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«A la llana y sin rodeos» un discurso crítico y polémico del gran Juan Goytisolo, Premio Cervantes 1

«A la llana y sin rodeos» un discurso crítico y polémico del gran Juan Goytisolo, Premio Cervantes

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Actualizado el lunes, 20 marzo, 2023

En el mundo de la literatura, Juan Goytisolo es un nombre que no necesita presentación. Su legado como escritor y crítico literario es ampliamente reconocido, y su obra ha sido objeto de estudio y admiración por parte de varias generaciones de lectores y académicos.

Una de las características más destacadas de la obra de Goytisolo es su estilo directo y sin concesiones, que se refleja tanto en sus ensayos como en sus novelas. En su discurso crítico y polémico «A la llana y sin rodeos», Goytisolo despliega toda su maestría en el uso del lenguaje para expresar sus ideas de manera clara y contundente.

En este artículo, queremos profundizar en las ideas y reflexiones que Goytisolo expone en este discurso, y ofrecer nuestra propia interpretación y análisis de las mismas. A través de este ejercicio, esperamos no solo rendir homenaje a uno de los grandes escritores de nuestra época, sino también ofrecer una reflexión sobre temas que siguen siendo relevantes en la actualidad.

A la llana y sin rodeos es como Juan Goytisolo  ha titulado su discurso de recepción del Premio Cervantes de Lituratura.  Justo después de que el rey Felipe VI le entregase tan prestigiosa medalla ha leído uno de los discursos más reivindicativos de la historia del galardón:

«A la llana y sin rodeos»

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«A la llana y sin rodeos» un discurso crítico y polémico del gran Juan Goytisolo, Premio Cervantes 3

Fuente de la fotografía: ELPAIS

«En términos generales, los escritores se dividen en dos esferas o clases: la de quienes conciben su tarea como una carrera y la de quienes la viven como una adicción. El encasillado en las primeras cuida de su promoción y visibilidad mediática, aspira a triunfar. El de las segundas, no. El cumplir consigo mismo le basta y si, como sucede a veces, la adicción le procura beneficios materiales, pasa de la categoría de adicto a la de camello o revendedor. Llamaré a los del primer apartado, literatos y a los del segundo, escritores a secas o más modestamente incurables aprendices de escribidor.

A comienzos de mi larga trayectoria, primero de literato, luego de aprendiz de escribidor, incurrí en la vanagloria de la búsqueda del éxito -atraer la luz de los focos, “ser noticia”, como dicen obscenamente los parásitos de la literatura- sin parar mientes en que, como vio muy bien Manuel Azaña, una cosa es la actualidad efímera y otra muy distinta la modernidad atemporal de las obras destinadas a perdurar pese al ostracismo que a menudo sufrieron cuando fueron escritas. La vejez de lo nuevo se reitera a lo largo del tiempo con su ilusión de frescura marchita.

El dulce señuelo de la fama sería patético si no fuera simplemente absurdo. Ajena a toda manipulación y teatro de títeres, la verdadera obra de arte no tiene prisas: puede dormir durante décadas como La regenta o durante siglos como La lozana andaluza. Quienes adensaron el silencio en torno a nuestro primer escritor y lo condenaron al anonimato en el que vivía hasta la publicación del Quijote no podían imaginar siquiera que la fuerza genésica de su novela les sobreviviría y alcanzaría una dimensión sin fronteras ni épocas.

“Llevo en mí la conciencia de la derrota como un pendón de victoria”, escribe Fernando Pessoa, y coincido enteramente con él. Ser objeto de halagos por la institución literaria me lleva a dudar de mí mismo, ser persona non grata a ojos de ella me reconforta en mi conducta y labor. Desde la altura de la edad, siento la aceptación del reconocimiento como un golpe de espada en el agua, como una inútil celebración.

Mi condición de hombre libre conquistada a duras penas invita a la modestia. La mirada desde la periferia al centro es más lúcida que a la inversa y al evocar la lista de mis maestros condenados al exilio y silencio por los centinelas del canon nacionalcatólico no puedo menos que rememorar con melancolía la verdad de sus críticas y ejemplar honradez. La luz brota del subsuelo cuando menos se la espera. Como dijo con ironía Dámaso Alonso tras el logro de su laborioso rescate del hasta entonces ninguneado Góngora, ¡quién pudiera estar aún en la oposición!

Mi instintiva reserva a los nacionalismos de toda índole y sus identidades totémicas, incapaces de abarcar la riqueza y diversidad de su propio contenido, me ha llevado a abrazar como un salvavidas la reivindicada por Carlos Fuentes nacionalidad cervantina. Me reconozco plenamente en ella. Cervantear es aventurarse en el territorio incierto de lo desconocido con la cabeza cubierta con un frágil yelmo bacía.

