Cómo tener más suerte: por qué el azar importa menos de lo que pensamos y qué podemos hacer para aumentar nuestras oportunidades
Hay personas a las que parece que todo les sale bien. Encuentran el trabajo adecuado en el momento preciso, conocen a alguien que transforma su carrera, descubren una oportunidad antes que los demás, conocen a su pareja casi por casualidad o consiguen convertir un fracaso inesperado en el comienzo de algo mejor.
Desde fuera, solemos resumir todas esas historias con una palabra: suerte.
“Tuvo suerte de conocer a esa persona”. “Estaba en el lugar adecuado”. “Le surgió una oportunidad”. “Tuvo suerte con aquel negocio”. “Tuvo suerte de que le contrataran”.
La palabra resulta cómoda porque permite explicar acontecimientos complejos con una causa aparentemente sencilla e incontrolable. Sin embargo, ¿hasta qué punto esas situaciones dependen realmente del azar?
Esa es la pregunta de partida de How Luck Happens: Using the Science of Luck to Transform Work, Love, and Life (2018), de Janice Kaplan y Barnaby Marsh. Su tesis resulta provocadora precisamente porque cuestiona una creencia profundamente arraigada: la suerte no sería únicamente algo que nos sucede, sino también algo cuya probabilidad podemos modificar mediante nuestras decisiones y comportamientos.
Esto no significa que podamos controlar el azar.
Tampoco significa que todas las personas partamos de las mismas condiciones, que el esfuerzo garantice el éxito o que quienes sufren circunstancias adversas sean responsables de ellas.
La propuesta es bastante más interesante: aunque existen acontecimientos completamente aleatorios que escapan a nuestro control, podemos influir en nuestra exposición a las oportunidades, en nuestra preparación para reconocerlas y en nuestra capacidad para aprovecharlas cuando aparecen.
En otras palabras, quizás no podamos decidir cuándo llegará una oportunidad. Pero podemos aumentar considerablemente las probabilidades de estar preparados cuando llegue.
Y esa diferencia cambia por completo nuestra forma de entender la suerte.

La primera gran diferencia: azar y suerte no son exactamente lo mismo
Uno de los errores más habituales consiste en utilizar “azar” y “suerte” como si fueran exactamente la misma cosa.
Pero conviene separarlos.
El azar representa aquellos acontecimientos que no podemos controlar.
No podemos decidir quién se sentará a nuestro lado en un avión. No sabemos qué conversación escucharemos accidentalmente en una conferencia. No podemos prever qué empresa necesitará exactamente nuestro perfil dentro de seis meses. Tampoco podemos controlar determinadas crisis económicas, cambios tecnológicos, enfermedades, accidentes o decisiones de otras personas.
Todo eso pertenece, en distinta medida, al terreno de la incertidumbre.
La suerte aparece cuando ese acontecimiento fortuito interactúa con algo que sí depende de nosotros.
Imaginemos que durante una cena terminamos sentados junto a una persona que podría financiar nuestro proyecto.
El lugar que ocupamos en la mesa puede ser completamente aleatorio.
Pero lo que sucede después ya no lo es.
¿Sabemos explicar nuestra idea?
¿Tenemos suficientemente desarrollado el proyecto?
¿Somos capaces de detectar que esa conversación podría ser importante?
¿Nos atrevemos a hablar?
¿Hemos trabajado previamente para poder responder a preguntas difíciles?
¿Sabemos mantener posteriormente el contacto?
El acontecimiento aleatorio abre una puerta.
La preparación determina qué hacemos con ella.
How Luck Happens plantea precisamente esa interacción: la suerte surgiría cuando el azar se encuentra con la preparación, el talento, el esfuerzo y la capacidad para reconocer una oportunidad.
Esta idea recuerda una intuición que aparece repetidamente en la historia de la ciencia, la empresa, el arte y la innovación: muchos descubrimientos aparentemente accidentales solo pudieron convertirse en avances porque alguien estaba preparado para comprender lo que tenía delante.
El accidente puede ser fortuito.
Reconocer su importancia normalmente no lo es.

Alexander Fleming: cuando un accidente encuentra una mente preparada
Uno de los ejemplos más conocidos es el descubrimiento de la penicilina.
En 1928, Alexander Fleming observó que un moho había contaminado accidentalmente una de sus placas de cultivo y que, alrededor de él, las bacterias no crecían.
La contaminación fue accidental.
Pero descubrir su importancia no fue simplemente cuestión de suerte.
Miles de investigadores podrían haber considerado aquella placa contaminada como un experimento arruinado y haberla tirado.
Fleming poseía los conocimientos necesarios para advertir que estaba ocurriendo algo extraño.
El azar colocó el fenómeno delante de él.
Su experiencia científica le permitió reconocerlo.
Este patrón aparece constantemente en las historias que calificamos como golpes de suerte.
La casualidad proporciona información.
La preparación permite interpretarla.
Por eso una primera manera de “tener más suerte” consiste simplemente en estar mejor preparados para reconocer oportunidades que otras personas pasarían por alto.

La suerte favorece a quienes siguen intentándolo
Otra de las grandes ideas desarrolladas por Kaplan y Marsh es la importancia de la persistencia.
En muchas ocasiones, lo que posteriormente describimos como suerte ocurre después de una larga secuencia de intentos que nadie recuerda.
Vemos el éxito.
No vemos las decenas de oportunidades que no funcionaron.
El escritor John Grisham, por ejemplo, acumuló numerosos rechazos antes de conseguir publicar su primera novela.
