muhimu.es

La vida no es un juego de azar. No es un casino donde invertir tus días. Es una obra de arte para contemplar y crear. Siente, ama, crea.

Los siete pecados capitales como mapa de la mente

Merece ser compartido:

La mayoría de nosotros pensamos en los siete pecados capitales como vestigios de la religión medieval: conceptos antiguos, quizá excesivamente dramáticos y, desde la perspectiva contemporánea, incluso algo pintorescos. Sin embargo, para muchos pensadores medievales constituían algo bastante más práctico: una especie de mapa de la mente humana.

La soberbia, la envidia, la ira, la pereza, la avaricia, la gula y la lujuria servían para poner nombre a determinados hábitos emocionales y mentales capaces de alejarnos de otras personas, de la realidad e incluso de nosotros mismos.

Lo sorprendente de este antiguo sistema es que no parte necesariamente de la idea de que la debilidad humana sea extraña o excepcional. Por el contrario, asume que todas las personas experimentan pensamientos, deseos y emociones que no siempre resultan constructivos.

Desde esta perspectiva, el objetivo no consiste únicamente en condenar determinados comportamientos, sino también en aprender a reconocer lo que ocurre en nuestro interior antes de que esos impulsos terminen tomando decisiones por nosotros.

Vista de esta manera, la clasificación medieval de los siete pecados capitales puede convertirse en una herramienta para reflexionar sobre cuestiones extremadamente actuales: el ego, la comparación social, la rabia, la desesperanza, el dinero, el consumo, el apetito o el deseo.

Y para comprender este sistema conviene comenzar por el pecado que muchos pensadores medievales consideraban especialmente peligroso: la soberbia.

Los siete pecados capitales como mapa de la mente 1
Los siete pecados capitales como mapa de la mente 9

Los siete pecados capitales pueden interpretarse no solo como prohibiciones religiosas, sino como categorías para observar patrones psicológicos y emocionales que siguen presentes en la vida contemporánea.

__ ¿Qué descubrirás en este post? __

Opiniones y reflexiones

  • Resulta interesante leer estos conceptos históricos como herramientas de introspección en lugar de reducirlos exclusivamente a una clasificación moral.
  • Su utilidad contemporánea está probablemente en las preguntas que permiten formular, no en aceptar literalmente la visión moral medieval.
  • También conviene evitar convertir estas categorías en diagnósticos psicológicos. Son conceptos culturales e históricos, no categorías clínicas modernas.
  • La propuesta más valiosa del texto consiste en observar los impulsos antes de que se conviertan automáticamente en conductas.

1. La soberbia: cuando la imagen que tenemos de nosotros mismos sustituye a la realidad

Soberbia — Cuando la imagen de uno mismo sustituye a la realidad.
El problema no es sentirse orgulloso, sino creerse superior, rechazar las críticas y tratar a los demás como obstáculos o instrumentos para proteger una imagen idealizada de uno mismo.
Soberbia — Cuando la imagen de uno mismo sustituye a la realidad.
El problema no es sentirse orgulloso, sino creerse superior, rechazar las críticas y tratar a los demás como obstáculos o instrumentos para proteger una imagen idealizada de uno mismo.

El lado saludable y el lado peligroso del orgullo

Sentir orgullo no tiene por qué ser algo negativo. Podemos sentirnos orgullosos de un trabajo bien hecho, de alguien a quien queremos o de alguna característica personal que durante mucho tiempo ocultamos, rechazamos o pusimos en duda.

Los pensadores medievales, sin embargo, estaban preocupados por otra forma mucho más peligrosa de orgullo.

La denominaban superbia.

La soberbia aparece cuando la confianza en uno mismo comienza a separarse de la realidad y cuando las demás personas dejan de ser percibidas como individuos con valor propio para convertirse en obstáculos, espectadores o instrumentos.

El problema comienza con una percepción distorsionada de la propia importancia.

Podemos empezar a creer que somos un poco más inteligentes, más especiales o más capaces que quienes nos rodean. Quizá pensemos también que determinadas reglas no deberían aplicarse exactamente de la misma manera a nosotros.

Poco a poco, esta forma de pensar puede consolidarse.

Las normas empiezan a parecernos opcionales. Los consejos se interpretan como ofensas. Las críticas dejan de ser oportunidades para revisar nuestras decisiones y pasan a convertirse en ataques que debemos derrotar.

Cuando proteger nuestra imagen se vuelve más importante que comprender a los demás

En su expresión más extrema, la soberbia puede dificultarnos incluso ver con claridad a otras personas, porque buena parte de nuestra atención está dedicada a proteger una imagen favorable de nosotros mismos.

