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Síndrome de Munchausen por poderes: el trastorno psicológico que convierte el cuidado en una forma de maltrato

Trastorno facticio impuesto a otro: qué es, cuáles son sus causas, cómo identificar las señales de alerta y por qué puede convertirse en una de las formas más difíciles de detectar de maltrato infantil.

Imagina a una madre que lleva constantemente a su hijo al hospital. Los médicos la conocen bien. Siempre está pendiente de las pruebas, recuerda cada medicamento, pregunta por los resultados y permanece junto a la cama durante las hospitalizaciones. Para quienes la rodean, es un ejemplo de dedicación.

Sin embargo, existe una posibilidad inquietante: que esa misma persona esté inventando, exagerando o provocando deliberadamente algunos de los problemas de salud que llevan al niño al hospital.

Lo que parece una historia de cuidados puede esconder una relación de abuso.

Este fenómeno se conoce como trastorno facticio impuesto a otro, anteriormente denominado síndrome de Munchausen por poderes. Se trata de un trastorno psiquiátrico poco frecuente en el que una persona falsifica o provoca síntomas de enfermedad en alguien que se encuentra bajo su cuidado y presenta a esa persona ante los demás como enferma o incapacitada.

Sus consecuencias pueden ser graves: exploraciones médicas innecesarias, administración injustificada de medicamentos, hospitalizaciones repetidas, sufrimiento psicológico y, en situaciones extremas, lesiones potencialmente mortales.

Lo verdaderamente desconcertante es que quien provoca el daño puede presentarse públicamente como la persona más preocupada por la salud de la víctima.

Pero es necesario introducir una distinción fundamental: ser una madre o un padre muy preocupado, acudir frecuentemente al hospital o cuestionar un diagnóstico nunca constituye, por sí mismo, una prueba de este trastorno. Muchas familias conviven con enfermedades raras, difíciles de diagnosticar o insuficientemente reconocidas.

Comprender el trastorno exige distinguir entre el engaño deliberado, la preocupación legítima, los errores de interpretación y las necesidades reales de atención médica.

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1. ¿Qué es el síndrome de Munchausen por poderes?

El trastorno facticio impuesto a otro es una alteración psicológica caracterizada por la falsificación o inducción intencionada de síntomas físicos o psicológicos en otra persona.

Su característica esencial es que quien ejerce esta conducta se presenta ante el entorno sanitario como cuidador de una persona enferma, aunque haya contribuido deliberadamente a crear o falsear esa situación.

Según el Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales (DSM-5-TR), el diagnóstico se aplica a la persona que falsifica o provoca los síntomas, no a la víctima.

Por ejemplo, un cuidador podría afirmar repetidamente que un niño sufre episodios de fiebre que nunca se han producido. En otros casos, podría alterar muestras clínicas, manipular información médica o administrar sustancias que generen síntomas reales.

Esto significa que el problema puede manifestarse de dos maneras distintas:

  • Enfermedad fabricada: se comunican síntomas inexistentes o se falsifican pruebas para aparentar que alguien está enfermo.
  • Enfermedad inducida: se provoca deliberadamente un problema de salud que antes no existía.

También puede exagerarse una enfermedad auténtica. Una persona puede padecer una patología real y, simultáneamente, ser víctima de falsificaciones o intervenciones perjudiciales.

El Manual MSD explica que las personas afectadas pueden llegar a sufrir enfermedades graves debido a estas conductas y que el trastorno resulta especialmente difícil de reconocer cuando la víctima no puede explicar qué sucede.

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Un trastorno psiquiátrico y una forma de maltrato

Conviene entender dos dimensiones diferentes.

Desde la perspectiva psiquiátrica, el trastorno describe determinados comportamientos de engaño relacionados con la enfermedad y el papel de cuidador.

Desde la perspectiva de protección de la infancia, la fabricación o inducción de enfermedades puede constituir una forma de maltrato, con independencia de que exista un diagnóstico psiquiátrico confirmado en la persona responsable.

Esta distinción es esencial: proteger a una víctima no requiere esperar a demostrar que su cuidador padece un trastorno mental concreto.

La atención prioritaria debe centrarse en identificar qué daños está sufriendo la persona dependiente, detenerlos y garantizar que recibe cuidados seguros.

2. ¿Por qué se llama síndrome de Munchausen por poderes?

El nombre procede del barón de Münchhausen, un personaje histórico alemán del siglo XVIII cuya figura inspiró numerosos relatos de aventuras extraordinarias y exageradas.

Con el tiempo, su apellido quedó asociado a narraciones fantásticas e improbables.

En la medicina, el síndrome de Munchausen comenzó a utilizarse para describir situaciones en las que una persona simula o provoca enfermedades en sí misma.

Posteriormente se incorporó la expresión «por poderes» para identificar aquellos casos en los que la persona que falsifica la enfermedad utiliza a otra como paciente.

La diferencia es importante.

En el trastorno facticio impuesto a uno mismo, el individuo se presenta como enfermo.

En el trastorno facticio impuesto a otro, el individuo convierte a una persona dependiente en el supuesto paciente.

En ambos casos puede existir engaño relacionado con una enfermedad, pero las consecuencias son especialmente graves cuando hay una tercera persona sometida a procedimientos médicos o daños que no ha elegido.

¿Por qué se ha cambiado el nombre?

La denominación contemporánea, trastorno facticio impuesto a otro, describe de manera más precisa el comportamiento clínico.

También permite diferenciar el diagnóstico psiquiátrico de la situación de abuso que puede estar sufriendo la víctima.

En España, el Manual de Codificación CIE-10-ES de 2026, publicado por el Ministerio de Sanidad, recoge el trastorno facticio aplicado a otro con el código F68.A y distingue expresamente el diagnóstico del perpetrador de los códigos correspondientes al maltrato confirmado o sospechado de la víctima.

3. ¿Cómo puede una persona utilizar la enfermedad para ejercer control?

Una de las características más desconcertantes de este fenómeno es la contradicción entre la imagen pública del cuidador y las acciones perjudiciales que puede realizar.

Desde fuera, es posible observar una persona aparentemente comprometida con la recuperación de un familiar.

Puede acudir a todas las consultas, documentar los síntomas, hablar con especialistas y asumir una parte importante de las responsabilidades de cuidado.