Una vez alcanzado el éxito, resulta tentador interpretar su trayectoria retrospectivamente como si estuviera destinada a suceder.
Pero la realidad suele ser mucho más caótica.
Cada nuevo intento genera una nueva posibilidad.
Cada contacto genera otra conexión.
Cada proyecto crea otra oportunidad.
La persistencia tiene así un efecto matemático bastante sencillo: aumenta el número de ocasiones en las que algo favorable puede ocurrir.
Una persona que envía una única candidatura a un puesto de trabajo depende enormemente de esa oportunidad.
Una persona que establece relaciones profesionales constantemente, desarrolla nuevas competencias, participa en proyectos y presenta candidaturas regularmente está aumentando el número de caminos posibles hacia un resultado positivo.
No existe garantía.
Pero sí cambia la probabilidad.
Y esa es probablemente una de las interpretaciones más útiles de la suerte: no garantizar resultados, sino modificar probabilidades.
Suerte no significa meritocracia
Aquí conviene introducir una matización fundamental.
Defender que determinadas conductas pueden aumentar nuestras probabilidades de encontrar oportunidades no significa aceptar una interpretación extrema de la meritocracia.
No todas las personas tienen las mismas oportunidades.
El lugar de nacimiento, los recursos económicos familiares, la educación, la salud, el género, las redes sociales disponibles, las discriminaciones existentes, el acceso al capital o las circunstancias históricas pueden condicionar profundamente una trayectoria.
Una persona puede trabajar muchísimo y fracasar.
Otra puede esforzarse bastante menos y beneficiarse de circunstancias extraordinariamente favorables.
La suerte existe precisamente porque el mundo no distribuye resultados únicamente en función del esfuerzo.
Por eso resulta peligroso transformar la idea de “podemos influir en nuestra suerte” en otra completamente diferente: “todo lo que nos ocurre depende de nuestras decisiones”.
No es cierto.
Lo interesante es identificar el margen de maniobra existente dentro de la incertidumbre.
No controlamos todas las cartas.
Pero podemos aprender a jugar mejor las que recibimos.
Estar donde ocurren las oportunidades
Otro principio básico de How Luck Happens consiste en algo aparentemente evidente pero enormemente poderoso: si queremos que aparezcan determinadas oportunidades, necesitamos estar en lugares donde esas oportunidades puedan producirse.
Los autores utilizan una famosa idea atribuida al legendario jugador de hockey Wayne Gretzky: no dirigirse hacia donde está el disco, sino hacia donde estará.
Aplicado a la vida profesional, significa anticipar dónde pueden aparecer las oportunidades.
Durante décadas, una persona que aspiraba a convertirse en actriz tenía probablemente más oportunidades profesionales en Los Ángeles que en una pequeña localidad sin industria audiovisual.
Durante el auge de Silicon Valley, un emprendedor tecnológico encontraba allí una concentración extraordinaria de ingenieros, inversores, empresas y conocimiento.
Actualmente ocurre algo parecido con determinados congresos científicos, comunidades profesionales, ecosistemas tecnológicos o redes internacionales.
El principio no exige necesariamente mudarse de ciudad.
Internet ha transformado radicalmente la geografía de las oportunidades.
Participar en una comunidad profesional especializada, colaborar en proyectos abiertos, acudir a encuentros sectoriales, publicar investigaciones, intervenir en foros profesionales o compartir conocimientos públicamente puede colocarnos en espacios donde determinadas oportunidades circulan con mayor frecuencia.
La pregunta útil sería:
¿Dónde están ocurriendo las cosas que me interesan?
Y después:
¿Estoy presente allí de alguna forma?
Las oportunidades tienen geografía
Pensemos en una persona que quiere dedicarse profesionalmente a la inteligencia artificial.
Podría pasar años estudiando desde casa.
Eso puede proporcionarle grandes conocimientos.
Pero si además participa en proyectos abiertos, conferencias, comunidades especializadas, hackathons o grupos de investigación, empieza a multiplicar sus posibilidades de conocer personas, descubrir proyectos y recibir propuestas inesperadas.
Su conocimiento aumenta su preparación.
Su presencia aumenta su exposición.
Ambas cosas juntas incrementan la probabilidad de que ocurra algo que posteriormente describiremos como suerte.
Este fenómeno no se limita al trabajo.
Funciona también en las relaciones personales.
Si una persona quiere conocer gente interesada en arte, probablemente encuentre más afinidades participando en actividades relacionadas con arte que esperando que aparezcan accidentalmente en cualquier lugar.
No se trata de convertir las relaciones humanas en una ecuación.
Se trata de reconocer una realidad elemental: nuestro entorno determina parte de las oportunidades a las que estamos expuestos.
La fuerza de los vínculos débiles
Aquí aparece una de las ideas más interesantes de la sociología contemporánea: la importancia de los llamados vínculos débiles.
El sociólogo Mark Granovetter formuló esta idea en su famoso trabajo sobre The Strength of Weak Ties.
Las personas más cercanas a nosotros —familia, amistades íntimas, compañeros habituales— suelen compartir buena parte de nuestro entorno.
Conocen personas parecidas.
Acceden a información similar.
Frecuentan espacios semejantes.
Los conocidos más lejanos, en cambio, pueden conectarnos con mundos completamente diferentes.
Un antiguo compañero de universidad.
Una persona que conocimos en un congreso.
Alguien con quien coincidimos ocasionalmente.
Una profesional con quien intercambiamos mensajes alguna vez.
