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La vida no es un juego de azar. No es un casino donde invertir tus días. Es una obra de arte para contemplar y crear. Siente, ama, crea.

El espejismo de la clase media: por qué consumir como clase media ya no significa vivir con seguridad

Merece ser compartido:

Imaginemos a un TRABAJADOR. Tiene 32 años, trabaja, dispone de coche, utiliza un buen teléfono móvil, paga varias plataformas de entretenimiento, sale a cenar de vez en cuando y puede permitirse unas vacaciones al año. Desde fuera, su vida parece encajar perfectamente en aquello que durante décadas hemos identificado como clase media.

No vive rodeado de lujos, pero tampoco parece pobre. Consume tecnología, ocio, restauración y viajes. Tiene acceso a comodidades que hace algunas generaciones estaban reservadas a una minoría. Si observáramos solamente sus hábitos de consumo, probablemente concluiríamos que TRABAJADOR pertenece sin demasiadas dudas a una sociedad próspera.

Pero introduzcamos una sola variable.

¿Qué ocurriría si mañana TRABAJADOR perdiera su trabajo?

Si su nómina desapareciese de repente, quizá durante las primeras semanas no cambiaría nada visible. Seguiría teniendo su teléfono, su televisión, su coche y sus suscripciones. Probablemente seguiría pagando las facturas con normalidad.

Después dejaría de ahorrar.

Más tarde empezaría a utilizar sus reservas.

Quizá recurriría a la tarjeta de crédito.

Si la situación continuase, llegaría el momento en que pagar el alquiler, la hipoteca o determinados gastos esenciales empezaría a resultar complicado.

Y entonces aparecería una pregunta mucho más importante que saber qué teléfono utiliza o dónde pasa sus vacaciones:

¿Cuánta distancia existe realmente entre TRABAJADOR y una crisis económica personal?

Esa pregunta constituye el punto de partida para reconsiderar qué significa pertenecer a la clase media.

Durante mucho tiempo hemos aprendido a identificar la posición económica de una persona a partir de lo que puede consumir. Sin embargo, quizá resulte más útil observar aquello que puede resistir.

La diferencia es enorme.

La capacidad de consumo nos dice cómo vivimos hoy.

La resiliencia económica nos dice qué ocurriría si mañana las cosas dejaran de ir bien.

Y quizá sea precisamente ahí donde se encuentre uno de los grandes problemas económicos y sociales de nuestro tiempo: podemos conservar la apariencia material de la clase media mientras perdemos progresivamente la seguridad que históricamente la definía.

Nota sobre los datos: este artículo desarrolla y reorganiza los argumentos y cifras contenidos en el texto de referencia. Las cifras económicas, salariales, demográficas o históricas mencionadas deberían contrastarse con sus fuentes primarias antes de utilizarlas en un análisis académico, financiero o político.

por qué consumir como clase media ya no significa vivir con seguridad
por qué consumir como clase media ya no significa vivir con seguridad

La métrica equivocada: medir la clase social por lo que podemos comprar

Durante décadas hemos asociado la clase media con determinados símbolos.

Tener un automóvil.

Comprar una vivienda.

Salir a restaurantes.

Viajar durante las vacaciones.

Disponer de electrodomésticos, tecnología y entretenimiento.

La lógica parece sencilla: si una persona puede acceder a bienes que están por encima de las necesidades básicas, asumimos que disfruta de una posición económica relativamente estable.

El problema aparece cuando confundimos dos conceptos diferentes: consumo y patrimonio.

Comprar un teléfono de alta gama demuestra que una persona podía pagar ese teléfono en un determinado momento.

No demuestra que tenga seis meses de gastos ahorrados.

Viajar durante una semana demuestra que pudo financiar esas vacaciones.

No demuestra que pueda pagar una vivienda.

Disponer de coche tampoco demuestra que tenga inversiones, patrimonio, capacidad de ahorro o estabilidad laboral.

Podemos, por tanto, construir una vida exteriormente cómoda mientras nuestra estructura financiera continúa siendo extremadamente vulnerable.

Y esto obliga a cambiar la pregunta.

En lugar de preguntarnos:

¿Qué puede comprar una persona?

podríamos preguntarnos:

¿Cuánto tiempo podría mantener su vida si dejara de percibir ingresos?

Esta segunda pregunta introduce algo que normalmente permanece invisible: el margen de seguridad.

Una persona con un salario relativamente elevado pero sin ahorros, con deudas importantes y con elevados gastos fijos puede encontrarse en una situación más frágil de lo que aparenta.

Por el contrario, alguien con un estilo de vida más modesto pero sin deudas, con vivienda pagada, ahorro y activos puede disponer de una seguridad económica considerablemente mayor.

Desde esta perspectiva, la verdadera diferencia no estaría solamente en cuánto ganamos.

Estaría también en cuánto poseemos, cuánto debemos, cuánto necesitamos para vivir y cuánto tiempo podemos resistir cuando desaparecen los ingresos.

“La clase media no es lo que puedes comprar, sino lo que puedes resistir.”
Resume toda la tesis del artículo: la verdadera posición económica depende de la capacidad para soportar una crisis, no del nivel de consumo.
“La clase media no es lo que puedes comprar, sino lo que puedes resistir.”
Resume toda la tesis del artículo: la verdadera posición económica depende de la capacidad para soportar una crisis, no del nivel de consumo.

La clase media como distancia respecto a la catástrofe

La idea central puede expresarse de una forma sencilla:

la clase media no debería entenderse únicamente como un nivel de consumo, sino como una determinada distancia respecto a la catástrofe económica.

