Está ubicada en a 75 kilómetros al sur de Oslo, en Noruega y es considerada un modelo de reinserción social.

La prisión de Bastoy está ubicada a  a 75 kilómetros al sur de Oslo, en Noruega y es un modelo de reinserción social. Por ejemplo, la tasa de reincidencia en los liberados de Bastøy es del 16 %, mientras que, en las prisiones británicas, por ejemplo, la tasa de reincidencia llega al 70 %.

Los presos, a pesar de saber están privados de su libertad real, destacan que en ese lugar se sienten tratados como personas:

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Posted by LaRed TV on Jueves, 3 de diciembre de 2015

Una de las cárceles de máxima seguridad de Noruega, situada en la isla de Bastøy, se asemeja a una comunidad con todo tipo de lujos y comodidades. Allí cumplen condena todo tipo de delincuentes en unas condiciones que sus detractores comparan con unas vacaciones de larga estancia. Cada preso dispone de su propio bungalow con baño y cocina incluida. Todos desempeñan algún tipo de trabajo remunerado, existe un supermercado en el que poder comprar los alimentos que ellos mismos cocinan, una iglesia, una biblioteca… y sus horas muertas las pueden pasar en la actividad de ocio que deseen: pescando, nadando, tomando el sol en la playa o incluso tocando con la Bastøy Blues, la banda de música que han organizado ellos mismos en la lista. Pero tendrás que esperar para saber el porqué de esta decisión:

Un preso toma el sol. Marco di Lauro

El objetivo de esta prisión que sus responsables califican como la primera cárcel ecológica y humana del mundo es ayudar a la reinserción en la sociedad de prisioneros que han cometido toda clase de delitos, desde asesinatos o robos a o tráfico de drogas o armas.

Por ello, solo los presos que han cumplido la mayor parte de su condena pueden solicitar el traslado a la isla. Los detenidos que pueden acceder a Bastoy deben cumplir unos requisitos. En la isla se puede vivir por un máximo de cinco años y sólo admiten a quiene han cumplido con la mayoría de su condena. Los presos tienen que demostrar que están dispuestos a trabajar en su reinserción. Una vez allí, los reclusos tienen la obligación de trabajar de ocho y media de la mañana a tres y media de la tarde.

Todos tienen que escribir una carta en la que expliquen los motivos por los que quieren venir aquí. No importa qué delito hayan cometido. Desde el momento en que pisan esta isla, el pasado ya no cuenta. Sólo existen el presente y el futuro.

“Yo no puedo hacer nada para cambiar lo que hicieron pero sí puedo hacer algo para cambiar lo que son ahora y lo que serán mañana”, dice el director.

VIVIENDAS EN LUGAR DE CELDAS

“Algunos medios de comunicación han enseñado las imágenes de los detenidos tomando el sol en verano o nadando en el lago. Han hablado de un hotel de lujo, de una cárcel a cinco estrellas. Pero pocos han venido durante el invierno para ver lo que es esta isla durante los otros seis meses del año”, explica. Son los seis meses en los que la isla está desolada, fría y cubierta de nieve.

Conocida como la “isla del diablo”, Bastoy fue un reformatorio para jóvenes desde 1900 hasta 1970. Un lugar famoso por la brutalidad con la que se trataba a los residentes que vive hoy una transformación. Desde 1988 es una prisión de “mínima seguridad” y desde 2006 es lo que conocemos hoy. Todo lo construyen ellos mismos con madera y si se excluyen unos tractores, no hay coches. Las bicicletas, en cambio, están por todo lado.

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No todos tienen ganas de hablar ni de contar qué han hecho para llegar a la cárcel. En el establo, hay un muchacho de unos veinte años que prefiere acariciar sus vacas. Las conoce una por una: “He visto nacer a algunas de ellas. Para mí es como si fueran una familia y será difícil dejarlas”.

En Bastoy se puede y se debe trabajar y estudiar. Los prisioneros tienen que aportar su esfuerzo en los invernaderos, con los animales o en la carpintería. A cambio reciben un pequeño salario. Pueden trabajar como jardineros, mecánicos o limpiadores. También en el barco o en un departamento de Horten, la ciudad más cercana en tierra firme.

Quince minutos después de que termine el toque de queda, empieza la jornada laboral de los presos, que ganan ocho euros por turno. La cárcel les da 24 euros extra por semana para que los gasten en desayunos y en almuerzos y a veces en una tarjeta telefónica que pueden usar en las cabinas durante los horarios establecidos.

REHABILITACIÓN, NO CASTIGO

En esta isla se respira la tranquilidad y la gentileza de los pueblos escandinavos. Pero en Bastoy no faltan los asesinos, los violadores o los pederastas. Como en todas las cárceles, hay reclusos que no son bien aceptados. Por lo general, los que han maltratado a las mujeres o a los niños.

No es su pasado sino el futuro lo que hace especiales a estos presos: el 84% de los que pasan por Bastoy nunca volverá a violar la ley. Según el instituto noruego de criminología (Krus) la tasa de reincidencia es del 16%. El promedio europeo está en el 70-75% y el americano llega a tocar el 80%.

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“Nosotros estamos aquí para formar a ciudadanos y vecinos”, dice el director. “Un día estas personas saldrán de la cárcel y serán libres. ¿A quién quisieras como vecino para ti y tu familia? ¿Preferirías a un hombre reintegrado en la sociedad o a un hombre todavía enfermo, enojado, que ha estado encerrado durante años en condiciones indignas?” La argumentación del director es imbatible y los números le dan la razón.

En Noruega no hay cadena perpetua y la pena máxima es de 21 años. En un delincuente la legislación noruega ve una persona que tarde o temprano volverá a ser parte de la sociedad.


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