Actualizado el lunes, 13 julio, 2026
Hay momentos en los que el cielo cambia el curso de una tragedia. Después de jornadas interminables de calor, humo y llamas, las primeras gotas comienzan a caer sobre un territorio exhausto. La tierra ennegrecida recibe el agua, el aire se vuelve más respirable y quienes llevan días combatiendo el incendio levantan la mirada con una mezcla de alivio, prudencia y esperanza.
Cuando la lluvia llega durante un gran incendio forestal, es habitual hablar de un milagro. No necesariamente de un milagro en sentido religioso, sino de ese acontecimiento extraordinario que aparece cuando los recursos humanos parecen estar al límite. La lluvia puede enfriar el terreno, humedecer la vegetación, reducir la intensidad de las llamas y facilitar el trabajo de los equipos de extinción. En determinadas circunstancias, puede marcar la diferencia entre un incendio que continúa avanzando y otro que finalmente empieza a quedar bajo control.
Sin embargo, la realidad científica es más compleja que la imagen romántica de una tormenta apagando por sí sola un bosque entero. No toda lluvia es suficiente, no toda precipitación alcanza el suelo y no todas las tormentas son beneficiosas. Algunas pueden llegar acompañadas de rayos, fuertes rachas de viento o lluvias torrenciales capaces de provocar inundaciones y desprendimientos en las zonas quemadas.
La lluvia puede ser una aliada extraordinaria, pero no sustituye el trabajo de los bomberos forestales ni garantiza que el fuego haya desaparecido. Para comprender su verdadero papel es necesario observar qué sucede en el interior de las llamas, en la vegetación y bajo la superficie del suelo.
El fuego necesita combustible seco
Para que un incendio forestal se mantenga activo necesita tres elementos: calor, oxígeno y combustible. Es lo que se conoce como el triángulo del fuego. En un entorno natural, el combustible está formado por pastos, hojas, ramas, matorrales, troncos, cortezas y materia orgánica acumulada sobre el suelo.
La presencia de vegetación no implica automáticamente que vaya a producirse un incendio de gran intensidad. Una variable decisiva es la cantidad de agua que contiene ese material vegetal. Cuanto más seco está el combustible, menos energía necesita para calentarse, liberar gases inflamables y comenzar a arder.
Por el contrario, cuando una planta, una rama o una capa de hojarasca contiene agua, parte del calor recibido debe emplearse primero en elevar la temperatura de esa humedad y evaporarla. Mientras queda agua disponible, el combustible se calienta más lentamente y resulta más difícil que alcance las condiciones necesarias para una combustión intensa.
El National Wildfire Coordinating Group explica que el contenido de humedad del combustible limita la propagación del fuego: cuando es elevado, los materiales vegetales se encienden con mayor dificultad y arden peor o incluso pueden dejar de mantener la combustión.
Por eso, la lluvia puede intervenir directamente sobre uno de los elementos fundamentales del incendio: el combustible.
Qué sucede cuando comienza a llover sobre un incendio
La acción de la lluvia no consiste únicamente en verter agua sobre las llamas. Sus efectos se producen de varias maneras y en diferentes escalas temporales.
La lluvia absorbe parte del calor
Cuando el agua entra en contacto con superficies calientes, absorbe energía. Parte de ella se emplea en calentar el agua y otra parte en transformarla en vapor. Este proceso reduce la temperatura de las hojas, ramas, cenizas y materiales en combustión.
Si la precipitación es suficientemente intensa y persistente, puede disminuir la temperatura de los combustibles por debajo del nivel necesario para mantener una combustión activa. Las llamas se hacen más pequeñas, la velocidad de propagación disminuye y algunas zonas del incendio pueden apagarse.
Este enfriamiento resulta especialmente eficaz sobre combustibles finos, como pastos secos, agujas de pino, hojas, pequeñas ramas y matorral superficial. Al tener poca masa, estos materiales responden rápidamente a los cambios de humedad y temperatura.
Aumenta la humedad de la vegetación
El agua que permanece sobre las hojas, las ramas y la superficie del suelo dificulta nuevas igniciones. También aumenta temporalmente el contenido de humedad de los combustibles muertos, reduciendo su inflamabilidad.
Los combustibles forestales no reaccionan todos con la misma rapidez. Los materiales finos pueden absorber humedad en poco tiempo, mientras que los troncos, las raíces, los tocones y las capas profundas de materia orgánica necesitan precipitaciones más prolongadas para humedecerse de manera significativa.