Precisamente porque estas personas pertenecen a redes distintas, pueden aportarnos información y conexiones que nuestro círculo inmediato no posee.
How Luck Happens destaca este mecanismo como una de las formas más importantes de aumentar las oportunidades.
La conclusión práctica no consiste en acumular contactos superficialmente.
Consiste en mantener una red suficientemente diversa para que información procedente de mundos diferentes pueda llegar hasta nosotros.
Cuanto más diversa sea nuestra red, más ventanas tendremos abiertas
Imaginemos dos personas con idéntica preparación profesional.
La primera mantiene contacto únicamente con cinco compañeros de trabajo.
La segunda mantiene relaciones razonables con antiguos compañeros, personas de otras empresas, profesionales de sectores diferentes, investigadores, asociaciones y comunidades internacionales.
¿Quién tiene más probabilidades de enterarse de una oportunidad inesperada?
Probablemente la segunda.
No porque sea necesariamente mejor.
Sino porque existe una mayor cantidad de caminos por los que la información puede llegar hasta ella.
Podemos imaginar la suerte como una red.
Cuantos más nodos relevantes existan y cuanto más diversos sean, mayor será la probabilidad de que aparezca una conexión inesperada.
Por eso conversar, colaborar, ayudar y mantener relaciones profesionales no constituye únicamente una actividad social.
Es también una infraestructura de oportunidades.
Pero las redes no sirven si nadie sabe qué estás buscando
Hay otra idea importante.
Muchas personas esperan oportunidades que su entorno desconoce que desean.
Quieren cambiar de trabajo, desarrollar un proyecto, encontrar colaboradores, publicar un libro, participar en una investigación o aprender una nueva disciplina.
Pero no lo cuentan.
Esto reduce enormemente las posibilidades de que otras personas puedan ayudar.
Si nadie sabe que estás buscando una determinada oportunidad, nadie puede asociarte mentalmente con ella cuando aparezca.
Una estrategia sencilla consiste en hacer visibles nuestros intereses.
No significa pedir favores constantemente.
Significa permitir que nuestro entorno conozca razonablemente bien en qué estamos trabajando y qué nos interesa.
Cuando alguien escuche:
“Estamos buscando una persona especializada en…”
podrá pensar:
“Conozco precisamente a alguien”.
Ese pequeño mecanismo explica una cantidad sorprendente de oportunidades profesionales.
La importancia de destacar
Pero estar presente no siempre resulta suficiente.
Si cientos o miles de personas buscan exactamente lo mismo, necesitamos algún elemento diferencial.
Kaplan y Marsh utilizan un ejemplo fascinante procedente del atletismo: Dick Fosbury.
Hasta los años sesenta, los atletas utilizaban diferentes técnicas para superar el listón en salto de altura.
Fosbury desarrolló una forma radicalmente distinta de saltar: aproximarse al listón, girarse durante el salto y pasarlo de espaldas.
Al principio parecía extraña.
Finalmente revolucionó completamente la disciplina.
Ganó el oro olímpico en México 1968 y aquella técnica —el famoso Fosbury Flop— terminó convirtiéndose en el estándar del salto de altura moderno.
La enseñanza trasciende el deporte.
Cuando todo el mundo compite utilizando las mismas reglas y estrategias, copiar ligeramente mejor a los demás puede no ser suficiente.
A veces las mejores oportunidades aparecen al preguntarnos:
¿Y si el problema pudiera resolverse de otra manera?
El valor estratégico de ser diferente
En el ámbito profesional esta diferencia puede surgir de múltiples formas.
Combinar conocimientos que normalmente permanecen separados.
Especializarse en un nicho ignorado.
Comunicar de manera diferente.
Crear una herramienta.
Desarrollar una metodología.
Trabajar entre disciplinas.
Traducir conocimiento científico para públicos no especializados.
Aplicar una tecnología existente a un problema diferente.
Las grandes oportunidades suelen aparecer precisamente en las intersecciones.
Una persona que sabe biología compite con muchos biólogos.
Una que sabe programación compite con muchos programadores.
Alguien que combina biología, programación y comunicación científica puede disponer de un perfil considerablemente más raro.
Ser diferente no garantiza éxito.
Pero puede reducir la competencia directa.
Y eso también modifica las probabilidades.
No tener un único camino
Otra estrategia destacada en el libro consiste en diversificar.
Las personas solemos construir historias demasiado lineales:
Estudiaré esto.
Conseguiré este trabajo.
Ascenderé.
Crearé esta empresa.
Publicaré este libro.
Pero la realidad rara vez respeta nuestros planes.
Los proyectos fracasan.
Los sectores cambian.
Las empresas desaparecen.
Las tecnologías evolucionan.
Nuestros intereses también cambian.
Por eso depender de un único camino aumenta nuestra vulnerabilidad.
Tener varios proyectos, competencias, relaciones o fuentes de aprendizaje puede generar nuevas oportunidades y, al mismo tiempo, protegernos cuando alguna dirección deja de funcionar.
No significa vivir dispersos.
Significa evitar que toda nuestra vida dependa de una única apuesta.
La opcionalidad: una forma moderna de entender la suerte
Podemos traducir esta idea utilizando una palabra muy utilizada en estrategia: opcionalidad.
Tener opciones posee valor incluso cuando todavía no sabemos cuál utilizaremos.
Aprender otro idioma crea opciones.
Construir una buena red profesional crea opciones.
Ahorrar crea opciones.
Aprender una competencia complementaria crea opciones.