Dudar de los dogmas y supuestas verdades como puños nos ayuda a eludir el dilema que nos acecha entre la uniformidad impuesta por el fundamentalismo de la tecnociencia en el mundo globalizado de hoy y la previsible reacción violenta de las identidades religiosas o ideológicas que sienten amenazados sus credos y esencias. 

En vez de empecinarse en desenterrar los pobres huesos de Cervantes y comercializarlos tal vez de cara al turismo como santas reliquias fabricadas probablemente en China, ¿no sería mejor sacar a la luz los episodios oscuros de su vida tras su rescate laborioso de Argel?

¿Cuántos lectores del Quijote conocen las estrecheces y miseria que padeció, su denegada solicitud de emigrar a América, sus negocios fracasados, estancia en la cárcel sevillana por deudas, difícil acomodo en el barrio malfamado del Rastro de Valladolid con su esposa, hija, hermana y sobrina en 1605, año de la Primera Parte de su novela, en los márgenes más promiscuos y bajos de la sociedad?

Hace ya algún tiempo, dedique unas páginas a los titulados Documentos cervantinos hasta ahora inéditos del presbítero Cristóbal Pérez Pastor, impresos en 1902 con el propósito, dice, de que “reine la verdad y desaparezcan las sombras”, obra cuya lectura me impresionó en la medida en que, pese a sus pruebas fehacientes y a otras indagaciones posteriores, la verdad no se ha impuesto fuera de un puñado de eruditos, y más de un siglo después las sombras permanecen. Sí, mientras se suceden las conferencias, homenajes, celebraciones y otros actos oficiales que engordan a la burocracia oficial y sus vientres sentados, (la expresión es de Luis Cernuda) pocos, muy pocos se esfuerzan en evocar sin anteojeras su carrera teatral frustrada, los tantos años en los que, dice en el prólogo del Quijote, “duermo en el silencio del olvido”: ese “poetón ya viejo” (más versado en desdichas que en versos) que aguarda en silencio el referendo del falible legislador que es el vulgo.

Alcanzar la vejez es comprobar la vacuidad y lo ilusorio de nuestras vidas, esa “exquisita mierda de la gloria” de la que habla Gabriel García Márquez al referirse a las hazañas inútiles del coronel Aureliano Buendía y de los sufridos luchadores de Macondo. El ameno jardín en el que transcurre la existencia de los menos, no debe distraernos de la suerte de los más en un mundo en el que el portentoso progreso de las nuevas tecnologías corre parejo a la proliferación de las guerras y luchas mortíferas, el radio infinito de la injusticia, la pobreza y el hambre.

Es empresa de los caballeros andantes, decía don Quijote, “deshacer tuertos y socorrer y acudir a los miserables” e imagino al hidalgo manchego montado a lomos de Rocinante acometiendo lanza en ristre contra los esbirros de la Santa Hermandad que proceden al desalojo de los desahuciados, contra los corruptos de la ingeniería financiera o, a Estrecho traviesa, al pie de las verjas de Ceuta y Melilla que él toma por encantados castillos con puentes levadizos y torres almenadas socorriendo a unos inmigrantes cuyo único crimen es su instinto de vida y el ansia de libertad.

Sí, al héroe de Cervantes y a los lectores tocados por la gracia de su novela nos resulta difícil resignarnos a la existencia de un mundo aquejado de paro, corrupción, precariedad, crecientes desigualdades sociales y exilio profesional de los jóvenes como en el que actualmente vivimos. Si ello es locura, aceptémosla. El buen Sancho encontrará siempre un refrán para defenderla.

El panorama a nuestro alcance es sombrío: crisis económica, crisis política, crisis social. Según las estadísticas que tengo a mano, más del 20% de los niños de nuestra Marca España vive hoy bajo el umbral de la pobreza, una cifra con todo inferior a la del nivel del paro. Las razones para indignarse son múltiples y el escritor no puede ignorarlas sin traicionarse a sí mismo. No se trata de poner la pluma al servicio de una causa, por justa que sea, sino de introducir el fermento contestatario de esta en el ámbito de la escritura.