Los modelos de comportamiento del fuego distinguen, precisamente, los combustibles según el tiempo aproximado que necesitan para responder a los cambios atmosféricos. Los más pequeños pueden ganar o perder humedad rápidamente; los materiales gruesos conservan durante más tiempo las condiciones de sequedad acumuladas.
Reduce la temperatura ambiental
La llegada de un frente lluvioso suele provocar un descenso de la temperatura del aire. Las nubes reducen la radiación solar y la evaporación de la lluvia contribuye al enfriamiento del ambiente.
Un aire más fresco disminuye la velocidad a la que la vegetación pierde agua. También puede reducir la intensidad de las corrientes convectivas generadas por el incendio, aunque este efecto dependerá de la magnitud del fuego y de la estabilidad atmosférica.
Eleva la humedad relativa
La humedad relativa expresa, de forma simplificada, cuánto vapor de agua contiene el aire en relación con la cantidad máxima que podría contener a una temperatura determinada.
Cuando aumenta la humedad relativa, los combustibles finos pierden agua más lentamente y pueden incluso absorber humedad del ambiente. Cuando es muy baja, ocurre lo contrario: hojas, pastos y ramas pequeñas se secan con rapidez y se vuelven extremadamente inflamables.
La sequedad atmosférica, los vientos fuertes, la inestabilidad y la sequía constituyen algunos de los principales factores meteorológicos asociados al comportamiento extremo de los incendios.
Puede disminuir el transporte de pavesas
Las pavesas son fragmentos encendidos que el viento y las columnas convectivas pueden transportar a distancia. Cuando caen sobre vegetación seca, originan focos secundarios por delante del frente principal.
La lluvia puede humedecer estos fragmentos y los combustibles sobre los que aterrizan, reduciendo la probabilidad de que generen nuevas igniciones. También puede debilitar parte de la actividad convectiva del incendio.
No obstante, este beneficio depende del viento. Una tormenta con fuertes rachas puede dispersar pavesas antes de que la precipitación sea suficiente para neutralizarlas.
La importancia de la duración y la intensidad de la lluvia
No basta con que aparezcan algunas gotas. Para que la lluvia cambie de forma relevante el comportamiento de un incendio deben coincidir varias condiciones.
Una precipitación débil y breve puede mojar únicamente la superficie de las hojas. Si el ambiente continúa siendo cálido, seco y ventoso, esa humedad puede evaporarse en poco tiempo. El incendio puede reducir su intensidad durante unos minutos y recuperar después una actividad elevada.
Una lluvia moderada y persistente tiene mayores posibilidades de penetrar en la hojarasca, humedecer el matorral y alcanzar parte de la materia orgánica acumulada en el suelo. Si se prolonga durante varias horas, puede crear una ventana operativa muy valiosa para los equipos de extinción.
La distribución de la lluvia también resulta determinante. En las tormentas de verano, la precipitación puede ser muy irregular: caer con fuerza sobre una parte del incendio y no alcanzar otro sector situado a pocos kilómetros. En zonas montañosas, la topografía modifica el viento, la humedad, la exposición solar y la distribución de las precipitaciones, generando diferencias importantes entre laderas y valles.
Por eso, los responsables de la extinción no valoran solamente si está lloviendo. Analizan cuánto ha llovido, durante cuánto tiempo, sobre qué superficie y cómo han respondido los combustibles.
La lluvia no siempre llega hasta el suelo
En ambientes muy secos puede producirse un fenómeno conocido como virga: la precipitación cae desde la nube, pero se evapora total o parcialmente antes de alcanzar la superficie.
Desde la distancia, puede parecer que está lloviendo sobre el incendio, aunque en realidad el terreno apenas recibe agua. La evaporación enfría el aire situado bajo la nube, lo vuelve más denso y puede generar corrientes descendentes.
Al llegar al suelo, estas corrientes se expanden horizontalmente y producen cambios repentinos en la velocidad y dirección del viento. Para quienes trabajan cerca del frente, estas alteraciones pueden resultar especialmente peligrosas, ya que el incendio puede cambiar de dirección en pocos minutos.
Una nube oscura no garantiza, por tanto, que la tormenta vaya a colaborar con la extinción. En ocasiones, puede introducir una inestabilidad adicional.
El alivio que necesitan los equipos de extinción
Cuando la lluvia reduce la intensidad de un incendio, los bomberos forestales pueden trabajar en condiciones algo más favorables.