Esta es una de las razones por las que los artistas medievales recurrieron tantas veces a la figura de Lucifer.

Antes de su caída, Lucifer podía aparecer representado como una criatura radiante, inteligente y poderosa, rodeada de signos de rango que parecían situarlo por encima de quienes estaban a su alrededor.

Era precisamente su belleza la que hacía que su soberbia resultara seductora antes de que pudieran apreciarse sus consecuencias.

La enseñanza era que cualidades potencialmente positivas —como la belleza, la inteligencia, la capacidad o la ambición— pueden corromperse cuando se vuelven exclusivamente hacia uno mismo y dejan de estar acompañadas por la responsabilidad.

En esta interpretación, el error de Lucifer consistió en elegir la exhibición frente a la bondad, el estatus frente al servicio y la separación frente a la vida compartida.

Cómo reconocer la soberbia en la vida cotidiana

Esta perspectiva permite identificar formas mucho más ordinarias de soberbia.

Puede aparecer como:

  • la necesidad constante de parecer especial;
  • la tendencia a flexibilizar las reglas cuando nos resultan incómodas;
  • el deseo de dominar todas las conversaciones;
  • la dificultad para admitir un error;
  • el rechazo automático de cualquier consejo;
  • o la negativa a colaborar porque depender de otras personas se percibe como una señal de inferioridad.

Los escritores medievales no estaban necesariamente proponiendo que una persona debiera odiarse a sí misma. El orgullo saludable podía entenderse como una satisfacción legítima.

El problema comienza cuando la imagen que tenemos de nosotros mismos se hace más grande que nuestra vida real.

¿Cuál sería entonces el remedio?

La respuesta propuesta por esta tradición es el autoconocimiento preciso.

Reconocer lo que tenemos y aquello de lo que carecemos.

Aceptar nuestras capacidades sin convertirlas en fantasías de superioridad.

Y, sobre todo, permitir que otras personas continúen teniendo importancia incluso cuando nuestra identidad, prestigio o autoestima parecen estar en juego.

La soberbia no consiste simplemente en estar satisfecho con uno mismo. Aparece cuando la necesidad de mantener una imagen de superioridad comienza a deformar nuestra percepción de la realidad y de las demás personas.

Opiniones y reflexiones

  • Esta definición resulta especialmente actual en una cultura en la que gran parte de nuestra identidad puede construirse públicamente.
  • El problema no parece ser la autoestima elevada, sino la incapacidad de contrastar nuestra propia percepción con la realidad.
  • Una señal especialmente interesante de soberbia puede ser la dificultad para recibir información que contradiga la imagen que tenemos de nosotros mismos.
  • La humildad, entendida desde esta perspectiva, no significa considerarse inferior, sino evaluarse con mayor precisión.

2. La envidia: cuando el bienestar de otra persona empieza a parecernos una amenaza

Envidia — Cuando la felicidad ajena se convierte en una amenaza.
La envidia va más allá de querer lo que otra persona tiene: aparece cuando necesitamos que el otro pierda, fracase o disminuya para sentirnos mejor nosotros.
Envidia — Cuando la felicidad ajena se convierte en una amenaza.
La envidia va más allá de querer lo que otra persona tiene: aparece cuando necesitamos que el otro pierda, fracase o disminuya para sentirnos mejor nosotros.

De la comparación al deseo de que el otro pierda

La comparación puede empezar de manera completamente inocente.

Observamos el éxito de otra persona, lo comparamos con nuestra propia vida y sentimos una pequeña punzada de injusticia.

La envidia medieval, denominada invidia, comienza en ese punto, pero puede avanzar hacia un territorio bastante más oscuro.

No consiste simplemente en querer algo parecido a lo que otra persona posee.

En su forma más destructiva, significa desear que aquello bueno que tiene otra persona disminuya, desaparezca o sea destruido.

La envidia como enfermedad de la mirada

Por eso los artistas medievales representaban frecuentemente la envidia como una enfermedad capaz de afectar nuestra forma de mirar y de hablar.

En la representación de Invidia realizada por Giotto en la Capilla de los Scrovegni —también conocida como Capilla de la Arena—, los ojos dañados, los rasgos animales, la mano crispada y las imágenes asociadas a una serpiente convierten la envidia en una perturbación que afecta prácticamente a todo el cuerpo.

La metáfora resulta clara:

la envidia cambia nuestra manera de mirar a otras personas.

Su felicidad empieza a sentirse como una acusación.

Sus capacidades se convierten en amenazas.

Y sus defectos o fracasos pueden producirnos una satisfacción difícil de reconocer.

Caín: cuando una herida legítima se transforma en destrucción

La historia de Caín permitió a los escritores medievales examinar cómo la envidia puede surgir incluso de una experiencia que inicialmente parece contener un agravio real.

