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Aprender a entrevistar (después de ser entrevistada)

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Actualizado el martes, 2 septiembre, 2025

Reflexiones de una joven periodista que quiso entender lo que acababa de vivir

Hace unos meses, viví una de esas experiencias que marcan el paso entre lo que una cree saber… y lo que realmente aprende. Me presenté a una entrevista de trabajo. Era para un puesto junior en una revista digital que mezcla crónica social, periodismo de datos y contenido de largo aliento. No era mi primera entrevista laboral, pero sí la primera que me importaba de verdad. Me preparé durante días, repasé la misión del medio, busqué quién era quién en el equipo y hasta me aprendí de memoria algunas de sus últimas piezas. Aun así, cuando me senté frente a la pantalla (porque fue por videollamada), sentí que todo lo que había estudiado no bastaba.

No sabía cómo mover las manos. No sabía si debía mirar a la cámara o a mi reflejo. No sabía cuánto sonreír, cuánto dejar de hablar o cuándo hacer preguntas. El entrevistador —quien luego sería mi editor— fue amable pero incisivo. Y yo, aunque salí con la sensación de haber sobrevivido dignamente, no dejaba de preguntarme: ¿Qué fue exactamente lo que ocurrió ahí? ¿Qué hay detrás de una entrevista laboral bien hecha? ¿Y por qué nunca nadie nos enseña esto en la universidad?

Esa fue mi motivación inicial para investigar a fondo el mundo de las entrevistas. No desde el rol del entrevistado (que ya había vivido), sino desde el otro lado: ¿qué implica entrevistar bien a alguien?, ¿por qué es tan importante esta habilidad hoy?, ¿y cómo podemos aprenderla sin esperar a ser jefes o expertos en recursos humanos? Lo que encontré me ayudó mucho más allá del periodismo. Y si estás leyendo esto con curiosidad, tal vez también te sirva a ti.

La experiencia personal como entrevistada puede ser el punto de partida para aprender a entrevistar mejor a otros: comprender lo que se siente al estar del otro lado permite desarrollar empatía y afinar la técnica como entrevistadora.
La experiencia personal como entrevistada puede ser el punto de partida para aprender a entrevistar mejor a otros: comprender lo que se siente al estar del otro lado permite desarrollar empatía y afinar la técnica como entrevistadora.

Entrevistar no es solo preguntar: es aprender a escuchar y a leer el contexto

Uno de los primeros mitos que tuve que deshacer fue ese que dice que entrevistar es simplemente «hacer preguntas». Nada más lejos de la realidad. Entrevistar, en cualquier ámbito —ya sea para una investigación, para un reportaje, para seleccionar un candidato o incluso para una charla de mentoría— implica prepararse con la misma profundidad con la que uno se prepara para ser entrevistado.

Empecé entendiendo lo básico: la entrevista es una conversación con roles definidos. Quien pregunta, guía. Quien responde, ofrece. Pero entre esos dos extremos se tejen muchas capas: confianza, ritmo, tono, silencios, lenguaje corporal (incluso por pantalla), intuición… Y eso me fascinó. Me di cuenta de que si había algo en común entre todas las personas que admiraba profesionalmente era su capacidad de conversar con propósito.

Empecé a leer sobre los tipos de entrevista que existen. Las entrevistas laborales, por ejemplo, tienen una estructura que, aunque puede parecer rígida, está diseñada para optimizar el tiempo y evaluar aspectos que no se ven en un currículum: motivaciones, valores, capacidad de adaptación. Pero también hay entrevistas periodísticas, clínicas, psicológicas, de investigación cualitativa… Y en todas ellas hay algo en juego que no es solo «obtener información», sino también construir un vínculo, aunque sea breve.

Estructura de una buena entrevista (desde adentro)

Después de leer manuales, observar entrevistas reales, hablar con psicólogos, periodistas y reclutadores, pude ordenar el proceso en cinco fases. Pero quiero contártelas no como teoría, sino como lo viví y lo aprendí:

1. Preparación: lo que nadie ve, pero se nota

Antes de hacer una entrevista (y ahora lo sé también como periodista), todo empieza en la cocina: investigar, leer, escribir preguntas. En mi entrevista laboral, me preparé como si fuera un examen final. Pero hoy entiendo que no se trata solo de tener datos, sino de saber para qué vas a preguntar algo. ¿Qué quieres descubrir? ¿Qué te gustaría entender mejor?

En el mundo actual, donde abundan las herramientas digitales, esta preparación también implica elegir el medio: ¿será una entrevista en vídeo, por audio, por escrito? ¿En persona? ¿Grabada para redes o para un informe interno? Todo eso condiciona el lenguaje, el ritmo, incluso la profundidad.

2. Presentación: el arte de romper el hielo sin sonar falso

Cuando comencé a entrevistar yo, entendí el valor de la primera impresión, pero no desde la vanidad, sino desde la conexión. ¿Cómo generas un espacio de confianza en segundos? No se trata de decir “gracias por estar aquí” como si fueras un presentador de televisión. A veces basta con una pregunta personal, una referencia compartida o simplemente mirar a los ojos (o a la cámara) con atención.

En mi primera entrevista como entrevistadora, me di cuenta de que, si yo estaba nerviosa, la otra persona también. Y que bastaba con decir algo honesto, como: “Tranquila, yo también estoy aprendiendo”. Ese gesto abrió una conversación mucho más humana de lo que imaginaba.

