medida.
Pero después de que la población experimentara una reducción del tráfico y desplazamientos más fluidos, el apoyo aumentó considerablemente.
Londres, Oslo y Milán
Patrones similares aparecieron en ciudades como:
- Londres;
- Oslo;
- Milán.
Lo que inicialmente se percibía como una tasa impopular fue ganando aceptación una vez que comenzaron a percibirse sus beneficios.
Estos ejemplos muestran por qué resulta útil acompañar las reformas de evaluaciones antes y después. Si una medida produce los beneficios prometidos, los datos deberían mostrarlo; si no los produce, también. Sustituir el debate puramente hipotético por resultados medibles mejora mucho la discusión pública.
Impuestos a las bebidas azucaradas y prohibición de las grasas trans
El libro señala dinámicas similares con los impuestos sobre las bebidas azucaradas y las prohibiciones de grasas trans.
Muchas políticas encuentran una fuerte resistencia inicial.
Pero una vez superado el ruido político y experimentados sus efectos, las personas pueden descubrir que determinadas reglas que limitan ciertos riesgos producen mejores resultados colectivos.
Lo importante es no convertir los ejemplos exitosos en una justificación automática de cualquier prohibición o impuesto. Cada intervención debería demostrar que el problema está bien identificado, existe evidencia razonable de eficacia y los costes y efectos secundarios son proporcionados. El precedente sirve para demostrar que cambiar las reglas puede funcionar, no que todas las reglas nuevas funcionen.
El tiempo también nos engaña: nos acostumbramos al deterioro gradual
Existe otro factor decisivo: el tiempo.
Cuando un cambio se produce lentamente, puede pasar desapercibido.
El ejemplo de la desigualdad salarial
La brecha salarial ha aumentado progresivamente en Estados Unidos desde la década de 1980.
Al producirse lentamente, durante décadas, puede llegar a parecer normal.
Pero imaginemos que exactamente el mismo incremento de desigualdad se hubiera producido de un día para otro.
La reacción social probablemente habría sido completamente diferente.
Los cambios graduales resultan más fáciles de aceptar
Un deterioro progresivo durante décadas es mucho más fácil de absorber psicológicamente.
Por eso amenazas incrementales como:
- el cambio climático;
- o la erosión democrática
pueden avanzar sin recibir una respuesta proporcional a su importancia.
Eso no significa que sean menos graves.
Significa que nuestra capacidad de adaptación puede impedirnos percibir adecuadamente la magnitud de lo que está cambiando.
Por eso resulta tan importante comparar el presente no solo con el año anterior, sino también con horizontes más largos. Las series históricas pueden mostrar transformaciones que nuestra memoria cotidiana no detecta. Cuando una tendencia afecta durante décadas a salarios, vivienda, medio ambiente o instituciones, conviene observar el acumulado y no únicamente la variación anual.
Derechos civiles, protecciones laborales y salud pública: los sistemas sí cambian
La historia también ofrece razones para el optimismo.
Podemos observar:
- el movimiento por los derechos civiles;
- las protecciones laborales;
- las medidas de salud pública que hoy damos por supuestas.
Todas ellas requirieron presión sostenida y acción colectiva.
El cambio no necesita ser perfecto para comenzar
Las transformaciones no tienen que parecer perfectas desde el primer momento.
Tienen que empezar.
Después, las personas se adaptan.
Y aquello que inicialmente parecía extraño o disruptivo puede acabar convirtiéndose en la nueva normalidad.
Este recordatorio es útil frente a dos tentaciones opuestas: creer que ningún sistema puede cambiar o pensar que cualquier cambio será necesariamente positivo. La experiencia histórica sugiere algo más modesto y práctico: los sistemas pueden modificarse, pero las reformas necesitan seguimiento, correcciones y evaluación constante.
La gran conclusión de It’s on You
La principal idea que dejan Nick Chater y George Loewenstein es que muchos de nuestros mayores problemas sociales persisten porque continuamos mirando en el lugar equivocado.
Nos animan a centrar nuestra atención en el comportamiento individual:
nuestras elecciones,
nuestros hábitos,
nuestra disciplina,
nuestra responsabilidad.
Mientras tanto, algunos de los factores más importantes permanecen en los sistemas que nos rodean.
Cambio climático, desigualdad, sanidad y adicciones comparten una misma pregunta
Ya hablemos de:
- cambio climático;
- desigualdad;
- sanidad;
- adicciones;
- obesidad;
- jubilación;
- privacidad;
- contaminación;
los autores sostienen que determinados intereses poderosos pueden contribuir a configurar las reglas del juego y, posteriormente, fomentar una narrativa según la cual los resultados son fundamentalmente consecuencia de decisiones personales.
La responsabilidad personal sigue importando
La conclusión no es que nuestras decisiones carezcan de importancia.
Las decisiones individuales importan.
Pero se producen dentro de un contexto.
Y ese contexto determina en gran medida qué opciones resultan fáciles, difíciles, rentables, costosas, visibles o incluso imaginables.
La pregunta que quizá deberíamos hacernos
El progreso real, según el argumento central de It’s on You, requiere mirar también hacia el diseño de esos sistemas:
cambiar los incentivos,
fortalecer determinadas regulaciones,
hacer más transparentes las instituciones,
y conseguir que los procesos democráticos sean más resistentes a la influencia de los intereses concentrados.
Durante décadas nos hemos vuelto cada vez mejores diciéndole a la gente que debe tomar mejores decisiones.
Quizá haya llegado el momento de preguntarnos algo diferente:
¿estamos ofreciendo a las personas mejores sistemas en los que poder tomarlas?
Esa es probablemente la idea más fértil que deja el libro. No necesitamos elegir entre un mundo en el que nadie es responsable de nada y otro en el que cada persona es completamente responsable de todo lo que le ocurre. Podemos exigir responsabilidad individual al mismo tiempo que exigimos sistemas razonablemente diseñados.
Cuando un problema afecta de manera persistente a millones de personas, la recomendación más útil quizá sea resistir la tentación de explicar inmediatamente qué están haciendo mal esos millones de individuos. Antes conviene observar las reglas, los precios, los incentivos, la información disponible, las opciones predeterminadas y quién posee capacidad real para modificarlos.
Porque a veces la pregunta decisiva no es:
«¿Por qué la gente sigue tomando malas decisiones?»
sino:
«¿Por qué hemos construido un sistema en el que resulta tan fácil tomarlas?»
