Estaba escribiendo pronósticos para 2026 cuando el foco se desplazó, de golpe, a un acontecimiento que obliga a corregir el tono. No tanto por sorpresa —llevamos años viendo grietas en el orden internacional— como por la forma: un ejercicio del poder que ya no se molesta en vestir sus actos con el mínimo consenso multilateral ni con una narrativa de legalidad creíble.
Me interesa subrayar algo desde el inicio: no siento simpatía por Nicolás Maduro ni por su entorno, ni por la maquinaria represiva que ha pesado sobre la sociedad venezolana. Precisamente por eso el caso es grave: cuando una acción contra un líder autoritario se ejecuta fuera de los márgenes del derecho internacional, se abre la puerta a que el mismo método se aplique mañana contra cualquiera, con el pretexto que sea. Es un precedente que debilita a todos, no solo al objetivo inmediato.

1) Qué sabemos (y qué no) a día de hoy
Según lo publicado por Reuters, la operación estadounidense se ejecutó el 3 de enero de 2026 en Caracas y terminó con Maduro trasladado a Nueva York; se informó de su comparecencia ante un tribunal federal por cargos vinculados al narcotráfico, y de su alegato de que había sido “secuestrado”.
Coberturas en medios españoles e internacionales han seguido el desarrollo como un proceso judicial en EE. UU. con repercusión política inmediata en Caracas (incluida la cuestión de quién asume la transición y bajo qué condiciones).
También se han publicado reacciones políticas europeas que, de forma significativa, separan dos juicios: condenar el autoritarismo del régimen venezolano no implica aceptar la vulneración de la soberanía de un Estado por una potencia extranjera.
Lo que sigue siendo opaco (y probablemente lo será durante semanas) es el detalle jurídico y operativo: qué autorizaciones internas invoca EE. UU., qué coordinación existió —si existió— con actores locales, y qué “teoría legal” pretende convertir un acto de fuerza transfronteriza en algo asimilable a una actuación ordinaria de “fuerzas del orden”.
Aquí aparece ya el primer matiz inquietante que no conviene pasar por alto: no es solo el hecho, sino el modo en que el hecho se ofrece al público, con su sintaxis audiovisual, su ritmo de titulares, su puesta en escena. Ese “cómo” no es un añadido estético: se está convirtiendo en parte de la arquitectura del poder.

2) Por qué esto es un punto de inflexión para el derecho internacional
El principio estructural es simple: la Carta de la ONU prohíbe la amenaza o el uso de la fuerza contra la integridad territorial o la independencia política de cualquier Estado (art. 2.4). En el marco clásico, solo hay dos grandes vías de excepción reconocidas: la legítima defensa (art. 51) y la autorización del Consejo de Seguridad bajo el Capítulo VII.
En esta crisis, el elemento disruptivo no es solo la fuerza en sí, sino el mensaje: “podemos hacerlo”. En el Consejo de Seguridad se ha discutido explícitamente la legalidad de la captura, precisamente porque el precedente que deja no se limita a Venezuela.
Aquí aparece un problema que el discurso político suele intentar resolver con una pirueta: presentar una incursión militar como “operación policial”. Reuters ha recogido esa insistencia discursiva (law enforcement, no military) como parte del encuadre de la Casa Blanca, pero el cambio de etiqueta no resuelve la cuestión de fondo si el acto implica penetrar soberanía ajena por la fuerza.
Y, además, erosiona el único terreno que permite a países medianos o pequeños defenderse de potencias: la idea de que las reglas valen incluso cuando resultan incómodas.

3) La tentación de la “captura extraterritorial” y el precedente que deja
No es la primera vez que se discute la captura transfronteriza de personas buscadas: existe una larga controversia jurídica (y política) sobre abducciones, rendiciones y secuestros de facto entre Estados. Pero aquí la singularidad no reside solo en el acto, sino en su normalización como método: el mensaje implícito es que la excepcionalidad no es tal, sino un recurso disponible.