El trabajo de Caín era más duro, su ofrenda resultaba menos impresionante y su hermano Abel recibía la aprobación que él deseaba.

El resentimiento puede comenzar precisamente así: con una herida que parece razonable.

El peligro aparece cuando el dolor deja de pedir justicia y empieza a desear destrucción.

En el caso de Caín, ese proceso termina con el asesinato de Abel.

Caín intenta escapar de la comparación eliminando al hermano cuya aceptación no podía soportar.

Judas y la envidia calculada

Judas representa otro tipo de envidia.

No se trata tanto de una explosión inmediata provocada por una herida, sino de una forma más fría y planificada de intentar sofocar la grandeza de otra persona.

En esa modalidad, la envidia puede transformarse en:

secreto, traición y deseo de reducir a otra persona para poder sentirse uno mismo más grande.

Cómo transformar la atención

¿Qué podemos hacer para escapar de esa dinámica?

Una posibilidad consiste en modificar deliberadamente aquello hacia lo que dirigimos nuestra atención.

La envidia exige observar intensamente a otra persona: sus logros, su reconocimiento, sus bienes, sus relaciones o sus capacidades.

Esa misma atención puede redirigirse hacia la admiración, la compasión o el propio crecimiento.

En lugar de preguntarnos únicamente por qué esa persona posee algo que nosotros no tenemos, podemos preguntarnos qué podemos aprender de ella o qué necesidades propias está revelando nuestra reacción.

La envidia estrecha el campo emocional.

Una atención diferente puede volver a ampliarlo.

La envidia se vuelve destructiva cuando dejamos de desear simplemente algo parecido a lo que tiene otra persona y comenzamos a necesitar que esa persona pierda para sentirnos mejor nosotros.

Opiniones y reflexiones

  • Esta diferencia entre querer lo que otro posee y querer que el otro deje de poseerlo es probablemente una de las distinciones más interesantes de todo el texto.
  • La comparación social no tiene por qué ser necesariamente negativa; puede proporcionar información sobre nuestros propios deseos.
  • El problema surge cuando nuestra satisfacción depende del fracaso ajeno.
  • Transformar la envidia en curiosidad —“¿qué me está diciendo esto sobre lo que quiero?”— puede resultar más útil que intentar negar que sentimos envidia.

3. La ira: una emoción capaz de defender la justicia y también de destruirla

Ira — Cuando la indignación deja de buscar justicia y empieza a alimentarse sola.
El enfado puede señalar una injusticia legítima, pero se vuelve destructivo cuando ya no intenta reparar el daño y necesita nuevos enemigos o conflictos para mantenerse.
Ira — Cuando la indignación deja de buscar justicia y empieza a alimentarse sola.
El enfado puede señalar una injusticia legítima, pero se vuelve destructivo cuando ya no intenta reparar el daño y necesita nuevos enemigos o conflictos para mantenerse.

El atractivo moral de estar enfadados

La ira posee una peculiar fuerza moral.

Cuando estamos enfadados, el mundo puede parecernos repentinamente muy sencillo: alguien ha cruzado una línea, algo injusto ha ocurrido y nuestro cuerpo está preparado para responder.

Los pensadores medievales llamaban ira a esta emoción y la consideraban especialmente importante porque reconocían su doble naturaleza.

La ira puede señalar una injusticia.

Pero también puede arrebatarnos la capacidad de razonar sobre cómo responder a ella.

¿Puede existir una ira legítima?

Para algunos pensadores medievales, determinadas formas de ira podían considerarse legítimas, especialmente cuando aparecían rápidamente como respuesta a un daño verdadero y desaparecían una vez corregida la injusticia.

La figura de Judith representa perfectamente esa ambivalencia.

Su ciudad estaba sitiada, sus habitantes sufrían la falta de agua y el general invasor Holofernes utilizaba deliberadamente la crueldad como estrategia.

La ira de Judith podía interpretarse, por tanto, como moralmente defendible.

Sin embargo, los artistas medievales no coincidieron en la manera de representarla.

Algunas imágenes muestran a Judith sorprendentemente tranquila mientras actúa.

Otras transmiten una enorme intensidad y violencia.

La diferencia plantea una pregunta fundamental:

¿Cuánta ira puede contener la justicia antes de dejar de ser justicia?

El peligro comienza cuando la ira deja de estar orientada hacia la reparación y comienza a alimentarse a sí misma.

Enrique II y Thomas Becket: cuando la ira empieza a gobernar el conflicto

El enfrentamiento entre Enrique II y Thomas Becket sirve como ejemplo de esta segunda dinámica.

