No es tu culpa, son tus sesgos cognitivos, que te tienen más confundido de lo que imaginas

Una de las cosas que he aprendido con el paso de los años, es que mi ego me juega malas pasadas. Y cuando digo ‘malas pasada’ no me refiero a esas de las que fui consciente. Me refiero, sobre todo, a todas aquellas que pasaron sin que me diera cuenta y que incluso hoy día, me siguen pasando. Y tengo una mala noticia para compartir contigo: quizás también te esté sucediendo a ti.

Os echaremos una mano e intentaremos explicar de la forma más sencilla cuáles son los que podemos encontrar con más frecuencia en el entorno laboral.

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1. El sesgo endogrupal: mi raza, mi país, mi religión y mi equipo de fútbol… es el mejor

Una de las cosas que estudia la Psicología Social es cómo la pertenencia a un grupo introduce sesgos en nuestra percepción del resto. Así quedan definidos los conceptos de endogrupo, el grupo al que pertenecemos, y el concepto de exogrupo, el grupo al que no pertenecemos, esto es, el resto.

Es el que nos invita a estar de acuerdo con las personas que forman parte de nuestro entorno más cercano, como nuestra oficina, o nuestro círculo de amigos. También lo podemos identificar cuando nos sentimos mas afines a aquellas personas que votan al mismo partido político que nosotros o animan al mismo equipo de fútbol. Es el germen de muchas ‘fobias’ a los pertenecientes al exogrupo: racismo, xenofobia, homofobia, machismo

Es muy fácil ver ejemplos de este sesgo allá por donde mires. Quizás el más popular sea el de que toda una nación se sienta orgullosa de los logros de un solo individuo, como un deportista cuando gana una medalla Olímpica o un actor que gana un Oscar. Y no sólo eso, al leer una entrevista en prensa, solemos empatizar con sus opiniones aunque en ella desarrollen ideas sobre la familia, la educación o la sociedad.

Este favoritismo endogrupal se denomina Paradigma del Grupo Mínimo y se pone en marcha a la mínima que se logra hacer que un individuo se etiquete como perteneciente a un grupo.

Te invito a que veas el siguiente vídeo para comprobar por ojos propios la rapidez con que funciona este mecanismo favorecedory descubras la facilidad  con que iniciamos conductas discriminatorias. Se trata de un experimento que Jane Elliot, una profesora de un colegio de Iowa llevó a cabo en su aula:

Para controlarlo debemos aceptar que escuchar e intentar empatizar con opiniones ajenas a nuestro entorno conocido, nos hará crecer como personas y ampliará nuestros puntos de vista.

2. Sesgo modal: soy mejor que la media

Seguro que este sesgo te suena, sale a flote cuando pensamos que los demás no tienen ni idea de lo que dicen y que nosotros cometemos menos errores o somos más hábiles en general. Es curioso como todos pitamos o nos cabreamos efusivamente cuando otros hacen una maniobra incorrecta al volante, tardan mucho en reaccionar o aparcan lento o mal. Como si alguna vez no lo hubiésemos hecho nosotros también. De hecho, cuando se hacen encuestas sobre si nos consideramos si somos más inteligentes, habilidosos, respetuosos o informados… la mayoría contestamos que estamos muy por encima de la media. Y por estadística, es imposible que así sea.

Para minimizarlo debemos de agudizar nuestra empatía. Así que comienza a  relacionarte con gente diferente, escucha sus problemas, trata de comprender sus puntos de vista, comparte objetivos y tareas. Sobretodo, deja de fijarte en lo que otros hacen mal y empieza a mirar qué hacen bien y qué puedes aprender de ellos.

3. El sesgo jerárquico: quién es él para opinar

Otro de los sesgos que están constantemente en nuestra vida. Por su culpa, damos por echo que si alguien está jerárquicamente por encima del otro es porque sabe más o posee más conocimientos. Pero como seguramente halláis podido aprender en la vida, esto no es así en todos los casos.

Para evitarlo, la mejor opción estratégica es apostar por jerarquías flexibles. Todas las ideas se merecen el mismo respeto, vengan de quien venga. Cuando hablamos de jerarquías flexibles no significa que todas las voces tengan la misma autoridad o que deba escucharse cualquier tipo de voz, sino estaríamos recayendo en otro tipo de sesgo, el llamado efecto Dunning-Kruger, es decir, la incapacidad de un sujeto a reconocer su propia ineptitud.

4. El efecto arrastre: la mayoría tiene la razón

Conocido como el efecto bandwagon o de la moda. Este sesgo es el responsable del éxito y su efecto hace que de forma inconsciente tendamos a estar de acuerdo con la masa, con las opiniones mayoritarias, aunque la evidencia nos informe de lo contrario. Las discrepancias siempre son molestas, así que preferimos adoptar el sentir mayoritario.

Para poder contrarrestar este sesgo tenemos que partir siempre de la discrepancia o el beneficio de la duda. Debemos fomentar los puntos de vista divergentes pues son los que hacen mejorar las ideas.

 

6. El sesgo de negatividad: si algo puede salir mal, saldrá mal

Desgraciadamente suele ser casi siempre así: prestamos más atención a las malas noticias que a las buenas. De hecho, le otorgamos más credibilidad a las noticias negativas. El sesgo de la negatividad nos ha ayudado a lo largo de la historia para poder defendernos de espacios inseguros, pero actualmente esta mal calibrado porque vivimos en entornos mucho más seguros.

En definitiva, todo nuestro pensamiento está lleno de trampas. Pero podemos detectar algunos de estos sesgos naturales que nos llevan al error para poder minimizar sus daños colaterales. No serás perfecto… pero puedes ser mejor.

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