Hace unos meses, una encuesta del National Science Foundation nos sorprendía con la estadística: uno de cada cuatro no sabe si la Tierra gira en torno al Sol o es al revés. Creíamos que nada podría superarla hasta que Public Policy Polling preguntó a los votantes republicanos si estaban a favor de bombardear Agrabah y tres de cada diez contestaron que sí. ¿El problema? ¡Agrabah ni siquiera existe! Es la ciudad de la película Aladdín. Una muestra más de dónde nos puede llevar el miedo irracional: querer bombardear una ciudad aunque no sepamos nada de ella.

Los brutales atentados sufridos en distintos países nos obligan a serenarnos y plantearnos, en primer lugar, el tipo de sociedad que queremos ser y, después, la respuesta que daremos a delitos de tanta gravedad; las primeras reacciones de los políticos no parecen apuntar en la dirección correcta y sí sugieren que se pretenderá usar la barbarie yihadista como una nueva excusa para recortar nuestras libertades y derechos. La pregunta es si lo vamos a permitir o no.

La preocupación por el incremento del extremismo islámico en Oriente Medio se sitúa en un 92% en el Líbano y un 80% en Túnez. Así mismo, las opiniones desfavorables a Al qaeda y a Hezbollah son mayoritarias, siendo del 81 y 83% respectivamente en Jordania. A partir de estos datos, es curioso que sigamos considerando esas culturas y poblaciones como violencia y terrorismo, por culpa de grupos extremistas.

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Contrasta curiosamente con la encuesta hecha a los simpatizantes del partido republicano sobre sí debería o no bombardearse la ciudad de Agrabah, la cual, ha puesto al descubierto no sólo de la ignorancia geográfica y los prejuicios que motivan legitimar el ataque ante lo desconocido.

Sí te estás preguntando por qué, la respuesta es bastante sencilla, esta ciudad ni siquiera existe. Es un lugar creado por Walt Disney para la película de Aladdin, estrenada en 1992.

Los resultados sobre si se debe o no bombardear la ciudad de la película animada fueron los siguientes: 30 % votó a favor del bombardeo, 13 % se opuso y 57 % dijo no estar seguro. Y no, no es broma:

La cifra, recogida en un sondeo hecho público a través de las redes sociales, demuestra el interés belicista de cierta parte de la sociedad norteamericana contra cualquier enclave que suene a musulmán o islámico. Sea quienes sean aunque no conozcamos en primera persona a estas comunidades, sus miedos o sus sueños. Pero si rastreamos por la web, vemos miles de proyectos que nos hablan de que sus ciudadanos son muy distintos a lo que nos muestran los medios de comunicación y sus líneas editoriales sobre el miedo:

Dentro del mismo partido, el nivel de apoyo al supuesto bombardeo asciende al 41 por ciento entre los partidarios del magnate Donald Trump. El precandidato republicano ha recibido críticas en todo el mundo por sus polémicos comentarios, como su deseo de prohibir la entrada de musulmanes en Estados Unidos.

Estamos obligados a reflexionar acerca del vicio sistémico de los gobernantes occidentales y de los islamistas radicales, sobre la necesidad de manipular a su población para conservarse en el poder y de atacar al otro para sembrar el miedo en su propia población. Pero también, y especialmente, sobre la impagable ayuda que unos y otros se aportan mutuamente en términos políticos.

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Sería bueno combatir también a quienes financian tanta atrocidaz y a quienes les venden las armas. Porque sin dinero y sin armas no podrían atentar. Todo eso mejor que caer en la tentación de restringir la libertad de movimientos del conjunto de los ciudadanos o sus derechos de asociación, reunión, manifestación, la libertad de expresión y de información.


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