Su relación pasó de la amistad a la confrontación política y, posteriormente, a la ira, las amenazas, el exilio y finalmente el asesinato.

La cuestión no consiste simplemente en afirmar que Enrique II tenía mal carácter.

Su ira se desarrolló dentro de una situación en la que intervenían elementos como el control, el estatus, el orgullo herido y la frustración provocada por la resistencia.

Cuando la furia terminó dominando el conflicto, una disputa se transformó en una catástrofe.

La ira necesita límites y un destino

La enseñanza no consiste en reprimir siempre el enfado.

La ira puede advertirnos de que existe una lesión, una injusticia o una conducta que consideramos inaceptable.

Pero necesita tres elementos fundamentales:

límites, tiempo y un destino.

La reflexión medieval propone fortalecer el corazón mediante la compasión, porque la rabia que carece de cuidado termina consumiendo a quien la experimenta.

Una pregunta puede resultar especialmente útil:

¿Mi ira me está ayudando a proteger algo importante o simplemente me está obligando a buscar un nuevo objetivo contra el que dirigirla?

La ira puede proporcionar información valiosa sobre aquello que consideramos injusto, pero se vuelve destructiva cuando deja de servir a la reparación y empieza a convertirse en un fin en sí misma.

Opiniones y reflexiones

  • Probablemente sea un error pensar que toda ira es irracional. La emoción puede señalar límites vulnerados.
  • Sin embargo, tener motivos para enfadarnos no significa que cualquier respuesta provocada por ese enfado sea justificable.
  • La pregunta importante quizá no sea “¿tengo derecho a estar enfadado?”, sino “¿qué está produciendo mi enfado?”.
  • Una ira que no cambia después de que el problema haya desaparecido puede estar alimentándose ya de otros elementos, como el orgullo o el deseo de control.

4. La pereza o acedia: cuando dejamos de sentir conexión con aquello que nos importa

Pereza o acedia — Cuando perdemos la conexión con aquello que daba sentido a nuestra vida.
No se trata simplemente de falta de esfuerzo. La acedia describe apatía, desconexión y pérdida de motivación hacia cosas que antes importaban, por lo que no siempre puede solucionarse exigiéndose más productividad.
Pereza o acedia — Cuando perdemos la conexión con aquello que daba sentido a nuestra vida.
No se trata simplemente de falta de esfuerzo. La acedia describe apatía, desconexión y pérdida de motivación hacia cosas que antes importaban, por lo que no siempre puede solucionarse exigiéndose más productividad.

Mucho más que no querer trabajar

La pereza es probablemente uno de los pecados capitales más fáciles de malinterpretar desde una perspectiva moderna.

Habitualmente la asociamos con no hacer nada, evitar el esfuerzo o posponer nuestras obligaciones.

Pero el concepto medieval de acedia era mucho más complejo.

Se entendía como una especie de colapso de la vinculación con el mundo: la realidad continúa reclamándonos cosas, pero nuestro corazón ya no responde con energía, placer o confianza.

Cuando la inactividad no parece una elección

Por esta razón, la acedia podía resultar especialmente dolorosa.

A diferencia de otros pecados, podía experimentarse menos como una decisión consciente que como algo que invade a la persona.

La soberbia puede exhibirse.

La envidia puede dirigirse hacia alguien.

La ira puede descargarse.

La acedia, en cambio, puede llegar como apatía, desconexión o entumecimiento emocional.

Una persona puede saber perfectamente qué cosas son importantes para ella.

Puede recordar aquello que anteriormente le proporcionaba motivación.

Y, aun así, sentirse incapaz de actuar.

Los escritores medievales describieron esta experiencia mediante conceptos como el miedo, la amargura, el aislamiento y la desesperanza.

Algunas de estas descripciones pueden resultar familiares desde nuestra perspectiva contemporánea y recordar determinados síntomas asociados a problemas de salud mental, aunque no deben equipararse automáticamente con diagnósticos actuales como la depresión.

Elisabeth de Schönau: perder el acceso a aquello que daba sentido a la vida

Elisabeth de Schönau representa una de las formas de esta experiencia.

Su vida religiosa estaba construida alrededor de la devoción, la oración y el canto.

Sin embargo, la acedia provocó que se sintiera desconectada precisamente del amor que anteriormente había sostenido su existencia.

Dante: cuando el sentido de la vida parece volverse inaccesible

Dante representa otra variante.

Su desesperanza se desarrolló a través del dolor, el exilio y la separación de Florencia.

La vida que anteriormente le había proporcionado propósito empezó a parecerle casi inaccesible.

En ambos casos aparece una característica importante:

la acedia ataca a las personas precisamente a través de aquello que más les importa.

El amor no necesariamente desaparece.

