Siempre nos preguntamos cuál será el próximo avance tecnológico pero muy pocas veces, nos preguntamos para qué o por qué. Es como si caminásemos hacia un nuevos y nuevos descubrimientos más encauzados a “vender” nuevos productos que a generar “soluciones” realmente necesarias o trascendentes para la vida de las personas.

Por ejemplo, la gente no necesita nuevos relojes inteligentes. Necesita aprender o poder usar su tiempo, de forma inteligente.

Hay quienes piensan que el problema parte de que se está avanzando muy rápidamente en nuevas tecnologías y sin embargo, se están frenando preocupantemente los avances en ciencias sociales como la filosofía. Por eso, organizaciones como Aspen Institute España editan anualmente su seminario Sócrates. En él, un moderador usa la técnica de este filósofo griego durante las jornadas para conducir a los participantes a descubrir sus propias respuestas sobre un tema dado. Reunen a destacados representantes del sector académico, empresarial, científico y público para reflexionar sobre el futuro de la sociedad global y los retos actuales. Pensar en lo que están haciendo y ser conscientes de ello.

Coincido plenamente con uno de sus planteamientos esenciales :necesitamos preguntas grandes y ambiciosas, más allá de cómo crear un producto innovador.

Cada vez nos preocupan más los temas relacionados con la tecnología y la digitalización que provocarán la destrucción de empleo sumados al temor por los problemas que la inteligencia artificial, la globalización pueden traer a nuestra sociedad. Y quizás tengan razón en su creciente preocupación ya que los ciudadanos con menor nivel educativo especializado han perdido el acceso a los únicos trabajos bien remunerados.

La brecha digital no es sólo material, hay una parte de la sociedad que está siendo aislada porque el mundo está cambiando demasiado deprisa y todos esos cambios están influyendo en su vida como una amenaza en lugar de una oportunidad.  Es por tanto, una tecnología que nos divide entre aquellos a los que tecnología les está quitando el trabajo y, por otra, los que aprovechan sus oportunidades para tener trabajo gracias a ellas.

Y quizás por ello, frente al peligro de la “globalización” vinculada a la tecnología gl expansión de movimientos populistas de ultraderecha que promueven el aislacionismo. Podríamos pensar que ese «nacionalismo defensivo» se debe a la desesperanza y a la decepción de que el progreso tecnológico no haya significado progreso social. Hay quienes opinan que, ante esto, solo tenemos dos salidas: una política de renta básica universal como derecho de todo ciudadano, independientemente de su situación económica y de si trabaja o no, o bien retroceder en el avance globalizador con un “nacionalismo defensivo” que nos aisle (como por ejemplo, eligieron los británicos al optar por el Brexit).

 

A veces olvidamos la parte más importante: no sólo se puede innovar fuera de la tecnología, las innovaciones más importantes se producen fuera de ella.

Debemos hacer frente a un mundo en el que la sociedad acumula información pero no conocimiento.  Mientras que en España se están eliminando asignaturas como “filosofía, en Silicon Valley cada vez es más común encontrar filósofos entre las plantillas de desarrolladores informáticos y expertos en marketing.

Es  necesario superar la crisis de valores, fomentar el pensamiento crítico y un desarrollo basado en el bien común haciendo frente a sistema ético complejo pero también enriquecido. La sociedad de mercado tiene en sus manos una herramienta de neutralización o alienación a través de los medios de comunicación, sobre los cuales, cae el peso de análisis y creación de círculos de opinión.

¿Hasta qué punto nos manipulan quienes nos hablan de las comunidades como un economías emergentes? ¿Por qué inevitablemente transformamos, en nuestros discursos de “progreso”, a las personas en economías?

No creo que seamos un ejemplo a imitar ni mucho menos recomendar. Otro tipo de vida es posible. Otro tipo de vida en la que el bienestar y la felicidad está en otra parte. En algún lugar que Occidente aún no ha encontrado. Quizás en todas aquellas que Arundhati Roy llamaba “pequeñas cosas” y que quizás, podremos hallar, intuir, sentir… mientras nuestros pies recorren nuestros propios paisajes internos.


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