Históricamente, una de las características fundamentales asociadas a las clases medias de las sociedades occidentales fue precisamente esa seguridad.

No significaba necesariamente ser rico.

Significaba disponer de suficientes recursos para que un problema no provocara inmediatamente el colapso de toda la economía familiar.

Una enfermedad.

Un despido.

Una reparación inesperada.

Una reducción temporal de ingresos.

Una crisis económica.

La existencia de ahorro, vivienda, derechos laborales, servicios públicos, pensiones y redes familiares permitía absorber parcialmente esos golpes.

La estabilidad constituía una forma de riqueza.

Probablemente una de las más importantes.

Porque tener dinero no sirve solamente para comprar cosas.

Sirve también para comprar tiempo.

Tiempo para encontrar otro empleo.

Tiempo para recuperarse de una enfermedad.

Tiempo para cambiar de profesión.

Tiempo para abandonar un trabajo tóxico.

Tiempo para afrontar un gasto inesperado.

Tiempo para tomar decisiones sin hacerlo bajo una presión económica inmediata.

Desde esta perspectiva, la riqueza tiene una dimensión que rara vez aparece en la publicidad: la capacidad de decir que no.

No a un empleo que no queremos.

No a determinadas condiciones laborales.

No a endeudarnos para resolver cualquier emergencia.

No a depender permanentemente de familiares, empresas o instituciones.

Cuantas más opciones reales tenemos, mayor es nuestra autonomía.

Y esa autonomía está directamente relacionada con la distancia económica existente entre nuestra situación actual y el desastre.

El antiguo contrato social de la clase media

Durante buena parte del siglo XX se extendió en numerosas sociedades occidentales una especie de contrato social implícito.

La promesa era relativamente sencilla:

si estudias, trabajas, administras razonablemente tus recursos y mantienes una trayectoria profesional estable, podrás mejorar progresivamente tu vida.

No significaba que todo el mundo pudiera convertirse en millonario.

La aspiración era mucho más modesta.

Conseguir un empleo.

Comprar una vivienda.

Criar hijos.

Ahorrar.

Disfrutar ocasionalmente de vacaciones.

Acumular patrimonio.

Llegar a la jubilación con cierta tranquilidad.

Y, posiblemente, proporcionar a la siguiente generación oportunidades mejores.

Ese modelo convertía el trabajo en un mecanismo de ascenso social.

El salario no servía solamente para consumir durante el mes.

Permitía transformar progresivamente trabajo en patrimonio.

Trabajabas.

Ahorrabas.

Comprabas una vivienda.

Pagabas una hipoteca.

La vivienda se convertía finalmente en un activo.

Ese activo podía complementar tu seguridad durante la jubilación o transmitirse a tus hijos.

El trabajo de varias décadas quedaba parcialmente acumulado en forma de propiedad.

Eso proporcionaba algo fundamental: continuidad económica entre el presente y el futuro.

Sin embargo, una de las tesis principales del texto de partida es que ese mecanismo se ha ido debilitando.

El problema no sería necesariamente que hoy tengamos menos bienes.

En muchos aspectos sucede exactamente lo contrario.

Tenemos tecnologías mejores.

Accedemos a contenidos prácticamente ilimitados.

Podemos comprar ropa producida en diferentes continentes.

Viajar es más accesible para determinados sectores de la población.

Los teléfonos actuales realizan funciones que habrían parecido ciencia ficción hace pocas décadas.

Pero una televisión más grande no sustituye una vivienda.

Un teléfono más potente no sustituye un fondo de emergencia.

Netflix no sustituye una pensión.

Un vuelo barato no sustituye la estabilidad laboral.

Y ahí aparece la paradoja.

Podemos ser mucho más ricos en bienes de consumo y considerablemente más frágiles en aquello que proporciona seguridad.

“La clase media era una distancia entre tú y la catástrofe.”
Una definición especialmente poderosa porque sustituye los símbolos de estatus por seguridad económica real.
“La clase media era una distancia entre tú y la catástrofe.”
Una definición especialmente poderosa porque sustituye los símbolos de estatus por seguridad económica real.

Salarios, coste de vida y poder adquisitivo

Una de las experiencias personales utilizadas en el texto original para ilustrar este fenómeno compara salarios de entrada ofrecidos hace aproximadamente 26 años con determinados salarios actuales.

El argumento es que, en determinados sectores profesionales, los salarios nominales de entrada habrían cambiado mucho menos de lo esperado mientras numerosos costes esenciales habrían aumentado de manera importante.

Más allá del ejemplo concreto, lo relevante es la relación entre salarios y bienes fundamentales.

Porque el poder adquisitivo no puede analizarse únicamente preguntando cuántos productos electrónicos podemos comprar.

Hay que observar cuánto trabajo necesitamos para adquirir aquello que proporciona seguridad.

¿Cuántos años de salario hacen falta para comprar una vivienda?

¿Qué porcentaje de nuestros ingresos dedicamos al alquiler?

¿Cuánto podemos ahorrar después de pagar vivienda, alimentación, energía y transporte?

¿Cuánto cuesta formar una familia?

¿Qué porcentaje de nuestros ingresos podemos destinar a inversión o jubilación?

Estas preguntas ofrecen una imagen mucho más profunda de nuestra posición económica.

El mercado puede conseguir que determinados productos industriales sean progresivamente más baratos mientras otros bienes fundamentales se encarecen.