La clave es que, incluso cuando algunos tribunales nacionales han aceptado juzgar a un acusado pese a cómo fue llevado ante la justicia, eso no convierte automáticamente la operación en compatible con el derecho internacional. Y, sobre todo, normaliza una práctica que, por definición, premia al actor más fuerte.
Si el mundo acepta esto como “una forma eficaz de resolver dictaduras”, entonces está aceptando también que cualquier potencia (hoy EE. UU.; mañana otra) pueda decidir unilateralmente quién gobierna, quién es “criminal” y quién merece ser capturado.

4) Del “Imperio” a un imperialismo más crudo
En 2000, Hardt y Negri propusieron una idea que capturó un espíritu de época: la transición desde los imperialismos nacionales clásicos hacia una soberanía más difusa, con arquitectura global, legitimaciones multilaterales y un orden jurídico-económico que funcionaba como “marco” del poder.
Aun si uno discute esa tesis (y ha sido discutida), lo que hoy asoma es casi su reverso: no tanto una soberanía piramidal compartida, sino el retorno explícito a la lógica de “zonas de influencia” y decisiones unilaterales. Menos coartadas, menos liturgia, menos necesidad de convencer. No es que antes hubiera pureza; había, al menos, fricción institucional y coste reputacional.
La aparente “ventaja” moral de que el poder deje de fingir es ambigua. Sí: la hipocresía de invocar derechos humanos como coartada para objetivos estratégicos ha sido devastadora. Pero cuando ni siquiera se necesita esa coartada, lo que se pierde es el último terreno donde los principios podían presionar, frenar o encarecer la acción.
5) El valor ejemplarizante y el eco inmediato en Groenlandia
Si alguien piensa que “Venezuela queda lejos”, conviene mirar cómo se conectan las señales. En estos mismos días, se ha informado de afirmaciones estadounidenses en el sentido de que el uso de la fuerza “siempre es una opción” en el contexto de Groenlandia.
No hace falta especular demasiado para ver el patrón: cuando un Estado demuestra que está dispuesto a cruzar líneas (Venezuela) y, casi simultáneamente, verbaliza la posibilidad de cruzar otras (Groenlandia), el mensaje no va solo dirigido al objetivo concreto. Es un mensaje al conjunto: aliados, adversarios y espectadores.
Y Europa queda atrapada en una contradicción política evidente: defender principios (soberanía, integridad territorial, prohibición del uso de la fuerza) cuando el infractor es un rival, pero titubear cuando el infractor potencial es un aliado imprescindible. Ese doble rasero, además de moralmente corrosivo, es estratégicamente suicida: la credibilidad es un recurso.
6) Recursos: sí, pero no como caricatura
En paralelo a la discusión jurídica, circula una lectura cruda y muy extendida: “esto va de recursos”. Es una parte de la ecuación, aunque no lo explica todo.
América Latina concentra activos estratégicos que, en un mundo de transición energética y rivalidad tecnológica, adquieren valor geopolítico inmediato. La discusión pública gira, entre otras cosas, alrededor del litio, el agua, el petróleo, el gas y los minerales estratégicos como parte de una competencia global donde la fuerza y la economía se retroalimentan.
Ahora bien: reducirlo todo a “saqueo” también simplifica. En la práctica, estas dinámicas mezclan competencia tecnológica con seguridad, política interior, incentivos electorales y demostraciones de fuerza. El recurso no es solo “botín”: es palanca de negociación, es narrativa, es miedo y es promesa.
7) La discusión pública: del “eso no me afecta” al “te afecta antes de que lo notes”
Una parte del material que circula estos días —en redes, chats, conversaciones familiares— no es análisis, sino interpelación emocional: textos que increpan a quienes preguntan “¿por qué debería preocuparme Venezuela?” y que traducen el problema a términos de vida cotidiana: seguridad, estabilidad, precedentes, “esto puede tocarte a ti”.
El fondo de esa interpelación, descontando insultos y excesos, es atendible: la erosión del derecho internacional no se queda en los mapas. Si se instala la idea de que la fuerza sustituye a la diplomacia y al arbitraje multilateral, los costes se reparten: sube el precio de la energía, aumentan los flujos migratorios forzados, se multiplican los conflictos periféricos y la excepcionalidad se vuelve norma.