Una disminución de la longitud de las llamas permite acercarse a zonas que antes resultaban inaccesibles. La reducción del calor facilita la construcción de líneas de defensa, la eliminación de combustibles y el ataque a focos secundarios. También puede mejorar la eficacia del agua descargada desde vehículos, mangueras y medios aéreos.
El momento de menor actividad puede aprovecharse para reforzar los perímetros, asegurar puntos vulnerables y evitar que el incendio vuelva a propagarse cuando regrese el calor.
Pero la lluvia no elimina automáticamente los riesgos. El terreno puede volverse resbaladizo, los caminos pueden quedar intransitables y la visibilidad puede empeorar. Las aeronaves de extinción pueden tener que suspender sus operaciones debido a las nubes, las turbulencias, el viento o las descargas eléctricas.
Por esta razón, la lluvia se considera una oportunidad operativa, no una señal para abandonar la vigilancia.
Cuando las llamas desaparecen, pero el fuego continúa
Uno de los errores más frecuentes es pensar que un incendio está completamente apagado cuando dejan de verse llamas.
El fuego puede permanecer oculto bajo la superficie, en raíces, tocones, troncos huecos, acumulaciones de turba o capas profundas de materia orgánica. Estos focos pueden arder lentamente durante horas, días o incluso más tiempo, protegidos de la lluvia superficial.
Las precipitaciones breves pueden apagar la combustión visible sin penetrar hasta esos puntos calientes. Cuando el terreno vuelve a secarse y aumenta el viento, las brasas pueden reactivar el incendio.
Después de contener el frente, los equipos realizan labores de liquidación. Revisan el perímetro, remueven cenizas, localizan puntos calientes, enfrían tocones y comprueban que no quedan materiales capaces de reiniciar la combustión.
En algunos incendios, la lluvia facilita enormemente esta fase. En otros, el agua superficial puede ocultar temporalmente señales de calor sin llegar a extinguirlas.
No todas las tormentas son una bendición
Las tormentas asociadas a lluvia pueden presentar riesgos importantes.
Los rayos pueden iniciar nuevos incendios
Un episodio tormentoso puede descargar agua sobre una zona y, al mismo tiempo, provocar nuevas igniciones mediante rayos en lugares donde la precipitación ha sido escasa.
Algunos incendios causados por rayos se detectan de inmediato. Otros permanecen latentes en raíces o materia orgánica y se manifiestan cuando el terreno vuelve a secarse.
Las llamadas tormentas secas son especialmente peligrosas: generan abundante actividad eléctrica, pero dejan poca precipitación efectiva sobre el suelo.
El viento puede avivar las llamas
Las tormentas producen corrientes ascendentes y descendentes capaces de alterar bruscamente el viento. Una racha puede inclinar las llamas hacia combustible no quemado, aumentar el aporte de oxígeno y transportar brasas a grandes distancias.
El viento influye en el incendio de múltiples maneras: acelera el secado, aporta oxígeno, acerca las llamas a la vegetación situada por delante y transporta material incandescente.
Por tanto, una tormenta puede ayudar en un sector y empeorar la situación en otro.
La precipitación puede ser insuficiente
Una lluvia ligera puede reducir momentáneamente la actividad de los combustibles finos sin modificar la sequedad de troncos, matorrales densos o capas profundas del suelo.
Si después vuelve una masa de aire cálida, seca y ventosa, los combustibles pequeños pueden perder rápidamente la humedad recién adquirida. La tregua puede durar poco.
Después del incendio, la lluvia también puede ser peligrosa
La misma lluvia que ayuda a detener las llamas puede convertirse posteriormente en una amenaza para las comunidades situadas alrededor de la superficie quemada.
Un bosque sano intercepta parte de la lluvia mediante las copas de los árboles, el matorral y la hojarasca. Las raíces estabilizan el terreno y los restos vegetales reducen la velocidad del agua.
Después de un incendio intenso, gran parte de esa protección desaparece. El suelo queda expuesto, se pierde materia orgánica y algunas superficies desarrollan propiedades repelentes al agua. En lugar de infiltrarse, la lluvia circula rápidamente por las laderas.
El resultado puede ser una escorrentía súbita cargada de ceniza, tierra, piedras, ramas y troncos. En terrenos inclinados, esta mezcla puede transformarse en un flujo de lodo y escombros con capacidad para alcanzar carreteras, viviendas y cauces.
