Zak Ebrahim era un niño como otro cualquiera, de origen egipcio pero nacido y criado en Estados Unidos. Durante su infancia se trasladó de un lugar a otro del país con su familia y, como otros tantos niños, sufrió acoso escolar durante años —lo que ayudó bastante a que su odio hacia los que le rodeaban creciese y creciese—. Sin embargo, su vida empezó a cambiar el día en que detuvieron a su padre, un conocido terrorista, y años después cuando su madre le confesó que estaba «cansada de odiar».

Ebrahim se hizo adulto con la idea de que su progenitor marcaría su destino porque «de tal palo tal astilla» o, al menos, eso es lo que le habían dicho mientras crecía. Durante toda su vida le enseñaron a odiar pero, poco a poco, fue aprendiendo que ese no era su camino.

Hoy ese «hijo de terrorista» es un hombre adulto que lucha contra el terrorismo y promueve la no violencia. Su nombre real no es Zak Ebrahim, se lo cambió cuando renegó del legado criminal de su padre e intentó ocultarse del mundo para que nadie les relacionase, pero este joven activista comparte su historia para romper estereotipos.

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Ebrahim ha demostrado que el hijo de un terrorista no tiene porqué convertirse en uno. Las raíces de una persona son importantes pero no le definen en la vida: la violencia no es inherente a la religión, ni a la raza, ni a los orígenes de alguien.

Ebrahim demuestra que son muchos los factores que nos definen y hacen que seamos quienes somos. Las personas que nos rodean, nuestros compañeros de clase y de trabajo, nuestros ídolos… todo influye. Por eso, lo mejor es no juzgar a las personas por su familia o su pasado sino por lo que ellas mismas representan.


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