Encajar la trama novelesca en el molde de unas formas reiteradas hasta la saciedad condena la obra a la irrelevancia y una vez más, en la encrucijada, Cervantes nos muestra el camino. Su conciencia del tiempo “devorador y consumidor de las cosas” del que habla en el magistral capítulo IX de la Primera Parte del libro le indujo a adelantarse a él y a servirse de los géneros literarios en boga como material de derribo para construir un portentoso relato de relatos que se despliega hasta el infinito. Como dije hace ya bastantes años, la locura de Alonso Quijano trastornado por sus lecturas se contagia a su creador enloquecido por los poderes de la literatura. Volver a Cervantes y asumir la locura de su personaje como una forma superior de cordura, tal es la lección del Quijote. Al hacerlo no nos evadimos de la realidad inicua que nos rodea. Asentamos al revés los pies en ella.

Digamos bien alto que podemos. Los contaminados por nuestro primer escritor no nos resignamos a la injusticia.»

Y para los que no lo conocíais antes:

¿QUÉ TE HA PARECIDO EL DISCURSO?

La claridad como virtud literaria

Uno de los temas centrales de «A la llana y sin rodeos» es la importancia de la claridad en la escritura. Goytisolo defiende que la literatura no debe ser un ejercicio de oscurantismo o de hermetismo, sino más bien una herramienta para comunicar ideas y emociones de manera efectiva. Para Goytisolo, la claridad es una virtud literaria que debe ser valorada por encima de cualquier otra consideración.

Esta postura puede parecer evidente, pero en realidad implica una crítica a ciertas tendencias de la literatura contemporánea que privilegian la complejidad formal o el hermetismo lingüístico sobre la comunicación efectiva. Goytisolo considera que la literatura debe estar al servicio del lector, y que su función principal es transmitir un mensaje o una experiencia de manera clara y directa.

La crítica como actitud ante el mundo

Otro de los temas que Goytisolo aborda en su discurso es el papel de la crítica en la sociedad. Para él, la crítica no debe ser vista como una actividad elitista o exclusiva, sino más bien como una actitud ante el mundo que nos rodea. La crítica, en este sentido, es una forma de cuestionar lo establecido y de explorar nuevas formas de pensamiento y de acción.

Esta postura implica una crítica a ciertas formas de pensamiento conformista o acrítico que dominan nuestra sociedad. Goytisolo defiende que la crítica es una herramienta fundamental para construir una sociedad más justa y más libre, y que los intelectuales tienen una responsabilidad especial en este sentido.

La literatura como herramienta para el cambio social

Por último, en «A la llana y sin rodeos» Goytisolo aborda el papel de la literatura como herramienta para el cambio social. Para él, la literatura no debe ser vista como un mero pasatiempo o como una actividad elitista, sino más bien como una herramienta para construir una sociedad más justa y más libre.

Como mencionábamos anteriormente, el discurso de Juan Goytisolo titulado «A la llana y sin rodeos» es una obra crítica y polémica que ha sido muy comentada en el mundo literario. Goytisolo, quien recibió el Premio Cervantes, expresa su opinión acerca de la lengua castellana y la forma en que se ha utilizado para la comunicación en España.

En su discurso, Goytisolo aborda varios temas de gran importancia, entre ellos la influencia de la política en el uso de la lengua y la necesidad de una lengua común en España. Según el autor, la lengua ha sido utilizada por el poder político como una herramienta para imponer su voluntad sobre la población, lo que ha llevado a una fragmentación y división del país.

El autor también hace hincapié en la importancia de utilizar un lenguaje sencillo y accesible para todos, evitando la complejidad y la oscuridad lingüística que ha sido empleada en algunos contextos literarios. En este sentido, Goytisolo defiende la necesidad de una lengua que sea clara y comprensible para todos, y que no requiera de conocimientos especializados para su entendimiento.

Además, Goytisolo critica la educación en España, en la que considera que no se ha prestado la atención necesaria a la enseñanza del castellano. Según el autor, esta situación ha llevado a que muchas personas no sean capaces de comunicarse correctamente en su lengua materna, lo que ha contribuido a la fragmentación y la desunión del país.

En resumen, el discurso de Juan Goytisolo es una obra crítica y polémica que aborda temas de gran importancia para la sociedad española. El autor defiende la necesidad de una lengua común y accesible para todos, y critica la influencia política en el uso de la lengua y la educación deficiente en España.

Es importante mencionar que, aunque el discurso de Goytisolo ha sido objeto de controversia, sus ideas han sido ampliamente debatidas en el ámbito académico y literario. Su contribución al pensamiento sobre la lengua castellana es indudable, y su obra continúa siendo una referencia obligada para aquellos interesados en el estudio de la lengua y la literatura en España.

En conclusión, si deseas profundizar en el pensamiento de Juan Goytisolo y su obra «A la llana y sin rodeos», te recomendamos que leas detenidamente su discurso y que consultes diversas fuentes de información para tener una visión completa de la temática que aborda.


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