Puede simplemente convertirse en algo demasiado pesado para sostener.

El peligro de buscar únicamente distracciones

Una de las escapatorias más fáciles frente a este vacío es también, según esta tradición, una de las menos eficaces: la distracción permanente.

Dante advertía de que, cuando una persona se encuentra inquieta y vacía, determinadas diversiones atractivas pueden parecer una forma de rescate.

Pero también pueden terminar alejándola todavía más de sí misma.

La alternativa consiste en encontrar algo más estable que el estado emocional del momento:

una persona, una práctica, un lugar, un recuerdo, una responsabilidad o una vocación capaces de recordarnos quiénes somos debajo del agotamiento.

Desde esta perspectiva, la acedia no se resuelve simplemente obligándonos a ser productivos.

La conexión empieza a recuperarse cuando restablecemos poco a poco el contacto con aquello que proporciona significado.

La acedia medieval describe algo mucho más profundo que la simple pereza: una pérdida de conexión emocional con aquello que normalmente proporciona significado, energía o propósito.

Opiniones y reflexiones

  • Esta es probablemente una de las reinterpretaciones más interesantes de los siete pecados capitales.
  • Conviene mantener una distinción muy clara entre la acedia como concepto histórico y los trastornos psicológicos o psiquiátricos actuales.
  • Resulta especialmente valiosa la crítica a la idea de que toda falta de actividad puede solucionarse simplemente aumentando la disciplina.
  • A veces el problema no consiste en que una persona “no quiera hacer nada”, sino en que ha perdido temporalmente la conexión con la razón por la que hacía esas cosas.

5. La avaricia: cuando las cosas dejan de servirnos y empezamos a servir nosotros a las cosas

Avaricia — Cuando las posesiones dejan de servirnos y empiezan a definirnos.
El problema no es poseer cosas, sino permitir que el dinero, los objetos o el estatus se conviertan en la medida de nuestro valor personal y condicionen nuestra identidad.
Avaricia — Cuando las posesiones dejan de servirnos y empiezan a definirnos.
El problema no es poseer cosas, sino permitir que el dinero, los objetos o el estatus se conviertan en la medida de nuestro valor personal y condicionen nuestra identidad.

Cuando los objetos prometen una versión mejor de nosotros mismos

Con frecuencia deseamos determinados objetos porque parecen prometernos una versión mejor de nuestra propia identidad.

Una chaqueta.

Una habitación.

Un teléfono.

Una casa.

Una determinada cantidad de dinero en la cuenta bancaria.

Cada una de estas cosas puede dejar de ser simplemente algo que utilizamos para convertirse en una prueba de que nuestra vida ha adquirido valor o prestigio.

Los pensadores medievales denominaban esta tendencia avaricia.

La entendían como un amor excesivo por las cosas materiales, especialmente cuando el deseo de conseguirlas o conservarlas empieza a controlar nuestra conducta.

Dinero, comercio y transformaciones sociales

Esta preocupación tenía sentido dentro de las transformaciones experimentadas en la Europa medieval.

El comercio se expandió, se desarrollaron formas de actividad bancaria, los bienes de lujo comenzaron a circular con mayor amplitud y el dinero adquirió una importancia social creciente.

Autores como Francisco de Asís respondieron a ese contexto mostrando una profunda desconfianza hacia la propiedad.

Para Francisco, las posesiones podían llegar a absorber a una persona hasta el punto de hacer que dedicara tanta energía a las apariencias externas que la identidad situada debajo de esas apariencias terminara debilitándose.

El problema de juzgar la riqueza únicamente por las apariencias

Sin embargo, la enseñanza que presenta el texto no es simplemente antimaterialista.

Después de que la Peste Negra modificara las condiciones relacionadas con los salarios, la vivienda y el acceso a determinados bienes, personas situadas en posiciones sociales inferiores pudieron poseer objetos anteriormente reservados a las élites.

El caso de Jaume, un hombre liberado en Valencia, complica cualquier juicio demasiado sencillo.

Jaume poseía ropa de calidad y diferentes objetos domésticos.

Pero una prenda magníficamente confeccionada podía representar vanidad para una persona y dignidad para otra, especialmente dentro de una sociedad que evaluaba rápidamente la posición social de alguien a través de su apariencia.

¿La posesión amplía nuestra vida o empieza a sustituirla?

Por tanto, superar la avaricia no requiere necesariamente despreciar todos los objetos.

La pregunta más útil sería:

¿Esta posesión amplía mi vida o está empezando a reemplazarla?

La perspectiva medieval también permite apreciar la belleza material cuando somos capaces de reconocer en un objeto:

  • la artesanía;
  • la memoria;
  • el cuidado;
  • el tiempo;
  • y el esfuerzo humano necesario para producirlo.

