Todos, en algún momento de nuestra vida, hemos sido desordenados. Algunos por falta de tiempo, otros en su juventud y otros por mera dejadez, a menos que seas un maniático del orden. ¿Qué te parecería que alguien afirmara que el desorden es algo relativo? Esa persona no se equivocaría, porque quizás eres de los que tiene la casa perfectamente ordenada, pero el coche o el bolso hecho un caos. En el otro extremo encontramos a aquellas personas que se dedica a acumular objetos durante toda su vida. Sea como fuere detrás del desorden hay mucho más que la mera falta de tiempo.

Nuestro entorno es una proyección de nuestro mundo interior. Por ello, el desorden dice mucho de una persona.

¿Qué hay detrás del desorden?

Una persona desordenada vive en un continuo desorden muy caótico. Trasladado a sus vidas, estos objetos se convierten en cargas físicas. Pero, ¿qué significa esta acumulación para nuestra mente?

Cuando piensas en alguien así, se nos viene a la cabeza un perfil de persona poco sociable, quizás de edad avanzada y con un acentuado síndrome de diógenes. Por su puesto, nunca nos comparamos con alguien de estas características, pero sí que llegamos a pensar en el peso metafórico con el que nosotros también cargamos.

Una persona verdaderamente desordenada vive rodeada de caos y desorden constante

Lo que seguramente no veamos es que no tenemos que sufrir este conocido síndrome tan acentuado para entender que todos podemos tener un problema: hay quienes tienen su apartamento muy recogido, pero una habitación hecha un caos; otras casas dan la impresión de ordenadas, pero en realidad están hasta arriba de objetos innecesarios.

En cada uno de nosotros hay un acumulador ocasional o acumulador organizado y, además, tiene una explicación: existen un conjunto de miedos que se esconden tras el desorden.

Los miedos que se esconden detrás del desorden

1. Miedo a dejar el pasado atrás

Si no nos deshacemos de aquellos objetos materiales que nos vinculan a relaciones pasadas, quizás no seamos capaces de desprendernos de aquellas personas totalmente. Esto no significa que las olvidemos, sino que pasen a ser meros recuerdos y no estén presentes en nuestro día a día.

Conservar regalos u objetos cargados de sentimientos puede hacer que no terminemos de romper vínculos emocionales que ya deberíamos haber dejado atrás. Es bueno que, de vez en cuando, nos desprendamos de aquellos objetos que nos vinculen con personas que queramos dejar atrás. Como consejo os recomendamos que periódicamente revises tus espacios y los limpies de todo aquello que nos dificulta la movilidad.

2. Miedo a nosotros mismos

En ocasiones, el desorden refleja nuestro mundo interior. Es por ello que nuestro espacio, hogar o habitación, debe de hacernos sentir bien. Si en nuestra cabeza reina el caos y la inestabilidad, nuestro desorden no terminará. Seguiremos añadiendo objetos nuevos a lugares sin espacio y no encontraremos el momento de deshacernos de cosas viejas que jamás utilizaremos. Algo que también nos sucede en nuestras relaciones: acumulamos amistades y contactos que agrandan una lista que nos hace sentir protegidos.

3. Miedo a ser auténticos

Otros miedos que se esconden detrás del desorden se reflejan en los muebles. Si nuestro escritorio o sitio de trabajo está hecho un caos, supone frustración y deseo oculto de querer controlarlo todo. Si solemos esconder nuestro desorden, se trata del miedo a la opinión de los demás; esa famosa necesidad de aparentar que vivimos en una falsa estabilidad. Un problema que no deja de crecer y que, además, tiene una manera capitalista de mostrarse, ya que se manifiesta a través de lo material.

“Cuando experimentes lo que es tener una casa realmente ordenada, sentirás cómo se ilumina todo tu mundo. Ordenas tu casa, pero también ordenas tus asuntos y tu pasado. El resultado es que puedes ver con claridad lo que necesitas y lo que no”.

Este texto está sacado del libro sobre el orden de Marie Kondo. Os lo recomiendo gratamente.

Despréndete de lo material, las cosas que realmente importan siempre tendrán un lugar en tu cabeza y, recuerda, si necesitas ayuda, pídela.

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