No es “empatía” en abstracto. Es autointerés bien entendido.

8) ¿Por qué puede ser, también, un signo de debilidad?
Hay una tesis que merece tomarse en serio: cuando la diplomacia se sustituye por las armas, no siempre es demostración de poder; a menudo es síntoma de que los mecanismos habituales de influencia han dejado de funcionar o resultan demasiado lentos para objetivos políticos inmediatos.
Si el liderazgo internacional dependiera de legitimidad y alianzas estables, la opción racional sería construir consenso y reducir fricción. Cuando se elige el atajo, puede ser porque se percibe que el tiempo juega en contra: rivalidad con otras potencias, fracturas internas, desgaste institucional, o simplemente la urgencia de “mostrar resultados” en clave doméstica.
La historia está llena de victorias tácticas que abrieron derrotas estratégicas. El problema es que, mientras se aclara si esto fue táctica o doctrina, el precedente ya quedó sembrado.
9) “La intervención en Venezuela no ha tenido lugar”: Baudrillard, simulacros y la política como espectáculo técnico
“La intervención en Venezuela no ha tenido lugar”.
Formulado así, el enunciado parece un delirio o una negación irresponsable. Sin embargo, resulta tentador volver a Baudrillard y su análisis sobre los simulacros mediáticos para comprender los escenarios del siglo XXI. Ya no solo la banalización del chándal de Maduro sino la extraordinaria importancia del espectáculo, las imágenes y su forma de marcar los tiempos. De ahí la sensación de perplejidad general, donde probablemente también se revele que detrás del gobierno de Maduro solo había otro simulacro (un establishment corrupto escondido tras la retórica chavista sin apoyo real; lo veremos pronto, espero que el pueblo venezolano, ayudado por la comunidad internacional, sea escuchado).
Posiblemente, la “extracción” quirúrgica de Maduro es, tras la imagen de las torres gemelas en el 11S, el segundo gran momento de la historia contemporánea donde un guión planificado según un imaginario colectivo holliwoodiense crea realidad.
No es solo que la autoridad de la fuerza bruta anule cualquier derecho internacional; es que esta nueva autoridad se despliega a través de su poder de generar imágenes y efectos de realidad.
Baudrillard fue muy criticado cuando polémicamente afirmó que “la guerra del Golfo no había tenido lugar”. Para él esta falta de acontecimiento se justificaba no porque no hubiera violencia, sino porque no había experiencia, negatividad, ni sentido histórico. Era una operación técnica, unilateral y preprogramada, donde el resultado estaba decidido de antemano y lo importante era buscar la imagen adecuada.
Traído aquí, el punto no es negar que haya habido violencia, coerción o un hecho político real (de hecho, hay cronologías, fotografías y comparecencias judiciales). El punto es otro: que el acontecimiento ya no se organiza primariamente como historia sino como programación; ya no se asienta en la experiencia compartida sino en el consumo de una secuencia de imágenes cuyo montaje decide qué es “lo real” para millones de personas.
Por supuesto, hay condicionantes económicos, estructurales que ayudan a explicar lo sucedido. Pero entender lo que pasó solo desde la lógica del siglo pasado (Venezuela no es el nuevo Vietnam o el nuevo Chile), puede esclarecer parcialmente lo que está en juego y a qué nos enfrentamos.
Se abre una nueva ventana histórica? Ojalá esta infamia reciba su respuesta; y pronto veremos si esta acción obscena y prepotente recibirá o no su respuesta de dignidad. No obstante, no dejemos de reflexionar sobre estas inquietantes mutaciones donde uno ha de mirar diferentes niveles de “realidad” si quiere transformarla.