Ninguna de esas conductas es sospechosa por sí sola. Son comportamientos habituales y positivos en muchas familias.

El problema aparece cuando existe evidencia de que la persona está falsificando información o provocando daños deliberadamente.

La enfermedad como centro de la relación

En algunos casos, la enfermedad se convierte en el elemento alrededor del cual se organiza toda la vida familiar.

Las visitas médicas estructuran la rutina. Las hospitalizaciones justifican cambios importantes. Las conversaciones giran alrededor de diagnósticos, resultados y tratamientos.

El cuidador puede obtener reconocimiento, atención o proximidad de otras personas por el papel que desempeña.

La condición de persona indispensable también puede reforzar una relación de dependencia con la víctima.

Sin embargo, sería incorrecto afirmar que todas las personas con este trastorno buscan exactamente lo mismo.

Las motivaciones son diversas, no siempre resultan conscientes en todos sus aspectos y todavía no se comprenden completamente.

El engaño como parte central del problema

Una diferencia importante respecto a otras formas de preocupación excesiva por la salud es la presencia de falsificación o inducción intencionada.

No hablamos simplemente de una madre que cree equivocadamente que su hijo está enfermo.

Tampoco de un padre que interpreta de manera alarmista un síntoma.

El componente facticio exige que haya una conducta deliberada de engaño o producción de síntomas.

Esta distinción evita confundir problemas diferentes y protege a las familias frente a acusaciones infundadas.

4. ¿Quiénes pueden ser víctimas?

Aunque el trastorno suele asociarse a madres y niños pequeños, cualquier persona que dependa significativamente de otra para recibir cuidados puede encontrarse en una situación de vulnerabilidad.

Entre las posibles víctimas se encuentran los menores de edad, las personas mayores dependientes y los adultos con determinadas discapacidades o necesidades de apoyo.

Los niños pequeños son especialmente vulnerables porque todavía no disponen de las herramientas necesarias para identificar, comprender o comunicar lo que sucede.

Un bebé no puede explicar que le han administrado una sustancia.

Un niño de tres años puede carecer del lenguaje necesario para describir correctamente sus síntomas.

Incluso los menores de más edad pueden encontrar dificultades cuando la persona responsable del daño es alguien de quien dependen emocionalmente.

¿Por qué resulta tan difícil reconocer el abuso?

Cuando un niño siente dolor o experimenta síntomas después de una intervención deliberada de su cuidador, el sufrimiento es real.

Puede presentar vómitos, somnolencia, dificultades respiratorias u otras alteraciones clínicas.

Para el personal sanitario, el desafío consiste en identificar la causa de esos problemas sin presuponer que necesariamente corresponden a una enfermedad espontánea.

Además, el niño puede haber aprendido a interpretar su propia identidad a través del discurso del cuidador.

Si durante años ha escuchado que es frágil, que tiene una enfermedad grave o que no puede realizar determinadas actividades, quizá termine creyéndolo.

La enfermedad, real o fabricada, puede condicionar su desarrollo psicológico, sus relaciones sociales y la percepción de sus propias capacidades.

5. ¿Es realmente un trastorno raro?

El trastorno facticio impuesto a otro se considera poco frecuente, pero establecer su prevalencia real resulta complicado.

Uno de los principales problemas es que los casos confirmados representan únicamente una parte de las situaciones que pueden existir.

Algunos comportamientos nunca llegan a identificarse. Otros se reconocen después de años de consultas médicas, y determinados casos pueden quedar registrados únicamente como maltrato sin que exista una evaluación psiquiátrica completa del responsable.

Por eso, resulta arriesgado ofrecer una cifra exacta sobre cuántas personas lo padecen.

La Cleveland Clinic señala que no existen estadísticas suficientemente fiables sobre su frecuencia en Estados Unidos.

¿Qué dice la investigación científica?

Una revisión sistemática publicada en 2026, basada en 455 personas identificadas como perpetradoras y 469 víctimas descritas en la literatura, examinó las características de estos casos y las intervenciones realizadas.

En la muestra analizada, la relación madre-hijo representaba aproximadamente el 72,5 % de las relaciones registradas entre responsables y víctimas.

También se describieron situaciones que afectaban a padres, otros familiares, parejas y personas vinculadas al ámbito asistencial.

Es importante interpretar adecuadamente este resultado: el 72,5 % no representa la proporción real de madres entre todos los casos existentes. Se refiere a los casos recogidos en esa revisión, sujetos a sesgos de identificación y publicación.

La investigación también identificó como motivos frecuentes de sospecha la aparición de síntomas en presencia del presunto responsable y la mejoría observada cuando este se encontraba ausente.

Estos patrones pueden orientar una investigación, pero nunca demuestran por sí solos una conducta de abuso.

El conocimiento científico continúa evolucionando, especialmente respecto a las motivaciones psicológicas, las posibilidades de tratamiento y los resultados a largo plazo.

6. Las señales de alerta: ¿cómo se puede detectar?

Identificar un posible caso exige una evaluación cuidadosa. No existe una conducta aislada que permita confirmar el trastorno.

Las guías clínicas del National Health Service británico (NHS) y del National Institute for Health and Care Excellence (NICE) describen una serie de indicadores que pueden justificar investigaciones adicionales.

Síntomas que aparecen únicamente en determinadas circunstancias

Una señal que puede resultar relevante es que los episodios de enfermedad aparezcan exclusivamente cuando está presente un cuidador concreto.

Por ejemplo, un niño podría presentar alteraciones frecuentes en su domicilio que desaparecen durante una estancia hospitalaria.

Sin embargo, esto también puede ocurrir por causas ambientales, diferencias de exposición, enfermedades intermitentes u otros factores médicos.

Por tanto, observar una mejoría fuera del entorno familiar no demuestra automáticamente un abuso.

Historias clínicas contradictorias

En algunos casos aparecen discrepancias importantes entre los síntomas relatados y los resultados de las exploraciones.

Puede ocurrir que el cuidador describa episodios de gran gravedad que nunca han podido documentarse.

También podrían existir diferencias significativas entre los informes médicos de distintos centros.

Antes de atribuir esas discrepancias a una falsificación deliberada, es necesario revisar posibles errores administrativos, problemas de comunicación o enfermedades difíciles de identificar.

