Los habitantes de la tribu Yaohnanen en una pequeña villa del mismo nombre son conocidos por un curioso tipo de “culto de cargamento” llamado Movimiento del Príncipe Felipe. Según esta singular creencia religiosa, el Duque de Edimburgo, cuya retirada de los actos públicos se ha anunciado hace unas semanas, es una divinidad descendiente de sus ancestros espirituales. Según las leyendas, el hijo del espíritu de la montaña, de tez pálida, surcó los mares hacia una tierra muy lejana. Allí, se habría casado con una poderosa mujer y, eventualmente, regresaría a su tierra.

¿Cómo han llegado los habitantes de una remota isla del Pacífico a considerar una deidad a una personalidad de la realeza británica que se encuentra a más de 15.000 kilómetros de distancia?

A través de su presencia en un par de ocasiones y de los relatos de oficiales británicos, los isleños vieron en el Duque de Edimburgo la personificación de la divinidad descrita en sus leyendas. No está del todo claro cuándo comenzó a forjarse el culto, pero se estima que en algún punto de la década de los 50. La creencia se reforzó con la visita del matrimonio real a Vanuatu en 1974, en la cual algunos miembros de la tribu pudieron ver al Príncipe desde la distancia.

Retrato del Duque de Edimburgo firmado como obsequio a la tribu.

En aquel momento, el duque no era consciente de esta particular creencia, pero un obsequio de los nativos años después fue correspondido por esta fotografía firmada. Fotografía que, dicho sea de paso, continúa siendo preservada y adorada a día de hoy, junto con varios retratos del consorte obsequiados a lo largo de los años.

De alguna manera, el culto se fue asentando con los años. Uno de los líderes de la tribu, el Jefe Jack, que en su momento había recibido a la Marina Real británica cuando llegó a la isla por primera vez, es quizá quien ha liderado y preservado con más ahínco esta creencia que aúna la tradición isleña con los acontecimientos de impacto más recientes para la tribu. Antes de su fallecimiento en 2009 describía así su primera impresión:

“Lo vi de pie en la cubierta con su uniforme blanco, y supe que él era el verdadero Mesías”.

El Jefe Jack se mostraba convencido que el consorte regresaría definitivamente algún día a la tierra a la que pertenece.

Habitantes de la isla de Tanna sostienen retratos del Duque. Imagen: Roman Kalyakin.

La antropología nos da una respuesta de más calado sobre este inesperado culto religioso, que se enmarcaría en los ya mencionados cultos de cargamento o cultos cargo. Este tipo de creencias combina un rango de prácticas y rituales con el contacto con tecnología actual, producto del colonialismo, y son muy comunes en Melanesia.

El desarrollo de este tipo de creencias surge generalmente como respuesta a las situaciones de crisis social derivadas del contacto con grupos colonizadores, siempre a través del líder o uno de los líderes de la comunidad colonizada. Este líder suele hacer referencia a una “visión” por la cual se asignan a los nuevos visitantes significados basados en los mitos tradiciones de su sociedad. También se produce una “fetichización” de los objetos traídos por los colonos, de sus símbolos tanto militares como religiosos y de su forma de actuar.

La aparición en varios de estos archipiélagos del ejército japonés y estadounidense en plena Segunda Guerra Mundial, dejando cargamentos de comida, ropa, medicinas, etc. parece ser el principal motivo para que estas tribus, que jamás habían salido de su archipiélago, comiencen a desarrollar estos cultos. La adoración al Duque de Edimburgo llama mucho la atención, pero no es ni de lejos la creencia más seguida. Probablemente ese honor pertenezca al culto a John Frum que idolatra a un oficial norteamericano y cuyo nombre probablemente proviene de John from America.

La teoría antropológica ha achacado este comportamiento al estrés que generan los cambios ocasionados por la visita de los colonizadores. Las sociedades en Melanesia se suelen estructurar alrededor de un hombre rico que provee con bienes y regalos a su comunidad como símbolo de poder. De esta manera, al llegar los nuevos visitantes con una cantidad de bienes aparentemente ilimitada, y dado el desconocimiento de estas tribus de los procesos de producción de occidente, ven en ello una apabullante demostración de poder.

Desarrollar este tipo de cultos les permite adaptar los nuevos acontecimientos a su discurso tradicional y, según algunas teorías, podría suponer una especie de proto-nacionalismo que a medio plazo les permitiría reafirmar su identidad tribal como defensa ante el contacto con la modernidad.

Parece claro, por lo tanto, que se trata de un efecto inesperado y dudosamente deseable de los procesos de colonización de occidente.


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