Y aquí, además, encaja una intuición que incomoda: tal vez el poder contemporáneo no se limita a “hacer cosas” (capturar, sancionar, instalar, disuadir), sino que hace algo más básico: produce el marco perceptivo en el que esas cosas adquieren sentido. No solo rompe el derecho internacional; también fabrica el tipo de imagen que hace que esa ruptura parezca “natural”, “quirúrgica”, “inevitable”, “limpia”. Y si algo define la operación técnica, tal como la imaginaba Baudrillard, es precisamente que la negatividad —la fricción histórica, el coste moral visible, el conflicto como experiencia— queda absorbida por el espectáculo.
10) Cierre: claridad, sí; consuelo, poco
Es posible que 2026 traiga, como mínimo, más claridad en el aire: menos narrativas edulcoradas, menos “orden basado en reglas” como eslogan automático, menos fe ingenua en que las instituciones multilaterales detendrán por sí solas una escalada.
Pero la claridad no equivale a seguridad. Si el caso Maduro consolida una aceptación práctica del unilateralismo armado —aunque sea selectiva—, el derecho internacional no “muere” de golpe: se vacía por dentro. Y cuando eso ocurre, el mundo no se vuelve más realista; se vuelve más caro, más inestable y más peligroso.

Referencias
- Cobertura de Reuters sobre la operación del 3 de enero de 2026 en Caracas, traslado a Nueva York, encuadre “law enforcement” y comparecencia judicial.
- Seguimientos en medios sobre el proceso judicial y repercusiones políticas internas en Venezuela.
- Debate y reacciones en el Consejo de Seguridad respecto a la legalidad y el precedente de la captura.
- Carta de las Naciones Unidas (principio de prohibición del uso de la fuerza, art. 2.4; y marco de excepciones).
- Hardt y Negri (2000), “Imperio”, como referencia teórica sobre la mutación del poder en la globalización.
- Baudrillard y la polémica formulación sobre “la guerra del Golfo no ha tenido lugar”, como marco para discutir simulacro, acontecimiento y política-espectáculo.

Donald Trump y la “teoría del loco” en la política internacional
La “teoría del loco” (madman theory) no afirma literalmente que un líder esté “loco”. Describe una táctica: obtener ventaja si el adversario llega a creer que uno puede actuar de forma impredecible, desproporcionada o difícil de frenar. No es un diagnóstico psicológico; es una forma de gestionar percepciones bajo presión estratégica.
Aplicada a Donald Trump, la utilidad del concepto no está en insultar ni en simplificar, sino en explicar un mecanismo: convertir la incertidumbre en herramienta de negociación, disuasión y coerción, haciendo que el cálculo del otro se desplace del “interés nacional” al “temperamento del líder”.
1) Qué es, exactamente, la teoría del loco
Su lógica es sencilla: en conflictos donde una amenaza “racional” no parece creíble (porque también dañaría a quien amenaza), proyectar la imagen de que uno podría cruzar umbrales peligrosos vuelve creíble lo que de otro modo sería un farol. Si el adversario cree que tu control de daños es débil o tu paciencia es corta, puede ceder antes para evitar el riesgo.
El concepto se asocia sobre todo a Richard Nixon, en el contexto de la Guerra de Vietnam. La idea, según el relato más citado, era hacer creer a la otra parte que el presidente podía “hacer cualquier cosa” si se sentía acorralado, para forzar una salida negociada.
2) Nixon como antecedente práctico: señales, alertas y “teatro” estratégico
El caso Nixon se recuerda no solo por declaraciones, sino por acciones diseñadas para ser “leídas”. Un ejemplo central es la alerta nuclear secreta de octubre de 1969 y operaciones asociadas que buscaban transmitir a la URSS (y por extensión a Hanói) que el umbral de escalada estadounidense podía ser más inestable de lo esperado.
Aquí aparece un rasgo esencial de la teoría del loco: no funciona con palabras sueltas. Requiere señales (movimientos, despliegues, gestos) que el adversario pueda interpretar como posibilidad real de escalada. Si no hay señales, no hay amenaza; si hay señales excesivas, puede haber accidente o respuesta preventiva.
3) Por qué Trump encaja en este marco
Trump encaja por estilo y por práctica.