Pruebas y tratamientos que no producen los resultados esperados

Otra señal potencial es la ausencia persistente de respuesta a tratamientos que normalmente deberían mejorar una enfermedad determinada.

En ocasiones, los síntomas cambian de forma inesperada después de que se descarte una patología.

Sin embargo, los tratamientos también pueden fracasar por múltiples razones legítimas, incluidas enfermedades resistentes, diagnósticos incompletos o respuestas individuales poco habituales.

Limitaciones desproporcionadas de la vida cotidiana

Algunos niños pueden encontrarse sometidos a restricciones que no corresponden con su situación clínica.

Por ejemplo, podrían dejar de asistir al colegio, abandonar actividades deportivas, evitar relacionarse con otros menores o depender de dispositivos de apoyo sin una justificación médica suficiente.

Este tipo de restricciones puede afectar gravemente al desarrollo social y emocional.

El objetivo clínico no consiste en juzgar si una familia protege demasiado a su hijo, sino en determinar si las limitaciones responden a necesidades sanitarias reales y si perjudican injustificadamente al menor.

Control excesivo de la comunicación con el paciente

En determinadas situaciones, el cuidador intenta responder todas las preguntas dirigidas al niño o impide que los profesionales hablen con él a solas cuando su edad y circunstancias lo permiten.

La evaluación directa del paciente puede ayudar a identificar diferencias entre su experiencia y la información proporcionada por terceros.

De nuevo, este comportamiento aislado no constituye una prueba: existen padres que intervienen por nerviosismo, barreras lingüísticas o dificultades de comunicación.

Lo relevante es estudiar el conjunto de circunstancias.

Las recomendaciones NICE subrayan que las señales de sospecha deben interpretarse en el marco de una valoración clínica y no como una confirmación automática del maltrato.

7. ¿Cómo puede provocar una enfermedad la persona cuidadora?

La inducción deliberada de síntomas puede adoptar formas diferentes y presentar grados de gravedad muy distintos.

Es importante describirlas sin convertir esta información en instrucciones que puedan facilitar el abuso.

Manipulación de la información médica

La modalidad menos directamente invasiva consiste en comunicar síntomas que no se han producido, alterar su gravedad o presentar antecedentes clínicos falsos.

Estas afirmaciones pueden desencadenar consultas especializadas, pruebas de laboratorio o tratamientos innecesarios.

Aunque el cuidador no provoque físicamente una enfermedad, el daño puede aparecer como consecuencia de las decisiones médicas tomadas a partir de información incorrecta.

Manipulación de pruebas diagnósticas

En determinados casos documentados se han alterado muestras o resultados clínicos para aparentar una patología.

Esto puede conducir a diagnósticos erróneos y procedimientos que de otro modo no se habrían realizado.

La revisión de los procesos de recogida de muestras, la coherencia de los resultados y la información disponible en distintos centros puede ayudar a detectar irregularidades.

Administración de medicamentos innecesarios

Otra forma especialmente peligrosa consiste en suministrar medicamentos o sustancias sin indicación clínica, con el objetivo de producir síntomas.

Las consecuencias dependen de la sustancia, de la dosis y de las características de la víctima, y pueden llegar a ser graves.

También puede existir interferencia deliberada con un tratamiento correctamente prescrito.

Privación de alimentos o cuidados

Se han descrito situaciones en las que el cuidador restringe la alimentación o impide determinados cuidados necesarios.

El resultado puede ser una alteración del crecimiento, un empeoramiento del estado físico o la aparición de nuevos problemas de salud.

Cuando estas conductas son deliberadas, constituyen un riesgo directo para la integridad de la persona dependiente.

Provocación de lesiones o síntomas físicos

En los casos de mayor gravedad se han documentado agresiones destinadas a provocar signos de enfermedad.

El NHS incluye entre las conductas descritas en la literatura médica la inducción de enfermedades, la manipulación de tratamientos y otras formas de daño físico.

Es fundamental subrayar que estos comportamientos no son equivalentes a cometer un error con un medicamento o interpretar incorrectamente una recomendación sanitaria.

La intencionalidad, las circunstancias, las pruebas disponibles y el contexto clínico resultan decisivos para comprender cada caso.

8. ¿Por qué alguien querría enfermar a una persona a la que cuida?

Esta es probablemente una de las preguntas más difíciles de responder.

La intuición nos lleva a pensar que una persona cuidadora intenta proteger a quien depende de ella. Cuando sucede lo contrario, resulta complicado comprender la conducta desde una perspectiva cotidiana.

No existe una explicación psicológica única.

Los estudios científicos han identificado diferentes factores potencialmente asociados, pero todavía no permiten construir un modelo causal definitivo.

La necesidad de reconocimiento

Algunas personas pueden encontrar gratificación psicológica en ser consideradas cuidadoras extraordinarias.

La preocupación de médicos, familiares y amistades puede situarlas en el centro de una red de atención y apoyo.

La enfermedad de la víctima puede convertirlas en protagonistas de una historia de sacrificio personal.

Esto no significa que las personas que cuidan intensamente a familiares enfermos estén buscando reconocimiento patológico.

El cuidado prolongado exige esfuerzos reales, y recibir apoyo social es una necesidad legítima.

La diferencia reside en crear o falsificar deliberadamente la enfermedad.

La identidad construida alrededor del cuidado

Para determinadas personas, el papel de cuidador puede adquirir una importancia extraordinaria en su identidad.

Ser imprescindible puede proporcionar una sensación de propósito, seguridad o reconocimiento.

En algunos casos, la posibilidad de que la víctima mejore puede amenazar esa posición.

Si la persona dependiente recupera autonomía, disminuye también la necesidad constante de cuidados.

Esta hipótesis puede ayudar a comprender ciertas conductas, pero no debe utilizarse para atribuir motivaciones sin una evaluación psicológica individual.

Experiencias traumáticas anteriores

Algunos estudios han encontrado antecedentes de adversidad, abuso, pérdidas importantes o relaciones familiares difíciles entre personas diagnosticadas con trastornos facticios.

Estas experiencias pueden contribuir a dificultades de regulación emocional o a formas problemáticas de establecer vínculos.

