¿Qué es la pedagogía negra y qué efecto tiene en nuestro hijos?

Hace poco se hizo viral un vídeo donde una madre sacaba a golpes a su hijo de una manifestación en contra de la policía en Baltimore (Estados Unidos). No dejó de ser algo anecdótico hasta que me dio por leer las decenas de comentarios del citado vídeo: personas halagando ese gesto como muestra de “verdadera autoridad”; mensajes que decían que “ojalá todas las madres fueran así” o que “si todas diesen esas hostias a tiempo, todo iría mejor”, entre otros muchos.

La verdad, no voy a valorar la conducta de la madre. No conozco el contexto, ni conozco su historia familiar. Quizás sea algo habitual en ella o quizás fue la propia situación la que la empujó a actuar así. Pero lo importante aquí es la reacción de la gente, justificando este trato como lo deseable, lo que realmente se debe hacer para “amansar” a estas fieras que son los jóvenes irresponsables y maleducados.

Esto es lo que conocemos como pedagogía negra

La pedagogía negra es un término acuñado por la psicóloga Alice Miller en los años 80 con el que intentaba definir ese estilo de educación autoritario donde se busca doblegar al infante y someterlo a la voluntad de los adultos. Sus observaciones iniciales se centraron en el sistema educativo y de crianza alemán, al que definió como traumatogénico, es decir, basado en la manipulación y en el que los niños aprenden a someterse “por su propio bien” a la voluntad de sus padres en contra de ellos mismos.

Esta tesis la recogió en su libro Por tu propio bien. Título muy acertado porque es exactamente la frase que muchas veces hemos escuchado de niños.

¿En qué consiste la pedagogía negra?

Este tipo de crianza, esta pedagogía negra, sigue unas pautas bastante específicas:

1. Basa la enseñanza en el miedo y el castigo

2. Busca la obediencia

Considera ser obediente como una virtud. Un niño “bueno” es un niño “obediente”.

3. Es la pedagogía de la dominación

Una persona manda y otra obedece. Es la base por la cual se reproducen las demás formas de dominación social. Si aprendemos desde niños a ser “obedientes”, luego lo seremos en el ejército, en el trabajo, en la política y en todas las demás instancias de dominación. Así se construyen y normalizan las jerarquías sociales.

4. Utiliza métodos conductistas

Es decir, mecanismos de estímulo-respuesta a través del castigo o el premio, para generar conductas “deseables” por quien posee el poder, en este caso, los adultos frente a los niños. La pedagogía negra es, por tanto, manipuladora.

5. Castiga, golpea, hace llorar y le dice al niño que es “por su propio bien”

Como consecuencia, el niño pierde su capacidad innata de distinguir el bien (lo amoroso, lo placentero) del mal (la violencia, el dolor). Perdemos el rumbo emocional, el centro psíquico y, luego, constantemente tenemos que estarlo buscando afuera, en figuras de “autoridad”, a través de la aprobación externa.

La pedagogía negra se basa, básicamente, en el castigo y el sometimiento

¿Qué consecuencias tienes?

Como consecuencia de lo anterior, el adulto también pensará que la violencia, siempre o en ocasiones, está bien, es útil y necesaria. Es decir, la propia defensa de la pedagogía negra es la consecuencia de haberla recibido, y así se reproduce de generación en generación. El “mal”, el “pecado original”, la ira, el miedo y la necesidad de relacionarnos de manera violenta se transmiten de generación en generación a través del uso de la pedagogía negra de padres a hijos.

Este estilo pedagógico daña la dignidad y también la inteligencia. Crea inseguridad, falta de autoestima, miedos y dudas que se arrastran a lo largo de la vida. Nos hace desconfiar de nuestros propios criterios y capacidades.

La pedagogía negra crea seres sumisos o, por el contrario, seres violentos que desviarán la violencia recibida hacia otras personas más débiles de su entorno. En el mejor de los casos, convertirán la violencia en rebeldía social.

Las personas víctimas de la pedagogía negra suelen ser sumisos con sus “superiores”, personas más fuertes o de más alta jerarquía social, y se ensañan con las personas a quienes consideran más “débiles”.

La pedagogía negra: una serpiente que se cuela por todas partes

Se disfraza, se justifica y se cuela por todas partes, vestida de buenas intenciones o de “trasfondos de cariño”. Por tanto, manda al inconsciente el verdadero daño causado y genera una “sombra” individual, familiar y colectiva que niega lo evidente: que hemos sido dañados por las personas que debían amarnos y protegernos.

¿Todos tenemos familias perfectas? La mentira colectiva que sostiene la pedagogía negra

Según Miller, es el mecanismo por el cual se sostiene la mentira colectiva consistente en aparentar que todos tenemos familias maravillosas, madres y padres que nos quieren y a quienes queremos. Enmascara el verdadero lugar donde se produce y reproduce la falta de amor, de empatía y de paz que luego vemos a nivel macrosocial. Desvincula lo doméstico de lo público, de lo político.

Instituye la mentira, la violencia y la hipocresía como forma “normal” de relacionarse entre personas que supuestamente se quieren. Invierte, por tanto, el sentido del amor. Si consideramos que la violencia no es amor, por ejemplo, en una relación de pareja, ¿cómo es que podemos pensar que sí lo es sobre los niños?

La justificación de la violencia

La pedagogía negra considera que pequeñas o mayores dosis de violencia son “necesarias”. No ya que sean quizás inevitables, porque no somos perfectos, sino que las legitima como instrumentos necesarios para la educación e incluso para la paz social. Sabiendo esto, considera también que pequeñas violencias contra los niños contrarrestarán o evitarán otras formas mayores de violencia social cuando, en realidad, son su origen.

La pedagogía negra invierte el sentido moral

El acierto de Miller en señalar este tipo de enseñanza familiar, social e institucional fue afirmar que ha sido el sistema educativo que la mayoría de nosotros hemos recibido, pero del cual no queremos ni oír, ni hablar. Sin embargo, lo seguimos defendiendo como método válido para amansar o criar a jóvenes o niños problemáticos. Nosotros mismos, como víctimas, seguimos justificando el trato con este método, pero no por identificación sino por mero desconocimiento. Y es que, aún siendo un término que describe una crianza con la que, sin duda, se identificará una mayoría, es raro que apenas unas pocas personas lo conozcan o lo identifiquen plenamente.

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