Por estilo, porque su marca política ha explotado la idea de “imprevisibilidad” como activo: presionar mediante el sobresalto, el cambio brusco de posición, la amenaza maximalista y la ruptura de expectativas diplomáticas.
Por práctica, porque existen relatos periodísticos concretos que describen a Trump instruyendo a su equipo para que lo presenten como “un tipo loco” (crazy guy) en negociaciones: alguien capaz de romper un acuerdo o de irse al extremo para obligar a la otra parte a ceder.
Lo crucial es que, en su versión trumpiana, la táctica se desplaza con facilidad desde la disuasión (evitar que el otro haga algo) hacia la coerción (obligar al otro a hacer algo), y se usa no solo con adversarios, sino también con aliados.
4) Dónde pretende funcionar: comercio, alianzas, crisis
En comercio, la amenaza (aranceles, retirada de acuerdos, castigos) busca mover a la otra parte antes de que el coste se materialice.
En alianzas, la duda sobre compromisos automáticos (defensa, apoyo, cobertura) fuerza a los socios a “pagar” más (en gasto, alineamiento o concesiones) para reducir la incertidumbre.
En crisis militares, la promesa implícita es: “no asumas que me detendré donde tú crees”. Es el terreno más peligroso, porque la disuasión basada en imprevisibilidad puede convertirse en escalada por malentendido.
5) Por qué es una táctica de alto riesgo
La teoría del loco tiene un talón de Aquiles: necesita ser creíble sin volverse incontrolable.
Si la imprevisibilidad es constante, deja de ser señal y se vuelve ruido. Si todo es amenaza, nada es amenaza. El adversario puede aprender a esperar el siguiente giro, a “aguantar” hasta que cambie el ciclo informativo, o a probar límites porque interpreta que la volatilidad es performativa.
Además, la táctica suele tener costes laterales: inquieta a mercados, erosiona confianza de aliados, y puede empujar a los demás a diversificar riesgos (reduciendo dependencia, creando planes alternativos, acercándose a otros polos). En ese sentido, incluso cuando logra concesiones puntuales, puede degradar poder estructural a medio plazo.
Una crítica especialmente importante es la que señala que el “madman strategy” tiende a fallar por problemas recurrentes: dificultad de calibrar la señal, riesgo de mala interpretación, y pérdida de credibilidad si la amenaza se repite o se filtra como “táctica”. Si el propio entorno filtra que todo es teatro, el teatro pierde fuerza.
6) Estrategia o síntoma: el retorno de la “diplomacia de la cañonera” como lenguaje político
Hay un punto incómodo: recurrir a la intimidación puede ser demostración de fuerza, pero también signo de debilidad. Puede indicar que la diplomacia tradicional, la paciencia institucional o la construcción de consenso ya no producen resultados rápidos, o que el sistema político interno recompensa gestos visibles por encima de logros complejos.
En ese marco, Trump no solo “usa” la teoría del loco: la convierte en estilo de gobierno internacional. Y cuando una táctica deja de ser táctica y se vuelve identidad, el riesgo es que el sistema entero se adapte a ella (y no a tu favor).
7) Imperio, Multitud y el error de diagnosticar la época: cuando una teoría guía mal a generaciones
Había pensado durante el otoño para mi curso realizar una crítica de Imperio de Negri y Hardt, que fue nombrado por Žižek como el “Manifiesto comunista del siglo XXI”. Releerlo veinticinco años después permite comprobar cuánta confusión había en su pronóstico sobre la mutación del imperialismo en una abstracción de la globalización que llamaron “imperio”, y la conversión de los movimientos históricos en otra abstracción que llamaron “multitud”.
No era una confusión por falta de datos: tenían a su disposición (y usaron) el inmenso reservorio analítico de Manuel Castells y su cartografía de la “sociedad red”. El problema parece más de fondo: un error al entender cómo operan las fuerzas de la historia y el modo en que los antagonismos configuran las circunstancias en cada momento.