El deseo puede adquirir una forma más saludable cuando las cosas nos conectan con significados y relaciones, en lugar de encerrarnos en una búsqueda permanente de adquisición.

La avaricia comienza cuando las posesiones dejan de ser instrumentos para nuestra vida y empiezan a convertirse en la medida de nuestro valor, nuestra identidad o nuestro éxito.

Opiniones y reflexiones

  • La pregunta “¿esto mejora mi vida o está sustituyendo algo de mi vida?” resulta mucho más interesante que una condena genérica del consumo.
  • El mismo objeto puede desempeñar funciones psicológicas y sociales completamente diferentes dependiendo de quién lo posea y de su contexto.
  • La posesión material no es necesariamente el problema; puede serlo la dependencia psicológica del estatus que asociamos a ella.
  • Esta interpretación también permite distinguir entre consumir por utilidad, belleza o significado y consumir para mantener una determinada imagen social.

6. La gula: cuando el placer de comer se transforma en obsesión

Avaricia — Cuando las posesiones dejan de servirnos y empiezan a definirnos.
El problema no es poseer cosas, sino permitir que el dinero, los objetos o el estatus se conviertan en la medida de nuestro valor personal y condicionen nuestra identidad.
Avaricia — Cuando las posesiones dejan de servirnos y empiezan a definirnos.
El problema no es poseer cosas, sino permitir que el dinero, los objetos o el estatus se conviertan en la medida de nuestro valor personal y condicionen nuestra identidad.

La gula medieval era mucho más compleja que comer demasiado

La gula suele parecer el pecado más sencillo de definir:

comer demasiado, demasiado deprisa y con demasiado poco autocontrol.

Sin embargo, los pensadores medievales desarrollaron una interpretación bastante más amplia.

Para el papa Gregorio, la gula podía adoptar diferentes formas.

Podía significar:

  • consumir cantidades excesivas;
  • comer antes de sentir verdadero hambre;
  • experimentar un deseo desproporcionado;
  • desarrollar una devoción excesiva por alimentos lujosos;
  • o exigir que la comida estuviera preparada exactamente de una determinada manera.

Esto significa que una persona podía caer en la gula no solo mediante el exceso, sino también mediante el refinamiento obsesivo, las exigencias de pureza o determinadas formas de rechazo ansioso.

El verdadero problema es la fijación

El denominador común es la fijación mental.

La comida deja de estar al servicio de la vida y empieza a ocupar el centro de nuestros pensamientos.

Tomás de Aquino profundizó en esta idea.

Su preocupación principal no era necesariamente qué alimentos componían el menú, sino el momento en el que el apetito comienza a superar a la razón.

Una persona podía comer demasiado.

Podía comer con una urgencia frenética.

Podía insistir en alimentos extraordinariamente raros.

O podía volverse tan exigente con sus preferencias que los alimentos cotidianos resultaran inaceptables.

En todos estos casos ocurre algo similar:

la comida adquiere demasiado poder sobre el pensamiento.

Comer debería permitirnos volver a la vida

Una comida debería satisfacer el hambre y permitirnos regresar posteriormente a otras cosas importantes.

Cuando el sabor, la elección de alimentos o la preocupación por comer se convierten en principios organizadores de toda nuestra existencia, ya no estamos simplemente disfrutando de la comida.

Es la comida la que empieza a dirigirnos.

El mismo principio aplicado al alcohol

El texto extiende esta lógica también a la bebida.

Los escritores medievales sabían que el alcohol podía disminuir la autoconsciencia y permitir que las personas se enfrentaran a partes ocultas de sí mismas.

Pero también comprendían que podía convertirse en una vía de escape.

La frontera se cruza cuando beber sirve para ocultarnos de la realidad en lugar de ayudarnos a afrontarla.

La pregunta relevante sería:

¿Este placer me permite comprenderme mejor o hace que termine más desconectado de mí mismo?

Francisco de Asís y la sencillez ante la comida

Francisco de Asís vuelve a ofrecer un ejemplo interesante.

Su propuesta no consistía necesariamente en despreciar los alimentos.

Consistía en evitar obsesionarse con ellos.

Comer lo que se ofrece.

Aceptar ciertos límites.

Y permitir que la comida sirva a cosas más importantes, como la conversación, el cuidado y la vida compartida.

Desde esta perspectiva, la gula no se combate mediante la vergüenza corporal ni mediante una negación extrema.

Se reduce cuando el apetito vuelve a ocupar un lugar proporcionado dentro de nuestra existencia.

Podemos disfrutar del placer sin convertirnos en sus subordinados.