Y cuando esos bienes son vivienda, educación, energía o determinados servicios, el resultado puede ser paradójico:

podemos disponer de más objetos y, al mismo tiempo, sentir que económicamente avanzamos menos.

El salario de entrada que el autor ofrecía hace 26 años sería, según su experiencia, prácticamente el mismo que el que se ofrece actualmente.
El impacto está en compararlo con el fuerte aumento del coste de vivienda, alimentación, energía y otros gastos esenciales
El salario de entrada que el autor ofrecía hace 26 años sería, según su experiencia, prácticamente el mismo que el que se ofrece actualmente.
El impacto está en compararlo con el fuerte aumento del coste de vivienda, alimentación, energía y otros gastos esenciales

La gran paradoja de la globalización

La globalización constituye una de las grandes transformaciones económicas de las últimas décadas.

Su capacidad para producir bienes a gran escala resulta evidente.

Las cadenas de producción internacionales permiten diseñar un producto en un país, fabricar componentes en varios continentes, ensamblarlo en otro territorio, financiar la operación desde un centro financiero y venderlo posteriormente en decenas o cientos de mercados.

Este sistema ha permitido obtener enormes ganancias de eficiencia.

Las empresas pueden localizar cada fase de producción allí donde resulte económicamente más conveniente.

La producción aumenta.

Los costes pueden reducirse.

Los mercados se expanden.

Las compañías pueden alcanzar dimensiones desconocidas durante buena parte de la historia económica.

Además, el desarrollo industrial asociado a la globalización ha contribuido al crecimiento económico de numerosos países y al aumento del nivel de vida de millones de personas.

Por tanto, la crítica no consiste necesariamente en afirmar que la globalización no haya generado riqueza.

“La globalización funcionó. La pregunta no es si generó más riqueza, sino dónde fue a parar esa riqueza.”
 El texto no plantea que la economía haya dejado de crecer, sino que cuestiona cómo se han repartido los beneficios de ese crecimiento.
“La globalización funcionó. La pregunta no es si generó más riqueza, sino dónde fue a parar esa riqueza.”
El texto no plantea que la economía haya dejado de crecer, sino que cuestiona cómo se han repartido los beneficios de ese crecimiento.

Precisamente el argumento es el contrario:

la globalización ha demostrado una extraordinaria capacidad para generar riqueza.

La cuestión es cómo se distribuye esa riqueza.

Porque aumentar el tamaño de la economía no significa automáticamente que todos los grupos sociales reciban proporcionalmente los beneficios.

Una economía puede crecer mientras determinados salarios permanecen relativamente estancados.

Las empresas pueden aumentar extraordinariamente su valor mientras una parte de sus trabajadores continúa teniendo dificultades para acceder a una vivienda.

La productividad puede aumentar sin que los salarios evolucionen exactamente al mismo ritmo.

Y las remuneraciones de algunos directivos pueden crecer mucho más rápidamente que las de los trabajadores ordinarios.

La pregunta fundamental deja entonces de ser:

¿hemos generado más riqueza?

y pasa a ser:

¿cómo se ha distribuido la riqueza generada?

Según las cifras citadas del Economic Policy Institute, desde 1978 la remuneración de los grandes CEO habría aumentado alrededor de un 1.094 %, frente a aproximadamente un 26 % para el trabajador típico.
Según las cifras citadas del Economic Policy Institute, desde 1978 la remuneración de los grandes CEO habría aumentado alrededor de un 1.094 %, frente a aproximadamente un 26 % para el trabajador típico.

Cuando la tarta crece pero las porciones cambian

El texto de referencia utiliza la evolución de la remuneración de los altos ejecutivos estadounidenses para ilustrar la creciente concentración de ingresos.

Según las cifras citadas en el material original, la diferencia entre la remuneración de los directores generales de grandes empresas estadounidenses y la de un trabajador típico habría aumentado enormemente durante las últimas décadas.

El documento menciona una relación aproximada de 21 a 1 en 1965 y de 281 a 1 en 2024, además de citar cálculos del Economic Policy Institute sobre el crecimiento de las remuneraciones de los altos ejecutivos desde finales de los años setenta.

Independientemente de la cifra exacta, que debería verificarse en su fuente primaria, el fenómeno señalado resulta importante:

una parte creciente de la riqueza generada puede concentrarse en determinados segmentos mientras otros participan mucho menos de ese crecimiento.

La metáfora de la tarta resulta útil.

Imaginemos una economía que produce una tarta de tamaño 100.

Después de varias décadas de innovación, tecnología, internacionalización y crecimiento empresarial, esa tarta pasa a medir 200.

La sociedad es objetivamente más rica.

Pero eso no significa que todas las personas hayan duplicado su porción.

Algunas pueden pasar de recibir 10 a recibir 40.

Otras pueden pasar de 5 a 6.

Por tanto, crecimiento económico y distribución económica son dos problemas distintos.

Y esta diferencia resulta fundamental para comprender la frustración que puede aparecer incluso en sociedades que producen cada vez más riqueza.

Según las cifras citadas del Economic Policy Institute, desde 1978 la remuneración de los grandes CEO habría aumentado alrededor de un 1.094 %, frente a aproximadamente un 26 % para el trabajador típico.
Según las cifras citadas del Economic Policy Institute, desde 1978 la remuneración de los grandes CEO habría aumentado alrededor de un 1.094 %, frente a aproximadamente un 26 % para el trabajador típico.