Sobre todo, no entendieron bien el problema de las consecuencias no queridas en la historia y la creación de historias derivadas con cierta autonomía propia: el resurgir del nacionalismo en medio del neoliberalismo; el poder del neofascismo como manifestación de la debilidad de la integración económica de las clases medias; la centralidad de lo material como necesidad en el cambio económico (cada paradigma y revolución tecnológica satisface necesidades al precio de crear escasez en otras zonas de lo material); el carácter material de la guerra cultural, que trasciende lo puramente simbólico para definir posiciones reales en el reparto de espacios, tiempos, bienes y derechos.
No se trata de hacer leña del árbol caído, sino de comprobar desoladamente que un análisis incorrecto ha servido de guía a generaciones, basadas sus líneas políticas en un cierto análisis del neoliberalismo cuando el neoliberalismo ya había mutado en otras formas de orden mundial.
Ciertamente la globalización no ha acabado; al contrario, ahora se muestra como geometrías cambiantes de interdependencias comerciales y extractivas producidas por el nuevo poder de los estados. El Estado nunca se fue: qué error aquella consigna de “un pie en las instituciones, cien en la calle” como si lo estatal fuera un residuo administrativo y no una forma persistente (y reconfigurable) de soberanía y coerción. Lo que aparece hoy es una nueva versión de la diplomacia de la cañonera: estados que, al sentirse interdependientes, reaccionan con una mezcla de debilidad y fuerza, de vulnerabilidad y amenaza.
Nada hay más peligroso en la práctica que una teoría, sobre todo cuando está equivocada.
8) Conexión final con la teoría de juegos: señales, tipos de jugador y consecuencias no queridas
La teoría del loco puede leerse como un problema clásico de teoría de juegos con información incompleta: el adversario no sabe con certeza “qué tipo de jugador” eres (moderado o dispuesto a escalar), ni cuál es tu función de costes (cuánto te duele la escalada). La táctica intenta manipular creencias: elevar la probabilidad percibida de que seas un tipo “peligroso” para que, en juegos de coerción tipo Chicken o brinkmanship, el otro se aparte primero. Pero la teoría de juegos también explica los límites: una amenaza solo cambia el equilibrio si es creíble y si el sistema permite “salidas” sin colapso reputacional. Si el adversario aprende que tu señal es barata (hablar no cuesta) o repetida (siempre amenazas), la señal pierde poder; si la señal es demasiado costosa (movimientos reales que pueden disparar respuestas), aumentas la probabilidad de un resultado no deseado.
Aquí se conecta directamente con la crítica a Imperio: el gran error no es solo describir mal el tablero (como si el Estado estuviera disuelto en una soberanía global abstracta), sino equivocarse en el tipo de juego que se está jugando. No es un juego “post-soberano” donde las instituciones multilaterales encuadran la acción y la fuerza se vuelve excepcional; se parece más a una secuencia de juegos repetidos donde los estados reescriben reglas, prueban límites, señalan disposición a escalar y producen, una y otra vez, consecuencias no queridas. Y esas consecuencias no queridas —nacionalismos reactivos, economías de escasez redistribuida, guerras culturales materializadas— no son “ruido”: son parte del pago del sistema. Si algo enseña la teoría de juegos aplicada a política internacional es esto: un marco teórico equivocado no solo interpreta mal; cambia decisiones, cambia estrategias y puede empujar a jugar partidas que acaban por redefinir el tablero entero.