Sin embargo, haber sufrido un trauma no convierte a una persona en potencial agresora.

La inmensa mayoría de quienes han vivido experiencias adversas no desarrollan conductas de este tipo.

Las asociaciones estadísticas tampoco demuestran que una experiencia determinada sea la causa del trastorno.

Dificultades emocionales y otros trastornos mentales

En algunos casos se han identificado trastornos de personalidad u otros problemas psicológicos concurrentes.

Es posible que existan dificultades relacionadas con la regulación emocional, el miedo al abandono, la necesidad de atención o la percepción de las relaciones interpersonales.

Pero no existe un perfil psicológico que permita identificar de forma fiable a una persona responsable de este tipo de abuso.

Tampoco sería correcto equiparar un trastorno de personalidad con una conducta de maltrato.

La mayor parte de las personas que reciben atención por problemas de salud mental no ejercen estas conductas.

La Cleveland Clinic señala que las causas exactas del trastorno facticio impuesto a otro siguen siendo desconocidas y que los factores identificados no explican todos los casos.

9. La diferencia entre fingir una enfermedad y creer equivocadamente que alguien está enfermo

Uno de los aspectos más importantes de este tema es distinguir las conductas deliberadas de aquellas motivadas por interpretaciones erróneas.

Imaginemos una familia cuyo hijo presenta cansancio, dolores recurrentes y dificultades para acudir al colegio.

Los médicos realizan numerosas pruebas, pero no identifican una causa clara.

Los progenitores continúan buscando respuestas porque consideran que algo no funciona correctamente.

¿Estamos ante un trastorno facticio impuesto a otro?

No necesariamente. De hecho, esa descripción por sí sola no proporciona pruebas del trastorno.

Existen numerosas enfermedades que pueden tardar años en diagnosticarse.

También hay síntomas funcionales, trastornos complejos y condiciones clínicas cuya identificación requiere valoraciones especializadas.

Las presentaciones clínicas desconcertantes

El Royal College of Paediatrics and Child Health (RCPCH), organismo profesional de referencia en pediatría en Reino Unido, distingue las llamadas perplexing presentations, es decir, situaciones clínicas difíciles de explicar.

En estos casos pueden existir discrepancias entre las molestias comunicadas y los hallazgos médicos sin que haya pruebas de engaño deliberado.

El cuidador puede estar actuando desde una preocupación sincera, aunque sus creencias sobre el estado de salud del niño sean incorrectas.

La respuesta apropiada puede incluir revisar diagnósticos, coordinar especialistas, mejorar la comunicación y elaborar un plan de rehabilitación sanitaria y educativa.

Por tanto, las presentaciones clínicas desconcertantes y el trastorno facticio impuesto a otro no deben tratarse como sinónimos.

El RCPCH señala expresamente que los indicadores de alerta no son pruebas definitivas de fabricación o inducción de enfermedades.

El riesgo de confundir una enfermedad rara con un abuso

Este punto tiene implicaciones éticas considerables.

Las familias de personas con enfermedades poco frecuentes a menudo afrontan largos procesos diagnósticos.

Pueden visitar múltiples centros, solicitar segundas opiniones y expresar frustración cuando no reciben respuestas.

Interpretar automáticamente esas conductas como sospechosas podría generar injusticias importantes.

Las enfermedades raras, los trastornos de difícil diagnóstico y las experiencias de desatención sanitaria requieren una mirada especialmente cuidadosa.

La protección infantil necesita herramientas rigurosas, no estereotipos sobre cómo debería comportarse una madre o un padre.

10. ¿Por qué el personal médico puede tardar en detectar lo que sucede?

El sistema sanitario está diseñado, en gran medida, sobre una premisa básica: las personas que acuden a consulta desean mejorar su salud o la de quienes están bajo su responsabilidad.

Los profesionales reciben información de pacientes y familiares para orientar las exploraciones y decidir los tratamientos.

En pediatría, los testimonios de los progenitores resultan fundamentales.

Cuando un niño todavía no puede describir adecuadamente sus síntomas, el personal médico necesita confiar parcialmente en la información proporcionada por sus cuidadores.

Esta necesidad legítima puede convertirse en una vulnerabilidad cuando existe falsificación deliberada.

La fragmentación del historial sanitario

Un menor puede recibir atención en diferentes hospitales, consultas privadas y servicios especializados.

Si los profesionales no disponen de una visión completa del historial, algunas contradicciones pueden pasar inadvertidas.

Además, cada especialista suele concentrarse en un problema determinado.

Un médico puede estudiar los síntomas digestivos, otro las dificultades respiratorias y otro las alteraciones neurológicas.

Sin una coordinación adecuada, resulta más complicado identificar patrones que afectan al conjunto de la atención.

La dificultad de cuestionar al cuidador

Los profesionales sanitarios también pueden encontrar barreras emocionales y éticas.

Sugerir que una persona está provocando deliberadamente una enfermedad es una acusación extremadamente grave.

Equivocarse puede dañar profundamente a una familia.

Por eso, las sospechas deben investigarse mediante procedimientos profesionales, documentación rigurosa y colaboración entre especialistas.

El riesgo de daño sanitario involuntario

La falsificación de síntomas puede llevar a que el propio sistema médico participe involuntariamente en el daño.

Una prueba invasiva solicitada para investigar una enfermedad inexistente puede provocar dolor, ansiedad o complicaciones.

Una medicación administrada por un diagnóstico equivocado puede tener efectos adversos.

Y una hospitalización prolongada puede alterar la educación y las relaciones sociales del paciente.

La Academia Americana de Pediatría destaca que la evaluación debe centrarse tanto en los daños causados por el cuidador como en aquellos que pueden derivarse de investigaciones y tratamientos innecesarios.

Esto no significa culpabilizar a quienes actuaron de buena fe, sino reconocer la importancia de la coordinación clínica y la revisión crítica de la información.

11. El impacto psicológico: cuando la víctima aprende a sentirse enferma

Las consecuencias del trastorno facticio impuesto a otro pueden continuar mucho después de que se interrumpan las conductas perjudiciales.

Un niño que crece rodeado de diagnósticos, tratamientos y limitaciones puede desarrollar una percepción de su cuerpo muy diferente de la que tendría en otras circunstancias.