El debate sobre la economía del goteo

Durante las décadas de 1980 y 1990 adquirieron gran influencia diferentes políticas económicas basadas en la idea de que favorecer la acumulación de capital y reducir determinadas cargas fiscales sobre las rentas altas podía estimular inversión, empresas, empleo y crecimiento.

En términos simplificados, el argumento sostiene que permitir una mayor acumulación de riqueza en la parte superior de la economía puede acabar beneficiando al resto de la sociedad mediante inversiones, creación empresarial y empleo.

Esta interpretación suele relacionarse con la denominada trickle-down economics, o economía del goteo.

El texto original cuestiona fuertemente esta hipótesis y menciona el trabajo de los economistas David Hope y Julian Limberg, quienes analizaron importantes reducciones fiscales para las rentas altas en diversos países durante varias décadas.

Según la interpretación presentada en el documento fuente, esas políticas habrían aumentado la desigualdad sin producir efectos significativos sobre crecimiento económico o empleo.

La cuestión central vuelve a ser la misma.

La existencia de capital concentrado no garantiza automáticamente que los beneficios terminen distribuyéndose proporcionalmente entre toda la población.

La riqueza puede reinvertirse productivamente.

Pero también puede dirigirse hacia activos financieros, propiedades, bienes de lujo u otras formas de acumulación patrimonial.

Por tanto, no basta con preguntarnos cuánto crece una economía.

También tenemos que analizar:

quién posee los activos, quién recibe los beneficios del crecimiento y quién puede transformar sus ingresos en patrimonio.

Y ninguna de estas preguntas resulta tan visible como cuando hablamos de vivienda.

La vivienda: la frontera de la nueva clase media

Durante generaciones, la vivienda fue uno de los principales mecanismos de construcción de patrimonio de las familias.

Comprar una casa cumplía simultáneamente varias funciones.

Proporcionaba alojamiento.

Reducía la incertidumbre futura.

Permitía transformar ingresos laborales en patrimonio.

Funcionaba parcialmente como un mecanismo de ahorro.

Y podía convertirse en una herencia para los descendientes.

La lógica económica era sencilla.

Cada mensualidad destinada a pagar capital de una hipoteca contribuía a aumentar la parte de la vivienda que pertenecía al propietario.

Décadas después, una persona podía encontrarse jubilada y disponer de una vivienda completamente pagada.

La situación del alquiler es diferente.

El alquiler proporciona un servicio esencial: vivienda.

Pero el pago mensual no genera automáticamente propiedad para el inquilino.

Cuando los precios de compra son elevados y los alquileres absorben una gran parte del salario, aparece un problema especialmente importante.

Quien alquila tiene menos capacidad para ahorrar.

Quien tiene menos capacidad para ahorrar tarda más en reunir una entrada.

Quien tarda más en reunir una entrada permanece más tiempo alquilando.

Y cuanto más tiempo permanece alquilando, más difícil puede resultar acumular el capital necesario para comprar.

Se crea así un círculo difícil de romper.

Para comprar una vivienda de 300.000 € con una financiación bancaria del 80 %, sería necesario disponer previamente de unos 60.000 € solo para la entrada.
El ejemplo muestra por qué el acceso a la vivienda puede depender cada vez más del patrimonio familiar previo
Para comprar una vivienda de 300.000 € con una financiación bancaria del 80 %, sería necesario disponer previamente de unos 60.000 € solo para la entrada.
El ejemplo muestra por qué el acceso a la vivienda puede depender cada vez más del patrimonio familiar previo

Cuando para comprar patrimonio hace falta patrimonio previo

El texto utiliza Barcelona como ejemplo.

Se plantea una vivienda relativamente modesta situada alrededor de los 300.000 euros.

Si una entidad financiera financiase aproximadamente el 80 % del precio, el comprador necesitaría aportar alrededor de 60.000 euros solamente para cubrir el 20 % restante, sin entrar aquí en otros costes asociados a la operación.

Para una persona joven, reunir decenas de miles de euros mientras paga alquiler y otros gastos puede resultar extremadamente difícil.

Y ahí aparece una transformación social profunda.

Los padres vuelven a adquirir un papel decisivo.

Una persona que recibe ayuda familiar puede conseguir la entrada.

Otra persona con exactamente el mismo salario, formación y capacidad profesional puede no conseguirla.

Las dos trabajan igual.

Las dos cobran aproximadamente lo mismo.

Pero una dispone de patrimonio familiar.

La otra no.

La primera compra una vivienda.

La segunda continúa alquilando.

Después de veinte años, las diferencias pueden ser enormes.

La primera habrá ido acumulando propiedad.

La segunda habrá pagado durante décadas por utilizar una vivienda sin adquirir necesariamente un activo equivalente.

Por tanto, una diferencia inicialmente familiar puede convertirse en una diferencia patrimonial cada vez mayor.

Aquí aparece una frase aparentemente paradójica pero fundamental:

cuando el trabajo ya no permite comprar patrimonio, el patrimonio se convierte en la principal herramienta para conseguir nuevo patrimonio.

Y entonces cambia completamente el funcionamiento del ascensor social.

“Cuando el trabajo ya no permite comprar patrimonio, el patrimonio se convierte en la principal herramienta para conseguir nuevo patrimonio.”
Esta idea resume el riesgo de pasar de una sociedad basada en los ingresos del trabajo a otra cada vez más determinada por la herencia y los activos familiares.
“Cuando el trabajo ya no permite comprar patrimonio, el patrimonio se convierte en la principal herramienta para conseguir nuevo patrimonio.”
Esta idea resume el riesgo de pasar de una sociedad basada en los ingresos del trabajo a otra cada vez más determinada por la herencia y los activos familiares.

