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Esta argentina de 80 años lo vendió todo y se fue a viajar en caravana por América Latina

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Actualizado el martes, 14 abril, 2026

El proyecto de Sara, una argentina de 80 años, es un relato inspirador y lleno de libertad. Esta señora, que vivió casi toda su vida en Tucumán, dejó todo y se fue a viajar por el continente americano en caravana.

«Viajar es más que conocer un lugar, es conocer su gente, vivenciarlo a fondo», dice, y comenta: «sus comidas, sus olores, sus paisajes, sus amaneceres, sus puestas de sol, en fin, todo lo que te brinda un lugar que te enamora de otra manera».

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«Voy a vender mi casa y me voy a comprar un motorhome«, les dijo una vez a sus tres hijos. Un día, esta loca idea se transformó en realidad. Sara vendió su casa y sus pertenencias, se compró una caravana y se echó a la carretera. «El viaje se va haciendo al andar», le cuenta al periódico argentino La Nación. Además,  comenta que no le gusta quedarse quieta. 

Sara está jubilada y, para ella, lo importante es no quedarse quieta y vivir el presente. «A donde me lleve el viento, encaro para donde tengo ganas en el momento», reafirma.

El viaje en caravana surgió en una charla con un amigo, que le sugirió que era lo único que le faltaba hacer. No se lo pensó mucho. Como ya hemos explicado, lo vendió todo y lo hizo, se puso en marcha.

«Paseaba por mi casa, miraba todas mis cosas y pensaba qué iba a hacer con todo eso, hasta que un día empecé: hice unos cartelitos en unos afiches de papel creppe, los puse en la puerta de mi casa y decidí que el sábado siguiente iba a hacer una feria de garage», cuenta.

Con el dinero que recolectó compró un compañero de carretera y vivienda: su motorhome (o caravana). «No lo encontré en la Argentina, no lo encontré en Chile y tampoco en Uruguay. Empecé a ver sitios en EE.UU.; pedí ayuda a muchos amigos, hasta que me decidí por uno y lo compré», explica Sara. Su nuevo hogar está equipado con una cama de matrimonio, un sillón cama de dos plazas, un baño con ducha, varios armarios, cocina con dos fuegos, un microondas, un televisor y un equipo de audio.

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«En dos meses recorrí 12.000 km hasta Salvador de Bahía. Visitamos las playas de Uruguay, nos quedamos en Santa Ana en la casa de una amiga y, de ahí, seguimos para varias localidades del sur de Brasil: Río Pardo, nos encontramos con amigos en São Lourenço, recorrimos las playas de Florianópolis, después Búzios, Río de Janeiro, Ouro Preto, Niterói, Belo Horizonte y, de allí, vinimos por la costa hasta llegar a El Salvador, donde tenemos amigos de muchísimos años».

Para afrontar los gastos de la NAFTA desarrolló un proyecto de financiación colectivo a través de las redes sociales. Su fan page ya tiene más de treinta mil seguidores y los mensajes de cariño y buena suerte se multiplican. La historia de Sara es un relato lleno de aventuras, curiosidad y ganas de vivir. ¡Quiero tener tu vida a los 80, Sara!

¡Felicitaciones y adelante!

¿Quá pasón con Sara Vallejo? la mujer que a los 80 decidió que todavía no era tarde

Hay historias que parecen escritas para desmentir una idea muy concreta: que a cierta edad ya solo toca reducirse, guardar, renunciar y esperar. La de Sara Vallejo, tucumana, profesora de inglés jubilada, madre, abuela y bisabuela, va exactamente en la dirección contraria. Cuando muchas personas de su entorno podían imaginar para ella una vejez quieta, ordenada y previsible, Sara eligió otra cosa: vendió su casa, subastó buena parte de sus pertenencias, compró un motorhome y salió a recorrer América Latina. La prensa argentina empezó a contar su historia en 2017, cuando tenía 79 o 80 años según la fecha de cada publicación, y en 2020 Infobae la describía ya como una bisabuela de 82 años con decenas de miles de kilómetros acumulados en la ruta.

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No fue una huida romántica ni un capricho improvisado contado después como leyenda. Fue, por lo que se desprende de las entrevistas y perfiles publicados, una decisión meditada. En una de las crónicas más citadas, Sara cuenta que sentía la necesidad de “andar más liviana”, y esa expresión resume muy bien el núcleo de su gesto: desprenderse de objetos, de inercias, de expectativas ajenas y de la idea de que la seguridad material, por sí sola, basta para vivir una vida plena. La compra del vehículo también está documentada: diferentes medios la sitúan al volante de una Ford E350 adaptada como motorhome, bautizada más tarde como “Lo de Sara”.