La enfermedad puede convertirse en un componente central de su identidad.

Aprender que el propio cuerpo es frágil

Durante la infancia construimos progresivamente nuestra comprensión de las sensaciones corporales.

Aprendemos qué significa sentir cansancio, tener hambre, experimentar dolor o recuperarnos de una infección.

Si una figura de referencia interpreta constantemente las sensaciones normales como señales de una enfermedad grave, el niño puede aprender a desconfiar de su cuerpo.

Esto no significa que todos los menores desarrollen problemas psicológicos posteriores.

El impacto dependerá de la duración del abuso, de su intensidad, de la edad, del apoyo recibido y de numerosas circunstancias individuales.

El miedo a la autonomía

En algunas situaciones, la enfermedad fabricada puede limitar las oportunidades para desarrollar independencia.

Un niño puede acostumbrarse a no realizar actividades que sus compañeros sí practican.

Quizá evite excursiones escolares, deportes, viajes o reuniones sociales porque se le ha enseñado que representan un riesgo.

A largo plazo, recuperar autonomía puede requerir un proceso gradual de aprendizaje y acompañamiento.

La confusión sobre quién protege y quién daña

Una de las consecuencias emocionalmente más complejas aparece cuando la persona que produce el daño también proporciona afecto, seguridad cotidiana y cuidados auténticos.

La víctima puede experimentar sentimientos contradictorios.

Puede querer a su cuidador y, al mismo tiempo, sentir miedo.

Puede reconocer que recibió cariño y descubrir posteriormente que sufrió engaños.

Ambas experiencias pueden coexistir.

No corresponde a los profesionales imponer una interpretación emocional uniforme, sino ayudar a la persona a comprender su historia de acuerdo con sus capacidades y su ritmo.

La pérdida de confianza en los adultos

Descubrir que alguien de confianza ha mentido sobre la propia salud puede afectar a la relación con familiares, profesionales sanitarios y otras figuras de autoridad.

La víctima puede cuestionar recuerdos, diagnósticos y decisiones médicas.

Algunas personas pueden desarrollar ansiedad, síntomas traumáticos o dificultades para confiar en sus percepciones.

Por ello, una intervención eficaz debe atender tanto a la seguridad física como a las necesidades psicológicas.

12. ¿Puede afectar también a personas adultas?

Sí. Aunque los casos pediátricos ocupan un lugar central en la literatura científica, también pueden existir conductas de fabricación o inducción de enfermedad contra adultos dependientes.

Pensemos en una persona mayor que necesita ayuda para organizar su medicación.

O en un adulto con discapacidad que depende de otra persona para comunicarse con profesionales sanitarios.

Cuando alguien controla el acceso a medicamentos, alimentos, documentación clínica o consultas médicas, puede existir una relación de poder relevante.

En determinadas circunstancias, esa dependencia podría utilizarse para falsificar información sanitaria o provocar problemas de salud.

La vulnerabilidad no depende únicamente de la edad

Una persona adulta puede encontrarse en una situación de especial vulnerabilidad por diferentes factores: discapacidad, deterioro cognitivo, enfermedad avanzada, dependencia física o aislamiento social.

También pueden existir barreras de comunicación que dificulten explicar lo sucedido.

En estos casos, la detección requiere escuchar directamente a la persona afectada siempre que sea posible, utilizar apoyos de comunicación y evaluar el contexto asistencial.

Es esencial respetar su autonomía y su capacidad de decisión.

Tener una discapacidad no equivale a carecer de capacidad para expresar preferencias o tomar decisiones sobre la propia atención.

Diferenciar el trastorno de otras formas de violencia

No todos los abusos contra personas dependientes responden a un trastorno facticio.

Puede existir negligencia, violencia económica, control coercitivo o maltrato físico sin que haya falsificación de una enfermedad.

Tampoco todas las conductas médicamente perjudiciales responden a las motivaciones características de los trastornos facticios.

El análisis debe centrarse primero en los hechos, los daños y las necesidades de protección.

La eventual evaluación psiquiátrica de quien ejerce el abuso constituye una cuestión adicional.

13. ¿Cómo se diagnostica el trastorno facticio impuesto a otro?

El diagnóstico representa uno de los grandes desafíos de este problema de salud mental.

No existe un análisis de sangre, una prueba de imagen o un cuestionario que permita demostrar por sí solo que una persona está provocando deliberadamente enfermedades en otra.

La evaluación requiere reunir información procedente de diferentes fuentes y determinar si existe evidencia suficiente de falsificación o inducción intencionada.

Los criterios diagnósticos del DSM-5-TR

El DSM-5-TR establece cuatro elementos fundamentales para el diagnóstico del trastorno facticio impuesto a otro:

  1. Falsificación de signos o síntomas, o inducción de enfermedad o lesión, asociada a un engaño identificado.
  2. Presentación de otra persona como enferma, incapacitada o lesionada ante los demás.
  3. Existencia de un comportamiento engañoso incluso cuando no hay recompensas externas evidentes, como beneficios económicos.
  4. Ausencia de una explicación mejor mediante otro trastorno mental, como un trastorno delirante o psicótico.

Estos criterios ayudan a diferenciar el trastorno de otras situaciones que pueden producir daños similares, pero responden a mecanismos diferentes.

Por ejemplo, una persona que altera deliberadamente la salud de otra para conseguir una compensación económica podría estar cometiendo una conducta abusiva o fraudulenta, pero eso no implica necesariamente un trastorno facticio.

La revisión integral del historial clínico

Una de las herramientas más importantes es reconstruir la trayectoria sanitaria de la víctima.

Los profesionales pueden comparar diagnósticos anteriores, resultados de laboratorio, tratamientos recibidos, ingresos hospitalarios y evolución de los síntomas.

También resulta relevante analizar quién proporcionó determinada información y qué hechos pudieron observar directamente los profesionales.

Esta revisión ayuda a diferenciar los síntomas objetivamente documentados de aquellos conocidos exclusivamente a través del relato de terceros.

La importancia de los equipos multidisciplinares

En casos complejos pueden intervenir especialistas en pediatría, psiquiatría, psicología clínica, enfermería, trabajo social sanitario y protección de menores.

La participación de diferentes disciplinas permite estudiar conjuntamente los riesgos clínicos, psicológicos y sociales.