Mantener una reputación profesional sólida crea opciones.
Experimentar con proyectos pequeños crea opciones.
Cada una de ellas aumenta los caminos disponibles cuando aparece un cambio inesperado.
Una persona con múltiples opciones puede responder a una crisis con flexibilidad.
Una persona atrapada en una única trayectoria tiene mucho menos margen.
Desde esta perspectiva, aumentar nuestra suerte consiste en parte en construir opciones antes de necesitarlas.
El problema de los planes demasiado rígidos
El libro utiliza una metáfora especialmente útil: vivir utilizando una brújula en lugar de un mapa.
Un mapa establece una ruta exacta.
Una brújula establece una dirección.
La diferencia es fundamental.
“Quiero trabajar exactamente en esta empresa, con este puesto, antes de cumplir 30 años” constituye un mapa.
“Quiero desarrollar una carrera relacionada con la investigación ambiental y generar impacto social” funciona más como una brújula.
El primer modelo puede generar frustración cuando aparece un obstáculo.
El segundo permite cambiar de camino manteniendo la dirección.
Una planificación excesivamente rígida puede provocar que ignoremos oportunidades inesperadas porque no forman parte del plan original.
Y muchas trayectorias interesantes nacen precisamente de desviaciones.
Las oportunidades pequeñas importan
Existe además otro problema: imaginamos que una gran oportunidad llegará claramente identificada.
Normalmente no sucede así.
Muchas oportunidades comienzan siendo pequeñas.
Una conversación.
Un proyecto secundario.
Una invitación aparentemente poco importante.
Una colaboración breve.
Un correo electrónico.
Una recomendación.
Un experimento.
Una conferencia.
Una idea que todavía no parece rentable.
Solo retrospectivamente identificamos cuál de ellas transformó nuestra trayectoria.
Esto genera una dificultad: necesitamos seleccionar oportunidades sin saber de antemano cuáles serán importantes.
La mejor estrategia probablemente sea realizar experimentos pequeños y relativamente baratos.
Probar antes de comprometer enormes recursos.
Publicar un proyecto piloto.
Aceptar algunas colaboraciones interesantes.
Aprender una competencia nueva durante unas semanas.
Hablar con personas del sector.
Construir un prototipo.
Pequeñas apuestas pueden generar información y abrir caminos.
La suerte profesional y “la tercera pila”
How Luck Happens utiliza una metáfora especialmente interesante para explicar cómo funcionan muchas oportunidades laborales.
Imaginemos una empresa que recibe miles de candidaturas.
Podríamos pensar que existen dos grupos:
quienes pasan el primer filtro y quienes son descartados.
Pero existe potencialmente una tercera categoría: las personas que llegan previamente recomendadas, conocidas o identificadas como especialmente interesantes.
La estrategia consiste entonces en evitar competir únicamente dentro del enorme montón de candidaturas impersonales.
¿Cómo?
Construyendo relaciones.
Haciendo visible nuestro trabajo.
Contactando razonablemente con personas relevantes.
Participando en comunidades profesionales.
Consiguiendo recomendaciones legítimas.
Demostrando interés antes de que aparezca la vacante.
No se trata de manipular el sistema.
Se trata de comprender que las decisiones humanas rara vez se basan únicamente en documentos anónimos.
La confianza, la reputación y las relaciones también influyen.
Hacer un poco más de lo esperado
En entornos competitivos, diferencias aparentemente pequeñas pueden generar efectos importantes.
Supongamos que una empresa recibe cien currículos técnicamente adecuados.
Si diez personas han investigado el proyecto, adaptado cuidadosamente su candidatura y explicado cómo podrían contribuir, probablemente resultarán más memorables.
Si tres además han construido previamente algo relevante para demostrar sus capacidades, destacarán todavía más.
No existe garantía de contratación.
Pero nuevamente encontramos el mismo principio:
aumentar las probabilidades.
La suerte profesional puede depender menos de esperar que alguien descubra nuestro talento y más de facilitar que ese talento resulte visible.
La suerte también depende de saber pedir
Muchas oportunidades desaparecen porque nunca formulamos una petición.
No preguntamos.
No proponemos.
No solicitamos una reunión.
No enviamos una candidatura porque creemos que nuestro perfil no es perfecto.
No presentamos el proyecto.
No pedimos colaboración.
No negociamos.
No contactamos con alguien porque suponemos que no responderá.
Cada una de esas decisiones elimina una posibilidad antes incluso de comprobar si podía funcionar.
Una de las características comunes de las personas que parecen encontrar más oportunidades es probablemente su mayor tolerancia al rechazo.
Entienden que escuchar un “no” forma parte del proceso.
Quien intenta cien veces puede acumular muchos rechazos.
También dispone de cien posibilidades de recibir un sí.
Quien intenta dos veces posiblemente sufrirá menos rechazos.
Pero también reduce radicalmente las posibilidades de encontrar una oportunidad extraordinaria.
La suerte en el amor tampoco consiste solamente en encontrar a “la persona adecuada”
El libro aplica esta misma lógica a las relaciones sentimentales.
Existe una narrativa cultural enormemente poderosa alrededor del amor: existe alguien perfecto para nosotros y nuestra felicidad depende de encontrarlo accidentalmente.
Ese modelo convierte el amor en una lotería.
Sin embargo, una relación duradera depende de bastante más que el encuentro inicial.
Encontrar a alguien compatible puede contener una importante dosis de azar.
Construir una buena relación exige comportamiento, atención, negociación, comunicación y compromiso.