La gula no consiste exclusivamente en comer demasiado. Su elemento central es permitir que la comida, la bebida o el control sobre ellas ocupen una parte desproporcionada de nuestra atención y condicionen nuestra vida.

Opiniones y reflexiones

  • Esta interpretación resulta bastante más sofisticada que identificar gula exclusivamente con cantidad de comida.
  • Es especialmente interesante que también incluya determinadas formas de excesiva exigencia o preocupación por la alimentación.
  • No obstante, estas reflexiones históricas no deberían utilizarse para juzgar trastornos de la conducta alimentaria ni problemas médicos, que requieren un enfoque clínico especializado.
  • La cuestión central vuelve a ser la libertad: disfrutar de algo no implica necesariamente estar controlado por ello.

7. La lujuria: cuando dejamos de ver a una persona y solo vemos aquello que deseamos de ella

Lujuria — Cuando dejamos de ver a la persona y solo vemos aquello que deseamos de ella.
El deseo se vuelve problemático cuando reduce al otro a un cuerpo, una imagen o una fuente de satisfacción, ignorando que posee una historia, autonomía, vulnerabilidad y vida interior propias.
Lujuria — Cuando dejamos de ver a la persona y solo vemos aquello que deseamos de ella.
El deseo se vuelve problemático cuando reduce al otro a un cuerpo, una imagen o una fuente de satisfacción, ignorando que posee una historia, autonomía, vulnerabilidad y vida interior propias.

Una emoción sorprendentemente cercana al amor

La lujuria, denominada luxuria, ocupa una posición peculiar dentro de los siete pecados.

Está extraordinariamente cerca del amor.

Los escritores medievales podían considerarla uno de los pecados menos graves porque comienza con una fuerza capaz de acercarnos a otra persona, a los cuerpos e incluso a la experiencia de lo maravilloso.

El peligro aparece cuando esa atracción estrecha progresivamente nuestro mundo hasta que una persona viva termina convertida únicamente en una imagen que queremos poseer.

Bernardo de Claraval y las dos direcciones del deseo

Para Bernardo de Claraval, el deseo podía desplazarse en más de una dirección.

Podía descender hacia una fijación exclusivamente corporal, donde el placer se vuelve superficial y encerrado en sí mismo.

Pero también podía elevarse hacia:

la devoción, el servicio y una atención profunda hacia otra vida.

Esto convierte la lujuria en algo moralmente inestable.

La misma energía física que puede reducir a alguien a una superficie también puede formar parte del amor, del cuidado o incluso del anhelo espiritual.

El desafío consiste en dirigir el deseo hacia fuera y evitar que quede atrapado exclusivamente dentro del propio apetito.

El Jardín de las Delicias: deseo, placer y aislamiento

El Jardín de las Delicias de El Bosco representa esta idea de manera especialmente poderosa.

A lo largo de la pintura aparecen personas introduciéndose en conchas, frutas, esferas y diferentes espacios cerrados.

A primera vista, el conjunto puede transmitir libertad, juego y abundancia erótica.

Pero la repetición de estos pequeños espacios cerrados empieza progresivamente a resultar inquietante.

El deseo parece crear pequeños mundos privados.

Mundos capaces de separar a las personas del tiempo, de las consecuencias y de la conexión auténtica.

La diferencia fundamental entre deseo y amor

Ese es uno de los problemas centrales de la luxuria.

Nos mantiene atrapados en el instante presente y nos invita a olvidar que la persona deseada posee:

una historia, un futuro y una vida interior que existen independientemente de aquello que nos atrae en ese momento.

El amor realiza el movimiento contrario.

Permite que la otra persona continúe siendo completa, cambiante, vulnerable y real.

La lujuria dice:

permanece dentro de la imagen.

El amor responde:

encuentra a la persona que existe delante de ti.

La conclusión no consiste en destruir el deseo.

Consiste en ampliarlo hasta que pueda sacarnos de la fantasía y devolvernos a una existencia compartida.

La lujuria aparece cuando el deseo reduce a otra persona a aquello que queremos obtener de ella, olvidando su historia, autonomía, vulnerabilidad y vida interior.

Opiniones y reflexiones

  • La distinción entre deseo y cosificación es probablemente más útil que una condena general de la sexualidad.
  • El deseo no aparece presentado necesariamente como algo negativo; el problema comienza cuando elimina la complejidad del otro.
  • Esta reflexión puede extenderse más allá de la sexualidad: también idealizamos a personas por su prestigio, belleza, inteligencia o utilidad.
  • Amar a alguien exige tolerar que la persona real nunca coincida completamente con la imagen que habíamos construido de ella.

¿Qué tienen en común los siete pecados capitales?

Después de recorrer estas siete categorías aparece un patrón común.

