¿Quién no se ha comido litros y litros de helado después de una ruptura? ¿O a quién no le entra esa “ansia” por comer ante la ansiedad? ¿Y esa “necesidad” de comer más de lo que el hambre nos pide? Resulta que estas costumbres tienen un nombre. Las llamamos alimentación emocional, y es más fácil explicarla a base de ejemplos que con un enunciado formal.

La comida se puede convertir en una sustituta del equilibrio emocional

A veces, nuestra forma de comer se convierte en una traducción o metáfora de nuestra forma de vivir. Evitamos o aceptamos ciertos alimentos y ciertos hábitos a la hora de comer que, por supuesto, después se reflejan en nuestro cuerpo y mente. La alimentación influye en nosotros, y viceversa. En muchos casos, la búsqueda impulsiva de comida se puede convertir en una especie de cortina que nos impide ver cuál es el verdadero problema que traemos de fondo: la pérdida de control emocional por intentar llenar vacíos relativos a otros ámbitos de nuestra vida.

La comida se puede convertir en una sustituta del equilibrio emocional. No tienes hambre, pero comes igual. Esa desesperación por comer puede ser una compulsión derivada de la desesperación emocional. Y, de hecho, esta conducta con la comida funciona en ambos sentidos. Es decir, cuando queremos darnos un atracón o, por el contrario, queremos ponernos a régimen. En estos casos, la dieta no funciona porque la comida y el peso son los síntomas, no el problema real. Concentrarse en el peso es una de las excusas a las que las personas recurren para no centrarse en otras razones más centradas en los auténticos elementos que nos hacen sufrir.

Y sí. Más de una vez hemos caído en la tentación de descuidar un poco la alimentación. Pero ¿qué está pasando cuando es algo sistemático? ¿Qué mantiene este hábito? Porque, de otra manera, esto solo quedaría en puntuales atracones. No tendría sentido perpetuarlo.

En los casos más graves, perdura el pensamiento mágico de que comiendo, nos salvaremos de nosotros mismos de nuestras angustias ante la frustración, ante el miedo o la decepción de ser nosotros mismos, del odio y el resentimiento… Es un pensamiento mágico que va creando un círculo vicioso que pensamos en beneficioso, porque tenemos la idea asociada de que toda alimentación es buena para nuestro cuerpo.

Ese círculo vicioso consiste en:

  1. Caigo en un sentimiento negativo (miedo o temor, ira, hastío…).
  2. Me siento angustiado.
  3. Creo que comer aliviará esa angustia porque todo lo que sea comer es bueno para mi.
  4. Como compulsivamente.
  5. La comida no desciende esa sensación de angustia.
  6. Sigo comiendo.
  7. Al ver que la comida no alivia esa sensación, me siento más desdichado.

A veces, nuestra forma de comer se convierte en una traducción o metáfora de nuestra forma de vivir

Cada vez que comemos de forma compulsiva estamos activando este círculo vicioso en el que reforzamos la creencia de que la única forma de tener lo que queremos es dándonoslo a nosotros mismos a través de la comida. Pero cada vez que caemos en este círculo por un desequilibrio emocional, reforzamos esa desesperanza asociada a nuestro problema, provocando un descontrol cada vez mayor.

¿De qué forma cortamos este círculo vicioso? Pues rompiendo con el ciclo de angustia–ingesta y empezando a aceptar la primera de nuestras realidades: “algo falta en mi y la comida nunca lo llenará”. Comer compulsivamente representa la escenificación del sufrimiento.

En el momento en el que empezamos a hacernos más responsables de ese sufrimiento, menos necesidad tendremos de recurrir a la comida.


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