La escena fundacional casi puede imaginarse sin esfuerzo. Una mujer mayor, con toda una vida detrás, diciéndoles a sus hijos que va a vender la casa para comprarse una casa rodante. LA NACION recogió esa reacción familiar inicial: al principio no la tomaron demasiado en serio, pensaron que estaba loca o que aquella idea no pasaría de una frase atrevida. Pero no era una frase. Era un plan. Vendió la vivienda, se desprendió de muchos de sus bienes y salió a la carretera con una convicción que, vista desde fuera, tiene algo de insólito y algo de profundamente lógico: si todavía estaba viva, todavía podía empezar otra vida.

Lo que vino después fue una geografía del desapego y del movimiento. Las fuentes coinciden en que recorrió varios países de América del Sur y América Latina. Entre los destinos mencionados aparecen Uruguay, Brasil, Chile, Perú, Ecuador, Bolivia y Colombia; algunas notas más tempranas incluso señalaban que planeaba pasar por Colombia y Venezuela al comienzo del viaje. En 2018 ya se hablaba de que llevaba dos años recorriendo Sudamérica, y en 2020 Infobae situaba su trayecto por encima de los 75.000 kilómetros, mientras el titular y la entradilla elevaban la cifra a casi 100.000 kilómetros. En 2023, La Gaceta volvió sobre su historia y resumió que durante cinco años viajó por distintos países y acumuló 75.000 kilómetros de aventuras. Esa diferencia entre cifras sugiere prudencia: lo más sólido es afirmar que recorrió decenas de miles de kilómetros, con una cifra ampliamente repetida en torno a los 75.000 y otra, menos consistente, próxima a los 100.000.

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Pero la historia no se volvió significativa solo por el kilometraje. Se volvió significativa por el sentido que ella le daba al viaje. En LA NACION aparece una idea que atraviesa toda su narrativa: Sara decía que no se consideraba turista, sino viajera, porque viajar no era solamente ver lugares, sino conocer a la gente, sus comidas, sus olores, sus amaneceres, sus paisajes. Esa distinción importa. No estaba haciendo simplemente una lista de países ni consumiendo destinos; estaba intentando vivir de una manera más porosa, más atenta y más abierta al encuentro.

Esa forma de viajar conectó con algo muy poderoso en el imaginario colectivo. Sara no encajaba en el estereotipo habitual del aventurero de carretera. No era joven, no estaba en una “pausa profesional”, no convertía su viaje en una marca aspiracional de lifestyle. Era, más bien, una mujer mayor que convertía la vejez en una etapa de autonomía práctica. Conducía ella misma. Según Infobae, el volante no se lo prestaba a nadie. El motorhome funcionaba como casa mínima y como declaración: se puede vivir con menos, se puede moverse con lo justo, se puede cambiar el tamaño del espacio sin encoger la vida.

La pandemia interrumpió esa travesía. En 2020, cuando el coronavirus alteró de golpe la movilidad de millones de personas, Sara tuvo que frenar. Infobae la situó entonces en la casa de su hijo en Yerba Buena, Tucumán, con el viaje en pausa pero no cancelado en su imaginación. La Gaceta reconstruyó después ese corte con más detalle: en 2020 estaba en Concordia, Entre Ríos, visitando a unos amigos, y tuvo que poner rumbo de vuelta antes de que la situación se complicara más. Ese regreso forzado introdujo un tono distinto en su historia. La aventura seguía siendo verdadera, pero aparecía por primera vez la fragilidad de los cuerpos, del tiempo y de las circunstancias.

Sin embargo, incluso en esa interrupción hay otro capítulo relevante. Durante el tiempo quieto, Sara transformó parte de la experiencia en relato escrito. La Gaceta informó en 2023 de que publicó un libro titulado “80 años no son nada: adonde me lleve el viento”, basado en sus cuadernos de ruta y en recuerdos propios y ajenos, y señaló además que la primera edición se agotó y que ya iba por una segunda tirada. Ese detalle importa porque muestra que el viaje no quedó solo en anécdota mediática: se convirtió también en memoria organizada, en una forma de dejar registro de lo vivido. La existencia del libro aparece además corroborada por resultados comerciales y por piezas promocionales vinculadas a su lanzamiento.

