
Cuando comienza El cuento de la criada, la pesadilla ya ha ocurrido.
Las mujeres vestidas de rojo caminan por las calles. No pueden administrar dinero, trabajar libremente, leer ni decidir sobre su fertilidad. Los matrimonios han sido reorganizados por el Estado. La reproducción se ha convertido en una cuestión política. Las ejecuciones públicas forman parte del paisaje. La policía religiosa vigila la moral y una red de informantes hace que prácticamente cualquiera pueda denunciar a cualquiera.
Pero quizá la pregunta más perturbadora de la novela de Margaret Atwood no sea cómo se vive en Gilead, sino otra mucho más incómoda:
¿Cómo permitió una sociedad moderna que se llegara hasta allí?

Porque Gilead no surge en una civilización medieval.
Surge sobre las ruinas de Estados Unidos.
Sus habitantes habían tenido universidades, tarjetas de crédito, elecciones, periódicos, derechos civiles, televisión, tribunales, empleos y una Constitución. Muchas de las mujeres que terminan convertidas en Criadas habían vivido antes como ciudadanas libres.
Y precisamente ahí reside gran parte de la potencia política de la novela.
Atwood explicó que se impuso una regla al escribirla: no introducir prácticas para las que no existiera algún precedente histórico. La autora ha citado, entre otras influencias, la Rumanía pronatalista de Nicolae Ceaușescu, las prohibiciones de alfabetización de las personas esclavizadas, las leyes que históricamente han regulado la vestimenta y diferentes formas de fundamentalismo político y religioso.
Por eso El cuento de la criada funciona mejor cuando no se interpreta como una predicción sobre el futuro.
Funciona como una pregunta.
¿Qué combinación de miedo, crisis, propaganda, autoritarismo y resignación tendría que producirse para que personas que hoy consideran ciertos derechos innegociables aceptaran mañana vivir sin ellos?
La respuesta de Atwood resulta inquietante porque no necesita imaginar seres humanos diferentes a nosotros.
Necesita únicamente imaginar determinadas circunstancias.

Antes de Gilead había una sociedad en crisis
La República de Gilead no aparece de la nada.
El mundo anterior atraviesa una profunda crisis ambiental y reproductiva. La contaminación, las enfermedades y otros factores han reducido drásticamente la fertilidad. Tener hijos se ha convertido en algo excepcional.
Y cuando una sociedad empieza a percibir algo esencial para su supervivencia como un recurso escaso, ese recurso puede dejar de ser considerado exclusivamente un asunto privado.
La reproducción pasa entonces de pertenecer al ámbito de la autonomía personal a convertirse en una cuestión de Estado.
Este cambio es fundamental.
Gilead no dice:
queremos controlar a las mujeres.
Su discurso político sería mucho más eficaz:
debemos salvar a la sociedad.
El control se presenta como protección.
La coerción se presenta como necesidad.
La pérdida de autonomía se presenta como sacrificio colectivo.
Este mecanismo aparece una y otra vez en la historia política: los poderes excepcionales suelen justificarse mediante circunstancias excepcionales.
Una guerra.
Una epidemia.
Una amenaza terrorista.
Una crisis económica.
Una catástrofe.
Una supuesta decadencia moral.
O, como sucede en Gilead, una crisis demográfica.

Después llega el miedo
Las sociedades raramente renuncian voluntariamente a grandes cantidades de libertad en circunstancias normales.
Lo hacen con mucha mayor facilidad cuando creen encontrarse ante una amenaza extraordinaria.
En el universo de El cuento de la criada, Estados Unidos sufre un espectacular ataque contra sus instituciones políticas. Mueren importantes dirigentes y se suspende temporalmente el orden constitucional.
La palabra decisiva es temporalmente.
La población acepta medidas extraordinarias porque supone que serán provisionales.
Pero no lo son.
Quienes terminan construyendo Gilead comprenden algo esencial sobre el poder:
una emergencia puede transformar en aceptable lo que unas semanas antes habría resultado inimaginable.
La gente no tiene que despertarse una mañana deseando una dictadura.
Puede despertarse simplemente queriendo seguridad.

El golpe decisivo no parece inicialmente un nuevo régimen
Uno de los detalles más inteligentes de la historia es que la transformación no empieza con una declaración solemne:
“Desde hoy vivimos en una teocracia totalitaria”.
Empieza con medidas que parecen responder a una emergencia.
Primero se suspenden algunos procedimientos.
Después se restringen ciertas libertades.
Luego llegan nuevas normas.
Después desaparecen determinados controles institucionales.
Y cuando suficientes contrapesos han sido debilitados, resulta mucho más difícil recuperar lo perdido.
Esta es precisamente una de las características que la investigación contemporánea sobre erosión democrática considera importantes.
International IDEA advierte que el retroceso democrático no necesita producirse mediante un golpe militar clásico. Puede avanzar mediante modificaciones aparentemente técnicas de procedimientos parlamentarios, controles institucionales, acceso a la información o reglas que gradualmente reducen la capacidad de oposición, supervisión y rendición de cuentas.
La democracia puede ser desmantelada utilizando parcialmente los propios instrumentos de la democracia.

El verdadero punto de inflexión: controlar el dinero
Hay un momento especialmente importante en El cuento de la criada que a veces queda eclipsado por las imágenes más espectaculares de Gilead.
Las mujeres pierden el control de sus cuentas.
Después pierden sus empleos.
No necesitan ser encarceladas inmediatamente.
De repente dependen económicamente de un hombre.
Ese paso revela algo fundamental sobre la libertad.
Los derechos políticos son esenciales, pero la autonomía depende también de cuestiones aparentemente mucho más cotidianas:
tener ingresos propios,
poseer bienes,
firmar contratos,
abrir una cuenta,
estudiar,
trabajar,
desplazarse,
acceder a información.
Una persona puede conservar teóricamente algunos derechos y, sin embargo, perder gran parte de su libertad efectiva si deja de controlar los recursos necesarios para ejercerlos.
Por eso Gilead no empieza únicamente controlando el cuerpo.
Empieza destruyendo la independencia.
Después desaparece el trabajo
Prohibir trabajar a las mujeres cumple varias funciones simultáneamente.
Las expulsa del espacio público.
Las hace económicamente dependientes.
Rompe sus redes profesionales.
Reduce su capacidad de organizarse.
Elimina referentes femeninos.
Y transforma la desigualdad en experiencia cotidiana.
Una generación de niñas que nunca haya visto juezas, científicas, periodistas, médicas, profesoras, empresarias o dirigentes políticas puede terminar percibiendo su ausencia como algo natural.
Aquí aparece una idea central para comprender cómo se consolidan determinados sistemas:
la primera generación recuerda que las cosas podrían ser diferentes; la segunda puede dejar de recordarlo.
Por eso los regímenes autoritarios necesitan controlar no solamente el presente.
Necesitan controlar la memoria.
Después se controla la educación
Una mujer que lee puede comparar.
Puede encontrar otras interpretaciones.
Puede conocer otras sociedades.
Puede descubrir contradicciones.
Puede leer leyes.
Puede recuperar historias que el régimen preferiría olvidar.
Puede imaginar alternativas.
Gilead comprende perfectamente este peligro.
Por eso restringe radicalmente el acceso femenino a la lectura.
No se trata simplemente de misoginia cultural.
Es arquitectura del poder.
El ciudadano ideal de cualquier sistema autoritario no es necesariamente quien cree fanáticamente en él.
También puede ser quien carece de los instrumentos necesarios para cuestionarlo.
Algo parecido puede suceder en el mundo real
No existe actualmente una sociedad idéntica a Gilead.
Conviene afirmarlo claramente porque las analogías exageradas pueden oscurecer más que explicar.
Sin embargo, algunos de los mecanismos que Atwood combina en su ficción existen y han existido separadamente en sociedades reales.
Un ejemplo contemporáneo particularmente extremo es Afganistán.
Documentación de Naciones Unidas describe restricciones sistemáticas sobre la educación, el empleo, los desplazamientos y la participación pública de mujeres y niñas. En 2025 continuaba prohibida la educación secundaria femenina más allá del sexto curso y las mujeres permanecían excluidas de la educación superior. Naciones Unidas documentó además restricciones sobre el empleo, la movilidad y el acceso al espacio público.
En septiembre de 2026, Naciones Unidas señalaba que más de 200 normas y decretos impuestos desde el regreso de los talibanes al poder habían contribuido a excluir a mujeres y niñas de amplias partes de la vida pública.
Afganistán no es Gilead.
Pero demuestra algo que resulta relevante para interpretar la novela:
derechos que parecen formar parte permanente de una sociedad pueden retroceder extraordinariamente rápido cuando desaparecen los mecanismos capaces de protegerlos.
El siguiente paso es transformar una ideología en sentido común
Ningún régimen puede sostenerse únicamente mediante policías.
Necesita también historias.
Gilead construye una explicación sencilla para un mundo complejo.
La sociedad está en decadencia.
La natalidad se hunde.
Las familias se desintegran.
La sexualidad se ha corrompido.
Los antiguos valores se han perdido.
El país necesita recuperar el orden.
Este tipo de relato resulta políticamente poderoso porque convierte problemas diferentes en una única historia.
Contaminación.
Infertilidad.
Desigualdad.
Soledad.
Cambios culturales.
Crisis familiar.
Inseguridad económica.
Todos pueden reinterpretarse como síntomas de una misma enfermedad moral.
Y entonces aparece una promesa extraordinariamente seductora:
volver a un supuesto pasado estable.
No importa demasiado que ese pasado nunca haya existido exactamente como se describe.
La nostalgia política no necesita reproducir la historia.
Necesita fabricar una versión emocionalmente convincente de ella.
El enemigo interior
Para unir a una sociedad puede resultar extraordinariamente útil inventar —o exagerar— una amenaza interna.
Los problemas dejan entonces de proceder de estructuras económicas, ambientales, tecnológicas o institucionales difíciles de solucionar.
Tienen culpables.
Intelectuales.
Periodistas.
Minorías.
Feministas.
Personas extranjeras.
Disidentes.
Personas LGTBI.
Activistas.
Académicos.
“Traidores”.
La ventaja política de este mecanismo es evidente.
Un problema complejo necesita políticas complejas.
Un enemigo necesita solamente ser eliminado.
El lenguaje cambia antes que la sociedad
Una de las transformaciones más profundas de Gilead sucede en las palabras.
Los individuos dejan de ser individuos.
Se convierten en categorías.
Esposas.
Marthas.
Tías.
Criadas.
Comandantes.
Guardianes.
Econoesposas.
Cada palabra define simultáneamente una función social y un límite.
El lenguaje hace parecer inevitable una jerarquía que en realidad ha sido construida.
Este proceso importa porque resulta mucho más fácil reducir los derechos de una categoría abstracta que los de una persona concreta.
Antes de deshumanizar jurídicamente a alguien suele resultar útil deshumanizarlo lingüísticamente.
Después llega la clasificación
Gilead convierte la sociedad en compartimentos.
El poder decide quién puede hacer qué.
Qué ropa debe usar.
Con quién puede relacionarse.
Qué trabajo puede desempeñar.
Qué información puede consultar.
Qué comportamiento sexual resulta aceptable.
Dónde puede vivir.
Y cuál será su función reproductiva.
La ropa de El cuento de la criada tiene precisamente esta función.
No es simplemente estética.
Es un código social visible.
Permite saber inmediatamente quién es quién.
La uniformidad facilita la vigilancia.
Pero el sistema no funcionaría sin mujeres
Este es uno de los aspectos más incómodos de la obra.
Gilead no enfrenta simplemente a “hombres opresores” contra “mujeres oprimidas”.
Existen mujeres que administran, enseñan y aplican parte del sistema.
Las Tías constituyen probablemente el ejemplo más evidente.
Atwood introduce así una cuestión políticamente mucho más interesante.
Los sistemas jerárquicos pueden ofrecer determinados privilegios a algunos miembros del grupo subordinado a cambio de que ayuden a controlar a los demás.
No necesitas convencer a todo el mundo.
Necesitas suficientes personas que obtengan seguridad, prestigio, poder o protección gracias al sistema.
Y tampoco todos los hombres son iguales
La misma lógica afecta a los hombres.
Gilead es profundamente patriarcal, pero eso no significa que todos los hombres sean libres.
También existen jerarquías masculinas, vigilancia, castigos y obligaciones.
Los Comandantes poseen privilegios extraordinarios.
Otros hombres disponen de muchos menos.
Este detalle es importante porque los sistemas autoritarios rara vez dividen simplemente la sociedad entre dos grupos homogéneos.
Crean pirámides.
Y muchas personas aceptan una pirámide porque esperan encontrarse suficientemente arriba en ella.
La hipocresía deja de ser un defecto del sistema
En Gilead existe una enorme distancia entre la moral pública y la conducta privada de determinadas élites.
Pero esta contradicción no destruye necesariamente el régimen.
Puede incluso reforzarlo.
Porque la norma no cumple la misma función para todos.
Para la mayoría sirve como obligación.
Para quienes poseen poder puede convertirse en instrumento.
Esta es otra característica importante de los sistemas autoritarios:
la desigualdad ante la ley puede terminar siendo más importante que la propia severidad de la ley.