Además, el lugar donde conocemos personas influye considerablemente en el tipo de personas que probablemente encontraremos.
Si una persona disfruta profundamente de la literatura, participar en actividades culturales puede proporcionarle más oportunidades de conocer personas con intereses compatibles que acudir indiscriminadamente a cualquier espacio multitudinario.
La cantidad no sustituye a la compatibilidad.
La paradoja de pensar que siempre existe alguien mejor
How Luck Happens también conecta las relaciones con la denominada paradoja de la elección, desarrollada por el psicólogo Barry Schwartz.
Cuando disponemos de demasiadas alternativas, podemos terminar sintiéndonos menos satisfechos con nuestra elección.
Las aplicaciones de citas representan quizá una versión especialmente intensa de este fenómeno.
La posibilidad permanente de encontrar una persona supuestamente mejor puede transformar cualquier pequeña imperfección en una razón para seguir buscando.
El problema es evidente:
las personas reales siempre tendrán defectos.
Compararlas con una sucesión potencialmente infinita de alternativas imaginarias crea expectativas imposibles.
Encontrar una buena relación requiere saber reconocer compatibilidad suficiente y después construir sobre ella.
La suerte proporciona encuentros.
Las relaciones requieren trabajo.
¿Podemos enseñar a nuestros hijos a tener más suerte?
El libro también extiende estas ideas a la educación.
Aquí surge una reflexión especialmente interesante: una persona que cree que sus acciones pueden influir razonablemente en su vida probablemente explore más oportunidades que alguien convencido de que nada depende de ella.
En psicología esta diferencia se relaciona con ideas como percepción de control o autoeficacia.
Cuando protegemos excesivamente a niños y adolescentes frente a cualquier error, podemos privarlos de oportunidades para experimentar la relación entre decisiones y consecuencias.
Elegir.
Equivocarse.
Corregir.
Probar.
Descubrir intereses.
Abandonar algunos.
Persistir en otros.
Todas estas experiencias construyen autonomía.
La función de los adultos no debería consistir en diseñar completamente el mapa vital de sus hijos.
Quizá resulte más útil proporcionarles una brújula.
Dejar espacio para experimentos
El libro menciona la juventud de Bill Gates y Paul Allen y sus primeros experimentos empresariales anteriores a Microsoft.
La enseñanza importante no reside en utilizar a multimillonarios como modelos universales de éxito.
Consiste en observar cómo determinados entornos permiten experimentar sin exigir que cada proyecto produzca inmediatamente resultados.
Esto también puede aplicarse a la educación.
No todo aprendizaje necesita convertirse en una carrera.
No cada afición necesita monetizarse.
No cada proyecto necesita triunfar.
Algunos experimentos aparentemente improductivos proporcionan conocimientos que solo adquieren importancia años después.
Una actividad que fracasa puede enseñar programación.
Otra puede proporcionar contactos.
Otra puede revelar que no queremos trabajar en determinado sector.
Otra puede descubrir una habilidad inesperada.
La exploración también produce información.
Cómo reducir la mala suerte
Hasta ahora hemos hablado principalmente de aumentar oportunidades.
Pero existe una segunda dimensión igualmente importante: reducir nuestra exposición a acontecimientos negativos evitables.
No podemos eliminar completamente el riesgo.
Pero sí podemos gestionar algunos riesgos.
Utilizar cinturón de seguridad.
Mantener hábitos saludables razonables.
Crear copias de seguridad.
Diversificar inversiones.
Contratar determinados seguros.
Revisar contratos.
Ahorrar para emergencias.
Proteger contraseñas.
Realizar mantenimiento preventivo.
Muchas de estas acciones resultan aburridas precisamente porque funcionan antes de que exista un problema.
Cuando nada sucede, parecen innecesarias.
Cuando ocurre algo, descubrimos su valor.
La prevención constituye una forma poco glamourosa pero tremendamente poderosa de “fabricar suerte”.
Tenemos miedo de los riesgos equivocados
Los seres humanos evaluamos mal muchas probabilidades.
Nos impresionan acontecimientos extraordinarios y visualmente impactantes mientras ignoramos riesgos cotidianos mucho más frecuentes.
Podemos preocuparnos enormemente por sucesos extremadamente improbables y, simultáneamente, asumir comportamientos rutinarios bastante más peligrosos.
Esta distorsión afecta también a las decisiones profesionales.
Sobreestimamos el riesgo de un fracaso visible.
Subestimamos el riesgo de permanecer durante años en una situación que no nos satisface.
Tememos enviar una propuesta porque podrían rechazarla.
No pensamos en el coste acumulado de nunca intentarlo.
Tememos cambiar de sector.
Ignoramos el riesgo de que nuestro sector desaparezca o cambie tecnológicamente.
La gestión inteligente de la suerte requiere pensar no solamente en probabilidades, sino también en costes de oportunidad.
Convertir la mala suerte en una bifurcación
Una de las historias utilizadas por el libro es la del escritor Lee Child.
Antes de convertirse en el creador del personaje Jack Reacher, Child perdió el trabajo televisivo que había desempeñado durante años.
Podía interpretar aquello únicamente como una desgracia.
En lugar de hacerlo, utilizó la ruptura como oportunidad para comenzar una nueva carrera.
No debemos romantizar este tipo de historias.
Perder un empleo puede generar consecuencias económicas, familiares y psicológicas muy serias.
No todos los problemas contienen mágicamente una oportunidad.