Los estudios del Servicio Geológico de Estados Unidos muestran que los flujos de derrubios posteriores a un incendio pueden activarse mediante lluvias breves y muy intensas, incluso cuando precipitaciones similares apenas habrían generado escorrentía antes del fuego.
El riesgo suele ser especialmente relevante durante el primer año posterior al incendio, aunque depende de la severidad del fuego, la pendiente, el tipo de suelo, la recuperación de la vegetación y las características de las tormentas.
La lluvia, por tanto, puede ser salvadora durante la emergencia y peligrosa durante la recuperación.
¿Cuánta lluvia hace falta para apagar un incendio?
No existe una cantidad universal.
La respuesta depende de numerosos factores:
- La intensidad y extensión del incendio.
- El tipo de vegetación.
- La profundidad de la materia orgánica.
- El grado de sequedad acumulada.
- La temperatura ambiental.
- La humedad relativa.
- La velocidad del viento.
- La duración de la precipitación.
- La distribución espacial de la lluvia.
- La existencia de incendios subterráneos o focos ocultos.
Un incendio superficial que avanza por hierba puede reaccionar rápidamente a una precipitación moderada. Un fuego de copas, con árboles ardiendo intensamente y una gran columna convectiva, puede necesitar lluvias prolongadas para experimentar una reducción sustancial.
Un incendio que afecta a turberas o suelos ricos en materia orgánica puede mantenerse activo bajo tierra a pesar de que la superficie parezca empapada.
Por eso, los servicios de emergencia no declaran extinguido un incendio basándose únicamente en el registro de lluvia. Es necesario inspeccionar el terreno, medir temperaturas y comprobar la ausencia de puntos calientes.
La lluvia como parte de la predicción del peligro
La precipitación de los días anteriores es una variable fundamental en los sistemas de evaluación del riesgo de incendios.
En España, el índice meteorológico de peligro de incendios forestales incorpora variables como la temperatura, la humedad, el viento y la lluvia acumulada en días previos. La combinación de estos factores permite caracterizar mejor el estado de sequedad del territorio y estimar la facilidad con la que un fuego podría iniciarse y propagarse.
No se analiza únicamente la lluvia del día. También importa la historia meteorológica de las semanas y meses anteriores.
Una tormenta aislada puede humedecer temporalmente la superficie, pero no siempre compensa una sequía prolongada. Cuando el suelo y la vegetación llevan meses perdiendo agua, la recuperación requiere precipitaciones más abundantes y persistentes.
La paradoja de los inviernos lluviosos
La relación entre lluvia e incendios presenta una aparente contradicción.
A corto plazo, la lluvia reduce el peligro porque humedece la vegetación y el suelo. Sin embargo, una estación muy lluviosa puede favorecer el crecimiento abundante de hierbas y matorrales. Si después llega un verano prolongado, seco y caluroso, toda esa biomasa puede secarse y convertirse en combustible.
Esto no significa que la lluvia provoque los incendios. Significa que sus efectos dependen del momento, de la vegetación y de la evolución meteorológica posterior.
Un paisaje puede pasar de estar muy verde y húmedo a acumular una gran cantidad de combustible fino seco. Este proceso es especialmente importante en pastizales y zonas de vegetación rápida, donde la biomasa crece durante los meses húmedos y pierde agua con rapidez durante las olas de calor.
La prevención no puede basarse únicamente en confiar en que haya llovido durante el invierno. Es necesario observar cuánto combustible se ha generado, cómo evoluciona su humedad y qué condiciones atmosféricas se esperan durante el verano.
Un respiro, no una solución estructural
Cuando la lluvia ayuda a controlar un incendio, el alivio es real. Puede proteger poblaciones, salvar masas forestales, reducir la exposición al humo y permitir que los equipos avancen en la contención.
Pero sería un error convertir ese alivio en una estrategia.
Los incendios forestales no pueden gestionarse esperando la llegada de una tormenta. La prevención requiere reducir la continuidad de los combustibles, mantener paisajes diversos, gestionar el abandono rural, crear zonas de protección alrededor de las viviendas y mejorar la planificación de las emergencias.
También es necesario disponer de equipos profesionales, sistemas de vigilancia, predicciones meteorológicas precisas y protocolos de evacuación.
La lluvia puede completar el trabajo humano, pero no sustituye la preparación.