Una norma aplicada absolutamente a todos limita también a quienes gobiernan.
Una norma aplicada selectivamente les proporciona poder.
¿Cómo podría suceder algo parecido en una democracia actual?
Imaginemos un escenario completamente hipotético.
No una predicción.
Un ejercicio de pensamiento.
Fase 1. Una década de crisis
Durante varios años coinciden diferentes problemas.
Baja natalidad.
Crisis climática.
Migraciones.
Aumento del coste de la vivienda.
Precariedad.
Desigualdad.
Transformación tecnológica.
Desinformación.
Soledad.
Desconfianza institucional.
Polarización.
Ninguna de estas cosas provoca por sí sola una dictadura.
Pero juntas pueden producir una sensación generalizada de pérdida de control.
Fase 2. Aparece un movimiento que ofrece una explicación total
Un movimiento político sostiene que todos estos problemas tienen una causa común:
la sociedad abandonó sus valores tradicionales.
Su mensaje inicial no parece necesariamente extremista.
Habla de familia.
Seguridad.
Infancia.
Orden.
Comunidad.
Natalidad.
Responsabilidad.
Tradición.
Buena parte de estas preocupaciones pueden ser perfectamente legítimas.
El problema comienza cuando solamente existe una definición autorizada de familia, moralidad, ciudadanía o identidad.
Fase 3. La política se convierte en una guerra moral
Los adversarios dejan de estar simplemente equivocados.
Se convierten en enemigos.
El compromiso empieza a parecer traición.
Los jueces que limitan al Gobierno son considerados enemigos del pueblo.
Los periodistas críticos son presentados como propagandistas.
Las universidades se convierten en centros de adoctrinamiento.
Las organizaciones civiles pasan a ser sospechosas.
La oposición deja de ser considerada legítima.
Este cambio es crucial.
Una democracia necesita adversarios.
Un autoritarismo necesita enemigos.
Fase 4. Se produce una emergencia
Un atentado.
Una guerra.
Una crisis económica extraordinaria.
Una catástrofe.
Un episodio de violencia política.
El Gobierno recibe poderes excepcionales.
La mayoría de la población los acepta.
Incluso personas preocupadas por los derechos civiles pueden pensar:
“Ya los devolverán cuando pase la crisis”.
Pero algunas competencias extraordinarias permanecen.
Fase 5. Se debilitan los contrapesos
Cambian las reglas parlamentarias.
Se reduce la independencia de determinados organismos.
Se presiona a medios públicos.
Se dificulta la financiación de organizaciones críticas.
Se modifican procedimientos judiciales.
Se normaliza gobernar mediante mecanismos excepcionales.
Nada de esto necesita producirse simultáneamente.
Precisamente ahí está el peligro.
International IDEA ha documentado cómo la erosión democrática contemporánea puede producirse mediante el uso gradual de normas, procedimientos y herramientas legales que concentran poder sin necesidad de abolir formalmente las instituciones existentes.
Fase 6. Llegan las primeras restricciones
No afectan inicialmente a todo el mundo.
Afectan a grupos determinados.
Por eso la mayoría continúa con su vida.
Este mecanismo es extraordinariamente poderoso.
Mientras la represión sea selectiva, cada grupo puede pensar:
“No vienen a por nosotros”.
Fase 7. La reproducción se convierte en cuestión nacional
Supongamos ahora que existe además una grave crisis de fertilidad.
El Gobierno empieza promoviendo políticas natalistas voluntarias.
Después crea incentivos.
Más tarde penalizaciones.
Posteriormente determinadas restricciones reproductivas.
Finalmente la autonomía corporal deja de considerarse exclusivamente un derecho individual.
Se redefine como responsabilidad hacia la nación.
Ese sería uno de los caminos conceptuales hacia Gilead.
No porque toda política natalista conduzca a una distopía —evidentemente no es así— sino porque la diferencia fundamental está en dónde termina el incentivo y comienza la coerción.
Fase 8. La excepción se convierte en normalidad
Han pasado diez años.
Los jóvenes apenas recuerdan cómo funcionaba el sistema anterior.
Las nuevas instituciones parecen normales.
Los libros de texto cuentan otra historia.
Quienes recuerdan el pasado envejecen.
La siguiente generación aprende que las cosas siempre fueron así.
Y entonces Gilead ha ganado algo mucho más poderoso que una batalla:
ha ganado la memoria.
¿Es realmente posible un retroceso tan grande?
La historia obliga a responder que la irreversibilidad de los derechos nunca debe darse por supuesta.
Eso no significa que todas las sociedades democráticas estén destinadas a convertirse en dictaduras.
Significa algo mucho más concreto:
las instituciones importan porque los derechos necesitan mecanismos capaces de protegerlos.
Los datos contemporáneos muestran razones para prestar atención a esos mecanismos.
International IDEA concluyó en 2025 que desde 2015 se habían producido retrocesos globales en representación, derechos, Estado de derecho y participación, y vinculó además el deterioro democrático con retrocesos en igualdad de género.
UN Women ha advertido asimismo de un aumento de las resistencias organizadas contra la igualdad de género y del estrechamiento del espacio cívico en numerosos países.
Nada de esto demuestra que estemos avanzando hacia Gilead.
Sería una conclusión injustificada.
Pero sí demuestra que el progreso político y social no sigue necesariamente una línea ascendente.
Los derechos pueden avanzar.
Pueden estancarse.
Y pueden retroceder.
Las sociedades no suelen elegir conscientemente una distopía
Quizá esta sea la enseñanza más importante de El cuento de la criada.
Imaginamos las dictaduras desde el final.
Vemos uniformes.
Ejecuciones.
Censura.
Policía política.
Prisiones.
Prohibiciones.
Y pensamos:
“Yo nunca aceptaría algo así”.
Probablemente sea cierto.
Muy pocas personas aceptarían todo el paquete simultáneamente.
Pero esa no es necesariamente la decisión que tendrían delante.
La decisión real podría ser mucho más pequeña.
Aceptar temporalmente una restricción.
Ignorar una injusticia que afecta a otra persona.
Considerar exageradas las advertencias.
Renunciar a una garantía institucional porque el gobernante que actualmente posee ese poder nos gusta.
Aceptar que determinada información sea censurada porque nos resulta ofensiva.
Permitir que una minoría pierda derechos porque creemos que nunca perteneceremos a ella.
Y después aceptar la siguiente excepción.
Y la siguiente.
El autoritarismo necesita algo más que fanáticos
Necesita funcionarios que sigan trabajando.
Policías que obedezcan.
Empresas que colaboren.
Jueces que cedan.
Periodistas que se autocensuren.
Ciudadanos que prefieran no meterse en problemas.
Personas que crean que no pueden hacer nada.
Otras que piensen que la situación será temporal.
Y muchas que simplemente continúen con su vida cotidiana.
Por eso una sociedad como Gilead no necesitaría millones de fanáticos.
Necesitaría algo probablemente mucho más común:
una combinación de creyentes, oportunistas, beneficiarios, personas asustadas y personas resignadas.
También existiría resistencia
Sin embargo, El cuento de la criada no plantea únicamente una historia sobre dominación.
También habla de la dificultad de controlar completamente a los seres humanos.
Persisten relaciones prohibidas.
Circula información.
Sobreviven recuerdos.
Aparecen redes clandestinas.
Existen personas dentro de las propias instituciones que colaboran con la resistencia.
Esto también tiene paralelismos históricos.
Incluso los sistemas extremadamente represivos necesitan gastar enormes cantidades de energía precisamente porque nunca consiguen eliminar por completo la disidencia.
Una sociedad puede controlar comportamientos con mucha mayor facilidad que pensamientos.
¿Cuáles serían las primeras señales realmente preocupantes?
No serían las capas rojas.
Cuando aparecen las capas rojas ya hemos llegado demasiado lejos.
Las señales anteriores serían mucho menos cinematográficas.
Que el adversario político deje de ser considerado legítimo.
Que la violencia política empiece a justificarse dependiendo de quién la ejerza.
Que los jueces solamente sean considerados independientes cuando fallan a nuestro favor.
Que los periodistas críticos sean descritos sistemáticamente como enemigos.
Que los derechos comiencen a depender de pertenecer al grupo correcto.
Que las emergencias justifiquen indefinidamente poderes extraordinarios.
Que determinados ciudadanos pierdan autonomía económica.
Que la educación se transforme en un instrumento de obediencia ideológica.
Que las organizaciones civiles independientes sean asfixiadas.
Que el Estado determine progresivamente qué formas de vida privada son aceptables.
Que la desigualdad ante la ley empiece a considerarse normal.
Y, sobre todo, que cada nueva pérdida parezca suficientemente pequeña como para no justificar una reacción.
Gilead se construiría un martes cualquiera
Probablemente esta sea la imagen más inquietante.
Si una sociedad semejante apareciera alguna vez, el día decisivo quizá no parecería decisivo.
La gente iría a trabajar.
Los niños irían al colegio.
Los supermercados abrirían.
Habría programas de televisión.
La gente discutiría sobre fútbol, música y vacaciones.
Mientras tanto se aprobaría una nueva norma.
Después otra.
Una institución perdería independencia.
Un periódico desaparecería.
Una minoría perdería una protección.
Una emergencia justificaría otra excepción.
Y la mayoría seguiría viviendo.
Hasta que un día alguien intentaría recuperar una libertad que recordaba haber tenido.
Y descubriría que ya no existía.
El verdadero mensaje de El cuento de la criada
La gran advertencia de Atwood no es que Estados Unidos vaya inevitablemente a convertirse en Gilead.
Ni que una determinada religión, partido o ideología produzca automáticamente ese resultado.
La advertencia es más universal.
Las sociedades construyen sistemas políticos.
Y también pueden desmontarlos.
Los derechos no sobreviven únicamente porque estén escritos.
Necesitan tribunales capaces de hacerlos cumplir.
Periodistas capaces de investigar.
Universidades capaces de discutir.
Organizaciones civiles capaces de organizarse.
Elecciones capaces de sustituir gobiernos.
Ciudadanos capaces de disentir.
Personas económicamente independientes.
Y una cultura política que acepte algo especialmente difícil:
que también deben existir derechos para quienes piensan de manera radicalmente diferente a nosotros.
Porque la prueba de una libertad no aparece cuando la ejerce alguien con quien estamos de acuerdo.
Aparece cuando la ejerce alguien a quien detestamos.
La distopía no empieza cuando desaparecen todos los derechos
Empieza cuando comenzamos a decidir qué derechos no nos importa que desaparezcan porque afectan a otras personas.
Ese podría ser, finalmente, el mecanismo más realista para llegar a Gilead.
No un ejército entrando de madrugada en cada casa.
No millones de personas convirtiéndose simultáneamente en extremistas.
No una población que vote explícitamente a favor de perder su libertad.
Algo mucho más gradual.
Primero miedo.
Después excepcionalidad.
Después polarización.
Después dependencia.
Después clasificación.
Después silencio.
Después costumbre.
Y, finalmente, una generación para la que aquello que alguna vez fue extraordinario ya es simplemente la realidad.
La pregunta que deja El cuento de la criada no es, por tanto:
“¿Podría aparecer Gilead mañana?”
La pregunta verdaderamente útil es:
“¿Reconoceríamos el camino hacia Gilead cuando todavía estuviéramos suficientemente lejos como para abandonarlo?”
El cuento de la criada y 2026: los parecidos razonables entre Gilead y nuestro presente
¿Estamos viviendo el principio de El cuento de la criada?
Cada cierto tiempo, una noticia vuelve a colocar El cuento de la criada en las redes sociales.
Una nueva restricción sobre el aborto. Una ley que regula cómo pueden vestirse las mujeres. Un Gobierno que apela a la religión para justificar determinadas políticas. Una campaña para aumentar la natalidad. Una prohibición educativa. Un ataque contra periodistas o jueces. Una nueva batalla política sobre qué debe enseñarse en los colegios.
Entonces aparece inevitablemente la comparación:
“Esto parece Gilead”.
La frase puede resultar exagerada. Y muchas veces lo es.
Estados Unidos en 2026 no es la República de Gilead. España tampoco. Ni la Unión Europea. Las mujeres continúan votando, trabajando, estudiando, teniendo cuentas bancarias, presentándose a elecciones y ocupando cargos públicos. En Estados Unidos siguen existiendo elecciones competitivas, tribunales independientes, organizaciones civiles, universidades, prensa plural y una Constitución que protege derechos fundamentales.
Pero descartar cualquier comparación también sería demasiado fácil.
Porque Margaret Atwood nunca quiso imaginar monstruos completamente nuevos.
Quiso construir una sociedad ficticia combinando mecanismos que los seres humanos ya habían utilizado.
La propia autora explicó que, al escribir The Handmaid’s Tale, había establecido una regla: no introducir nada para lo que no existiera algún precedente histórico documentado. Su archivo estaba formado por recortes de prensa sobre acontecimientos reales.
Por eso la pregunta interesante no es:
“¿Vivimos ya en Gilead?”
Evidentemente no.
La pregunta más útil es:
“¿Existen actualmente tendencias que recuerdan a algunos de los mecanismos mediante los cuales Atwood imaginó que podría construirse Gilead?”
Y aquí la respuesta es más incómoda.
Sí.
Existen algunos parecidos razonables.
Y algunos resultan bastante inquietantes.
Primer parecido razonable: convertir la natalidad en un problema nacional
Una de las condiciones que hacen posible Gilead es una crisis reproductiva.
La fertilidad ha disminuido dramáticamente y el nacimiento de niños se convierte en una cuestión de supervivencia colectiva.
A partir de ahí se produce un desplazamiento fundamental:
la reproducción deja de ser simplemente una decisión personal y empieza a considerarse un asunto de Estado.
Ese debate no pertenece exclusivamente a la ficción.
La caída de la natalidad se ha convertido en una de las grandes preocupaciones demográficas de numerosos gobiernos.
El Fondo de Población de Naciones Unidas dedicó precisamente su informe mundial de 2025 a esta cuestión. Su título resulta significativo:
“La verdadera crisis de fecundidad: alcanzar la libertad reproductiva en un mundo de cambios”.
UNFPA advierte de que algunos gobiernos están adoptando medidas destinadas a orientar las decisiones reproductivas de la población hacia sus objetivos demográficos. Frente a ello, Naciones Unidas sostiene que el criterio fundamental debería ser la capacidad de cada persona para decidir si quiere tener hijos, cuántos, cuándo y con quién.
Aquí aparece el primer paralelismo con Atwood.
No porque apoyar la maternidad, ofrecer ayudas a las familias o financiar tratamientos de fertilidad tenga nada de autoritario.
Precisamente esas políticas pueden ampliar la libertad de elección.
El problema aparece cuando cambia la pregunta.
No es lo mismo preguntarse:
“¿Qué necesita una persona para poder tener los hijos que desea?”
que preguntarse:
“¿Cómo conseguimos que las mujeres tengan el número de hijos que necesita el país?”
La diferencia parece pequeña.
Políticamente es enorme.
En la primera formulación, la persona es el sujeto.
En la segunda puede terminar convirtiéndose en instrumento de una política demográfica.
Gilead representa la versión extrema de ese desplazamiento.
Estados Unidos también ha colocado la familia y la fertilidad en el centro del discurso político
La Administración estadounidense actual ha intensificado durante 2025 y 2026 su política de apoyo explícito a la maternidad, la fertilidad y la familia.
En mayo de 2026, el Gobierno lanzó Moms.gov, una plataforma federal destinada a mujeres embarazadas y madres, junto con nuevas iniciativas relacionadas con fertilidad, atención materna y apoyo económico a las familias.
En septiembre de 2026, el presidente Donald Trump reafirmó además la participación estadounidense en la Geneva Consensus Declaration, defendiendo conjuntamente la protección de la vida, la salud de las mujeres y la familia como institución fundamental de la sociedad.
Nada de esto equivale a Gilead.
De hecho, muchas de estas políticas consisten precisamente en ayudar económicamente a las familias o mejorar la salud materna. HHS anunció también en 2026 iniciativas orientadas a reducir la morbimortalidad materna y mejorar la atención antes, durante y después del embarazo.
Pero el paralelismo literario aparece en otro lugar:
la creciente centralidad política de fertilidad, maternidad, familia y natalidad.
Atwood lleva esa tendencia hasta su conclusión distópica:
cuando la sociedad considera que la reproducción es demasiado importante para dejarla en manos de las decisiones individuales.

Segundo parecido: la autonomía reproductiva deja de considerarse un derecho asentado
Probablemente ningún paralelismo con El cuento de la criada resulte más evidente que la disputa sobre quién debe decidir sobre la reproducción.
Gilead responde radicalmente:
el Estado.
La mujer fértil deja prácticamente de poseer su propia capacidad reproductiva.
La situación contemporánea estadounidense está extraordinariamente lejos de eso.
Pero en las últimas décadas ha ocurrido algo políticamente relevante:
un derecho que durante medio siglo había contado con protección constitucional federal dejó de tenerla.
En junio de 2022, el Tribunal Supremo estadounidense resolvió Dobbs v. Jackson Women’s Health Organization.
La sentencia anuló los precedentes establecidos por Roe v. Wade y Planned Parenthood v. Casey y devolvió a los representantes políticos la capacidad de regular o prohibir el aborto.
Desde entonces la situación depende en gran medida de cada Estado.
Pero la cuestión relevante para nuestra comparación con Atwood no consiste únicamente en estar a favor o en contra del aborto.
Es otra:
la autonomía reproductiva ha vuelto a convertirse en un terreno de conflicto político fundamental.
La Administración Trump reforzó esa dirección en enero de 2025 al ordenar nuevamente la aplicación de la Hyde Amendment respecto a la financiación federal del aborto y reinstaurar la llamada Mexico City Policy para determinada ayuda sanitaria internacional.
Quienes apoyan estas políticas sostienen que protegen la vida prenatal y evitan obligar a los contribuyentes a financiar abortos.
Quienes se oponen argumentan que restringen la autonomía reproductiva y afectan especialmente a las mujeres con menos recursos.
Son dos posiciones políticas reales dentro de una democracia.
Equiparar directamente cualquiera de ellas con Gilead sería intelectualmente pobre.
Pero existe un parecido estructural que merece observarse:
quién controla la reproducción vuelve a ser una de las grandes preguntas políticas de nuestro tiempo.
Tercer parecido: la política empieza a definir qué significa ser mujer
Gilead no solamente impone leyes.
Construye categorías humanas.
Criada.
Esposa.
Martha.
Tía.
Econoesposa.
Cada mujer recibe una identidad determinada por el sistema político.
Nuestra realidad está extraordinariamente lejos de semejante organización social.
Sin embargo, existe actualmente una intensa batalla política sobre algo que hasta hace pocos años parecía pertenecer fundamentalmente a debates médicos, filosóficos o sociales:
cómo debe definir el Estado las categorías de sexo y género.
El 20 de enero de 2025, Donald Trump firmó una orden ejecutiva que estableció para la Administración federal estadounidense el reconocimiento de dos sexos —masculino y femenino— y ordenó utilizar esas definiciones en documentos, políticas y actuaciones federales.
La misma orden eliminó el White House Gender Policy Council creado por la Administración Biden.
La discusión sobre sexo biológico e identidad de género es compleja y legítimamente controvertida.
Pero desde la perspectiva de Atwood hay un elemento especialmente interesante:
el poder político vuelve a ocupar un papel central en la definición administrativa de las categorías sexuales.
Eso no convierte esas políticas en Gilead.
Sin embargo, recuerda una de las obsesiones fundamentales de la novela:
quien controla las categorías también puede determinar qué derechos, obligaciones o espacios corresponden a cada categoría.
Cuarto parecido: “proteger a los niños” puede convertirse en uno de los argumentos políticos más poderosos
Los regímenes de Gilead no presentan su proyecto diciendo:
“Queremos quitar derechos”.
Presentan su sistema como una restauración moral.
Familia.
Infancia.
Seguridad.
Decencia.
Orden.
Protección.
Es un elemento políticamente muy importante.
Los sistemas autoritarios rara vez se anuncian como proyectos autoritarios.
Se presentan como soluciones.
En Estados Unidos, buena parte de las actuales guerras culturales se están articulando precisamente alrededor de la protección de los menores.
La Administración Trump emitió en enero de 2025 una orden ejecutiva que denomina determinadas intervenciones médicas de transición en menores como “chemical and surgical mutilation” y ordena retirar el apoyo federal a esas prácticas.
Quienes defienden estas medidas argumentan que protegen a menores de intervenciones irreversibles.
Quienes se oponen consideran que el Estado está interfiriendo en decisiones médicas entre pacientes, familias y profesionales sanitarios.
De nuevo, el objetivo de esta comparación no consiste en resolver aquí ese debate.
Lo relevante para leer a Atwood es observar el mecanismo político:
pocas justificaciones producen tanto consenso emocional como afirmar que una restricción pretende proteger a los niños.
Precisamente por ello todas las sociedades democráticas deberían examinar con especial cuidado qué poderes se conceden al Estado cuando se utiliza esa justificación.
Quinto parecido: la batalla por controlar qué aprenden los niños
Gilead entiende que controlar una sociedad exige controlar su memoria.
Por eso la lectura y la educación poseen tanta importancia en la novela.
Un individuo capaz de consultar otras versiones de la historia puede cuestionar la versión oficial.
En Estados Unidos existe actualmente una intensa batalla política sobre el contenido de la educación.
En enero de 2025, la Casa Blanca aprobó la orden ejecutiva Ending Radical Indoctrination in K-12 Schooling.
El documento ordenó elaborar una estrategia contra determinadas enseñanzas relacionadas con raza y género y restableció la llamada 1776 Commission, cuyo objetivo declarado es promover una educación patriótica sobre la fundación y la historia estadounidense.
El Departamento de Educación eliminó además cientos de documentos y materiales relacionados con programas de Diversity, Equity and Inclusion de sus canales públicos.
Para sus defensores, estas actuaciones representan una corrección necesaria de una enseñanza ideologizada.
Para sus críticos, sustituyen una supuesta ideología por otra y aumentan la capacidad del poder político para determinar qué interpretación de la sociedad y de la historia debe enseñarse.
La diferencia respecto de Gilead sigue siendo enorme.
En Estados Unidos no existe una prohibición femenina de la lectura.
Las universidades continúan funcionando.
Existen editoriales independientes.
Internet sigue abierto.
Las escuelas dependen ampliamente de estados y autoridades locales.
Pero Atwood obliga a plantear una pregunta interesante:
¿en qué momento combatir el adoctrinamiento puede terminar convirtiéndose en decidir desde el poder cuál es la única versión legítima de la historia?
Sexto parecido: cuando patriotismo, moralidad y religión comienzan a mezclarse
Gilead es una teocracia.
Estados Unidos no lo es.
La Primera Enmienda continúa protegiendo tanto la libertad religiosa como los límites a la imposición gubernamental de una religión.
Esta diferencia es fundamental.
Sin embargo, durante los últimos años se ha producido una mayor institucionalización del lenguaje religioso dentro de la Administración federal.
En febrero de 2025 se creó nuevamente una White House Faith Office, integrada dentro del Domestic Policy Council, con competencias relacionadas con organizaciones religiosas, matrimonio, familia, adopción, educación y libertad religiosa.
Ese mismo mes se creó en el Departamento de Justicia una Task Force to Eradicate Anti-Christian Bias.
El Gobierno presenta estas políticas como mecanismos para proteger la libertad religiosa.
Y defender a los ciudadanos frente a discriminación por motivos religiosos es perfectamente compatible con una democracia liberal.
Pero el parecido razonable con Atwood aparece cuando religión, familia, identidad nacional y política comienzan a formar parte de una misma narrativa.
Gilead lleva esa fusión hasta el extremo:
la interpretación religiosa del poder se convierte en legislación obligatoria.
La pregunta democrática, por tanto, no es si las personas religiosas deben participar en política —por supuesto que pueden hacerlo—, sino dónde se encuentra la frontera entre proteger la libertad religiosa y utilizar el Estado para imponer una doctrina moral.
Séptimo parecido: el adversario deja de estar simplemente equivocado y comienza a considerarse peligroso
Una democracia necesita adversarios.
Un sistema autoritario necesita enemigos.
La diferencia parece semántica, pero es enorme.
Un adversario puede gobernar mañana.
Un enemigo debe ser derrotado, neutralizado o expulsado.
En el lenguaje político contemporáneo estadounidense resulta cada vez más frecuente encontrar términos que presentan al contrario no simplemente como equivocado, sino como una amenaza moral o existencial.
Los propios documentos oficiales de la Administración utilizan expresiones como “radical indoctrination”, “anti-American ideologies”, “gender ideology extremism” o “anti-Christian weaponization of government”.
Naturalmente, este fenómeno no pertenece exclusivamente a una corriente política.
La polarización contemporánea hace que diferentes sectores describan con frecuencia al adversario como fascista, comunista, extremista, traidor, enemigo de la democracia o amenaza para la sociedad.
Y ahí aparece otro parecido con Gilead.
Cuando todos creemos estar combatiendo una amenaza existencial, resulta mucho más sencillo justificar medidas que nunca aceptaríamos en una situación política ordinaria.
Octavo parecido: la concentración de poder ejecutivo
Gilead nace después de una emergencia.
Ese detalle importa.
Una situación extraordinaria permite suspender determinadas garantías.
El problema comienza cuando la excepción deja de ser temporal.
En las democracias actuales existe una preocupación creciente sobre la ampliación de los poderes ejecutivos.
International IDEA señala que, globalmente, desde 2015 se han producido retrocesos en representación, derechos, Estado de derecho y participación, aunque la situación varía extraordinariamente entre países.
En su evaluación de Estados Unidos correspondiente a 2026, Freedom House continúa calificando al país como “Free”, pero redujo su puntuación de 84 a 81 sobre 100.
La organización señala entre sus preocupaciones el aumento de las afirmaciones de autoridad unilateral del Ejecutivo durante 2025, conflictos sobre competencias del Congreso y presiones sobre determinadas instituciones.
Al mismo tiempo, destaca algo igualmente importante:
los tribunales estadounidenses continuaron bloqueando o limitando numerosas actuaciones gubernamentales.
Este último dato es esencial.
Precisamente demuestra por qué Estados Unidos sigue estando muy lejos de Gilead.
Los contrapesos continúan funcionando.
Y esa es quizás la lección más importante.
No basta con observar quién gobierna.
Hay que observar también si las instituciones todavía pueden decirle:
no.
Noveno parecido: la presión sobre prensa, universidades e instituciones productoras de conocimiento
Gilead necesita controlar la información porque una sociedad autoritaria tiene dificultades para sobrevivir cuando existen múltiples centros independientes capaces de producir conocimiento.
Periodistas.
Universidades.
Investigadores.
Editoriales.
Organizaciones civiles.
Tribunales.
Son instituciones incómodas precisamente porque pueden cuestionar el relato oficial.
Freedom House considera que Estados Unidos continúa teniendo una prensa libre, diversa y protegida por garantías constitucionales muy fuertes.
Sin embargo, su informe de 2026 también documenta mayores presiones sobre medios de comunicación y universidades durante 2025, incluidas investigaciones, disputas regulatorias, condiciones de acceso y conflictos sobre financiación federal.
Aquí resulta fundamental mantener las proporciones.
Criticar a un periódico no es censurarlo.
Reducir una subvención no equivale automáticamente a eliminar la libertad académica.
Combatir una determinada política universitaria tampoco convierte a un Gobierno en autoritario.
Pero una democracia saludable necesita vigilar una frontera:
la que separa discrepar de una institución independiente de utilizar el poder estatal para castigar su discrepancia.
Décimo parecido: las libertades pueden desaparecer de manera desigual
Uno de los aspectos más inteligentes de El cuento de la criada es que no todos pierden sus derechos al mismo tiempo.
Cada categoría social sufre restricciones diferentes.
Por eso resulta más difícil generar una resistencia conjunta.
Quien todavía conserva sus derechos puede pensar:
“Eso no me afecta”.
Esta dinámica posee numerosos precedentes históricos.
Las democracias raramente desaparecen mediante una única ley que anuncia:
“A partir de mañana quedan abolidas todas las libertades”.
El proceso puede ser mucho más fragmentado.
Primero se reduce la protección de un colectivo.
Después la de otro.
Más adelante se introduce una excepción.
Finalmente la excepción se convierte en precedente.
El ciudadano que solamente observa cada decisión aisladamente puede considerar que ninguna es suficientemente grave.
Pero la suma puede transformar el sistema.
Y aquí aparece Afganistán: el parecido deja de ser simplemente metafórico
Si queremos encontrar actualmente una sociedad con elementos mucho más próximos a la estructura de Gilead, no necesitamos realizar grandes ejercicios de imaginación.
Tenemos Afganistán.
En septiembre de 2026, Naciones Unidas seguía denunciando las restricciones impuestas por las autoridades talibanes sobre prácticamente todos los ámbitos fundamentales de la vida de mujeres y niñas, incluyendo educación, numerosos trabajos y participación en la vida pública.
Las restricciones han llegado también al personal femenino afgano de Naciones Unidas.
Y en mayo de 2026, UNAMA denunció el Decreto n.º 18 sobre separación matrimonial.
Según Naciones Unidas, el decreto mantiene para los hombres un derecho unilateral al divorcio mientras obliga a las mujeres a recurrir a procedimientos judiciales mucho más restrictivos. UNAMA advirtió además de que algunas disposiciones pueden legitimar matrimonios infantiles y considerar el silencio de una niña al alcanzar la pubertad como consentimiento matrimonial.
Aquí el parecido con Atwood es mucho menos abstracto.
Restricción educativa.
Dependencia económica.
Control familiar.
Desigualdad jurídica.
Limitación del espacio público.
Interpretación religiosa convertida en legislación.
Diferentes derechos dependiendo del sexo.
Ese conjunto demuestra precisamente por qué el universo de Atwood resulta tan inquietante.
No porque haya predicho exactamente nuestro futuro.
Sino porque ensambló elementos que ya habían existido y continúan existiendo.
Otro parecido inquietante: vigilar el cuerpo femenino
En Gilead la vestimenta identifica inmediatamente la posición de cada mujer.
El vestido no es simplemente ropa.
Es legislación visible.
También existen ejemplos contemporáneos de Estados que regulan legalmente cómo debe cubrirse el cuerpo femenino.
La misión internacional independiente de Naciones Unidas sobre Irán documentó, por ejemplo, utilización de cámaras, sistemas tecnológicos y drones para identificar a mujeres que incumplían las normas obligatorias de vestimenta.
En 2024 documentó incluso drones empleados durante la Feria Internacional del Libro de Teherán para identificar posibles incumplimientos del hiyab obligatorio.
La misión internacional sobre Irán continúa activa en 2026 investigando violaciones de derechos humanos y discriminación por razón de género.
No son capas rojas.
Pero el principio político es reconocible:
el Estado determina cómo debe presentarse públicamente el cuerpo de una mujer y desarrolla mecanismos para vigilar su cumplimiento.
Atwood no necesitó inventar esa idea.
Pero existen también diferencias enormes que no debemos ocultar
Una comparación responsable necesita explicar tanto las similitudes como las diferencias.
Estados Unidos no es Gilead.
En octubre de 2026 las mujeres estadounidenses pueden votar.
Pueden trabajar.
Pueden tener propiedades.
Pueden dirigir empresas.
Pueden estudiar.
Pueden presentarse a las elecciones.
Pueden ser juezas.
Pueden ser periodistas.
Pueden criticar públicamente al Gobierno.
Pueden organizar manifestaciones.
Existen medios que atacan diariamente al presidente.
Existen organizaciones que litigan contra la Administración.
Y existen jueces que suspenden decisiones gubernamentales.
Freedom House continúa clasificando Estados Unidos como país libre y señala expresamente que mantiene una prensa plural y una tradición profundamente arraigada de Estado de derecho, aunque detecte deterioros en varios indicadores.
Tampoco existe una política nacional de reproducción forzada.
No existen Criadas.
No existe una prohibición general femenina de lectura.
No existe una policía religiosa equivalente a los Ojos.
No existe una eliminación de elecciones nacionales competitivas.
No existe una estructura jurídica semejante a las castas femeninas de Gilead.
Ignorar estas diferencias convertiría una comparación literaria interesante en propaganda.
Precisamente por eso Gilead sigue siendo útil
Quizá estamos planteando mal la pregunta cuando intentamos averiguar qué país actual “es” Gilead.
Ninguno reproduce exactamente el mundo de Atwood.
Pero muchos contienen alguna pieza.
Un país controla la vestimenta.
Otro restringe la educación femenina.