Pero existe una idea valiosa: una circunstancia negativa puede alterar nuestra trayectoria lo suficiente como para hacer visibles caminos que antes no contemplábamos.
Los autores utilizan una metáfora interesante: para subir a una montaña más alta, a veces tenemos que descender primero al valle.
El retroceso aparente puede ser parte de un cambio de dirección.
La diferencia entre optimismo ingenuo y optimismo estratégico
Aquí también necesitamos distinguir conceptos.
Pensar que “todo pasa por algo” no constituye una estrategia.
Creer que cualquier desgracia terminará necesariamente produciendo algo bueno tampoco.
Eso sería optimismo ingenuo.
El optimismo estratégico consiste en preguntarnos:
Dado que esto ya ha ocurrido, ¿qué opciones tengo ahora?
No niega el problema.
Busca posibilidades dentro de él.
Una empresa cierra.
Una relación termina.
Una candidatura fracasa.
Un proyecto pierde financiación.
Una tecnología deja obsoleta una competencia.
Ninguno de estos acontecimientos es necesariamente positivo.
Pero después de ocurrido aparece una decisión.
Podemos intentar reconstruir exactamente lo anterior.
O podemos utilizar el cambio para explorar alternativas que anteriormente nunca habríamos considerado.
El efecto acumulativo de pequeñas oportunidades
Una de las mayores trampas cuando pensamos en suerte consiste en buscar grandes golpes de fortuna.
Sin embargo, una trayectoria suele construirse mediante numerosos acontecimientos pequeños.
Conoces a alguien.
Esa persona recomienda un libro.
El libro despierta un interés.
Realizas un curso.
Allí conoces a otra persona.
Surge un proyecto.
Ese proyecto crea una competencia.
Esa competencia permite conseguir otro trabajo.
Cinco años después contamos la historia diciendo:
“Tuve suerte porque conocí a aquella persona”.
Es verdad.
Pero también es incompleta.
Entre aquel primer acontecimiento y el resultado final existió una cadena completa de decisiones.
La suerte rara vez es un único momento.
Con frecuencia es una secuencia.
Podemos diseñar sistemas que generen serendipia
La palabra serendipia describe precisamente esos descubrimientos valiosos que aparecen inesperadamente mientras buscábamos otra cosa.
Podemos pensar que, por definición, no existe forma de favorecerlos.
Pero sí podemos crear entornos donde resulten más probables.
Leer fuera de nuestra disciplina.
Hablar con personas diferentes.
Viajar.
Participar en comunidades diversas.
Experimentar.
Compartir nuestros proyectos.
Mantener curiosidad.
Cambiar ocasionalmente nuestras rutinas.
Aceptar algunas invitaciones inesperadas.
Hacer preguntas.
Todas estas acciones aumentan nuestra exposición a información no prevista.
Y la información inesperada constituye la materia prima de muchas oportunidades.
La curiosidad como multiplicador de suerte
La curiosidad merece una atención especial.
Dos personas pueden experimentar exactamente el mismo acontecimiento y reaccionar de manera completamente diferente.
Una lo ignora.
La otra pregunta:
“¿Por qué ha ocurrido esto?”
“¿Quién ha hecho esto?”
“¿Cómo funciona?”
“¿Qué pasaría si…?”
Esa pregunta puede abrir un camino completamente nuevo.
La curiosidad convierte información accidental en exploración.
Y la exploración genera oportunidades.
Podríamos expresarlo mediante una fórmula conceptual:
Curiosidad → exploración → información nueva → conexiones nuevas → oportunidades nuevas.
Nada garantiza que una determinada exploración produzca resultados.
Pero una vida sin exploración reduce drásticamente los lugares desde los que puede aparecer algo inesperado.
La preparación amplifica el valor del azar
Podemos imaginar dos personas recibiendo exactamente la misma oportunidad.
Una lleva años preparándose.
La otra no.
La primera puede convertirla rápidamente en algo importante.
La segunda quizá ni siquiera pueda utilizarla.
Esto sucede constantemente.
Una oferta aparece cuando ya dominamos una competencia.
Un inversor pregunta precisamente cuando nuestro proyecto está preparado.
Una colaboración llega cuando hemos construido reputación.
Una noticia aparece cuando poseemos conocimientos suficientes para comprender sus implicaciones.
Desde fuera parece suerte.
Desde dentro suelen existir años de preparación invisible.
Por eso la preparación puede funcionar como amplificador del azar.
No aumenta necesariamente el número de acontecimientos fortuitos.
Aumenta el valor que podemos extraer de ellos.
Reputación: la suerte que construimos antes de necesitarla
Existe otra forma especialmente importante de preparación: la reputación.
Cuando hacemos bien nuestro trabajo durante años, cumplimos compromisos, tratamos correctamente a otras personas y compartimos conocimiento, construimos una red de confianza.
Esa reputación puede permanecer aparentemente dormida durante mucho tiempo.
Hasta que alguien necesita exactamente lo que sabemos hacer.
Entonces ocurre algo curioso.
Una persona nos recomienda.
Nos llega una propuesta.
Alguien recuerda nuestro nombre.
Desde nuestra perspectiva puede parecer una oportunidad inesperada.
Pero existe una infraestructura previa que la hizo posible.
Podríamos considerar la reputación como suerte acumulada.
Se construye lentamente y puede generar oportunidades mucho después.
Generosidad y reciprocidad
Algo similar ocurre con la ayuda que proporcionamos a otras personas.
Si concebimos las redes únicamente como herramientas para obtener beneficios, probablemente construiremos relaciones superficiales y transaccionales.