¿Está roto el ascensor social?

La movilidad social depende en gran medida de que las personas puedan mejorar su posición económica respecto a la familia en la que nacieron.

La promesa meritocrática consiste precisamente en eso.

Tu origen puede influir en tu vida, pero no debería determinar completamente tu destino.

La educación, el trabajo, el emprendimiento y el ahorro deberían permitir mejorar progresivamente la posición económica.

Sin embargo, cuando el acceso a activos fundamentales depende cada vez más de haber heredado otros activos, esa movilidad se reduce.

Dos jóvenes pueden estudiar la misma carrera.

Trabajar en empresas similares.

Cobrar salarios semejantes.

Pero uno recibe 70.000 euros de su familia.

El otro empieza desde cero.

Las consecuencias de esa diferencia pueden durar décadas.

Uno compra una vivienda.

El otro alquila.

El primero puede utilizar posteriormente esa vivienda como garantía o venderla.

Quizá reciba además otra propiedad mediante herencia.

El segundo continúa destinando una parte importante de sus ingresos a vivienda sin construir el mismo patrimonio.

Con el paso del tiempo, la desigualdad inicial se multiplica.

Esto supone pasar progresivamente de una sociedad determinada por cuánto eres capaz de ganar a otra determinada también por cuánto poseías previamente tú o tu familia.

Y esa transición afecta directamente a la idea tradicional de clase media.

La transferencia del riesgo hacia el individuo

Existe además otra transformación menos visible.

Durante buena parte del desarrollo de los estados sociales modernos, determinados riesgos estaban repartidos entre varios actores.

El trabajador.

La familia.

La empresa.

El Estado.

Los sistemas de pensiones protegían parcialmente frente a la vejez.

La legislación laboral proporcionaba determinados niveles de estabilidad.

La vivienda relativamente accesible permitía construir patrimonio.

Los servicios públicos reducían algunos costes que, de otro modo, habrían recaído íntegramente sobre las familias.

Las redes familiares proporcionaban apoyo adicional.

Ese conjunto funcionaba como una especie de colchón.

La tesis planteada en el documento es que una parte creciente del riesgo se ha trasladado hacia el individuo.

Si dudas de que la pensión pública futura vaya a cubrir tus necesidades, debes ahorrar adicionalmente.

Si el mercado laboral exige actualizar continuamente competencias, debes invertir tiempo y dinero en formación.

Si la vivienda representa una proporción cada vez mayor de tus ingresos, tienes menos margen para absorber cualquier emergencia.

Si tus contratos son más inestables, necesitas un fondo de emergencia mayor.

Cada riesgo individual puede parecer manejable.

El problema aparece cuando se acumulan.

Vivienda.

Jubilación.

Formación.

Salud.

Desempleo.

Cuidado de familiares.

Inflación.

Cada uno consume una parte del margen económico disponible.

Y cuanto menor es ese margen, menor es nuestra distancia respecto a la catástrofe.

El colchón económico solo se ve cuando llega una crisis

Cuando todo funciona bien, la fragilidad puede pasar completamente desapercibida.

Tenemos empleo.

Pagamos facturas.

Viajamos.

Compramos.

Mantenemos nuestro estilo de vida.

El problema aparece cuando algo rompe la normalidad.

Una pandemia.

Una crisis financiera.

Una enfermedad.

Una separación.

El cierre de una empresa.

Un despido.

Una subida abrupta del alquiler.

Es entonces cuando descubrimos el verdadero grosor de nuestro colchón económico.

Dos personas con estilos de vida visualmente idénticos pueden encontrarse en posiciones completamente diferentes.

Una tiene un año de gastos ahorrado.

La otra tiene dos semanas.

Una tiene vivienda pagada.

La otra dedica gran parte de su salario al alquiler.

Una podría rechazar mañana su empleo y buscar otro durante varios meses.

La otra necesita cobrar exactamente a final de mes para evitar problemas.

Desde fuera parecen pertenecer a la misma clase social.

Desde el punto de vista de la resiliencia, viven en mundos distintos.

Riqueza y consumo no son lo mismo

Esta distinción conduce a una de las ideas más importantes de todo el planteamiento.

La apariencia de riqueza se construye consumiendo. La seguridad se construye acumulando.

Consumir proporciona bienestar inmediato.

Acumular proporciona resiliencia futura.

Ninguna de las dos cosas es necesariamente buena o mala.

Las personas necesitan consumir.

Necesitamos vivienda, alimentación, ocio, cultura, descanso y experiencias.

El problema aparece cuando utilizamos el consumo para medir nuestra situación económica.

Una persona puede financiar durante años un estilo de vida superior a su capacidad real de ahorro.

Puede adquirir un automóvil mediante crédito.

Comprar un teléfono a plazos.

Financiar viajes.

Utilizar tarjetas.

Pagar continuamente suscripciones.

Desde fuera puede parecer acomodada.

Pero si todos sus ingresos desaparecen cada mes, continúa siendo vulnerable.

La seguridad financiera depende fundamentalmente de aquello que permanece después del consumo.

Ahorro.

Activos.

Propiedad.

Inversiones.

Capacidad profesional.

Redes de apoyo.

Ausencia o control de deuda.

Opciones.

Todo aquello que aumenta nuestra autonomía futura.

Una sociedad aparentemente rica pero crecientemente frágil

La paradoja contemporánea podría resumirse así:

nunca habíamos tenido acceso a tantos productos y servicios y, sin embargo, una parte de la población siente que le resulta extraordinariamente difícil alcanzar determinados pilares tradicionales de estabilidad.