El cambio climático y la incertidumbre de la lluvia
El calentamiento global está modificando las condiciones en las que se producen los incendios. El aumento de las temperaturas incrementa la demanda evaporativa de la atmósfera y acelera la pérdida de humedad de suelos y vegetación.
En las regiones mediterráneas, la combinación de sequías más intensas, olas de calor y episodios de baja humedad puede ampliar los periodos de peligro. Las proyecciones europeas señalan un aumento de la frecuencia de las sequías en una parte importante de la región mediterránea conforme aumenta el calentamiento global.
Al mismo tiempo, la lluvia puede volverse más irregular. Pueden alternarse periodos prolongados sin precipitación con episodios torrenciales concentrados en pocas horas. Desde el punto de vista de los incendios, no produce el mismo efecto una lluvia suave mantenida durante varios días que una tormenta violenta que descarga una gran cantidad de agua sobre un suelo incapaz de absorberla.
Las precipitaciones torrenciales pueden generar inundaciones y erosión sin restaurar de manera duradera la humedad profunda del ecosistema.
Por eso, el verdadero “milagro” no consiste solamente en que llueva, sino en que lo haga en el lugar, el momento, la cantidad y la intensidad adecuados.
La dimensión emocional de la lluvia
Más allá de la meteorología, la lluvia posee un enorme significado para quienes viven un incendio.
Durante una emergencia, el paisaje se transforma. El cielo se vuelve rojizo o gris, las cenizas caen a kilómetros de distancia y el humo invade viviendas, carreteras y pueblos. Las sirenas, las evacuaciones y la incertidumbre alteran la vida cotidiana.
Quienes combaten el fuego trabajan durante horas en condiciones extremas de calor, fatiga y riesgo. Las familias esperan noticias. Los habitantes contemplan la posibilidad de perder sus casas, sus animales, sus cultivos y los bosques que forman parte de su memoria.
En ese contexto, las primeras gotas representan mucho más que agua. Son una señal de que las condiciones pueden empezar a cambiar.
La lluvia limpia parcialmente el aire, humedece las cenizas y devuelve al entorno un olor que parecía perdido: el de la tierra mojada. El ruido de las gotas puede sustituir, durante unos instantes, al crepitar de las llamas y al vuelo de los helicópteros.
Ese alivio no debe confundirse con el final de la emergencia. Pero tiene un valor psicológico profundo. Permite respirar, recuperar fuerzas y pensar que la catástrofe puede detenerse.
La naturaleza no actúa sola
Hablar de la lluvia como un milagro no debería invisibilizar el esfuerzo humano.
Cuando una precipitación consigue frenar un incendio, suele hacerlo sobre un escenario en el que cientos de personas llevan horas o días construyendo líneas de defensa, protegiendo viviendas, evacuando poblaciones y atacando los frentes más peligrosos.
Las líneas abiertas por los equipos impiden que el fuego encuentre continuidad. Las descargas de agua reducen la intensidad en puntos estratégicos. Los cortafuegos, los caminos y las zonas previamente gestionadas ofrecen espacios de oportunidad. La lluvia se suma a todas esas acciones y puede hacer que finalmente resulten decisivas.
En muchas ocasiones, lo que parece una victoria exclusiva del cielo es en realidad el resultado de una alianza entre la meteorología, la planificación, la tecnología y el trabajo de los profesionales.
La naturaleza aporta la tregua. Los equipos de extinción convierten esa tregua en control.
Después de la lluvia comienza otra tarea
Cuando el fuego queda estabilizado o controlado, empieza una fase menos visible, pero fundamental.
Es necesario vigilar posibles reproducciones, evaluar los daños, retirar árboles inestables, proteger cauces, controlar la erosión y restaurar los servicios afectados. También deben analizarse los impactos sobre la fauna, la calidad del agua, los suelos y la salud de las poblaciones expuestas al humo.
La recuperación ecológica no consiste siempre en plantar árboles inmediatamente. Algunos ecosistemas poseen mecanismos naturales de regeneración, mientras que otros necesitan intervenciones específicas. Una actuación precipitada puede dañar brotes, compactar el suelo o introducir especies poco adecuadas.
Antes de intervenir, deben estudiarse la severidad del incendio, la capacidad de regeneración natural y el riesgo de erosión.
La lluvia posterior será necesaria para que germinen semillas, se recuperen plantas y vuelva la actividad biológica. Pero deberá observarse con cautela: demasiada agua en poco tiempo puede arrastrar el suelo que el ecosistema necesita para renacer.