Las redes profesionales más sólidas suelen funcionar mediante reciprocidad a largo plazo.
Compartimos información.
Presentamos personas.
Recomendamos oportunidades.
Ayudamos.
No sabemos si esa ayuda regresará.
Ni cuándo.
Ni de qué manera.
Precisamente por eso puede producir conexiones inesperadas.
Una comunidad en la que las personas comparten oportunidades genera más oportunidades para todos sus miembros.
La suerte también puede tener una dimensión colectiva.
Por qué algunas personas parecen extraordinariamente afortunadas
Cuando observamos a alguien que encuentra continuamente nuevas oportunidades, quizá no estemos viendo únicamente azar.
Podríamos estar viendo una combinación de comportamientos:
Tiene una red amplia.
Habla con mucha gente.
Prueba muchas cosas.
Comparte lo que hace.
Pregunta.
Acepta algunos riesgos.
Aprende continuamente.
Mantiene varios proyectos.
Pide ayuda.
Ayuda a otras personas.
No abandona inmediatamente después de un rechazo.
Observa cambios.
Es capaz de modificar sus planes.
Cada comportamiento añade una pequeña probabilidad.
Combinados durante años producen enormes diferencias.
Una posible ecuación de la suerte
Evidentemente, la suerte no puede reducirse literalmente a una ecuación matemática sencilla.
Pero como herramienta conceptual podríamos imaginar algo así:
Suerte aprovechable = azar × exposición × preparación × capacidad de reconocimiento × acción
El azar puede ser idéntico para dos personas.
Pero las demás variables pueden ser completamente diferentes.
Si nunca estamos expuestos a un determinado entorno, algunas oportunidades simplemente no aparecerán.
Si aparecen pero no estamos preparados, no podremos aprovecharlas.
Si estamos preparados pero no las reconocemos, pasarán inadvertidas.
Si las reconocemos pero nunca actuamos, tampoco ocurrirá nada.
Esta fórmula ayuda a comprender por qué la suerte puede ser simultáneamente imprevisible y parcialmente gestionable.
Diez formas prácticas de aumentar nuestras probabilidades de tener suerte
Las ideas de How Luck Happens pueden traducirse en una serie de principios bastante concretos:
- Aumenta tu exposición a oportunidades. Participa en lugares, comunidades y proyectos donde sucedan cosas relacionadas con tus intereses.
- Construye vínculos débiles. No limites tus relaciones a tu círculo inmediato. Mantén contacto con personas procedentes de contextos diferentes.
- Explica qué estás haciendo. Facilita que otras personas puedan relacionarte con oportunidades relevantes.
- Prepárate antes de necesitarlo. Aprende capacidades que podrían resultar útiles más adelante.
- Haz experimentos pequeños. Explora ideas sin comprometer inmediatamente todos tus recursos.
- Diversifica tus opciones. Evita depender completamente de una única trayectoria.
- Tolera el rechazo. Cuantos más intentos realizas, más posibilidades existen de encontrar un resultado positivo.
- Cultiva curiosidad. Investiga anomalías, ideas y conexiones inesperadas.
- Protege el lado negativo. Reduce riesgos evitables mediante prevención.
- Utiliza una brújula, no un mapa. Define dirección y valores, pero permite que el camino cambie.
Una advertencia: no todo puede optimizarse
Existe, sin embargo, una tentación contemporánea peligrosa.
Convertir cada conversación en networking.
Cada afición en una oportunidad profesional.
Cada amistad en un contacto.
Cada aprendizaje en una inversión.
Cada experiencia en productividad.
La filosofía de aumentar nuestra suerte no debería conducirnos hacia una vida permanentemente instrumental.
Hay actividades cuyo valor no depende de que produzcan resultados.
Amistades.
Juego.
Descanso.
Arte.
Contemplación.
Familia.
Tiempo aparentemente improductivo.
Paradójicamente, algunos de esos espacios también generan descubrimientos precisamente porque no están orientados hacia un objetivo.
La serendipia necesita cierta apertura.
Una agenda completamente optimizada puede dejar muy poco espacio para lo inesperado.
Tampoco debemos confundir correlación con causalidad
Muchas historias sobre suerte se cuentan retrospectivamente.
Una persona triunfa y después identifica cuáles fueron las decisiones que supuestamente explicaron su éxito.
Pero debemos tener cuidado.
Miles de personas pueden haber realizado exactamente las mismas acciones sin obtener resultados similares.
Este fenómeno se conoce como sesgo de supervivencia.
Vemos a quienes funcionó.
Los demás desaparecen de la historia.
Por eso los ejemplos inspiradores deben entenderse como ilustraciones de mecanismos posibles, no como pruebas de que determinadas estrategias garantizan resultados.
Fosbury innovó y ganó.
Pero innumerables innovaciones fracasan.
Muchos escritores perseveran y nunca consiguen publicar.
Muchos emprendedores trabajan intensamente y pierden sus empresas.
La lección correcta no es:
“Si haces esto tendrás éxito”.
Es:
“Estas conductas pueden mejorar algunas probabilidades, pero la incertidumbre seguirá existiendo”.
Una filosofía más realista sobre el éxito
Quizá esta sea precisamente la conclusión más interesante.
Podemos rechazar simultáneamente dos extremos.
El primero:
“Todo depende de la suerte.”
El segundo:
“Todo depende de ti.”
Ambos son falsos.