Enlaces (fuentes)
- “Scoop: Trump urges staff to portray him as ‘crazy guy’” (Axios, 2017). Axios
- “Trump urges staff to portray him as ‘crazy guy’” (Brookings, 2017). Brookings
- “Nixon’s Nuclear Ploy” (National Security Archive, GWU). National Security Archive
- “The Movement and the ‘Madman’” (National Security Archive, 2023). nsarchive.gwu.edu
- “Why Trump’s Madman Act Doesn’t Work” (Lawfare, 2025). Default
- MIT SSP: “Talmadge: Why Trump’s Madman Act Doesn’t Work” (2025). ssp.mit.edu
- Žižek sobre Empire (lacan.com: “Žižek—Empire”). lacan.com
- Bob Jessop: relación entre Castells y Hardt/Negri (Informational Capitalism and Empire…). Bob Jessop
- Empire (Hardt & Negri) en PDF (para la formulación de “soberanía” y “nuevo orden”). gesd.free.fr

Dos personajes polémicos, Donald Trump y Nicolás Maduro: cómo los motes insultantes se convierten en tecnología política
Si el insulto clásico era un acto (un golpe verbal), el mote contemporáneo es un sistema: una etiqueta breve que viaja, se repite, se imprime en formatos meméticos y acaba reemplazando al análisis. En redes sociales, el mote no solo expresa rechazo; organiza atención. Y cuando organiza atención, distribuye poder.
Donald Trump y Nicolás Maduro funcionan como casos casi perfectos para observarlo. No porque sean equivalentes, sino porque en torno a ambos se produce una misma dinámica mediolingüística: alta polarización, alta exposición, alta carga emocional y una competencia feroz por fijar un marco interpretativo en pocas sílabas.
1) Del insulto al mote: qué cambia cuando una palabra se vuelve “marca”
Un insulto suele ser situacional: depende del contexto, del tono, de la escena. Un mote, en cambio, aspira a ser estable: una vez que “pega”, actúa como nombre alternativo. En ese punto deja de ser solo descortesía y se convierte en una herramienta de encuadre político.
Eso ocurre cuando se cumplen tres condiciones:
Primero, repetibilidad: que el mote pueda decirse rápido, escribirse rápido y sobrevivir fuera de su origen.
Segundo, portabilidad: que encaje en imagen, vídeo, sticker, titular, audio reenviado.
Tercero, utilidad tribal: que sirva como contraseña de pertenencia (“si lo usas, eres de los míos”) y como atajo moral (“si lo repites, ya no necesitas argumentar”).
En el caso de Trump, además, hay un elemento distintivo: el mote no es solo un fenómeno “contra” él; también fue una táctica retórica visible en su manera de tratar a rivales, reforzando la idea de que nombrar es dominar.
2) La lingüística del mote pegajoso: por qué unos triunfan y otros mueren
Los motes políticos que se popularizan suelen compartir ingeniería lingüística. No destacan por sofisticación, sino por eficiencia:
Ritmo y sonoridad: aliteración, cadencia, acento fácil. El mote “se recuerda” antes de “entenderse”.
Acortamiento: cuanto menos material, más viral. Las formas cortas ganan porque caben en todas partes.
Ortografía creativa: censuras parciales, asteriscos, sustituciones mínimas. Esto permite dos cosas a la vez: evadir filtros y crear guiño tribal (quien lo ve “entiende”).
Fusión de significados: el mote mezcla nombre propio con una acusación implícita (ineptitud, autoritarismo, corrupción, etc.) sin tener que demostrarla en cada uso.
Imagen incorporada: el mote se diseña para pegarse a una foto o a un gesto. Si no “funciona” visualmente, pierde potencia memética.
Por eso el mote es más que lenguaje: es un formato.
3) Trump: el mote como táctica deliberada y como espejo devuelto
En torno a Trump se ve un doble movimiento.
Por un lado, el mote como estrategia: apodar, ridiculizar, “rebautizar” al rival para reducirlo y fijarlo en una caricatura. La lógica es populista en un sentido técnico: el nombre se usa para consolidar liderazgo y erosionar legitimidades ajenas, convirtiendo el campo político en una escena de identidades enfrentadas.
Por otro lado, el mote como respuesta: críticos y adversarios producen contramotes que lo convierten en personaje de meme. Aquí la lingüística es especialmente rica: proliferan formas ortográficas creativas y recursos de censura parcial que no solo atacan, sino que también performan una distancia moral (“ni siquiera escribo el nombre completo”).
Este bucle es importante: cuando un liderazgo normaliza la política como apodo, el ecosistema aprende que el apodo es una moneda legítima. Y entonces todo se desplaza: del debate al “name game”.
4) Maduro: el mote como sustituto del análisis del régimen
En el caso de Maduro, el mote suele operar con otra consecuencia: tiende a personalizar en exceso procesos que son estructurales.
Muchos de los motes que circulan sobre él se agrupan en familias reconocibles: ridiculización nominal, descalificaciones “morales” totalizantes y metáforas que condensan colapso, hambre, migración o represión. El problema no es solo ético (la degradación del lenguaje), sino analítico: cuando todo se reduce al personaje, se invisibilizan engranajes reales del poder (coaliciones internas, fuerzas armadas, redes económicas, estrategias de control, oposición fragmentada, sanciones, etc.).
En contextos de sufrimiento social, el mote puede funcionar como catarsis; pero como herramienta informativa es pobre: explica menos de lo que aparenta explicar.
5) Qué “motes” los hacen reconocibles sin necesidad de citarlos: el mapa de familias
Aunque no los reproduzcamos, sí se puede describir por qué, en redes, ambos “son conocidos por motes” y qué tipo de mote se impone.
En Trump dominan motes que funcionan como diagnóstico de estilo: los que lo presentan como espectáculo, como amenaza institucional o como figura de ruptura normativa. Se acompañan a menudo de variantes ortográficas (censura parcial) y de motes diseñados para ser visuales.
En Maduro dominan motes que funcionan como condena política total: los que lo fijan como símbolo del fracaso estatal, la represión o la corrupción. Su fuerza memética se apoya menos en la creatividad formal y más en la condensación de dolor social en una sola etiqueta.
Esto revela una diferencia clave: en Trump el mote disputa el “marco” (qué es Trump: showman, autoritario, etc.); en Maduro el mote disputa la “legitimidad” (qué es Maduro: usurpación, régimen, etc.). En ambos casos, el mote simplifica; pero simplifica cosas distintas.
6) ¿Sirve el mote? Moviliza, pero también puede volverse contra quien lo usa
Una intuición extendida es que el insulto “funciona” porque viraliza. Viralizar, sin embargo, no es lo mismo que persuadir.
Diversos estudios sobre name-calling político han encontrado efectos de rechazo y desgaste: el insulto puede cohesionar a los ya convencidos, pero degradar la evaluación del emisor entre públicos más amplios. Además, normaliza un clima de negatividad que favorece ciclos de polarización y cinismo, donde el contenido se vuelve indistinguible del ataque.
En términos periodísticos, esta es la clave: el mote no es inocente. Puede ser eficaz a corto plazo como arma simbólica, pero empobrece el espacio público y vuelve más difícil el desacuerdo razonado.
7) Cómo leer un mote como periodista: una plantilla rápida
Si quieres analizar motes políticos sin convertir tu texto en un catálogo de acoso, una plantilla útil es:
Qué acusa: incompetencia, corrupción, autoritarismo, traición, ridiculez, etc.
Qué técnica lingüística usa: rima, acortamiento, ortografía creativa, fusión, metáfora.
Qué emoción activa: burla, miedo, desprecio, indignación.
Qué efecto busca: deslegitimar, movilizar, humillar, expulsar del campo del “interlocutor”.
Qué oculta: qué parte estructural del problema queda borrada cuando todo se reduce a una etiqueta.
Con esto, el artículo cumple su función: explicar cómo la lengua se vuelve tecnología política, sin amplificar el daño.

Referencias (fuentes)
- “Insult Politics: Donald Trump, Right-Wing Populism, and Incendiary Language” (European Journal of American Studies). OpenEdition Journals
- “The Populist Name Game: About Populism and Naming” (Sage Journals, 2025). SAGE Journals+1
- “Tr*mp: Creative Nicknaming on Twitter” (University of Colorado Boulder, 2021). University of Colorado Boulder
- “Crooked Hillary and Sleepy Joe: name-calling’s backfire effect on candidate evaluations” (Journal of Elections, Public Opinion and Parties / Taylor & Francis). Taylor & Francis Online
- “Trapped in a Vicious Cycle of Political Negativity and …” (Sage Journals, 2025). SAGE Journals