3. Desarrollo: fluir sin perder el foco

Esta fase es un baile. Uno donde no puedes seguir el guion al pie de la letra, pero tampoco improvisar sin dirección. Entrevistar es hacer preguntas que despiertan respuestas, no que las controlan. Preguntar qué, cómo, por qué, pero también qué sentiste, qué aprendiste, qué cambiarías.

En este punto descubrí algo que me cambió: el silencio también es una pregunta. Dejar un espacio sin hablar puede dar lugar a respuestas más profundas. También entendí que a veces las mejores entrevistas no se sienten como entrevistas, sino como conversaciones que terminan enseñándote algo que no sabías que querías saber.

4. Profundización: lo que de verdad interesa (y cuesta decir)

En entrevistas laborales, esta es la fase donde se exploran las competencias, pero también los valores. ¿Qué mueve a esa persona? ¿Por qué quiere estar aquí? ¿Qué le apasiona? Yo ahora también hago entrevistas para seleccionar becarios en el medio donde trabajo. Y lo que más me importa no es su experiencia (que muchas veces es poca), sino si tienen mirada crítica, si preguntan con respeto, si saben trabajar en equipo.

Preguntar por sueños, frustraciones, decisiones difíciles. Ese es el tipo de entrevista que me interesa hacer. Porque es ahí donde se construye la confianza. Y donde descubrimos si esa persona encaja no solo en un perfil técnico, sino en una cultura de trabajo.

5. Cierre: terminar bien es tan importante como empezar bien

Recuerdo que, en la entrevista que me dieron el puesto, al final el entrevistador me dijo: “Gracias por tu mirada, creo que podrías aportar algo distinto aquí”. Yo me quedé en shock. Fue un cierre honesto, directo y esperanzador.

Ahora, cuando soy yo quien cierra una entrevista, siempre intento devolver algo a la persona: una frase que me llamó la atención, una reflexión, un agradecimiento sincero. Y si es para el público, un cierre redondo que dé sentido a todo lo hablado. Porque lo último que se dice… es lo que más se recuerda.

Toda entrevista efectiva sigue una estructura básica de cinco fases: preparación, presentación, desarrollo, profundización y cierre. Cada etapa tiene un objetivo y una manera particular de generar confianza, obtener información valiosa y dejar una buena impresión.
Toda entrevista efectiva sigue una estructura básica de cinco fases: preparación, presentación, desarrollo, profundización y cierre. Cada etapa tiene un objetivo y una manera particular de generar confianza, obtener información valiosa y dejar una buena impresión.

Técnicas que descubrí y que uso

Además de la estructura, aprendí que existen recursos que ayudan a construir mejores entrevistas. Tres me resultaron especialmente útiles:

  • La técnica del embudo: empezar con preguntas generales y avanzar hacia las específicas. Es perfecta para romper el hielo y lograr profundidad sin forzarla.
  • El cuestionario como mapa mental: no para leerlo como un robot, sino para no perder el rumbo.
  • La encuesta previa: en procesos largos o grupales, enviar una encuesta antes permite afinar mejor las preguntas y centrarte en lo que realmente importa.
La entrevista no es solo una herramienta profesional, sino una actitud vital: aprender a preguntar y escuchar transforma la manera de relacionarse con los demás, y es una habilidad transversal para la vida personal, el trabajo en equipo y la construcción de comunidad.
La entrevista no es solo una herramienta profesional, sino una actitud vital: aprender a preguntar y escuchar transforma la manera de relacionarse con los demás, y es una habilidad transversal para la vida personal, el trabajo en equipo y la construcción de comunidad.

Entrevistar es una herramienta de vida

Después de varios meses en mi nuevo trabajo, puedo decir con total honestidad que haber aprendido a entrevistar me ha servido tanto para escribir mejores reportajes como para trabajar mejor con mi equipo, para entender más a las fuentes… y hasta para conversar con mis amigas desde otro lugar. Porque entrevistar no es solo una técnica, es una actitud: la de escuchar con interés, la de preguntar con respeto, la de callar a tiempo, la de saber qué merece contarse y cómo.

Si estás empezando tu camino profesional, te animo a practicar. Entrevista a tu madre, a tu vecino, a un desconocido en la universidad. Pregunta cosas que no sueles preguntar. Y escucha. No solo para obtener información, sino para entender el mundo desde otras voces. Porque, aunque la tecnología nos rodee, sigue siendo la conversación lo que nos transforma.

Saber entrevistar es más que tener preguntas: es leer el contexto, adaptarse al momento, manejar silencios y captar lo no dicho, algo fundamental para evaluar competencias, conocer motivaciones y generar vínculos auténticos.
Saber entrevistar es más que tener preguntas: es leer el contexto, adaptarse al momento, manejar silencios y captar lo no dicho, algo fundamental para evaluar competencias, conocer motivaciones y generar vínculos auténticos.

Y tú, si tuvieras que entrevistar a alguien mañana, ¿qué te gustaría descubrir?
Tal vez esa sea la mejor forma de empezar.

Punto destacado
  1. Un ERP reduce costes operativos. Al optimizar compras (MRP, mínimos de stock, previsiones), disminuyen roturas y sobreinventario. En administración, plantillas y automatismos recortan horas dedicadas a asientos repetitivos y conciliaciones. Con mejor planificación, usas mejor la capacidad instalada (personas, maquinaria, transporte).

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