Nuestra vida emerge de una interacción entre decisiones personales, estructuras sociales, recursos disponibles, acciones de otras personas y acontecimientos impredecibles.
No controlamos completamente ninguno de esos sistemas.
Pero tampoco somos completamente pasivos.
Entre el determinismo y la fantasía del control absoluto existe un espacio mucho más útil: la gestión de probabilidades.
Podemos aumentar algunas.
Reducir otras.
Prepararnos.
Explorar.
Crear relaciones.
Aprender.
Protegernos frente a riesgos.
Mantener flexibilidad.
Y después aceptar que una parte del resultado continuará dependiendo del azar.
La verdadera habilidad consiste en estar preparado cuando algo ocurre
Quizá dentro de diez años conozcamos accidentalmente a alguien importante.
Quizá aparezca una tecnología que transforme nuestra profesión.
Quizá una conversación produzca una idea.
Quizá un proyecto secundario termine convirtiéndose en nuestra actividad principal.
Quizá una oportunidad llegue desde alguien a quien conocimos hace siete años.
No podemos saberlo.
Precisamente por eso resulta útil construir condiciones que nos permitan responder.
La pregunta no debería ser únicamente:
“¿Tendré suerte?”
Podríamos sustituirla por otras preguntas mucho más interesantes:
¿Estoy aprendiendo?
¿Estoy conociendo personas diferentes?
¿Estoy mostrando lo que hago?
¿Estoy realizando suficientes intentos?
¿Estoy explorando?
¿Tengo opciones?
¿Sé qué dirección quiero seguir?
¿Podría reconocer una buena oportunidad si apareciera mañana?
Dejar de esperar la suerte y empezar a crear condiciones para que aparezca
El mensaje central de How Luck Happens no consiste en negar el azar.
Todo lo contrario.
Consiste en aceptarlo.
Vivimos dentro de sistemas enormemente complejos donde resulta imposible prever todas las consecuencias de nuestras decisiones.
Precisamente por eso necesitamos flexibilidad.
Podemos trabajar durante años sin obtener el resultado esperado y descubrir posteriormente que una competencia adquirida durante ese proceso resulta decisiva en otro ámbito.
Podemos conocer accidentalmente a alguien que nos conecta con una nueva oportunidad.
Podemos desarrollar un pequeño proyecto que termine creciendo.
Podemos experimentar una pérdida que nos obligue a cambiar de dirección.
Podemos encontrar información que transforme nuestra manera de pensar.
La suerte continuará siendo impredecible.
Lo que podemos modificar es nuestra superficie de contacto con ella.
Cuantas más ideas exploremos, más personas conozcamos, más capacidades desarrollemos y más oportunidades intentemos, mayor será el número de puntos en los que algo inesperado puede conectarse con nuestra trayectoria.
La brújula quizá sea la mejor metáfora
Probablemente la idea más poderosa del libro sea también una de las más sencillas:
utiliza una brújula en lugar de un mapa.
Un mapa presupone que conocemos el terreno.
Pero la vida cambia demasiado rápido.
Aparecen nuevas tecnologías.
Cambian los mercados.
Surgen personas.
Desaparecen empresas.
Nuestros intereses evolucionan.
Las circunstancias familiares cambian.
Los planes perfectamente dibujados envejecen.
Una brújula funciona de otra manera.
No dice exactamente dónde estaremos dentro de diez años.
Nos recuerda hacia dónde queremos avanzar.
Podemos querer autonomía.
Conocimiento.
Impacto.
Creatividad.
Seguridad.
Contribución social.
Investigación.
Familia.
Aventura.
No necesitamos conocer anticipadamente cada paso.
Necesitamos suficiente claridad para reconocer qué oportunidades nos acercan a esa dirección.
Y suficiente flexibilidad para aceptar que algunas de las mejores oportunidades quizá no se parezcan en absoluto a lo que habíamos imaginado.
Conclusión: quizá la suerte sea una habilidad probabilística
No podemos fabricar casualidades.
Pero podemos hacer algo bastante parecido a diseñar una vida más expuesta a casualidades útiles.
Podemos buscar entornos fértiles.
Cultivar relaciones diversas.
Prepararnos.
Experimentar.
Mantener curiosidad.
Hacer visible nuestro trabajo.
Crear opciones.
Perseverar.
Reducir riesgos evitables.
Aceptar cambios de dirección.
Y reconocer que, después de hacer todo eso, seguirá existiendo incertidumbre.
Esa última parte resulta importante.
Porque aprender a aumentar nuestras posibilidades no debería llevarnos a creer que controlamos el mundo.
Al contrario.
Probablemente la estrategia más inteligente consiste precisamente en reconocer cuánto desconocemos.
La persona rígida necesita que el futuro coincida con sus planes.
La persona adaptable necesita saber solamente hacia dónde quiere avanzar.
Y cuando aparece algo inesperado, observa.
Pregunta.
Evalúa.
Decide.
A veces dirá que no.
Otras veces aceptará una oportunidad aparentemente pequeña que terminará transformándolo todo.
Años después quizá mire hacia atrás y diga:
“Tuve mucha suerte”.
Y probablemente tendrá razón.
Pero detrás de aquella suerte posiblemente descubriremos también años de curiosidad, trabajo, relaciones, preparación, decisiones, intentos fallidos y capacidad para reconocer una oportunidad cuando finalmente apareció.
Esa es quizá la lección más valiosa de How Luck Happens: no podemos ordenar a la suerte que llegue, pero sí podemos aumentar enormemente el número de puertas por las que podría entrar.
