Si eres un asiduo del deporte no necesitarás presentación, pero para el resto de los curiosos que ahora leen estas líneas, Michael Phelps es un nadador olímpico que ostenta con orgullo el récord actual por ser el atleta más condecorado de la historia. Según su biografía, acumula 28 medallas de oro.

Michael Phelps es la clase de hombre que nos gustaría tener como ejemplo de éxito, superación y gloria. Un atleta orgulloso y seguro de sí mismo, que relataba así a un periodista de la revista Sport Illustrated sus impresiones en una de las carreras en los Juegos Olímpicos de Brasil en 2016:

“Honestamente, justo allí en medio de la carrera, comencé a sonreír. Pensé: Ok, vamos a tener una semana divertida”.

Una frase carismática del que fue su lado más optimista hasta el momento.

Sin embargo, la vida de Michael Phelps no siempre ha estado colmada de triunfos, también ha estado rodeada de alcohol, drogas, fiestas desenfrenadas, apuestas y demás vicios. No se separa de otras historias de deportistas de élite que desorbita sus pulsiones cuando no está compitiendo, mostrando la cara más oscura del deporte. O mejor dicho, de la “vanidad de la victoria”.

Fue en 2014 cuando Phelps fue detenido por conducir borracho y a toda velocidad. En aquella época ya era un medallista sobresaliente (en 2012 consiguió 4 oros y 2 platas), pero estas clases de noticias lo llevaron a la humillación ante sus compañeros. Fue entonces cuando empezó a sentir una rabia hacia si mismo de la que aún está recuperándose. ¿Quizás esa vanidad estaba llevándolo a un sendero sin retorno o era otra cosa la que le está haciendo descarrilar?

Los días que pasó de tratamiento en Meadows se dio cuenta de la realidad de todos sus excesos. Y no solo eso: se dio cuenta de que no estaba solo. Pudo ponerle nombre a las enfermedades que le atormentaban desde tanto tiempo atrás: ansiedad y depresión.

“Es la razón por la que las tasas de suicidio van en aumento. Las personas tienen miedo de hablar y abrirse”

Durante todos estos años, paralelamente a sus triunfos deportivos, Michael Phelps perdía y la depresión ganaba. Llegó a plantearse el suicidio, como otros muchos pacientes aquejados de depresión, para silenciar sus demonios internos. Sin embargo, lo que realmente le dolía no era tanto la enfermedad, sino el estigma que la rodea constantemente.

“Esta es la razón por la que las tasas de suicidios van en aumento. Las personas tienen miedo a hablar y a abrirse”, explicaba después de su rehabilitación.

Y eso fue lo que hizo. Habló.

Poco a poco, comprendemos mejor los trastornos de la ansiedad y la depresión. Pero, en la dirección inversa, parece que no terminamos de entender el sufrimiento de las personas que lo padecen. Que deportistas de la talla de Michael Phelps hablen abiertamente de sus enfermedades mentales es algo muy significativo. Habrá quien hable de publicidad gratuita, pero de cara a la sociedad está mandando un valioso y poderosísimo mensaje: estos trastornos existen en nuestra cotidianidad, la gente los padece, sufren, hacen cosas que no desearían hacer y todo porque no se atreven a ser juzgados de exagerados o débiles por los demás.

Contada así, la historia de Phelps tiene dos caminos. Por un lado, están sus méritos atléticos. ,Y por otro, su competición constante contra la depresión y la ansiedad, lucha que comparte junto con las miles de personas que también la padecen alrededor del mundo. Lucha que, esperemos, pronto cosechará más victorias.


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