Prevenir para no depender del milagro
La imagen de la lluvia apagando las llamas es poderosa porque recuerda que los seres humanos no controlan completamente la naturaleza. Incluso con medios aéreos, satélites, modelos meteorológicos y equipos especializados, un incendio extremo puede superar la capacidad inicial de extinción.
Sin embargo, aceptar esos límites no significa resignarse.
Una sociedad preparada puede reducir el número de igniciones, limitar la acumulación de combustible, diseñar comunidades más seguras y responder con rapidez. Puede educar a la población, proteger a los trabajadores forestales, mantener vías de evacuación y evitar construcciones vulnerables en zonas de alto riesgo.
También puede recuperar la gestión del territorio mediante agricultura, ganadería extensiva, selvicultura preventiva y quemas prescritas realizadas por profesionales cuando las condiciones son adecuadas.
La prevención quizá no produzca imágenes tan espectaculares como una tormenta sobre un incendio. No genera la misma sensación de milagro. Pero es la herramienta más eficaz para evitar que una chispa se transforme en una catástrofe.
Cuando el agua devuelve la esperanza
Hay algo profundamente simbólico en la lluvia cayendo sobre una tierra quemada. El agua y el fuego representan fuerzas opuestas, aunque ambas forman parte de los procesos naturales del planeta.
El fuego transforma el paisaje, libera nutrientes y, en algunos ecosistemas, participa en ciclos ecológicos antiguos. Pero cuando alcanza una intensidad extrema, amenaza vidas, destruye viviendas y deteriora los suelos.
La lluvia puede detener esa violencia, enfriar las cenizas y preparar el terreno para la recuperación. No devuelve de inmediato lo perdido, pero abre la posibilidad de que la vida vuelva a ocupar el espacio.
Con el tiempo aparecerán los primeros brotes. Regresarán insectos, aves y pequeños mamíferos. Las raíces que sobrevivieron bajo tierra comenzarán a alimentar nuevos tallos. El verde volverá a destacar sobre el negro.
Ese proceso no ocurre de un día para otro. Requiere agua, suelo, semillas, tiempo y protección.
Por eso, cuando la lluvia llega durante un incendio, puede sentirse como un milagro. No porque resuelva por sí sola todos los problemas, sino porque cambia las condiciones que parecían inamovibles. Reduce el poder de las llamas, ofrece una oportunidad a quienes las combaten y recuerda que incluso los paisajes más devastados conservan la capacidad de comenzar de nuevo.
La lluvia no siempre apaga el incendio. A veces solo lo ralentiza. Otras veces llega demasiado tarde, cae en el lugar equivocado o se evapora antes de tocar el suelo. Pero cuando aparece de forma suficiente, constante y serena, puede convertirse en la ayuda que todos esperaban.
Entonces, durante unos minutos, el ruido del agua cubre el crepitar del fuego. El humo comienza a disiparse. La tierra absorbe cada gota. Los equipos siguen trabajando, pero lo hacen sabiendo que ya no están solos.
Y en medio de un paisaje herido, la naturaleza empieza, lentamente, a obrar el milagro.
Ante la mirada impotente de los habitantes del mundo al Amazonas y sus gobiernos indolentes, la naturaleza actúa eficazmente demostrando amor por el Amazonas, apagando su dolor, nuestro dolor #LlueveAmazonas


Pero recuerda: no se trata de rezar o dejar que al naturaleza nos salve de nuestras irresponsabilidades. Hay muchos muchos focos aún en el incendio del Amazonas y de muchas otras regiones del mundo. Debemos hacer movilización social e incidencia política para mejores leyes de protección ambiental
Buenas noticias para la Amazonía. Ayer, varias regiones del Amazonas registraron precipitaciones, incluidas aquellas en las que hubo mucho fuego. La lluvia ha reducido los incendios principalmente en el centro este del estado de Amazonas y también en el sur del estado de Pará. Ver el mapa:

¡Ocurrió un milagro en el Amazonas! Desde la madrugada de este 22 de Agosto llueve sobre Porto Velho, al norte de Brasil. Estas precipitaciones no extinguirían el fuego completamente, pero evitaría que se expanda. #PrayForTheAmazonas
No olvides compartir esta noticia en tus redes sociales. Ayudemos a la concienciación ambiental. /// Debemos hacer algo URGENTE. Necesitamos una movilización ciudadana y una respuesta política para cuidar, frenar, sanar, reforestar o al menos, dejar de destrozar el planeta.
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