Disponemos de plataformas digitales extraordinarias.

Podemos comunicarnos instantáneamente.

Tenemos acceso a información casi ilimitada.

Podemos comprar productos fabricados en prácticamente cualquier parte del planeta.

Pero muchas personas jóvenes se preguntan si podrán comprar una vivienda.

O mantener hijos.

O ahorrar suficientemente para la jubilación.

O sobrevivir varios meses sin ingresos.

Esta contradicción ayuda a entender por qué los indicadores macroeconómicos pueden transmitir una imagen relativamente positiva mientras una parte de la población mantiene una percepción completamente diferente.

Una persona no experimenta personalmente el crecimiento del PIB.

Experimenta su salario.

Su alquiler.

Su supermercado.

Su hipoteca.

Su capacidad para ahorrar.

Sus expectativas de futuro.

Cuando existe una distancia muy grande entre el crecimiento agregado de la economía y la experiencia cotidiana de los ciudadanos, aparece frustración.

Cuando desaparece la expectativa de progreso

La clase media tradicional no se sostenía únicamente sobre dinero.

Se sostenía también sobre una narrativa.

Mañana probablemente viviré un poco mejor que hoy.

Esa expectativa resulta extraordinariamente poderosa.

Permite aceptar sacrificios presentes porque creemos que producirán beneficios futuros.

Estudiamos porque esperamos mejorar nuestra empleabilidad.

Trabajamos porque esperamos aumentar progresivamente nuestros ingresos.

Ahorramos porque esperamos comprar una vivienda.

Pagamos impuestos porque confiamos en que determinadas instituciones funcionarán.

Formamos una familia porque creemos disponer de suficiente estabilidad para sostenerla.

Pero cuando estas expectativas empiezan a desaparecer, cambia la relación entre los ciudadanos y la sociedad.

Si una persona trabaja durante años y siente que no avanza, aparece frustración.

Si no puede acceder a vivienda, aumenta la sensación de bloqueo.

Si formar una familia parece económicamente inviable, determinados proyectos vitales se retrasan o abandonan.

Si además observa que otros grupos acumulan riqueza de forma extraordinariamente rápida, puede aparecer la impresión de que las reglas del juego están desequilibradas.

Y esto ya no es solamente un problema económico.

Se convierte en un problema social y político.

Fragilidad económica, frustración política y populismo

El texto original vincula la pérdida de seguridad de determinados grupos sociales con fenómenos como la polarización política, la desconfianza institucional y el crecimiento de opciones populistas.

Conviene evitar explicaciones excesivamente simples: el comportamiento electoral depende de muchos factores económicos, sociales, culturales, territoriales e ideológicos.

Sin embargo, existe una idea relevante.

Cuando una proporción importante de la población deja de creer que el sistema económico puede mejorar su vida, aumenta la disposición a apoyar propuestas que prometen modificar radicalmente ese sistema.

La frustración puede convertirse en combustible político.

Una persona que siente que trabaja pero no progresa puede dejar de buscar pequeñas reformas.

Empieza a buscar cambios profundos.

Puede votar a la izquierda.

Puede votar a la derecha.

Puede apoyar movimientos antiestablishment.

Puede abstenerse.

Puede desconfiar de todas las instituciones.

Lo importante no es necesariamente la etiqueta ideológica.

Lo importante es la pérdida de confianza.

Una sociedad estable necesita que una parte amplia de la población crea que respetar determinadas reglas produce resultados razonablemente justos.

Cuando esa confianza desaparece, aumenta la percepción de que el juego está amañado.

Y si muchas personas empiezan a pensar que las reglas no funcionan para ellas, el propio sistema político comienza a perder legitimidad.

La clase media como amortiguador social

Una clase media amplia y económicamente segura tiene una función que va mucho más allá del consumo.

Actúa como amortiguador.

Quien tiene vivienda, ahorro, empleo razonablemente estable y expectativas positivas de futuro tiene mucho que perder si la sociedad se vuelve caótica.

Por eso suele preferir estabilidad institucional.

También dispone de recursos para superar periodos difíciles sin depender inmediatamente de respuestas extremas.

Esta resiliencia individual se convierte en resiliencia colectiva.

Millones de hogares con pequeños colchones económicos forman un enorme colchón social.

Pero también sucede lo contrario.

Millones de hogares viviendo permanentemente al límite forman una sociedad enormemente sensible a cualquier crisis.

Una subida de precios.

Una recesión.

Una pandemia.

Una crisis energética.

Un aumento importante de los tipos de interés.

Cuando una gran proporción de hogares apenas dispone de margen, cualquier perturbación puede convertirse rápidamente en un problema social.

Por eso la discusión sobre la clase media no debería reducirse a determinar qué porcentaje de ciudadanos se encuentra entre determinados percentiles de renta.

También deberíamos preguntarnos cuánto margen de seguridad económico poseen esos hogares.

Una definición alternativa de clase media

Podríamos intentar definir la clase media a partir de una serie de preguntas diferentes.

¿Puedes mantener tus gastos durante varios meses sin ingresos?

¿Puedes afrontar una reparación importante sin endeudarte?

¿Puedes rechazar un empleo abusivo?

¿Puedes ahorrar regularmente?

¿Tienes acceso razonable a vivienda?

¿Estás construyendo algún tipo de patrimonio?

¿Podrías financiar una etapa de formación?

¿Puedes planificar tu jubilación?

¿Tienes capacidad para ayudar a tus hijos sin comprometer completamente tu propia estabilidad?

¿Tienes margen para tomar decisiones o todas tus decisiones están condicionadas por la siguiente nómina?

Estas preguntas quizá describan mucho mejor la seguridad económica que saber qué modelo de teléfono utilizamos.

Porque la verdadera diferencia entre estabilidad y precariedad no siempre se encuentra en nuestro nivel de consumo.

Se encuentra en las opciones disponibles cuando algo sale mal.

El espejismo de la clase media: por qué consumir como clase media ya no significa vivir con seguridad 1
El espejismo de la clase media: por qué consumir como clase media ya no significa vivir con seguridad 16

Primera estrategia: medir nuestra resiliencia real

El primer aprendizaje práctico consiste precisamente en cambiar la métrica.

Podemos realizar un ejercicio sencillo.

Imaginemos que mañana desaparecen completamente nuestros ingresos.

¿Cuánto tiempo podemos mantener nuestros gastos esenciales?

Dos semanas.

Un mes.

Tres meses.

Seis meses.

Un año.

Dos años.

No existe una cifra universal que determine automáticamente nuestra clase social.

Pero la respuesta proporciona una información extraordinariamente útil sobre nuestra vulnerabilidad.

También podemos preguntarnos:

¿Cuánto debemos?

¿Cuáles son nuestros gastos fijos?

¿Qué porcentaje del salario desaparece automáticamente cada mes?

¿Qué activos poseemos?

¿Qué gastos podríamos reducir rápidamente?

¿Qué ocurriría si perdiéramos nuestro principal ingreso?

Este análisis puede ser incómodo.

Pero probablemente nos diga mucho más sobre nuestra situación que observar nuestro nivel de consumo.

Segunda estrategia: dejar de financiar apariencias

Una consecuencia lógica consiste en separar bienestar de ostentación.

No se trata de eliminar el consumo ni de convertir el ahorro en una obsesión.

Se trata de comprender el coste de oportunidad.

Cada euro utilizado para mantener una apariencia que realmente no valoramos es un euro que no se destina a aumentar nuestra seguridad.

Un vehículo innecesariamente caro.

Un teléfono que sustituimos demasiado pronto.

Suscripciones que apenas utilizamos.

Gastos recurrentes que existen únicamente por costumbre.

Compras financiadas para mantener determinado estatus.

Individualmente pueden parecer pequeñas.

Acumuladas durante años pueden representar cantidades importantes.

La paradoja es sencilla:

a veces gastamos dinero para parecer económicamente seguros y, al hacerlo, reducimos nuestra seguridad económica real.

El espejismo de la clase media: por qué consumir como clase media ya no significa vivir con seguridad 2
El espejismo de la clase media: por qué consumir como clase media ya no significa vivir con seguridad 17

Tercera estrategia: transformar trabajo en propiedad

Otra idea fundamental del texto consiste en intentar convertir parte del esfuerzo laboral en activos que permanezcan en el tiempo.

Un salario desaparece cuando se gasta.

Un activo puede continuar existiendo.

Eso no significa necesariamente comprar una vivienda.

La propiedad adopta muchas formas.

Participaciones en empresas.

Fondos de inversión.

Acciones.

Un pequeño negocio.

Propiedad intelectual.

Una marca.

Un producto digital.

Derechos sobre determinadas creaciones.

Activos inmobiliarios.

Un proyecto profesional propio.

El principio es importante:

buscar mecanismos mediante los cuales una parte del trabajo realizado hoy pueda seguir generando valor mañana.

Una persona que trabaja exclusivamente por salario intercambia principalmente tiempo por dinero.

Cuando deja de trabajar, desaparece el ingreso.

En cambio, determinados activos pueden continuar produciendo rendimiento independientemente de cada hora trabajada.

Naturalmente, ningún activo está libre de riesgo.

Las inversiones pueden perder valor.

Los negocios pueden fracasar.

Los inmuebles generan costes.

Crear una empresa puede ser mucho más arriesgado que trabajar por cuenta ajena.

Por eso esta idea no debe interpretarse como una recomendación financiera concreta.

Es simplemente una forma diferente de pensar:

¿qué parte de mi trabajo actual estoy convirtiendo en algo que seguirá perteneciendo a mi yo futuro?

El espejismo de la clase media: por qué consumir como clase media ya no significa vivir con seguridad 3
El espejismo de la clase media: por qué consumir como clase media ya no significa vivir con seguridad 18

Cuarta estrategia: construir opciones

Quizá una de las mejores definiciones de riqueza sea disponer de opciones.

Poder abandonar un trabajo.

Poder dedicar varios meses a estudiar.

Poder mudarse.

Poder afrontar una emergencia.

Poder emprender.

Poder reducir temporalmente la jornada.

Poder cuidar a un familiar.

Poder decir que no.

La libertad económica no consiste necesariamente en comprar cualquier cosa.

Consiste en no estar obligado permanentemente a aceptar cualquier cosa.

Por eso el ahorro tiene un valor que va mucho más allá de los intereses que pueda generar.

El ahorro compra autonomía.

Un fondo equivalente a varios meses de gastos puede cambiar completamente nuestra relación con el trabajo.

Una persona sin reservas necesita su empleo.

Una persona con reservas puede evaluar ese empleo.

La primera pregunta:

¿qué tengo que hacer para conservar mi salario?

La segunda puede preguntarse:

¿quiero realmente continuar aquí?

Esa diferencia psicológica y material constituye una forma profunda de libertad.