El Royal College of Paediatrics and Child Health recomienda un enfoque coordinado, documentación precisa y decisiones centradas en el bienestar del niño.

La evaluación debe evitar dos errores opuestos: ignorar un posible abuso y atribuir falsamente conductas deliberadas a una familia que busca atención para una enfermedad auténtica.

14. ¿Qué ocurre cuando los médicos empiezan a sospechar?

Cuando existe una preocupación fundada, la prioridad es determinar si la víctima se encuentra en peligro y qué medidas resultan necesarias para protegerla.

No siempre conviene abordar directamente al supuesto responsable sin haber realizado una evaluación del riesgo.

Una confrontación precipitada podría dificultar la investigación o aumentar el peligro en determinadas circunstancias.

Las decisiones sobre cómo comunicar las sospechas deben corresponder a los profesionales responsables y seguir los protocolos aplicables.

La protección inmediata de la víctima

Si existe riesgo grave e inminente, puede ser necesario adoptar medidas urgentes de protección.

Estas decisiones deben ser proporcionadas, estar debidamente justificadas y realizarse dentro del marco legal correspondiente.

En otros casos, donde no existe una amenaza inmediata, puede resultar apropiado establecer un plan coordinado de seguimiento sanitario y social.

El objetivo es garantizar que la persona recibe los cuidados que necesita sin quedar expuesta a intervenciones innecesarias o situaciones perjudiciales.

¿Es necesario separar al niño de su familia?

No existe una respuesta automática.

La separación puede ser necesaria cuando existe un riesgo importante que no puede controlarse mediante medidas menos restrictivas.

En otros casos, la intervención profesional, el seguimiento sanitario y el apoyo a la familia pueden formar parte de una estrategia adecuada.

Las decisiones deben basarse en la gravedad de los hechos, las pruebas disponibles, el riesgo de repetición y el interés superior del menor.

La mera existencia de síntomas inexplicados o de conflictos con profesionales sanitarios no justifica una separación familiar.

El papel de los servicios de protección

Los servicios sociales y los organismos de protección infantil pueden intervenir cuando existen indicios relevantes de maltrato.

Su función incluye evaluar la situación familiar, coordinar recursos y adoptar o proponer las medidas pertinentes.

En España, la Ley Orgánica 8/2021, de protección integral a la infancia y la adolescencia frente a la violencia, establece un marco basado en la prevención, detección precoz y actuación coordinada.

El Ministerio de Sanidad destaca la importancia de la coordinación sanitaria para proteger a niños, niñas y adolescentes frente a distintas formas de violencia.

15. ¿Tiene tratamiento el síndrome de Munchausen por poderes?

El tratamiento es complejo y la evidencia científica disponible sigue siendo limitada.

No existe un medicamento específico que elimine las conductas características del trastorno.

La intervención suele requerir atención psiquiátrica y psicológica especializada, además de medidas destinadas a proteger a la víctima.

La psicoterapia

La psicoterapia puede ayudar a explorar las dificultades emocionales, los patrones de comportamiento y las relaciones interpersonales asociadas al trastorno.

Entre los enfoques que pueden considerarse figura la terapia cognitivo-conductual, especialmente cuando existen creencias o comportamientos que pueden abordarse mediante intervenciones estructuradas.

No obstante, todavía faltan estudios suficientemente sólidos para determinar qué tratamientos ofrecen mejores resultados específicamente en el trastorno facticio impuesto a otro.

La intervención debe individualizarse.

El tratamiento de otros problemas psicológicos

Cuando existen trastornos mentales concurrentes, también es importante evaluarlos y tratarlos.

Estos problemas pueden incluir ansiedad, depresión u otras alteraciones psicológicas, dependiendo del caso.

Los medicamentos pueden estar indicados para determinadas condiciones asociadas, pero no constituyen por sí mismos un tratamiento específico del comportamiento facticio.

¿Por qué puede ser difícil conseguir cambios?

El proceso terapéutico puede verse dificultado por la ocultación de información, la resistencia a reconocer determinados comportamientos o la falta de conciencia sobre sus consecuencias.

Además, cuando existen daños graves, las necesidades de seguridad de la víctima limitan las posibilidades de mantener ciertas dinámicas de cuidado.

Por esa razón, la recuperación psicológica del responsable y la protección de la víctima deben abordarse como objetivos relacionados, pero diferenciados.

Recibir tratamiento psicológico nunca debe utilizarse como sustituto de las medidas necesarias para evitar nuevos daños.

16. La recuperación de las víctimas: mucho más que dejar de acudir al hospital

Cuando se identifica un caso, interrumpir la conducta perjudicial representa una prioridad, pero no necesariamente supone el final de sus consecuencias.

La recuperación puede requerir atención médica, acompañamiento psicológico, apoyo educativo y reconstrucción de relaciones de confianza.

Recuperar una relación segura con el propio cuerpo

Algunas víctimas necesitan aprender a interpretar de nuevo sus sensaciones corporales.

Puede ser necesario distinguir entre síntomas relacionados con enfermedades reales, efectos de tratamientos anteriores y preocupaciones adquiridas durante los años de abuso.

Este proceso requiere acompañamiento profesional respetuoso.

La persona no debe recibir el mensaje de que todos sus problemas de salud fueron imaginarios.

En muchos casos pudo haber experimentado daños físicos auténticos.

Reconstruir la autonomía

La rehabilitación también puede incluir recuperar actividades cotidianas que habían sido restringidas.

Volver al colegio, participar en actividades sociales o asumir responsabilidades apropiadas para la edad puede ayudar a reconstruir la independencia.

El proceso debe adaptarse a las necesidades médicas y emocionales de cada persona.

Comprender lo sucedido sin imponer una interpretación

La víctima puede necesitar tiempo para elaborar sentimientos contradictorios hacia quien ejerció el abuso.

No siempre existe una respuesta emocional inmediata.

Pueden aparecer tristeza, enfado, vergüenza, miedo o deseos de mantener el vínculo con el cuidador.

La intervención psicológica debe respetar estas experiencias y evitar culpabilizar a la víctima.

17. El papel de internet y las redes sociales

Internet ha transformado profundamente la manera de buscar información, compartir experiencias y construir comunidades alrededor de las enfermedades.

Para quienes conviven con patologías poco frecuentes, las redes sociales pueden constituir una herramienta valiosa.

Permiten encontrar apoyo, conocer recursos sanitarios y reducir el aislamiento.

Sin embargo, también generan escenarios en los que la exposición pública de una enfermedad puede proporcionar reconocimiento, atención o recompensas sociales.

Cuando la historia de enfermedad se convierte en contenido

En determinadas situaciones, un cuidador puede compartir continuamente información sobre la salud de un familiar.

Puede publicar fotografías de hospitalizaciones, resultados de pruebas o relatos de tratamientos.

La búsqueda de apoyo social, por sí misma, no constituye una señal de trastorno facticio.

Muchas familias utilizan legítimamente las plataformas digitales para informar a sus allegados, recaudar fondos o visibilizar enfermedades infradiagnosticadas.

El problema aparece cuando existe evidencia de falsificación o inducción deliberada de síntomas.

Los riesgos para la privacidad infantil

Con independencia de que exista un trastorno psicológico, la exposición constante de la enfermedad de un menor plantea cuestiones importantes.

La publicación de información médica puede afectar a su privacidad presente y futura.

También puede contribuir a construir una identidad digital centrada exclusivamente en su condición de paciente.

Los adultos deberían valorar qué información es realmente necesario compartir y cómo proteger la dignidad y los derechos del niño.

El peligro de los juicios públicos

Las redes sociales también pueden facilitar acusaciones precipitadas.

Una historia clínica sorprendente, una recaudación económica o un relato emocional no permiten diagnosticar a nadie.

Difundir sospechas sin pruebas puede perjudicar a víctimas auténticas de enfermedades graves y desencadenar situaciones de acoso.

Las investigaciones sobre posibles abusos requieren intervención profesional, no diagnósticos colectivos realizados a partir de publicaciones.

18. Los mitos más frecuentes sobre este trastorno

La popularización del antiguo síndrome de Munchausen por poderes ha generado numerosos malentendidos.

Algunos proceden de representaciones cinematográficas, documentales o casos judiciales especialmente llamativos.

Mito 1. Todas las personas responsables son madres

Los casos publicados describen una proporción importante de mujeres cuidadoras, especialmente madres.

Sin embargo, el trastorno no es exclusivo de un sexo.

También se han documentado otros vínculos familiares y relaciones de cuidado.

Mito 2. El cuidador siempre quiere matar a la víctima

La inducción de enfermedad puede llegar a producir consecuencias mortales, pero eso no significa que todas las personas responsables pretendan causar la muerte.

Las motivaciones y conductas son diversas.

La gravedad del riesgo debe evaluarse a partir de los hechos, no de una supuesta intención universal.

Mito 3. La víctima nunca estuvo realmente enferma

Falso.

Una persona puede sufrir una enfermedad auténtica y ser simultáneamente víctima de falsificación, exageración o inducción de síntomas adicionales.

Además, cuando se provoca deliberadamente una enfermedad, los síntomas resultantes pueden ser completamente reales.

Mito 4. Es fácil detectar a una persona manipuladora

No existe una apariencia física, una profesión o una personalidad que permita identificar el trastorno.

La simpatía, la amabilidad y el compromiso aparente con el cuidado no permiten confirmar ni descartar conductas abusivas.

Mito 5. Las familias que acuden a muchos médicos deberían resultar sospechosas

Buscar segundas opiniones es una práctica legítima.

En enfermedades complejas puede ser especialmente importante.

La sospecha clínica requiere un conjunto de circunstancias relevantes, no un simple recuento de consultas.

Mito 6. Una enfermedad sin diagnóstico demuestra que alguien está mintiendo

Numerosas enfermedades presentan síntomas inespecíficos, fluctuantes o difíciles de medir.

La ausencia de un diagnóstico no demuestra una falsificación.

Mito 7. Si el cuidador tiene un trastorno mental, necesariamente maltratará a otras personas

La existencia de un problema de salud mental no implica automáticamente un comportamiento violento.

Tampoco permite atribuir responsabilidad por hechos que no se han demostrado.

Mito 8. Basta con apartar a la víctima para resolverlo todo

La interrupción del abuso puede ser fundamental, pero algunas víctimas necesitan rehabilitación física, psicológica y social prolongada.

19. ¿Qué hacer si sospechas que alguien está provocando enfermedades a una persona dependiente?

Si existe una preocupación razonable sobre la seguridad de un niño o adulto vulnerable, conviene actuar con prudencia, pero sin ignorar posibles riesgos.

No es necesario disponer de un diagnóstico psiquiátrico para comunicar una preocupación fundamentada.

Lo importante es transmitir hechos concretos y evitar interpretaciones que no puedan sostenerse.

Recomendaciones prácticas

  1. Priorizar la seguridad. Si existe peligro inmediato, contactar con los servicios de emergencia.
  2. Comunicar los hechos observados. Diferenciar lo que se ha visto directamente de los relatos recibidos.
  3. Consultar con profesionales sanitarios. Explicar las contradicciones o situaciones preocupantes sin atribuir automáticamente un diagnóstico.
  4. Utilizar los servicios de protección correspondientes. Especialmente cuando existen menores o personas dependientes en riesgo.
  5. Evitar investigaciones por cuenta propia. No manipular medicamentos, pruebas clínicas o historiales ni intentar obtener confesiones.
  6. Respetar la privacidad. No compartir acusaciones o información sanitaria en redes sociales.

En España, si existe una situación de emergencia, se puede llamar al 112. Para comunicar preocupaciones relacionadas con el bienestar infantil, también existe el teléfono 116 111, de ayuda a la infancia, cuyo servicio está organizado según la comunidad autónoma.

20. Los grandes desafíos científicos que todavía quedan por resolver

Aunque el trastorno lleva décadas descrito en la literatura médica, existen preguntas importantes que todavía carecen de respuestas definitivas.

¿Cuál es su verdadera prevalencia?

Los registros disponibles no permiten estimar con suficiente precisión cuántas personas lo padecen.

La investigación debe afrontar dificultades relacionadas con la identificación de casos, las diferencias terminológicas y los sesgos de publicación.

¿Existen factores que permitan prevenirlo?