La historia dio incluso un paso más hacia lo cultural y lo documental. En 2021 aparecen referencias al documental “A donde me lleve el viento”, dirigido por Mariana Croharé y Laura Santipolio, realizado en la Patagonia argentina y difundido en torno a un estreno online por Vimeo. La referencia figura en piezas de promoción en redes y en una entrevista de Radio Provincia. Aquí conviene ser precisa: sí hay evidencia pública de la existencia y promoción del documental, pero no he localizado en esta búsqueda una ficha completa y consolidada con datos técnicos exhaustivos ni una distribución formal más amplia. Aun así, es claro que la figura de Sara pasó del reportaje humano al relato documental.

La actualización más útil sobre su situación posterior llega desde La Gaceta, en diciembre de 2023. Ese perfil la presenta con 85 años y aporta una imagen menos épica y más humana de la etapa siguiente. Después de la pandemia, hizo solo dos trayectos largos, uno a San Luis y otro a Neuquén, ya no tanto en plan aventura sino con más cuidado y para visitar conocidos. Renovaba su licencia de conducir anualmente y seguía sintiendo el impulso de ponerse en marcha, pero también aparecía el peso del tiempo, la preocupación de sus hijos y el efecto de ciertas pérdidas personales. En ese mismo artículo se indica que llevaba un año intentando vender el motorhome. Además, el texto insiste en lo que para ella había sido quizá el gran aprendizaje: comprobar que podía vivir con muy poco, moverse con lo mínimo y conservar intacta la sensación de independencia.

Ahí está, probablemente, la clave más profunda de todo este relato. No se trata solo de una señora valiente que hizo algo llamativo. Se trata de una mujer que desobedeció una narrativa cultural sobre la edad. En muchas sociedades, y también en la nuestra, el envejecimiento suele contarse desde la pérdida: menos fuerza, menos deseo, menos mundo, menos margen. Sara colocó el foco en otra parte: más liviandad, más decisión, más encuentro, más autonomía. No negó los límites; simplemente se negó a convertirlos en una condena anticipada. Las declaraciones recogidas por La Gaceta en 2023 son muy reveladoras en ese sentido: hablaba del miedo ajeno, de la prudencia, de la responsabilidad, pero también de la convicción de que la aventura le había servido para demostrar que no hay tanto que temer como se suele pensar.

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También resulta interesante que su historia no se sostenga solo en el individualismo del “yo puedo”. Hay en ella una defensa muy concreta del vínculo humano. Cuando resume lo mejor del viaje, no habla primero de paisajes espectaculares ni de récords personales, sino de las personas de distintas nacionalidades, de las amistades hechas en el camino y de esas redes de viajeros y anfitriones que la acogieron. Ese matiz cambia por completo la lectura: su motorhome no era una cápsula de autosuficiencia, sino una base móvil para entrar en contacto con otros.

Con los datos localizados hasta ahora, lo más prudente es resumir así su trayectoria. Sara Vallejo, de Tucumán, profesora de inglés jubilada, decidió alrededor de 2017 vender su casa, su auto y buena parte de sus cosas para comprarse un motorhome, una Ford E350, y recorrer América Latina. Pasó varios años viajando, acumuló al menos 75.000 kilómetros según las cifras más repetidas, inspiró reportajes en medios nacionales, un libro y un documental, y en 2023 seguía siendo una referencia local de vejez autónoma y no convencional, aunque con menos viajes largos y con el motorhome a la venta. Sobre su situación exacta en 2024, 2025 o 2026, esta búsqueda no ofrece una verificación fuerte y estable, así que no conviene inventar continuidad donde no hay prueba suficiente.

Y, sin embargo, aunque no supiéramos nada más, ya sabemos bastante. Sabemos que una mujer a la que el mundo probablemente empujaba hacia la reducción eligió la expansión. Sabemos que cambió una casa fija por una casa con ruedas y que convirtió la carretera en una forma de pensar. Sabemos que, cuando muchos habrían dicho “ya es tarde”, ella decidió salir. Y esa decisión, más que el viaje en sí, es lo que sigue resonando: la idea de que todavía puede haber un comienzo incluso cuando otros solo ven una etapa final.

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Una respuesta a «Esta argentina de 80 años lo vendió todo y se fue a viajar en caravana por América Latina»

  1. Avatar de lola Fernandez Sanchez
    lola Fernandez Sanchez

    guau que envidia. y mi mas profunda admiración

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