El espejismo de la clase media: por qué consumir como clase media ya no significa vivir con seguridad 4
El espejismo de la clase media: por qué consumir como clase media ya no significa vivir con seguridad 19

El verdadero lujo es disponer de margen

Quizá durante las últimas décadas hayamos confundido lujo con objetos.

Un automóvil.

Un reloj.

Un teléfono.

Un hotel.

Una vivienda grande.

Pero existe otro lujo mucho menos visible.

Tener tiempo.

No tener deudas insoportables.

Dormir sabiendo que una factura inesperada no destruirá tu economía.

Poder cambiar de empleo.

Poder cuidar de alguien.

Poder tomarte varias semanas para decidir.

Poder asumir un fracaso sin perderlo todo.

Poder ayudar.

Poder rechazar.

Poder esperar.

Ese tipo de riqueza no siempre aparece en Instagram.

No siempre se ve desde fuera.

Pero probablemente determina nuestra calidad de vida mucho más profundamente que muchos objetos que utilizamos para proyectar estatus.

El decorado de la clase media

Y así regresamos al TRABAJADOR.

Sigue teniendo el mismo coche.

El mismo teléfono.

La misma televisión.

Las mismas plataformas.

Las mismas vacaciones.

Nada ha cambiado aparentemente.

Pero ahora observamos su situación de otra forma.

Ya no preguntamos solamente cuánto gana.

Preguntamos cuánto ahorra.

No preguntamos solamente qué compra.

Preguntamos qué posee.

No preguntamos solamente qué consume.

Preguntamos cuánto debe.

No preguntamos solamente dónde pasa sus vacaciones.

Preguntamos cuánto tiempo podría vivir sin trabajar.

Entonces quizá descubramos que una parte de aquello que identificábamos como clase media era simplemente decoración.

Una estética.

Una colección de objetos y experiencias fácilmente visibles.

El verdadero núcleo de la clase media tradicional era mucho menos llamativo.

Una vivienda.

Un colchón de ahorro.

Un empleo razonablemente seguro.

Una pensión.

Capacidad para formar una familia.

Opciones.

Tiempo.

Expectativas de progreso.

Confianza en el futuro.

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La clase media no es lo que puedes comprar, sino lo que puedes resistir

Las economías modernas son extraordinariamente eficientes produciendo bienes.

Nunca hemos tenido tanta tecnología.

Nunca hemos tenido acceso a semejante variedad de productos, servicios, información y entretenimiento.

La globalización ha creado mercados gigantescos y empresas capaces de operar simultáneamente en decenas de países.

Pero producir riqueza y distribuir seguridad no son necesariamente la misma cosa.

Una sociedad puede producir muchísimo y mantener a una parte importante de sus ciudadanos en una situación de elevada fragilidad económica.

Podemos disponer de un teléfono extraordinario y no tener ahorros.

Podemos viajar y no poder comprar una vivienda.

Podemos utilizar diez plataformas digitales y preocuparnos por nuestra jubilación.

Podemos tener un salario aparentemente razonable y encontrarnos a pocas semanas de una crisis si desaparece nuestra nómina.

Por eso quizá necesitamos cambiar completamente nuestra forma de definir la prosperidad.

No preguntarnos únicamente:

¿Cuánto ganas?

Sino:

¿Cuánto conservas?

No solamente:

¿Qué puedes comprar?

Sino:

¿Qué puedes resistir?

No solamente:

¿Cuál es tu estilo de vida?

Sino:

¿Cuánto tiempo podrías mantenerlo si las cosas salen mal?

Porque la verdadera seguridad económica no se encuentra necesariamente en aquello que mostramos.

Se encuentra en aquello que permanece.

En los ahorros.

En los activos.

En las opciones.

En nuestra capacidad para adaptarnos.

En la posibilidad de soportar un golpe sin que toda nuestra vida se derrumbe.

Y quizá esa sea una de las mejores maneras de comprender el gran espejismo económico de nuestro tiempo.

Durante años hemos utilizado el consumo como prueba de prosperidad.

Hemos contemplado teléfonos, automóviles, restaurantes, viajes y enormes televisores y hemos pensado que aquellos objetos demostraban que la clase media seguía intacta.

Pero el decorado puede permanecer mientras la estructura que lo sostiene se debilita.

La pregunta verdaderamente importante aparece cuando apagamos las pantallas, dejamos de observar los objetos y miramos nuestras cuentas, nuestros activos, nuestras deudas y nuestras posibilidades.

Entonces descubrimos que ser clase media nunca consistió simplemente en poder comprar determinadas cosas.

Consistía en algo mucho más importante:

tener suficiente seguridad como para que un problema no pudiera destruir de inmediato la vida que habíamos construido.

En definitiva, la verdadera medida de nuestra posición económica quizá no sea la cantidad de riqueza que podemos exhibir durante los buenos tiempos.

Es la distancia que hemos conseguido construir entre nosotros y la catástrofe cuando llegan los malos.

“Ser rico no es poder comprar muchas cosas. Ser rico es poder decir que no.”
Poder rechazar un empleo, soportar meses sin ingresos, cambiar de vida o afrontar una emergencia aparece como una definición alternativa de riqueza basada en la libertad y las opciones.
“Ser rico no es poder comprar muchas cosas. Ser rico es poder decir que no.”
Poder rechazar un empleo, soportar meses sin ingresos, cambiar de vida o afrontar una emergencia aparece como una definición alternativa de riqueza basada en la libertad y las opciones.

Merece ser compartido: