Cuando hablamos de la memoria, enseguida se nos viene a la cabeza esos recuerdos académicos en los que hacíamos malabares con nuestros manuales y libros de textos para memorizar cuantos más datos mejor, para después plasmarlos en un examen. Hasta ahí ha llegado nuestra concepción de la memoria y, en general, a nivel popular, es la concepción que la mayoría de la gente tiene: la memoria como el almacén de la información.

No es un dato erróneo. La memoria funciona así también. Pero aparte de ser una función exclusiva, no es la función única. La memoria nos permite ser quienes somos. Nuestra memoria nos define, tu memoria te identifica, tu memoria eres tú.

La memoria nos permite ser quienes somos

En este post, vamos a recopilar algunas historias singulares de personas que perdieron parte de sus capacidades para reconocer objetos. O tuvieron episodios extraños donde la memoria, de alguna manera, fue responsable accidental o deliberada de lo ocurrido.

El hombre que confundió a su esposa con un sombrero

El señor X dejó de reconocer los objetos. Primero, fueron las caras: primero veía una nariz, una boca, después dos ojos… pero no relacionaba estas cosas entre sí. No reconocía a quién tenía delante. A no ser que esa persona hablase. Solo entonces era capaz de saber con quién estaba hablando.

Llegó a confundir a su esposa con un sombrero en un momento en el que buscaba algo que ponerse en la cabeza para salir a la calle. Sabía que necesitaba algo, pero no podía recordar su forma. Así que cogió lo primero que encontró: a su pareja.

El señor X no podía reconocer ninguna forma, ningún objeto, ni a ninguna persona

Más allá de reconocer las formas geométricas más simples, el señor X no era capaz de reconocer ningún objeto. Para él, una flor no era más que una amalgama de líneas entrecruzadas suspendidas sobre una barra de color verde. Sin embargo, en el momento que la olía, podía identificar hasta qué tipo de flor era.

La pierna indiscreta

El paciente Y despertó de repente en el hospital y se pegó un susto de muerte cuando descubrió bajo las sábanas una pierna fría y peluda que le pareció repugnante. Asustando, intentó echarla de la cama, pero no pudo evitar caerse él también.

Un doctor entró de inmediato en la sala y, después de ayudarle a incorporarse, le preguntó qué le alteraba tanto. El paciente señala una y otra vez su pierna, y balbuceaba una y otra vez qué hacía esa pierna ahí. Era asquerosa y no quería tenerla cerca.

El doctor siguió preguntando al asustado paciente. Esa pierna que él rechazaba estaba completamente sana. No había sido tratada quirúrgicamente, ni tenía cicatrices o traumatismos que la hiciesen irreconocible para el paciente. Solo él veía esa parte del cuerpo como extraña. Por algún motivo, no solo no era capaz de reconocer su propia pierna, sino que ésta le parecía algo abominable.

“Partida por la mitad”

La señora M perdió la conciencia de su lado izquierdo. Para ella, es como si no existiera. Se maquillaba solamente una mitad de la cara. A la hora de comer, reunía toda la comida solo en la mitad del plato. Ni siquiera se giraba hacia la izquierda. Para ver algo de ese lado, se giraba completamente hacia su derecha.

La señora M se maquillaba solamente una mitad de la cara

Recuerdos de su pasado

La señora L era mayor y estaba un poco sorda. Para ella, la música era un bien escaso. Su defecto auditivo no le permitía disfrutar de ella. Una noche, soñó con su infancia. Al despertar, oyó algunas canciones infantiles, música que solía escuchar de pequeña. Intentó averiguar de dónde provenían esas melodías. Finalmente, descubrió que esas canciones infantiles provenían de su propia cabeza.

Con el paso del tiempo, esa música se fue atenuando poco a poco hasta desaparecer. Aún así, la señora L sintió un poco de pena. Porque después de aquello, nunca volvió a recordar aquellas dulces melodías de infancia.

Un sueño de “perros”

F era un estudiante de medicina. Una noche, soñó que era un perro. Al despertar, sintió que el mundo había cambiado. Los colores tenían muchas más tonalidades y los olores eran muchos más intensos y sutiles. No sabía exactamente cómo, pero parecía como si sus sentidos se hubiesen afinado al máximo.

Podía reconocer a la gente con gran facilidad. Podía intuir incluso sus estados de ánimos a través del olor corporal. Se sentía más en contacto con el entorno. Incluso se orientaba por la ciudad como con más facilidad.

F soñó que era un perro y, al despertar, sintió que el mundo había cambiado

Tal vez, ese misterioso sueño de perros le había otorgado los “poderes” de un cánido. O, tal vez, estaba manifestando una extraña experiencia sensorial motivada por algún mal neurológico desconocido.

¿Dónde encontramos estas historias?

Estas historias, y muchas más, están recogidas en el famoso libro del neurólogo Oliver Sacks, El hombre que confundió a su esposa con un sombrero, donde podréis encontrar todo un recopilatorio de casos clínicos extravagantes y curiosos, contados con todo lujo de detalles.

Sí. Consideramos un fastidio olvidarnos de un número de teléfono o entrar en una sala y, de repente, olvidar qué queríamos hacer. Pero comparados con esos pequeños fallos memorísticos, seguramente te sentirás aliviado al saber que tu memoria sigue funcionando bien.

Nuestro cerebro no es perfecto. Se equivoca y falla muchas veces. Pero, aún así, es el mejor director de orquesta que tenemos ante los desafíos que nos imponen nuestro mundo.


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