Hay un gran debate abierto entorno a la carne, sus beneficios y lo peligrosa que puede llegar a ser para la salud. Consumir carne procesada puede causar cáncer y la carne roja también puede ser un factor que contribuya a esta enfermedad, según un estudio publicado por el grupo de cáncer de la Organización Mundial de la Salud.

La Agencia Internacional para la Investigación del Cáncer (IARC, por sus siglas en inglés) está corrigiendo sus informes y clasificando la carne procesada como “cancerígena para los humanos basado en evidencia suficiente que demuestra que consumir estos alimentos causa cáncer del colon y el recto”.

Para cambiar las cosas no es suficiente la divulgación ambiental desde periódicos, la radio, un libro o una ponencia informativa, sino un cambio de hábitos. Para llegar a este punto, debemos tocar el corazón de la gente, darle motivos y no datos y estadísticas que solo nutren nuestro cerebro. No es lo que comemos, sino en qué hemos convertido nuestra industria alimentaria.

Este vídeo y el libro del que hablamos a continuación son un baño de agua fría sobre la cruda realidad animal, algo difícil de procesar pero necesario para todos aquellos que quieran informarse un poco más.

El activista Philip Lymbery  nos desvela en su libro La Carne Que Comemos que “vivía en el sur de Inglaterra donde los pastos, los setos y la naturaleza siguen siendo una parte importante del paisaje, pero las cosas están cambiando” . Creo que a todos se nos viene a la cabeza esos rincones rurales de España que alguna vez hemos visitado y en esa industria alimentaria tradicional que se ha convertido en intensiva.

Este entorno rural está desapareciendo a pasos agigantados, los animales han dejado los espacios abiertos para ser criados hacinados en naves industriales atestadas. Estamos en un punto en el que comprar un pollo a dos euros nos parece normal e incluso se lo agradecemos a nuestro carnicero.

Pero, ¿cuál es la realidad detrás de la producción de carne tan barata?

El principal error viene de tratar a los animales, a nuestro alimento, como si fueran objetos. ¿A qué precio? No solo estamos dándoles un trato deshonesto sino que estamos destrozando nuestra salud y el medio ambiente. El simple hecho de reflexionar sobre esto provoca problemas de conciencia. Hablo de mi que, como seguramente la mayoría de los lectores, como normalmente carne aunque, cada vez más, no quiero seguir siendo cómplice del maltrato animal ni ayudar a desarrollar posibles enfermedades futuras.

Oliver, chef activista radical, quién ha asumido una guerra contra la industria de alimentos, nos advierte: estamos hablando de carnes que hubieran sido vendidas como alimento para perros y después de este proceso se les sirve a seres humanos. Aparte de la calidad de la carne, el hidróxido de amonio utilizado con estos animales es dañino para la salud. Oliver lo denomina así: “El proceso de la porquería rosa”.

¿Qué ser humano en su sano juicio pondría un trozo de carne empapada en hidróxido de amonio en la boca de un niño?

He de confesar que he intentado convertirme en vegetariana en más de una ocasión porque no me faltan motivos, pero también creo en que hay otras formas de hacer las cosas y que existe otro tipo de carne proveniente del consumo local, respetuosa con la vida del animal y quizás, también con certificación ecológica.

¿Qué opinas tú? ¿Hemos perdido los valores esenciales que afectan al respeto animal y nuestra salud?


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