Se han estudiado experiencias adversas, dificultades emocionales y determinadas dinámicas relacionales.

Pero todavía no existe un modelo predictivo validado que permita identificar quién desarrollará el trastorno.

¿Qué tratamientos ofrecen mejores resultados?

La investigación necesita estudios longitudinales y evaluaciones rigurosas sobre la eficacia de distintas intervenciones psicoterapéuticas.

También es necesario conocer mejor qué factores se relacionan con el riesgo de repetición.

¿Cómo mejorar la detección sin perjudicar a las familias?

Este es uno de los principales retos éticos.

El sistema sanitario necesita identificar situaciones de abuso con suficiente rapidez, pero también garantizar que las familias con enfermedades reales reciben una atención justa.

Las guías clínicas recientes insisten en realizar evaluaciones coordinadas, basadas en datos y centradas en el bienestar de la víctima.

La investigación futura debería contribuir a reducir tanto los casos no detectados como las acusaciones injustificadas.

21. Una reflexión final: cuando cuidar y hacer daño parecen confundirse

El trastorno facticio impuesto a otro plantea preguntas profundas sobre la confianza, la dependencia y las relaciones humanas.

Normalmente asociamos el cuidado con la protección.

Cuando una persona enferma, esperamos que quienes la acompañan contribuyan a aliviar su sufrimiento.

Por eso resulta especialmente perturbadora la posibilidad de que alguien pueda provocar deliberadamente problemas de salud mientras desempeña públicamente el papel de cuidador.

Sin embargo, convertir este fenómeno en una historia de monstruos y víctimas indefensas puede impedir comprender toda su complejidad.

La enfermedad fabricada o inducida es una forma grave de maltrato que exige protección y, cuando corresponde, responsabilidades legales.

También requiere investigación clínica sobre los procesos psicológicos que pueden intervenir en determinados casos.

Ambas dimensiones deben abordarse sin confundir explicación con justificación.

Comprender los factores que contribuyen a una conducta perjudicial no significa disculpar sus consecuencias.

Del mismo modo, reconocer la existencia de este trastorno no debe conducir a sospechar de las familias que luchan por conseguir diagnósticos, tratamientos o reconocimiento para enfermedades complejas.

La pregunta fundamental no debería ser si una persona parece un buen cuidador, sino si quien está bajo su responsabilidad recibe atención segura, adecuada y respetuosa con sus necesidades reales.

La prevención exige profesionales capaces de escuchar, contrastar información y trabajar de forma coordinada.

La protección requiere instituciones que intervengan cuando existan indicios fundamentados de daño.

Y la recuperación implica devolver a las víctimas algo que puede haber sido profundamente alterado: la posibilidad de confiar en su cuerpo, expresar lo que sienten y construir una vida que no esté determinada por una enfermedad fabricada.

En definitiva, hablar del síndrome de Munchausen por poderes significa hablar de la importancia de distinguir entre cuidar y controlar, entre proteger y perjudicar, entre atender una enfermedad y construir artificialmente la necesidad de atención.

Preguntas frecuentes sobre el síndrome de Munchausen por poderes

¿El síndrome de Munchausen por poderes es una enfermedad mental?

Sí. El trastorno facticio impuesto a otro es un diagnóstico psiquiátrico reconocido. No obstante, las conductas perjudiciales hacia la víctima también deben analizarse desde la perspectiva del maltrato y la protección de personas vulnerables.

¿Una persona puede sufrir este trastorno sin darse cuenta?

Las motivaciones psicológicas pueden ser complejas y no siempre plenamente conscientes. Sin embargo, el diagnóstico psiquiátrico exige identificar falsificación o inducción intencionada asociada a engaño. La preocupación sincera basada en creencias equivocadas no equivale automáticamente al trastorno.

¿El trastorno puede desaparecer con tratamiento?

La evolución es variable y la investigación disponible es limitada. La psicoterapia puede formar parte del abordaje, pero no existen garantías universales de recuperación ni tratamientos específicos de eficacia claramente establecida.

¿Puede afectar a una persona con una enfermedad auténtica?

Sí. La víctima puede padecer una enfermedad real mientras otra persona exagera sus síntomas, manipula su tratamiento o provoca problemas adicionales.

¿Puede detectarlo un psicólogo?

Un profesional de psicología clínica puede participar en la evaluación, pero la detección y el diagnóstico suelen requerir información sanitaria, valoración psiquiátrica y colaboración interdisciplinar.

¿Existe alguna prueba definitiva?

No existe una prueba aislada universal. La identificación requiere evaluar los hechos, analizar la documentación clínica y obtener evidencia suficiente de las conductas relevantes.

¿Qué diferencia hay entre Munchausen y Munchausen por poderes?

En el trastorno facticio impuesto a uno mismo, una persona falsifica o provoca síntomas en su propio cuerpo. En el trastorno facticio impuesto a otro, la falsificación o inducción afecta a otra persona presentada como enferma.

Fuentes científicas y documentación de referencia

Para profundizar en este tema, se recomienda consultar fuentes clínicas y documentos institucionales:

1. Manual MSD, versión para profesionales. Trastorno facticio impuesto a otro. Revisión de julio de 2024.

2. National Health Service (NHS). Fabricated or induced illness. Información clínica sobre enfermedad fabricada o inducida y sus consecuencias.

3. National Institute for Health and Care Excellence (NICE). Child maltreatment: when to suspect maltreatment in under 18s. Guía CG89, revisada en diciembre de 2025.

4. Royal College of Paediatrics and Child Health (RCPCH). Perplexing Presentations and Fabricated or Induced Illness in Children. Guía sobre evaluación y protección infantil.

5. American Academy of Pediatrics. Caregiver-Fabricated Illness in a Child: A Manifestation of Child Maltreatment. Documento clínico sobre el maltrato mediante la fabricación de enfermedades.

6. Ministerio de Sanidad de España. Violencia frente a la infancia y adolescencia. Recursos institucionales sobre prevención, detección y actuación sanitaria.

7. Revisión sistemática científica (2026). Characteristics, interventions, and outcomes of factitious disorder imposed on another (FDIA): a systematic review of 455 perpetrators and 469 victims. Análisis de casos publicados, sus características y resultados, con las limitaciones propias de este tipo de evidencia.