Otro limita determinados derechos reproductivos.
Otro utiliza la religión como fundamento legislativo.
Otro persigue periodistas.
Otro debilita tribunales.
Otro transforma una crisis demográfica en presión reproductiva.
Otro limita la libertad de determinadas minorías.
Atwood hizo algo literariamente extraordinario:
colocó muchas de esas piezas dentro de una misma sociedad.
Por eso Gilead parece simultáneamente imposible y familiar.
Cada elemento puede encontrarse en algún lugar de la historia humana.
El parecido más importante no son las capas rojas
Probablemente el error más frecuente consiste en buscar los paralelismos visuales.
Mujeres con vestidos rojos.
Fundamentalismo religioso.
Soldados.
Biblias.
Ceremonias.
Pero esas son las características finales de Gilead.
Las primeras etapas son mucho menos espectaculares.
Una crisis.
Una población asustada.
Una sociedad profundamente polarizada.
La percepción de que las instituciones ya no funcionan.
La búsqueda de culpables.
Una emergencia.
Una excepción jurídica.
Una restricción que solamente afecta a otros.
Otra más.
Una institución que pierde independencia.
Una libertad que deja de parecer imprescindible.
Y después otra.
Ese es el parecido razonable que debería preocuparnos mucho más.
Margaret Atwood no escribió una profecía
La propia Atwood rechaza la idea de que sea una profeta.
El cuento de la criada funciona mejor como literatura especulativa.
La autora toma comportamientos conocidos y plantea una pregunta:
¿qué ocurriría si los reuniéramos y los lleváramos suficientemente lejos?
No predijo Afganistán.
No predijo Donald Trump.
No predijo Dobbs.
No predijo nuestras actuales guerras culturales.
Hizo algo diferente.
Observó cómo funcionaban el poder, el miedo, el fundamentalismo, el patriarcado y el autoritarismo a lo largo de la historia y construyó una sociedad utilizando esas piezas.
Precisamente por eso la novela continúa envejeciendo tan bien.
El gran parecido razonable de nuestro tiempo: los derechos ya no parecen necesariamente irreversibles
Quizá esta sea la conexión más importante entre El cuento de la criada y nuestra época.
Durante décadas, muchas sociedades occidentales interiorizaron una determinada idea del progreso:
cada generación tendría más libertades que la anterior.
Más derechos.
Más igualdad.
Más democracia.
La historia reciente ha demostrado que esa evolución no está garantizada.
International IDEA señala que durante la última década se han registrado retrocesos internacionales en representación, derechos, Estado de derecho y participación, y encuentra una relación entre deterioro democrático y retrocesos en igualdad de género.
Afganistán ofrece quizá la demostración más brutal.
Millones de mujeres que estudiaban o trabajaban antes de 2021 han visto posteriormente restringido su acceso a educación, empleo y vida pública. Naciones Unidas seguía denunciando esas restricciones el 6 de octubre de 2026.
La dirección de la historia puede invertirse.
Ese es precisamente el miedo central de Atwood.
Nadie votaría directamente por Gilead
Esta es probablemente la idea que convierte la novela en una advertencia política mucho más sofisticada de lo que parece.
Si mañana alguien propusiera explícitamente:
“Prohibamos a todas las mujeres trabajar, eliminemos sus cuentas bancarias, impidámosles leer y creemos una clase de mujeres fértiles obligadas a reproducirse”,
la propuesta sería rechazada masivamente en casi cualquier democracia occidental.
Pero esa nunca sería necesariamente la pregunta.
Las decisiones llegarían por separado.
¿Aceptamos esta restricción para proteger a los niños?
¿Esta otra para defender la seguridad nacional?
¿Esta para aumentar la natalidad?
¿Esta para defender la religión?
¿Esta para combatir el extremismo?
¿Esta para acabar con el adoctrinamiento?
¿Esta para proteger a las familias?
¿Esta porque estamos en una emergencia?
Cada decisión podría contar con una justificación diferente.
Cada una podría parecer razonable a una parte de la sociedad.
Y entonces aparece la verdadera pregunta de El cuento de la criada:
¿en qué momento descubrimos que la suma de muchas pequeñas decisiones ha construido algo que nadie habría aceptado como paquete completo?
El verdadero termómetro no es quién gobierna, sino qué puede impedirle hacer
Ésta quizá sea la mejor manera de distinguir una democracia imperfecta de un camino hacia Gilead.
No consiste simplemente en preguntar:
“¿Me gusta este Gobierno?”
Hay una pregunta mucho más importante:
¿qué límites tiene ese Gobierno?
¿Puede perder unas elecciones?
¿Puede un juez detenerlo?
¿Puede un periodista investigarlo?
¿Puede una universidad contradecirlo?
¿Puede una organización demandarlo?
¿Puede una mujer decidir independientemente sobre su vida?
¿Puede una minoría conservar derechos aunque sea impopular?
¿Puede un ciudadano criticar al presidente sin miedo?
Mientras esas respuestas continúen siendo afirmativas, existen barreras importantes contra Gilead.
Cuando empiezan a convertirse sistemáticamente en negativas, la comparación deja de ser únicamente literaria.
Gilead no comienza con las Criadas
Ésa puede ser la conclusión más importante.
Gilead no empieza cuando las mujeres se ponen los vestidos rojos.
Para entonces el sistema ya ha ganado.
Empieza mucho antes.
Cuando una crisis hace que la sociedad acepte medidas excepcionales.
Cuando el adversario se convierte en enemigo.
Cuando la reproducción empieza a considerarse patrimonio nacional.
Cuando religión y poder comienzan a confundirse.
Cuando la educación debe enseñar una única versión correcta de la sociedad.
Cuando algunas personas pierden derechos y las demás continúan tranquilamente con sus vidas.
Cuando controlar a determinados grupos empieza a parecernos aceptable porque no pertenecemos a ellos.
Cuando instituciones independientes dejan de parecernos necesarias porque en ese momento obstaculizan al gobierno que preferimos.
Y, sobre todo, cuando empezamos a asumir que los derechos conquistados ayer seguirán existiendo mañana simplemente porque sí.
El cuento de la criada no demuestra que nuestro presente vaya inevitablemente hacia Gilead.
Afirmarlo sería falso.
Lo que demuestra la historia —y lo que Atwood convirtió en ficción— es algo más incómodo:
una sociedad no necesita querer convertirse en Gilead para comenzar a construir algunos de los mecanismos que podrían hacer posible algo parecido.
Por eso la pregunta adecuada no es:
“¿Estamos ya en Gilead?”
La respuesta es no.
La pregunta importante es:
“¿Sabríamos reconocer sus primeras piezas antes de que estuvieran todas colocadas?”