La soberbia, la envidia, la ira, la acedia, la avaricia, la gula y la lujuria pueden parecer problemas completamente diferentes.

Sin embargo, prácticamente todos describen una relación que ha perdido su proporción.

La soberbia deforma nuestra relación con nosotros mismos

Una confianza legítima se transforma en una percepción exagerada de nuestra importancia.

La envidia deforma nuestra relación con los demás

La comparación termina convirtiendo la felicidad ajena en una amenaza.

La ira deforma nuestra relación con la injusticia

Una emoción inicialmente vinculada a proteger algo importante puede acabar necesitando enemigos para mantenerse.

La acedia deforma nuestra relación con el significado

Aquello que anteriormente proporcionaba sentido deja de movilizarnos.

La avaricia deforma nuestra relación con las posesiones

Los objetos dejan de ayudarnos a vivir y empiezan a decirnos cuánto creemos valer.

La gula deforma nuestra relación con el placer

El apetito deja de formar parte de la vida y comienza a organizarla.

La lujuria deforma nuestra relación con el deseo

La persona real desaparece detrás de la imagen que hemos construido sobre ella.

Esta interpretación permite comprender por qué los siete pecados capitales han mantenido durante siglos una considerable fuerza cultural.

No describen únicamente acciones concretas.

Intentan describir procesos mediante los cuales algo legítimo puede convertirse progresivamente en algo que termina dominándonos.


La gran enseñanza: nuestros defectos pueden ser señales que merece la pena observar

La conclusión principal de Self-Help from the Middle Ages, de Peter Jones, es que los defectos humanos no tienen por qué interpretarse exclusivamente como pruebas de fracaso personal.

También pueden funcionar como señales que merece la pena examinar.

La soberbia puede invitarnos a preguntarnos qué imagen estamos intentando proteger.

La envidia puede mostrar aquello que sentimos que nos falta.

La ira puede señalar una injusticia o un límite que consideramos vulnerado.

La acedia puede advertirnos de que hemos perdido conexión con algo importante.

La avaricia puede revelar que estamos intentando construir nuestra identidad mediante objetos.

La gula puede mostrarnos cuándo el placer ha comenzado a ocupar demasiado espacio.

Y la lujuria puede recordarnos la diferencia entre desear una imagen y relacionarnos con una persona real.

El valor contemporáneo de estas ideas probablemente no consista en recuperar literalmente el sistema moral medieval.

Está en utilizar esas categorías como preguntas sobre nuestra propia conducta.

No para castigarnos inmediatamente por aquello que sentimos, sino para reconocer cuándo una emoción, un deseo o una necesidad empiezan a gobernarnos.

Porque quizá el elemento común a los siete pecados capitales no sea simplemente el exceso.

Es la pérdida de libertad.

La soberbia nos obliga a proteger nuestra imagen.

La envidia nos obliga a compararnos.

La ira nos obliga a seguir peleando.

La acedia nos mantiene inmóviles.

La avaricia nos obliga a acumular.

La gula nos hace girar alrededor del apetito.

Y la lujuria puede encerrarnos dentro de nuestra propia fantasía.

Vista de esta manera, la pregunta fundamental deja de ser:

“¿Soy una mala persona por sentir esto?”

Y puede convertirse en otra mucho más útil:

“¿Sigo decidiendo yo qué hacer con este sentimiento o ha empezado este sentimiento a decidir por mí?”

El elemento que conecta los siete pecados capitales es la pérdida de proporción y de libertad: una emoción, un deseo o una necesidad inicialmente comprensible adquiere tanto peso que termina condicionando nuestra percepción y nuestras decisiones.

Opiniones y reflexiones finales

  • Esta lectura hace que los siete pecados resulten mucho más interesantes como herramienta de reflexión que como simple catálogo de comportamientos prohibidos.
  • En casi todos los casos existe inicialmente algo legítimo: autoestima, comparación, enfado, necesidad de descanso, posesiones, comida o deseo sexual. El conflicto aparece cuando ese elemento ocupa un espacio desproporcionado.
  • La idea más potente quizá sea que sentir una emoción no equivale a obedecerla.
  • También resulta útil sustituir la culpabilidad automática por observación: preguntarnos qué función está desempeñando un determinado comportamiento.
  • Desde una perspectiva contemporánea, estos conceptos pueden resultar valiosos como metáforas culturales y filosóficas, pero no sustituyen explicaciones psicológicas, médicas o psiquiátricas cuando existe sufrimiento significativo.
  • Finalmente, el sistema plantea una cuestión que continúa siendo relevante siglos después: ¿qué cosas poseemos, deseamos o sentimos, y cuáles de ellas han empezado a poseernos a nosotros?

Merece ser compartido: