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¿Es Lioness una serie de derechas? La ideología política detrás del thriller de Taylor Sheridan

Merece ser compartido:

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Lioness, la serie de espionaje creada por Taylor Sheridan para Paramount+, puede verse simplemente como un thriller de acción protagonizado por agentes de la CIA, soldados de operaciones especiales, terroristas, espías y dirigentes políticos. Sin embargo, detrás de los tiroteos, las infiltraciones y las reuniones en salas de crisis existe una determinada manera de interpretar el mundo. Y esa visión política se ha hecho cada vez más evidente a medida que ha avanzado la serie.

¿Es Lioness una serie conservadora? ¿Republicana? ¿Propaganda de la CIA? ¿Una defensa del intervencionismo estadounidense? La respuesta es más compleja que colocarla simplemente a la derecha o a la izquierda.

La serie expresa una fuerte confianza en el poder militar estadounidense, considera a China y Rusia adversarios estratégicos, contempla la violencia como una herramienta en ocasiones necesaria y muestra un notable escepticismo hacia determinados sectores académicos, políticos y burocráticos. Al mismo tiempo, presenta a mujeres ocupando las posiciones de mayor poder, cuestiona las decisiones de Estados Unidos, exhibe las consecuencias personales del militarismo y describe a sus propias instituciones como capaces de corrupción, manipulación y abuso.

La mejor definición quizá no sea “serie de derechas”, sino thriller construido desde una visión estadounidense, patriótica, militarizada y profundamente influida por el realismo geopolítico.

__ ¿Qué descubrirás en este post? __

La primera pista está en quién cuenta la historia

Lioness está inspirada parcialmente en programas reales utilizados por Estados Unidos durante las guerras de Irak y Afganistán. Las fuerzas estadounidenses emplearon equipos femeninos para acceder a espacios y poblaciones que los soldados varones tenían dificultades para alcanzar debido a determinadas normas culturales. La literatura académica ha estudiado precisamente cómo estos programas utilizaron el género y el trabajo emocional de las mujeres como herramientas de contrainsurgencia.

Sheridan transforma ese punto de partida en una ficción mucho más amplia.

Joe McNamara, interpretada por Zoe Saldaña, dirige operaciones clandestinas de la CIA. Desde el principio, el espectador observa el mundo fundamentalmente desde la perspectiva de quienes protegen los intereses estadounidenses.

Esta elección es fundamental.

La pregunta dominante de Lioness rara vez es:

“¿Tiene Estados Unidos derecho a intervenir?”

Con mucha mayor frecuencia es:

“¿Qué tiene que hacer Estados Unidos para protegerse?”

El cambio parece pequeño, pero ideológicamente es enorme.

Cuando una historia adopta ese punto de partida, la legitimidad básica del aparato de seguridad nacional queda asumida antes incluso de que empiece la discusión moral.

Algunas críticas de la primera temporada detectaron precisamente esta característica. RogerEbert.com señaló que la serie presenta al ejército como una fuente de disciplina y orden frente a un mundo exterior caótico. Otros análisis fueron todavía más lejos y consideraron insuficiente el cuestionamiento de las motivaciones estadounidenses durante la denominada guerra contra el terrorismo.

Una serie profundamente militarista

Uno de los elementos políticos más constantes de Lioness es su concepción de la violencia.

En el universo de Sheridan, las instituciones pueden ser incompetentes, los políticos pueden equivocarse y los servicios secretos pueden cometer atrocidades. Pero existe una idea que aparece repetidamente: hay amenazas reales y alguien tiene que enfrentarse a ellas.

Ese “alguien” suele ser el soldado, el agente de inteligencia o el operador clandestino.

La violencia no aparece necesariamente como algo admirable. Frecuentemente destruye psicológicamente a quienes la ejercen. Joe prácticamente sacrifica su vida familiar; Cruz queda marcada por sus misiones; otros personajes soportan lesiones, estrés, culpa y pérdida.

Pero una cosa es mostrar el coste de la violencia y otra cuestionar su necesidad.

Lioness hace principalmente lo primero.

En sus conflictos fundamentales, la serie tiende a considerar que alguien tiene que infiltrarse, secuestrar, engañar, bombardear o matar. La discusión suele centrarse en quién debe hacerlo, cuáles serán las consecuencias y dónde están los límites, no en si el uso de la fuerza debe desaparecer.

Ahí encontramos uno de sus rasgos más conservadores: la creencia en un mundo peligroso en el que el poder coercitivo continúa siendo indispensable.

Pero no es exactamente una serie republicana

El problema aparece cuando intentamos convertir todo lo anterior en una etiqueta partidista.

Taylor Sheridan ha rechazado públicamente que sus obras puedan entenderse simplemente como productos conservadores. Cuando Yellowstone fue definida como una serie republicana o como un “Game of Thrones de los estados rojos”, Sheridan respondió señalando que sus historias también hablan del desplazamiento de los pueblos indígenas, del tratamiento de las mujeres nativas, de la codicia empresarial, de la gentrificación y de la apropiación de tierras.

Es una observación importante porque esa contradicción atraviesa prácticamente toda su obra.

Sheridan puede defender valores tradicionalmente asociados al conservadurismo estadounidense —autosuficiencia, autoridad, familia, ejército, patriotismo, desconfianza hacia las élites— y, al mismo tiempo, atacar grandes corporaciones, especulación financiera, corrupción institucional o determinados abusos históricos estadounidenses.

Su política narrativa se parece más a un populismo heterodoxo que a un programa electoral perfectamente definido.

Y Lioness incorpora otra peculiaridad: su política exterior tampoco coincide completamente con la corriente aislacionista que ha adquirido peso en la derecha estadounidense.

La serie cree profundamente en la CIA, las operaciones exteriores y la capacidad de Estados Unidos para intervenir más allá de sus fronteras.

Eso la acerca mucho más al tradicional establishment estadounidense de defensa y seguridad nacional.

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El verdadero credo de Lioness: el realismo geopolítico

Para comprender políticamente la serie resulta especialmente útil el concepto de realismo en relaciones internacionales.

Según esta perspectiva, los Estados compiten por poder, seguridad e influencia dentro de un sistema internacional donde ninguna autoridad superior puede garantizar completamente su supervivencia.

Las intenciones importan menos que las capacidades.

Los tratados tienen límites.

Los aliados cooperan mientras coinciden sus intereses.

Y los enemigos utilizan cualquier vulnerabilidad disponible.

Ese es, esencialmente, el mundo de Lioness.

Los países son piezas de un enorme tablero estratégico.

México importa por su frontera, los carteles y su relación con Estados Unidos. Oriente Próximo aparece relacionado con terrorismo, energía y redes de poder. China representa una competición sistémica. Rusia utiliza espionaje y operaciones clandestinas. Ucrania se convierte en espacio de confrontación estratégica.

Incluso las relaciones personales pueden convertirse en activos de inteligencia.

Todo puede instrumentalizarse.

Ese punto de vista resulta mucho más importante para comprender Lioness que preguntarse simplemente si Sheridan votaría republicano o demócrata.

China: el adversario sistémico

La evolución de China dentro de la serie resulta particularmente reveladora.

Durante la segunda temporada, una trama que comienza con el secuestro de una congresista estadounidense acaba conectándose con una operación geopolítica relacionada con China y Taiwán. La hipótesis de la historia es que Pekín puede utilizar actores indirectos para provocar a Estados Unidos, deteriorar su legitimidad internacional y mejorar posteriormente su propia posición estratégica respecto a Taiwán.

No estamos ante el clásico enemigo cinematográfico que quiere destruir Nueva York mediante una bomba.

La amenaza es mucho más sofisticada.

China comercia, influye, infiltra, financia, recopila información y explota contradicciones internas.

La tercera temporada profundiza todavía más en esta interpretación.

En “The Bear Is Infected”, estrenado el 16 de agosto de 2026, el relato presenta la idea de un Estados Unidos demasiado poderoso para ser derrotado frontalmente pero vulnerable a una lenta desestabilización interior.

La metáfora política resulta reveladora: no hace falta matar directamente al oso; basta con conseguir que enferme.

Desinformación, chantaje, espionaje, polarización y penetración institucional pasan así a formar parte del campo de batalla.

El enemigo exterior y la decadencia interior

Aquí aparece posiblemente la característica más interesante de la política de Lioness.

La serie teme a China y Rusia, pero también teme que Estados Unidos facilite su propia derrota.

El enemigo externo solo resulta verdaderamente peligroso cuando encuentra un país dividido, corrupto o ingenuo.

Esta es una idea clásica del pensamiento conservador estadounidense: la civilización puede ser destruida tanto desde fuera como desde dentro.

La tercera temporada la está haciendo extraordinariamente explícita.

El quinto episodio introduce operaciones vinculadas a agentes chinos, estudiantes, empresas tecnológicas y un profesor universitario simpatizante del comunismo. Vulture interpretó directamente esa trama como una dramatización de temores derechistas sobre la infiltración comunista dentro de las universidades estadounidenses. Al mismo tiempo, el episodio presenta estadounidenses poderosos comprometidos por servicios de inteligencia extranjeros.

El mensaje no es simplemente “China es mala”.

Es más profundo:

las sociedades abiertas poseen vulnerabilidades que sus adversarios pueden explotar.

Y Lioness parece especialmente preocupada por una sociedad estadounidense incapaz de reconocer esas vulnerabilidades.

Rusia y Ucrania: aquí Lioness no sigue al aislacionismo

La representación de Rusia permite observar otra diferencia importante entre Sheridan y una parte de la nueva derecha estadounidense.

Lioness no muestra simpatía hacia el Kremlin.

Todo lo contrario.

Rusia aparece como una potencia autoritaria, expansionista, peligrosa y experta en infiltración.

La tercera temporada ha reforzado claramente esa visión. La trama involucra activos rusos, operaciones clandestinas y el conflicto de Ucrania, mientras Joe expresa una valoración profundamente negativa de la evolución política rusa.

Eso coloca a Lioness lejos de una posición de “Estados Unidos debería abandonar Ucrania y olvidarse del conflicto”.

Su lógica es mucho más tradicional: Rusia constituye una amenaza estratégica que debe ser contenida.

Pero tampoco encontramos una defensa idealista particularmente elaborada de Ucrania basada en derechos humanos o expansión de la democracia.

Otra vez aparece el realismo.

Ucrania importa porque forma parte de una lucha de poder.

Mujeres poderosas dentro de una estructura militarizada

Hay otra contradicción que dificulta clasificar Lioness como conservadora convencional.

Prácticamente toda la arquitectura dramática está construida alrededor de mujeres extraordinariamente poderosas.

Joe dirige hombres.

Kaitlyn Meade, interpretada por Nicole Kidman, participa en decisiones de altísimo nivel.

Cruz y otras operadoras realizan misiones tradicionalmente reservadas en la ficción a personajes masculinos.

Las mujeres de Lioness no necesitan ser rescatadas.

Matan, mandan, interrogan, diseñan operaciones y toman decisiones que afectan a la seguridad nacional.

Desde determinada perspectiva, esto resulta profundamente disruptivo respecto a representaciones tradicionales del poder militar.

Pero Lioness no utiliza a estas mujeres para cuestionar la institución militar.

Hace prácticamente lo contrario: las integra plenamente en ella.

Podríamos definirlo como una especie de feminismo militarizado.

La igualdad no consiste en desmantelar las estructuras tradicionalmente masculinas del poder, sino en demostrar que las mujeres pueden dominarlas tan eficazmente como los hombres.

Esta cuestión no es exclusivamente ficticia. Investigaciones académicas sobre los programas reales que inspiraron parcialmente la serie han analizado cómo el ejército estadounidense convirtió precisamente determinadas características asociadas socialmente a las mujeres en recursos estratégicos de contrainsurgencia.

La CIA puede hacer cosas terribles y seguir siendo “nuestro” lado

Esta quizá sea la contradicción central de toda la serie.

Lioness no presenta a la CIA como una organización moralmente pura.

Sus agentes engañan.

Manipulan emocionalmente.

Utilizan relaciones sexuales.

Presionan a sospechosos.

Operan en espacios jurídicos extremadamente dudosos.

Aceptan daños colaterales.

Sacrifican individuos por objetivos mayores.

Y, especialmente en la tercera temporada, la serie introduce situaciones donde la defensa de la seguridad nacional empieza a entrar directamente en conflicto con garantías legales estadounidenses. Vulture ha señalado precisamente cómo determinadas operaciones de la T3 muestran a los protagonistas actuando al margen de los procedimientos jurídicos mientras el FBI cuestiona esos métodos.

Esto impide considerar Lioness una propaganda completamente ingenua.

Pero existe una diferencia fundamental entre:

“Estas instituciones realizan acciones moralmente terribles”

y:

“Estas instituciones no deberían existir o carecen de legitimidad”.

La serie prácticamente nunca llega a la segunda conclusión.

El sistema es oscuro porque el mundo es oscuro.

Ésa parece ser su respuesta.

Familia, sacrificio y deber

La política de Lioness tampoco está únicamente en sus discursos sobre China o Rusia.

También está en la vida privada de Joe.

La serie dedica muchísimo tiempo al conflicto entre profesión y familia. Joe protege a millones de personas pero puede estar destruyendo lentamente su matrimonio y perdiéndose la vida de sus hijas.

Sheridan introduce así otro valor tradicional: el deber.

Los protagonistas aceptan sacrificios porque pertenecen a algo mayor que ellos mismos.

La felicidad individual no constituye necesariamente el bien supremo.

Familia, nación, compañeros y misión generan obligaciones.

Este énfasis acerca nuevamente la serie a una sensibilidad conservadora, aunque resulte paradójico que quien encarna esta figura del guerrero sacrificado sea una mujer.

¿Y dónde queda la izquierda?

Uno de los cambios más perceptibles conforme avanza Lioness es que ciertos discursos asociados a la izquierda estadounidense aparecen cada vez con mayor escepticismo.

Especialmente significativa resulta la tercera temporada, con universidades, simpatías comunistas y personajes que aparentemente cuestionan el sistema estadounidense mientras adversarios extranjeros explotan esas posiciones.

Existe aquí una crítica muy reconocible dentro del pensamiento conservador contemporáneo: la idea de que una parte de Occidente ha desarrollado una hostilidad hacia sus propias instituciones que puede terminar beneficiando a regímenes mucho menos liberales.

Pero nuevamente Sheridan introduce una complicación.

Las élites económicas y políticas estadounidenses tampoco salen indemnes.

La corrupción, el egoísmo y la búsqueda de beneficios pueden constituir amenazas tan importantes como cualquier ideología extranjera.

Por eso su populismo no se dirige exclusivamente contra progresistas.

También se dirige hacia arriba.

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Entonces, ¿es Lioness una serie de derechas?

Sí, si utilizamos “derechas” en un sentido cultural y geopolítico amplio.

Hay suficientes elementos para sostener esa interpretación:

patriotismo estadounidense, confianza en las Fuerzas Armadas, legitimación de la inteligencia exterior, aceptación de la violencia como instrumento político, anticomunismo, fuerte desconfianza hacia China y Rusia, énfasis en deber y familia, sospecha hacia determinados sectores académicos y temor a la decadencia interna.

Sin embargo, sería impreciso convertir todo eso directamente en “serie republicana” o “serie trumpista”.

Su defensa del intervencionismo estadounidense, la CIA, las alianzas internacionales y la contención de Rusia la alejan del aislacionismo que existe actualmente en una parte de la derecha estadounidense.

Tampoco es tradicionalista en materia de género.

Y su crítica de las grandes corporaciones, las élites y los abusos del poder impide identificarla completamente con un conservadurismo económico convencional.

Sheridan sostuvo recientemente, al hablar específicamente de Lioness, que intenta anticipar acontecimientos geopolíticos y convertirlos en ficción y afirmó que la serie no pretende escoger un bando político, sino observar cómo funcionan el espionaje y las Fuerzas Armadas. Esa es su autointerpretación; naturalmente, que un creador no pretenda tomar partido no significa que su obra carezca de presupuestos ideológicos.

La ideología más profunda de Lioness

Probablemente la mejor manera de definir políticamente la serie sea abandonar por un momento las etiquetas electorales.

Lioness parte de cinco creencias fundamentales.

El mundo es peligroso.

Las grandes potencias compiten permanentemente.

Estados Unidos tiene enemigos reales.

La fuerza continúa siendo necesaria para contenerlos.

Y quienes protegen una democracia pueden verse obligados a utilizar métodos incompatibles con algunos de sus propios valores.

Ese último punto convierte a Lioness en algo más interesante que un simple relato patriótico.

La serie coloca continuamente a sus personajes frente a una paradoja inquietante:

¿cuánto puede parecerse una democracia a sus enemigos mientras intenta defenderse de ellos antes de dejar de ser aquello que pretendía proteger?

Sheridan casi nunca ofrece una respuesta plenamente satisfactoria.

Sus protagonistas cruzan líneas morales una y otra vez. Pero tampoco permite al espectador refugiarse fácilmente en el pacifismo: en su universo, las amenazas existen y no enfrentarse a ellas también tiene consecuencias.

Por eso Lioness puede resultar simultáneamente fascinante y problemática.

Su tendencia política es reconocible: patriotismo estadounidense, conservadurismo cultural parcial, militarismo, anticomunismo y realismo geopolítico, acompañados por una importante vena populista y una profunda desconfianza hacia las élites.

Pero su mensaje no es exactamente que Estados Unidos sea “el bueno”.

Es más oscuro.

Parece decir que Estados Unidos es el sistema que sus protagonistas han decidido defender, pese a conocer perfectamente sus defectos, y que el mundo obliga a defenderlo mediante procedimientos que en ocasiones contradicen los principios que supuestamente justifican esa defensa.

Ahí reside la verdadera política de Lioness.

No tanto en decirnos quiénes son los buenos y los malos, sino en acostumbrarnos a una idea mucho más incómoda: que en la lucha entre grandes potencias la moral queda permanentemente subordinada a la supervivencia, y que incluso las democracias terminan jugando una parte de la partida con las mismas armas que sus adversarios.

Taylor Sheridan y la política de la América profunda: de Sicario y Yellowstone a Lioness y Landman

Taylor Sheridan se ha convertido en uno de los creadores más influyentes de la ficción estadounidense contemporánea y, al mismo tiempo, en uno de los más difíciles de clasificar políticamente. Para una parte de la crítica es el gran autor de la “América roja”: un creador conservador que reivindica al cowboy, la propiedad privada, el petróleo, las armas, la masculinidad tradicional y el poder militar estadounidense. Para otros, esa clasificación resulta demasiado simple: sus historias denuncian la expropiación de los pueblos indígenas, la avaricia empresarial, los abusos policiales y carcelarios, la concentración de riqueza, la destrucción de las comunidades rurales y las contradicciones morales de la política exterior de Estados Unidos.

Las dos lecturas contienen algo de verdad.

Sheridan ha rechazado repetidamente que Yellowstone sea una serie republicana. En una entrevista con The Atlantic preguntaba irónicamente cómo podía calificarse de conservadora una ficción que habla del desplazamiento de los pueblos indígenas, del tratamiento de las mujeres nativas, de la codicia corporativa, de la gentrificación y de la apropiación de tierras.

Años antes había llegado incluso más lejos. En 2016 declaró a The Washington Post que intentaba evitar trasladar directamente sus opiniones políticas a sus películas y explicó una idea que resume muy bien su método: quería plantear preguntas en lugar de predicar respuestas. En 2017 reconoció igualmente que ni siquiera sabía qué partido político podía representar sus posiciones.

Pero decir que Sheridan evita adscribirse públicamente a un partido no significa que sus obras sean ideológicamente neutrales.

Ninguna ficción lo es completamente.

Cuando determinados valores aparecen una y otra vez durante quince años, cuando cierto tipo de personaje es presentado sistemáticamente como competente mientras otro es retratado como ingenuo, cuando unas instituciones fracasan repetidamente y unas formas concretas de autoridad solucionan los problemas, empieza a aparecer una cosmovisión reconocible.

Y eso es precisamente lo interesante de comparar Sicario, Yellowstone, Landman y Lioness.

Vistas conjuntamente, las cuatro obras permiten identificar algo parecido a una ideología sheridaniana.

No es exactamente trumpismo.

Tampoco libertarismo.

No es neoliberalismo, porque Sheridan siente una profunda desconfianza hacia las grandes corporaciones y las finanzas.

No es conservadurismo clásico, porque concede una importancia extraordinaria a la injusticia histórica sufrida por los pueblos indígenas y escribe algunas de las mujeres con mayor autoridad física y política de la televisión estadounidense.

Y tampoco es progresismo.

Lo que aparece es una combinación peculiar de populismo rural, conservadurismo cultural, territorialismo, realismo geopolítico, culto a la competencia individual, desconfianza institucional, respeto por determinados trabajadores y una concepción profundamente pesimista de la naturaleza humana.

Para comprenderlo hay que empezar por una precaución esencial.

El primer error: pensar que todo lo que dice un personaje es lo que piensa Taylor Sheridan

Existe una tendencia comprensible a identificar a un guionista con sus personajes más carismáticos.

Cuando Tommy Norris pronuncia durante varios minutos un discurso contra la ingenuidad de las energías renovables en Landman, resulta tentador concluir que estamos escuchando directamente a Sheridan.

Cuando John Dutton critica a los urbanitas que llegan a Montana, parece que Sheridan está hablando.

Cuando los responsables de la CIA de Lioness explican que determinados enemigos solo entienden la fuerza, vuelve a producirse la misma impresión.

Pero metodológicamente debemos ser más cuidadosos.

Un personaje puede expresar una idea precisamente para que la historia la cuestione.

La pregunta más útil no es únicamente:

¿qué dice el personaje?

Hay que añadir otras tres:

¿quién puede contradecirlo?

¿qué consecuencias tienen sus decisiones?

¿termina la narración demostrando que tenía razón?

Esta distinción resulta particularmente importante en Sicario.

Sheridan explicó que Kate Macer, la agente del FBI interpretada por Emily Blunt, funcionaba como una metáfora de la “conciencia estadounidense”. Su progresiva pérdida de capacidad de actuación no fue accidental: el guionista la diseñó para pasar de una posición activa a una prácticamente impotente frente a una maquinaria clandestina que considera las restricciones legales un obstáculo.

Eso cambia completamente la interpretación política de la película.

Alejandro puede ser el personaje más fascinante.

Matt Graver puede parecer el más eficaz.

Pero Sheridan no necesariamente está afirmando que sean moralmente correctos.

Está preguntando qué ocurre cuando una democracia decide que necesita comportarse como sus enemigos para derrotarlos.

Ésta será una de las preguntas fundamentales de toda su obra posterior.

Análisis de la ideología política de Taylor Sheridan a través de Sicario, Yellowstone, Landman y Lioness: poder, territorio, violencia y Estados Unidos.
Análisis de la ideología política de Taylor Sheridan a través de Sicario, Yellowstone, Landman y Lioness: poder, territorio, violencia y Estados Unidos.

Sicario: el nacimiento del universo político de Sheridan

Antes de Yellowstone, antes de Lioness y antes de Landman, muchas de las obsesiones políticas de Sheridan ya estaban contenidas en Sicario.

Conviene recordar además algo fundamental: Sheridan escribió el guion, pero Denis Villeneuve dirigió la película. Por tanto, no todos los elementos visuales y narrativos deben atribuirse exclusivamente a Sheridan.

Villeneuve ha explicado que consideraba el guion un extraordinario thriller político porque planteaba una pregunta sin ofrecer una respuesta fácil:

¿es necesario convertirse en monstruo para combatir a los monstruos?

El propio director interpretaba Sicario como una reflexión sobre la fantasía estadounidense de solucionar problemas extranjeros mediante la fuerza y situándose por encima de la ley.

Pero el germen estaba claramente en el texto de Sheridan.

En una entrevista sobre el guion, Sheridan sostuvo que la guerra contra las drogas había sido prácticamente perdida desde su comienzo y que el auténtico territorio gris estaba en determinar cómo combatir un sistema criminal cada vez más poderoso.

Aquí aparecen ya varias ideas que luego se repetirán.

Primera: las instituciones convencionales son demasiado lentas para enfrentarse a determinadas amenazas.

Segunda: la legalidad puede convertirse en una desventaja frente a actores que no respetan ninguna norma.

Tercera: la violencia puede ser eficaz y moralmente corrosiva al mismo tiempo.

Cuarta: Estados Unidos no controla realmente las fuerzas que desencadena.

Y quinta: la frontera no es solamente una línea geográfica, sino un lugar donde se descomponen las certezas morales.

Sheridan explicó posteriormente que Sicario, Hell or High Water y Wind River formaban una trilogía temática sobre la frontera estadounidense moderna y sobre las consecuencias que todavía produce el proceso histórico de conquista, asentamiento y asimilación del territorio.

Esto resulta importantísimo.

La preocupación central de Sheridan no empieza con Donald Trump ni con las guerras culturales de los años veinte.

Empieza con la tierra, la frontera, la violencia y las consecuencias del poder.

Es precisamente ese marco el que después se transforma en Yellowstone.

Yellowstone: conservadurismo cultural y crítica del capitalismo en la misma serie

Si hubiera que explicar por qué resulta tan difícil clasificar políticamente a Sheridan, Yellowstone sería el ejemplo perfecto.

A primera vista parece una fantasía conservadora.

John Dutton posee un gigantesco rancho heredado durante generaciones.

Defiende su propiedad con armas.

Desconfía del Gobierno.

Desprecia a muchos políticos.

Considera que las ciudades destruyen las comunidades rurales.

Ve la modernidad como una amenaza.

Sus hijos viven bajo una estructura familiar intensamente jerárquica.

La autoridad paterna, la lealtad, el sacrificio, la tradición y la pertenencia aparecen constantemente como virtudes.

Culturalmente, todo esto conecta con una sensibilidad conservadora evidente.

No resulta sorprendente que Yellowstone desarrollara una enorme popularidad en sectores rurales y conservadores de Estados Unidos ni que algunos comentaristas la describieran como televisión para los “red states”. Sheridan siempre ha rechazado esa simplificación.

Y tiene motivos.

Porque el enemigo de los Dutton rara vez es un campesino pobre que reclama redistribución.

Muy frecuentemente es el gran capital.

Promotores inmobiliarios.

Fondos de inversión.

Corporaciones.

Multimillonarios que quieren transformar Montana en una mercancía.

Empresas que observan el paisaje únicamente como una oportunidad de rentabilidad.

Aquí aparece una característica fundamental del pensamiento de Sheridan: no es un defensor automático del capitalismo porque distingue entre capital y producción.

Para él existe una diferencia moral entre quien trabaja una tierra y quien simplemente compra derechos sobre ella.

Entre quien cría ganado y quien especula.

Entre quien construye algo y quien extrae rentabilidad financiera.

Entre riqueza productiva y riqueza abstracta.

Esa diferencia atraviesa Yellowstone, Hell or High Water y posteriormente Landman.

Podríamos llamarla populismo productivista.

Sheridan suele sentir simpatía hacia las personas que producen físicamente algo —ganaderos, trabajadores petroleros, soldados, policías, trabajadores manuales— y mucha más desconfianza hacia quienes controlan el mundo mediante oficinas, contratos, créditos, algoritmos o instrumentos financieros.

Ésta es una sensibilidad históricamente populista.

Puede aparecer tanto en la izquierda como en la derecha.

La tierra no es solamente propiedad: es identidad

Aquí encontramos probablemente el núcleo emocional de Yellowstone.

Si la serie fuese simplemente una defensa neoliberal de la propiedad privada, John Dutton debería estar encantado de vender su rancho por cientos de millones.

Pero ocurre exactamente lo contrario.

El dinero no puede compensar la pérdida de la tierra.

Esto significa que el rancho no funciona como una propiedad convencional.

Es herencia.

Memoria.

Familia.

Historia.

Identidad.

Comunidad.

Y casi territorio soberano.

Esta relación con la tierra tiene un componente profundamente conservador porque considera que determinadas obligaciones atraviesan generaciones. El individuo no puede disponer libremente de aquello que recibió de sus antepasados porque tiene la responsabilidad de entregarlo a sus descendientes.

Pero aparece inmediatamente la gran contradicción política de Yellowstone:

¿de quién era originalmente esa tierra?

La serie reconoce una y otra vez que las tierras de los Dutton fueron anteriormente tierras indígenas.

Thomas Rainwater no es simplemente un antagonista empresarial.

Representa una reivindicación histórica anterior al propio derecho de propiedad de los Dutton.

Y Sheridan considera esa reivindicación legítima.

En 2019 defendió precisamente ese aspecto de Yellowstone: describió como políticamente progresista la idea de un líder indígena que intenta recuperar la tierra robada a su pueblo y recordó que procesos semejantes existen en la realidad.

Ésta es una contradicción deliberada y enormemente fértil.

John Dutton dice:

“Esta tierra es nuestra porque mis antepasados la conservaron”.

Rainwater puede responder:

“Vuestros antepasados pudieron poseerla porque se la quitaron a los nuestros”.

La serie no elimina completamente ninguna de las dos afirmaciones.

Y ésa es probablemente la mejor demostración de cómo funciona Sheridan.

Le interesan menos los programas políticos coherentes que los conflictos entre lealtades legítimas pero incompatibles.

El ecologismo conservador de Yellowstone

Otro ejemplo es la naturaleza.

Sheridan no tiene una visión ecologista típica del progresismo urbano.

Sus personajes pueden burlarse de determinados activistas, vegetarianos o ambientalistas que consideran desconectados de la realidad de la producción agrícola.

Sin embargo, Yellowstone es profundamente conservacionista.

Los Dutton combaten urbanizaciones, aeropuertos, resorts, carreteras y proyectos que destruyen el paisaje.

No quieren convertir Montana en una enorme extensión productiva industrial.

Quieren impedir que cambie.

Esto puede definirse como ecologismo conservador o incluso como una forma de ecología territorial.

No parte prioritariamente del cálculo global de emisiones de CO₂.

Parte de otra pregunta:

¿Qué territorio queremos dejar a nuestros hijos?

Sheridan desconfía de la abstracción y prefiere la experiencia local.

Un ganadero que conoce cada arroyo de su propiedad posee, en esta filosofía, una clase de conocimiento que un funcionario federal o un activista urbano difícilmente puede sustituir.

Ese patrón reaparecerá con enorme fuerza en Landman.

Sheridan y Trump: una relación mucho menos simple de lo que parece

Todo esto explica por qué una parte considerable de la audiencia interpreta las obras de Sheridan como próximas al trumpismo.

Pero identificar directamente a Sheridan con Donald Trump resulta problemático.

The Atlantic recuperó una declaración de 2017 en la que Sheridan pedía de manera extremadamente contundente la destitución de Trump y lo calificaba de vergonzoso. Cuando el periodista volvió a preguntarle años después, Sheridan dijo no recordar haber realizado aquella declaración y atribuyó su estado de ánimo de entonces al agotamiento.

Ese mismo perfil recuperó otro comentario suyo mucho más revelador para comprender su política cultural.

Sheridan criticaba la expresión “privilegio blanco” porque consideraba que resultaba imposible explicársela a un trabajador blanco rural que estaba perdiendo su rancho, no podía pagar la universidad de sus hijos, carecía de asistencia sanitaria adecuada y experimentaba al Gobierno federal principalmente a través de los impuestos.

Eso no equivale necesariamente a negar el racismo estructural.

Lo que Sheridan estaba describiendo era otro problema: la incapacidad de determinados lenguajes progresistas para explicar simultáneamente privilegios raciales y sufrimiento de clase.

Esta preocupación atraviesa prácticamente toda su obra.

Sheridan intenta narrar a personas que una parte de la cultura estadounidense considera privilegiadas porque son blancas pero que se perciben a sí mismas como abandonadas económica, territorial y culturalmente.

Eso explica mucho mejor su atractivo para el electorado conservador que cualquier identificación partidista directa.

Sheridan es populista antes que neoliberal

Hay una distinción particularmente importante.

Sheridan puede resultar conservador culturalmente, pero rara vez parece enamorado del libre mercado.

De hecho, en algunas de sus mejores obras el capitalismo financiero aparece casi como una forma de depredación.

Hell or High Water es probablemente el ejemplo más evidente. Los bancos, las hipotecas inversas, las deudas y la pobreza rural forman el fondo económico de toda la película.

Sheridan explicó que quería mostrar comunidades donde las instituciones y servicios habían desaparecido y donde la distancia entre las prioridades políticas nacionales y la experiencia cotidiana ayudaba a entender determinados comportamientos electorales. Cuando hablaba de la elección de Trump, señaló que muchas inclinaciones políticas de esas comunidades podían comprenderse a partir de experiencias materiales antes que mediante abstracciones ideológicas.

Esta idea es crucial.

Sheridan no parece pensar fundamentalmente en términos de:

izquierda contra derecha.

Piensa más frecuentemente en:

centro contra periferia.

productor contra intermediario.

territorio contra capital.

experiencia contra teoría.

persona competente contra burocracia.

comunidad contra institución distante.

Ésta es la estructura ideológica que une obras aparentemente tan diferentes como Yellowstone y Lioness.

Landman: cuando Sheridan parece abandonar parte de la ambigüedad

Si Yellowstone permite lecturas muy diferentes, Landman ha provocado una percepción distinta.

Aquí algunos discursos políticos parecen mucho más directos.

La serie está basada en el podcast Boomtown de Christian Wallace, que además figura como cocreador, de modo que tampoco debemos atribuir cada elemento exclusivamente a Sheridan. Wallace ha explicado que el objetivo era trasladar a la ficción la complejidad y cultura del boom petrolero de la cuenca pérmica de Texas.

Pero el tratamiento de la cuestión energética tiene claramente el sello del universo Sheridan.

Tommy Norris no es presentado como un magnate petrolero malvado.

Es un hombre exhausto que intenta mantener en funcionamiento un sistema peligroso pero indispensable.

Aquí reaparece el productivismo.

El trabajador petrolero se ensucia.

Arriesga la vida.

Conoce los procesos físicos.

Tiene que solucionar problemas reales.

En el otro extremo aparecen políticos, reguladores, abogados, periodistas, ambientalistas o ciudadanos que consumen energía pero, desde la perspectiva del protagonista, prefieren no pensar en cómo se produce.

El mensaje más potente de Landman podría resumirse así:

la sociedad moderna desprecia las actividades materiales que hacen posible su propio estilo de vida.

Y ésta probablemente sí es una convicción profundamente sheridaniana.

El discurso sobre las energías renovables

Aquí llegamos a uno de los puntos donde distinguir personaje y autor se vuelve más difícil.

Tommy Norris pronuncia largos discursos explicando que la denominada energía limpia depende de minería, petróleo, plásticos, transporte y enormes infraestructuras industriales.

Una parte de la crítica ha señalado que el personaje funciona casi como portavoz ideológico.

The New Yorker observó precisamente que Landman mantiene poca distancia entre Tommy y la narración, especialmente cuando éste desarrolla sus argumentos contra determinadas formas de ambientalismo.

El problema no consiste en señalar que las renovables tienen impactos ambientales. Eso es evidentemente cierto.

El problema aparece cuando la serie utiliza datos o comparaciones discutibles para presentar la transición energética como fundamentalmente ingenua.

Un análisis del Los Angeles Times revisó algunas de las afirmaciones sobre costes y producción energética presentadas en la serie y concluyó que varias eran engañosas o incorrectas. Por ejemplo, cuestionó la afirmación de que la energía eólica y solar fueran necesariamente mucho más caras que el gas y recordó el descenso experimentado por sus costes y la creciente importancia del almacenamiento mediante baterías.

Aquí encontramos una diferencia significativa respecto a Sicario.

En Sicario, la película proporciona al espectador una conciencia moral claramente identificable en Kate.

En Landman, la contradicción intelectual de Tommy suele ser mucho más débil.

Por eso algunos críticos consideran que ésta es la obra donde Sheridan se acerca más a un discurso político conservador directo.

No necesariamente porque niegue el cambio climático.

Más bien porque presenta como ingenuas las soluciones propuestas desde determinados sectores progresistas y porque considera que las necesidades materiales del mundo limitan radicalmente las posibilidades de transformación.

Eso puede llamarse realismo energético conservador.

Landman y una idea fundamental: no puedes escapar del mundo material

Hay algo más profundo que la defensa del petróleo.

Sheridan parece obsesionado con recordar que las sociedades modernas dependen de realidades físicas.

Comida.

Agua.

Tierra.

Combustible.

Minerales.

Carreteras.

Electricidad.

Armas.

Trabajadores.

En muchas discusiones políticas contemporáneas, piensa Sheridan, estas realidades desaparecen detrás de conceptos abstractos.

Sus personajes vuelven constantemente a ellas.

¿Cuánto cuesta?

¿Quién lo construye?

¿Quién arriesga su vida?

¿De dónde sale la energía?

¿Quién cultiva los alimentos?

¿Quién protege la frontera?

¿Quién detiene al criminal cuando la negociación fracasa?

Esta insistencia en la materialidad es probablemente una de las razones por las que conecta con públicos rurales y trabajadores.

Y también explica por qué choca con determinados discursos progresistas.

No porque todo progresismo ignore estos problemas, sino porque Sheridan suele construir el conflicto precisamente entre ideal moral y restricción material.

Lioness: el Sheridan más militarista

Si Yellowstone nos muestra su relación con la tierra y Landman su relación con la producción, Lioness revela su visión del poder.

Aquí el Estado aparece de una manera aparentemente contradictoria.

Sheridan desconfía profundamente de la burocracia.

Pero siente fascinación por instituciones extraordinariamente poderosas como la CIA y las Fuerzas Armadas.

¿Cómo pueden coexistir ambas cosas?

Porque distingue entre institución y operador.

La burocracia es lenta.

El operador es competente.

El funcionario pide formularios.

El agente toma una decisión.

El político calcula encuestas.

El soldado arriesga su vida.

Ésta es una de las claves ideológicas más consistentes de toda su obra:

Sheridan no necesariamente quiere un Estado pequeño; quiere un Estado capaz.

Y considera que la capacidad aparece cuando personas experimentadas pueden actuar sin ser bloqueadas por estructuras administrativas.

Ahí reside una tensión muy interesante entre libertarismo y autoritarismo.

Sheridan desconfía del poder estatal cuando regula al individuo.

Pero puede justificar un enorme poder estatal cuando combate una amenaza.

La democracia y sus enemigos

Lioness recupera directamente la pregunta de Sicario.

¿Qué ocurre cuando Estados Unidos combate adversarios que no respetan sus leyes?

Los agentes de Lioness mienten, secuestran, manipulan, infiltran, matan y operan constantemente en zonas jurídicas ambiguas.

Sin embargo, la narración suele reconocer que esas acciones tienen un coste.

En los episodios de la tercera temporada estrenados hasta comienzos de septiembre de 2026, esa tensión se ha vuelto especialmente visible. La CIA lleva a cabo operaciones internas mientras el FBI cuestiona su jurisdicción y los métodos empleados; al mismo tiempo, las tramas presentan redes de influencia vinculadas con Rusia y China.

La pregunta es casi idéntica a la de Sicario:

¿qué parte del Estado de derecho puede suspender una democracia para defender el Estado de derecho?

Pero existe una diferencia.

Sicario mira esa dinámica fundamentalmente desde la perspectiva de la conciencia que está siendo destruida.

Lioness la observa mucho más desde la perspectiva del operador obligado a tomar decisiones.

Podría decirse que Sheridan se ha desplazado narrativamente desde Kate hacia Graver.

No necesariamente porque apruebe todo lo que Graver representa, sino porque parece cada vez más interesado en comprender a quien tiene que actuar cuando no existe una solución moralmente limpia.

China, Rusia y el realismo geopolítico

La política exterior de Lioness también complica la etiqueta de “derecha trumpista”.

La serie presenta a China como un adversario estratégico.

Rusia aparece como una potencia hostil.

Ucrania forma parte del escenario de confrontación.

Los servicios de inteligencia extranjeros utilizan empresas, tecnología, universidades, políticos y ciudadanos estadounidenses.

Esto es un imaginario de seguridad nacional bastante tradicional.

En la tercera temporada, algunos argumentos han ido incluso más lejos y han dramatizado temores conservadores sobre penetración comunista o influencia china dentro de universidades estadounidenses. Vulture ha señalado expresamente esa dimensión ideológica en el quinto episodio.

Pero Sheridan insiste en que Lioness no elige un partido político.

En junio de 2026 explicó a Joe Rogan que una de las cosas que más le interesan de la serie es intentar anticipar escenarios políticos y convertirlos en ficción. Dijo que su intención no era escoger un bando, sino explorar cómo funcionan conjuntamente espionaje y poder militar.

Debemos tomar esa declaración seriamente, aunque no necesariamente literalmente.

Un escritor puede intentar no elegir entre republicanos y demócratas y, sin embargo, expresar una ideología.

En Lioness esa ideología es fundamentalmente realista.

Las grandes potencias compiten.

Los Estados buscan ventajas.

Los servicios secretos manipulan.

La información es un arma.

Los aliados cooperan cuando coinciden sus intereses.

La debilidad invita a la agresión.

Y la superioridad militar continúa siendo necesaria.

Eso está mucho más cerca del realismo clásico de la política exterior estadounidense que del aislacionismo.

Por eso resulta incorrecto considerar a Sheridan simplemente representante de la derecha MAGA.

Una parte del movimiento trumpista contemporáneo es profundamente escéptica respecto a las intervenciones exteriores prolongadas y al establishment de seguridad nacional.

Lioness siente algo muy diferente.

Puede criticar a la CIA.

Pero considera que el trabajo de la CIA es necesario.

Sicario y Lioness: la misma pregunta, pero una evolución significativa

Comparar ambas obras permite observar probablemente la transformación más interesante de Sheridan.

En Sicario:

la violencia clandestina aparece como amenaza para la conciencia democrática.

En Lioness:

la violencia clandestina aparece como tragedia necesaria para proteger la democracia.

La diferencia es pequeña en apariencia, pero políticamente enorme.

En ambos casos existe ambigüedad moral.

Pero cambia el centro de gravedad.

La primera obra pregunta:

¿en qué nos convertimos cuando hacemos esto?

La segunda pregunta cada vez con mayor frecuencia:

¿qué ocurrirá si no estamos dispuestos a hacerlo?

Quizá ése sea el desplazamiento político más claro de Sheridan durante la última década.

No necesariamente de izquierda a derecha.

Más bien de escepticismo hacia el poder a aceptación trágica del poder.

El culto a la competencia

Hay un elemento que une absolutamente todas estas obras y que probablemente explica más sobre Sheridan que muchas de sus posiciones políticas explícitas.

Sheridan admira la competencia.

El cowboy que sabe controlar un caballo.

El soldado que sabe utilizar un arma.

El agente que reconoce una emboscada.

El trabajador petrolero que sabe qué válvula debe cerrar.

El abogado que comprende un contrato.

El médico que sabe intervenir cuando alguien está muriendo.

El problema aparece cuando esas personas tienen que obedecer a alguien que sabe menos que ellas.

Sheridan detesta esa situación.

Gran parte de su antiburocratismo nace precisamente ahí.

No parece odiar las instituciones porque sean colectivas.

Las odia cuando permiten que la autoridad quede desconectada del conocimiento.

El experto práctico ocupa así un lugar casi heroico.

Ésta es una visión meritocrática, pero no la meritocracia académica habitual.

Sheridan desconfía de títulos y credenciales.

Su meritocracia se demuestra haciendo.

El respeto se gana mediante resultados.

El experto universitario frente al experto práctico

Aquí encontramos uno de sus puntos de fricción más evidentes con la cultura progresista.

En el universo Sheridan, una persona puede poseer un doctorado y no comprender cómo funciona realmente el mundo.

Por el contrario, un cowboy sin estudios universitarios puede poseer décadas de conocimiento ecológico.

Un trabajador petrolero puede comprender la infraestructura energética mejor que un activista.

Un soldado puede entender las limitaciones de una operación mejor que un político.

El problema de esta estructura narrativa es evidente.

Puede convertirse fácilmente en antiintelectualismo.

Porque existen campos donde la experiencia individual no puede sustituir la investigación sistemática.

El ejemplo de las afirmaciones energéticas de Landman resulta especialmente ilustrativo: que un personaje conozca perfectamente un pozo petrolífero no significa necesariamente que pueda evaluar mejor que especialistas en sistemas energéticos el coste comparativo de tecnologías utilizadas a escala nacional.

Pero Sheridan encuentra dramáticamente irresistible esta oposición entre teoría y experiencia.

Y es una de las características más típicas del populismo contemporáneo.

Masculinidad: probablemente el componente más claramente conservador

Si existe un ámbito donde el universo Sheridan se aproxima con mayor claridad al conservadurismo cultural, es probablemente la representación de la masculinidad.

Sus hombres ideales suelen ser:

competentes,

resistentes,

contenidos emocionalmente,

protectores,

capaces de ejercer violencia,

leales,

trabajadores

y responsables de su familia.

La vulnerabilidad existe.

Pero rara vez sustituye al deber.

El dolor debe soportarse.

El miedo debe controlarse.

La obligación permanece incluso cuando uno está destruido.

Yellowstone está lleno de esta ética.

Landman también.

Sicario la presenta en sus operadores militares.

Y Lioness realiza una operación especialmente interesante: transfiere buena parte de ese código a las mujeres.

Lioness no destruye el ideal guerrero masculino: permite que las mujeres lo encarnen

Ésta es una distinción política importante.

Joe, Cruz, Bobby y otras mujeres de Lioness son extraordinariamente poderosas.

Mandan.

Combaten.

Matan.

Interrogan.

Toman decisiones.

Superan físicamente a muchos hombres.

No necesitan ser salvadas.

Visto superficialmente, parece una ruptura radical con el tradicionalismo de género.

Y lo es parcialmente.

Pero Sheridan no cuestiona fundamentalmente el modelo guerrero.

Lo universaliza.

La igualdad consiste en permitir que una mujer demuestre que puede asumir las mismas responsabilidades, riesgos y violencia que un hombre.

No es un feminismo antimilitarista.

Es un feminismo de integración dentro de estructuras de poder.

Esto explica otra aparente paradoja del universo Sheridan: puede contener mujeres extremadamente fuertes y al mismo tiempo reproducir estereotipos de género muy tradicionales en otras obras.

Landman ha recibido críticas precisamente por el tratamiento hipersexualizado y caricaturesco de determinados personajes femeninos, algo que algunos críticos siguen observando incluso después de mejoras parciales en la segunda temporada.

No existe, por tanto, una teoría coherente de género.

Existe una admiración por la fuerza.

Y Sheridan está perfectamente dispuesto a reconocerla en una mujer.

Familia: la institución anterior al Estado

Otro valor que atraviesa prácticamente todas sus historias es la familia.

Pero la familia en Sheridan no es principalmente un espacio sentimental.

Es una obligación.

John Dutton puede destruir emocionalmente a sus hijos en nombre de la supervivencia familiar.

Joe arriesga su matrimonio porque considera que su deber nacional no puede abandonarse.

Tommy Norris intenta mantener unido un sistema familiar caótico mientras administra crisis empresariales.

Los personajes pueden odiarse y continuar perteneciendo unos a otros.

Esto resulta profundamente conservador en un sentido filosófico.

El individuo no existe completamente solo.

Nace dentro de una red de obligaciones que no ha elegido.

Familia.

Territorio.

Comunidad.

País.

Compañeros.

Sheridan parece desconfiar de una concepción de libertad entendida únicamente como autonomía individual.

Para sus personajes, ser libre no significa carecer de obligaciones.

Significa elegir qué obligaciones merecen el sacrificio.

Violencia: el verdadero centro moral del universo Sheridan

Quizá ninguna cuestión sea más importante.

La violencia aparece constantemente.

Pero rara vez es completamente gratuita desde el punto de vista narrativo.

En Sicario, destruye la legalidad.

En Yellowstone, protege la tierra pero corrompe a la familia.

En Lioness, protege al país mientras destruye psicológicamente a quienes la ejercen.

En Landman, la violencia industrial demuestra que incluso producir energía implica riesgos físicos que la sociedad prefiere no observar.

Sheridan parece creer dos cosas simultáneamente:

la violencia es terrible.

la violencia a veces es necesaria.

Esta combinación lo aleja tanto del pacifismo progresista como del militarismo ingenuo.

No celebra simplemente matar.

Celebra, mucho más frecuentemente, a quien acepta realizar una tarea horrible porque considera que alguien tiene que hacerla.

Ahí aparece nuevamente el concepto de deber.

El problema moral: quién decide cuándo la violencia es necesaria

Y aquí encontramos el punto más cuestionable de su filosofía.

Si las instituciones son incompetentes y el individuo competente posee mejor criterio, ¿qué impide que ese individuo se convierta en autoritario?

Ésta es exactamente la tragedia de John Dutton.

Y también el peligro de Lioness.

Los protagonistas están convencidos de que conocen mejor que las normas lo que debe hacerse.

A veces probablemente tienen razón.

Pero una democracia no puede funcionar exclusivamente sobre la confianza en que los individuos poderosos serán moralmente responsables.

Las normas existen precisamente porque incluso las personas convencidas de tener razón pueden equivocarse.

Sheridan comprende esta contradicción.

Pero cada vez parece más fascinado por quienes rompen las reglas que por quienes intentan preservarlas.

Éste es posiblemente el elemento más políticamente conservador —e incluso potencialmente autoritario— de su universo reciente.

No porque defienda una dictadura.

Sino porque su imaginación narrativa concede extraordinario prestigio a la autoridad basada en competencia personal frente a la autoridad basada en procedimiento institucional.

¿Es anti-woke Taylor Sheridan?

La expresión es demasiado imprecisa para funcionar como categoría académica, pero resulta inevitable abordar la cuestión.

Sheridan muestra un evidente cansancio ante determinados códigos culturales progresistas.

Se burla de personajes urbanos desconectados del mundo rural.

Desconfía de algunos discursos académicos.

Cuestiona determinadas formulaciones sobre identidad y privilegio.

Landman convierte el escepticismo hacia parte del discurso ambientalista en elemento recurrente.

La tercera temporada de Lioness ha incorporado temores sobre influencia comunista en el ámbito universitario.

Por tanto, existe claramente un componente de reacción contra determinadas sensibilidades progresistas contemporáneas.

Pero “anti-woke” continúa siendo insuficiente.

Porque Sheridan también construye narraciones sobre:

desposesión indígena,

mujeres desaparecidas,

pobreza estructural,

racismo,

fracaso penitenciario,

codicia empresarial,

abusos del poder estadounidense,

y pérdida de comunidades por expansión capitalista.

Por eso The Atlantic definía la política de Yellowstone mediante una mezcla aparentemente incompatible: populismo anticapitalista y antimoderno, libertarismo favorable al ranchero, ambientalismo conservador y simpatía por una revuelta indígena contra la opresión.

Esa descripción continúa siendo extraordinariamente útil para comprender todo su universo.

La diferencia fundamental entre Sheridan y el conservadurismo empresarial

Hay otro aspecto que suele pasarse por alto.

Sheridan no parece sentir demasiada admiración por la corporación como institución.

El empresario individual puede ser admirable.

La compañía abstracta, mucho menos.

Market Equities en Yellowstone amenaza el territorio.

Los bancos de Hell or High Water explotan la vulnerabilidad económica.

Las compañías petroleras de Landman generan riqueza pero también accidentes, presiones y conflictos.

La maquinaria de seguridad de Lioness protege Estados Unidos pero puede destruir los principios legales que supuestamente defiende.

No existe ninguna gran institución completamente inocente.

Esto distingue a Sheridan de un conservadurismo empresarial tradicional basado en considerar que los mercados producen espontáneamente resultados moralmente deseables.

Su capitalismo ideal es mucho más antiguo.

Propietario.

Local.

Productivo.

Tangiblemente relacionado con la tierra.

Podríamos llamarlo capitalismo patrimonial frente a capitalismo financiero.

Un conservador que teme al capitalismo moderno

Esta aparente contradicción explica gran parte de Yellowstone.

El problema de John Dutton no es el socialismo.

Es el capitalismo.

Concretamente, una forma de capitalismo que convierte todo en activo negociable.

La belleza natural tiene precio.

La tierra tiene precio.

La tradición tiene precio.

La comunidad puede desplazarse.

El rancho puede transformarse en resort.

Y el valor financiero termina sustituyendo al significado.

Aquí Sheridan es profundamente antimoderno.

No quiere necesariamente destruir el mercado.

Quiere establecer fronteras morales que el mercado no pueda atravesar.

Hay cosas que no deberían venderse.

Ésta es una idea conservadora en el sentido filosófico más clásico del término.

Conservar significa precisamente aceptar que existen bienes heredados cuyo valor no puede reducirse a dinero.

Comparando las cuatro obras

Podemos resumir las diferencias de esta manera.

Sicario

Es el Sheridan más escéptico ante el poder.

La violencia estadounidense puede resultar eficaz, pero amenaza con destruir los principios que pretende defender.

La conciencia moral pertenece a quien intenta mantener la legalidad.

Pregunta dominante: ¿nos convertimos en el enemigo al combatirlo?

Yellowstone

Es el Sheridan más territorial y populista.

Defiende familia, tierra, producción local y continuidad histórica, pero reconoce simultáneamente la desposesión indígena y critica la expansión corporativa.

Pregunta dominante: ¿quién tiene derecho a una tierra y qué estamos obligados a preservar?

Landman

Es el Sheridan más culturalmente conservador y productivista.

Defiende la experiencia práctica frente a discursos abstractos y ofrece una representación mucho más favorable de la industria petrolera de lo habitual en Hollywood.

Pregunta dominante: ¿puede una sociedad condenar moralmente las actividades materiales de las que depende?

Lioness

Es el Sheridan más estatal y geopolítico.

Acepta mucho más claramente la necesidad del espionaje, la fuerza militar y las operaciones clandestinas, aunque muestre su enorme coste moral.

Pregunta dominante: ¿puede sobrevivir una democracia si sus enemigos no respetan las mismas reglas?

¿Cuál parece ser entonces la verdadera ideología de Taylor Sheridan?

Si reuniéramos los patrones que se repiten con suficiente frecuencia como para atribuirles un peso autoral, aparecerían aproximadamente estas ideas:

1. El mundo no es fundamentalmente seguro.

La violencia, la competencia y el conflicto no son anomalías que puedan eliminarse mediante buenas intenciones.

Son características permanentes de las sociedades humanas.

2. Las instituciones son necesarias pero tienden a degradarse.

Burocracias, empresas, gobiernos, bancos y servicios secretos pueden terminar sirviendo a sus propios intereses.

3. La competencia práctica posee valor moral.

Sheridan admira extraordinariamente a quien sabe hacer algo difícil.

4. Las comunidades locales entienden problemas que las élites distantes suelen simplificar.

Ésta es probablemente su convicción más populista.

5. El territorio importa.

La tierra no es únicamente capital.

Es memoria, identidad y continuidad.

6. El capitalismo financiero amenaza las comunidades.

No existe en Sheridan una defensa ingenua del mercado.

7. El trabajo productivo merece respeto.

Cowboys, soldados, obreros petroleros y otros trabajadores físicos ocupan un lugar privilegiado.

8. La modernidad tiene costes.

Crecimiento económico y progreso tecnológico pueden destruir formas de vida valiosas.

9. La violencia puede ser necesaria.

Pero quien la ejerce paga un precio.

10. Estados Unidos es profundamente defectuoso, pero merece ser defendido.

Ésta quizá sea la conclusión que une Sicario y Lioness.

¿Derecha, izquierda o una tercera cosa?

Si utilizamos el eje político convencional, Sheridan está hoy más cerca de la derecha que de la izquierda en varios ámbitos.

Culturalmente es conservador.

Es escéptico respecto a buena parte del progresismo académico.

Su representación del petróleo es considerablemente más favorable que la habitual en la cultura liberal estadounidense.

Su visión de la política internacional es militarmente dura.

Sus protagonistas valoran armas, propiedad, familia, territorio y autoridad.

Sería absurdo negar todo esto.

Pero definirlo únicamente como “derecha” elimina igualmente una parte enorme de su pensamiento.

No comparte cómodamente el neoliberalismo económico.

No minimiza la desposesión indígena.

No convierte las grandes corporaciones en héroes.

No considera que toda acción estadounidense sea moralmente legítima.

No defiende claramente el aislacionismo.

Y su relación pública con Trump ha sido mucho más ambigua —e incluso abiertamente hostil en determinados momentos— que la etiqueta de “autor MAGA” permitiría suponer.

Probablemente una definición mejor sería:

populista rural, conservador cultural, antielitista, productivista, territorialista y realista en política exterior.

Pero incluso esa descripción resulta incompleta.

La idea más profunda de Sheridan: la civilización depende de personas que hacen trabajos desagradables

Hay finalmente una intuición que conecta casi todo.

¿Quién mata al narcotraficante?

¿Quién protege la frontera?

¿Quién cría el ganado?

¿Quién mantiene el rancho?

¿Quién extrae el petróleo?

¿Quién combate en el extranjero?

¿Quién arresta al criminal?

¿Quién toma una decisión cuando todas las opciones son malas?

El universo Sheridan responde:

alguien tiene que hacerlo.

Y la mayoría de nosotros preferimos no observar demasiado cuidadosamente cómo se hace.

Ésa es probablemente la tesis moral más importante de toda su filmografía.

Las sociedades modernas permiten que una parte de sus ciudadanos viva relativamente alejada de la violencia, la extracción, el sacrificio físico y la producción material porque otras personas realizan esas actividades.

Sheridan quiere obligar al espectador a mirar a esas personas.

Su error, en ocasiones, consiste en romantizarlas.

Pero su fuerza narrativa procede exactamente del mismo lugar.

Mientras buena parte de la ficción contemporánea pregunta qué sociedad deberíamos construir, Sheridan pregunta:

¿quién va a mantener funcionando la que ya tenemos mañana por la mañana?

Es una pregunta extraordinariamente conservadora.

Pero no necesariamente reaccionaria.

De Sicario a Lioness: la evolución política de Sheridan

Si existe una evolución perceptible entre 2015 y 2026, podría resumirse de esta manera.

El joven Sheridan de Sicario parecía mirar el ejercicio del poder desde fuera y preguntarse horrorizado cuánto podía corrompernos.

El Sheridan de Yellowstone desplazó la cuestión hacia la defensa de un mundo que desaparecía.

El de Landman empezó a enfrentarse mucho más directamente a las críticas culturales dirigidas contra los sectores productivos tradicionales.

Y el de Lioness, especialmente en sus episodios más recientes, parece cada vez más dispuesto a aceptar que un mundo peligroso requiere instituciones capaces de realizar cosas moralmente desagradables.

No significa necesariamente que Sheridan se haya convertido simplemente en “más conservador”.

Puede significar algo intelectualmente más interesante:

su preocupación principal ha pasado progresivamente de los abusos del poder a las consecuencias de perder la capacidad de ejercerlo.

Sicario teme que Estados Unidos se convierta en un monstruo.

Lioness teme que Estados Unidos deje de ser suficientemente fuerte para contener a los monstruos.

Entre ambas preocupaciones existe prácticamente toda la evolución política de Taylor Sheridan.

Taylor Sheridan no es el ideólogo de MAGA, pero sí uno de los grandes narradores del malestar que hizo posible su aparición

Probablemente ésa sea la conclusión más precisa.

Sheridan no necesita ser trumpista para comprender extraordinariamente bien las emociones que alimentaron el trumpismo.

Pérdida de territorio.

Declive rural.

Desconfianza hacia instituciones.

Sensación de desprecio cultural.

Temor a la desaparición de una forma de vida.

Hostilidad hacia élites urbanas.

Valoración del trabajo físico.

Frustración frente a una burocracia percibida como incompetente.

Rechazo de lenguajes políticos que describen como privilegiadas a personas que se consideran económicamente abandonadas.

Nostalgia por comunidades aparentemente más cohesionadas.

Y deseo de dirigentes capaces de actuar en lugar de limitarse a administrar procedimientos.

Todo eso está en Sheridan.

Pero también aparecen constantemente los peligros de esas respuestas.

John Dutton protege su mundo convirtiéndose parcialmente en aquello que desprecia.

La CIA protege la legalidad saltándose la legalidad.

La industria petrolera sostiene la sociedad mientras contribuye a problemas que la serie no siempre examina con la misma intensidad.

Los personajes de Sicario consiguen resultados precisamente mediante métodos que vacían de contenido los principios que supuestamente distinguen a una democracia de sus enemigos.

Sheridan no construye utopías.

Construye dilemas.

Por eso puede ser leído como conservador por un espectador y como crítico del conservadurismo por otro.

Sin embargo, después de comparar Sicario, Yellowstone, Landman y Lioness, sí podemos identificar un núcleo relativamente estable.

Taylor Sheridan parece creer que la civilización es mucho más frágil de lo que imaginamos; que el territorio, la familia y la comunidad importan más que las abstracciones económicas; que las élites suelen comprender peor el mundo material que quienes trabajan directamente sobre él; que el poder corrompe pero continúa siendo necesario; que las grandes instituciones tienden a protegerse a sí mismas; y que las sociedades sobreviven gracias a personas capaces de realizar trabajos difíciles, peligrosos y moralmente ambiguos.

Eso lo sitúa claramente fuera del progresismo estadounidense contemporáneo.

Pero tampoco lo convierte en un conservador convencional.

Su obra combina el cowboy y el ecologista.

El propietario y el crítico del capitalismo.

El patriota y el denunciante de los abusos estadounidenses.

La mujer soldado y la familia tradicional.

La desconfianza hacia el Estado y la fascinación por su capacidad militar.

El respeto por la propiedad y el reconocimiento de que la propiedad estadounidense nació muchas veces de una expropiación previa.

Ésa es la razón por la que Yellowstone puede gustar simultáneamente a espectadores que celebran a John Dutton y a espectadores que consideran que la propia serie demuestra que John Dutton está equivocado.

Y ésa es también la diferencia fundamental entre un propagandista y un narrador político eficaz.

El propagandista elimina las contradicciones.

Sheridan vive de ellas.

Su ideología no es una doctrina perfectamente ordenada. Es más bien una intuición constante sobre Estados Unidos: un país construido mediante violencia, sostenido mediante trabajo, enriquecido mediante capitalismo, amenazado por ese mismo capitalismo, profundamente injusto en su historia y, pese a todo, suficientemente valioso como para que sus personajes estén dispuestos a ensuciarse las manos para conservarlo.

Ahí, mucho más que en cualquier etiqueta de republicano, demócrata, trumpista o libertario, se encuentra la verdadera política de Taylor Sheridan.

La televisión de la era MAGA: las series que están desplazando ideológicamente a Hollywood

Durante décadas, una de las críticas más repetidas desde la derecha estadounidense fue que Hollywood representaba una visión del mundo esencialmente progresista. Las grandes producciones culturales parecían surgir de Los Ángeles y Nueva York, ciudades cosmopolitas donde dominaban valores bastante diferentes de los que prevalecían en buena parte de la América rural, religiosa y conservadora.

Pero algo está cambiando.

No significa que Hollywood se haya convertido repentinamente en una industria trumpista. Tampoco que todas las series protagonizadas por militares, cowboys o trabajadores petroleros sean propaganda política. La transformación es más sutil y probablemente más importante: determinados valores, personajes y conflictos asociados históricamente con la derecha estadounidense están recuperando legitimidad dentro de la televisión comercial.

Familias tradicionales. Cristianismo. Pequeñas comunidades. Ejército. Policía. Petróleo. Propiedad privada. Hombres físicamente fuertes. Mujeres que reivindican maternidad y familia. Desconfianza hacia el Gobierno. Hostilidad hacia las grandes élites culturales. Escepticismo hacia determinadas políticas ambientales. Orgullo nacional.

No todas estas ideas pertenecen exclusivamente al movimiento MAGA. Pero juntas forman una parte importante del paisaje cultural que permitió crecer al trumpismo.

En mayo de 2025, WIRED describía esta transformación como una especie de “MAGA reboot” de Hollywood. El medio recogía testimonios de productores que afirmaban estar observando un aumento de proyectos conservadores y una mayor receptividad hacia contenidos centrados en valores cristianos, familia, mundo rural o “ley y orden”. (wired.com)

La cuestión interesante no es determinar si cada serie “es MAGA”.

La pregunta verdaderamente útil es otra:

¿qué ideas están convirtiéndose nuevamente en normales, atractivas y emocionalmente convincentes para millones de espectadores?

El éxito de Yellowstone cambió las reglas

Una parte importante de esta transformación puede rastrearse hasta Yellowstone.

La serie de Taylor Sheridan demostró que existía una audiencia enorme que no se sentía necesariamente representada por buena parte de la televisión de prestigio estadounidense.

En lugar de apartamentos de Nueva York, ofrecía ranchos de Montana.

En lugar de ejecutivos tecnológicos, ganaderos.

En lugar de cosmopolitismo, territorio.

En lugar de movilidad constante, pertenencia.

En lugar de progreso inevitable, resistencia al cambio.

John Dutton defendía una concepción profundamente tradicional de la propiedad, la familia y el legado.

La tierra no era simplemente una inversión.

Era identidad.

Era historia.

Era algo recibido de los antepasados que debía transmitirse a los descendientes.

Ese imaginario conecta fácilmente con una de las intuiciones centrales del conservadurismo: no todo lo que heredamos nos pertenece exclusivamente; algunas cosas debemos conservarlas.

Pero Yellowstone nunca fue una serie MAGA en sentido estricto.

Sheridan incluyó simultáneamente críticas a las grandes corporaciones, a la especulación inmobiliaria y a la expropiación histórica de los pueblos indígenas. El propio creador ha rechazado repetidamente la etiqueta simplista de “serie republicana”. (independent.co.uk)

Sin embargo, el éxito extraordinario de Yellowstone tuvo una consecuencia cultural importante:

demostró que contar historias desde la perspectiva de la América rural no era comercialmente marginal.

Y Hollywood tomó nota.

Landman: petróleo, masculinidad y resentimiento hacia las élites

Si Yellowstone abrió la puerta, Landman ha cruzado mucho más claramente el umbral político.

La serie, también creada por Taylor Sheridan junto a Christian Wallace, está ambientada en la industria petrolera del oeste de Texas.

Su protagonista, Tommy Norris, interpretado por Billy Bob Thornton, no es un ejecutivo refinado ni un héroe ecologista.

Es un hombre cansado, endeudado, sarcástico y extraordinariamente competente que pasa los días solucionando accidentes, conflictos empresariales, problemas familiares y crisis relacionadas con la extracción de petróleo.

Su filosofía podría resumirse así:

podéis despreciar el petróleo, pero vuestra vida cotidiana depende de él.

Este mensaje aparece repetidamente.

Tommy critica la supuesta ingenuidad de quienes imaginan una transición energética rápida sin considerar los materiales, transportes, infraestructuras y combustibles fósiles necesarios para construir tecnologías renovables.

La serie contrapone continuamente experiencia práctica y discurso abstracto.

Trabajadores frente a activistas.

Texas frente a las grandes ciudades.

Producción frente a regulación.

Riesgo físico frente a superioridad moral.

The New Yorker ha señalado precisamente que Landman establece relativamente poca distancia entre Tommy y la propia narración. El personaje puede parecer, en determinados momentos, un portavoz de las preocupaciones políticas de Sheridan. (newyorker.com)

En la segunda temporada, esta dimensión cultural se hizo todavía más explícita. La serie abordó debates sobre feminismo, medios de comunicación, género y política desde posiciones claramente alejadas del consenso progresista dominante en Hollywood.

Billy Bob Thornton ha rechazado, sin embargo, que Sheridan sea simplemente un creador de extrema derecha. El actor ha defendido que Landman intenta representar una realidad industrial específica y que mostrarla no implica necesariamente apoyar todas las opiniones de sus personajes. (independent.co.uk)

La distinción importa.

Pero también importa observar qué personajes aparecen como competentes y cuáles como ingenuos.

Ahí es donde la ficción transmite valores sin necesidad de realizar propaganda directa.

The Terminal List: cuando el sistema traiciona al soldado

Otra serie especialmente interesante es The Terminal List y su universo derivado, The Terminal List: Dark Wolf.

Aquí encontramos un imaginario extremadamente compatible con una parte del conservadurismo estadounidense contemporáneo.

Soldados de élite.

Armas.

Patriotismo.

Hermandad masculina.

Capacidad individual.

Sacrificio.

Desconfianza hacia políticos.

Desconfianza hacia altos funcionarios.

Desconfianza hacia agencias gubernamentales.

La idea fundamental es recurrente:

quienes realizan los trabajos más peligrosos son utilizados por personas poderosas que nunca asumirán personalmente las consecuencias.

Este sentimiento conecta directamente con una de las bases emocionales de MAGA.

No necesariamente:

“El Estado debe desaparecer”.

Sino:

“el Estado ha sido capturado por personas que ya no representan a quienes sostienen el país”.

Pero tampoco sería correcto describir Dark Wolf como propaganda política.

Una crítica de Forbes señalaba precisamente que la serie evita profundizar demasiado en las implicaciones políticas de los conflictos que representa. Funciona fundamentalmente como thriller militar y de espionaje. (forbes.com)

Eso demuestra algo fundamental:

una serie puede reproducir emociones políticas conservadoras sin convertirse explícitamente en una serie política.

Lioness: patriotismo y realismo geopolítico

Lioness representa otra dimensión del mismo fenómeno.

Aquí Taylor Sheridan abandona el rancho y entra directamente en las estructuras de poder estadounidense.

CIA.

Pentágono.

Operaciones clandestinas.

Terrorismo.

China.

Rusia.

Ucrania.

Espionaje.

La serie parte de una premisa muy clara: Estados Unidos tiene enemigos reales y necesita personas capaces de combatirlos.

Las instituciones pueden ser imperfectas.

Los políticos pueden equivocarse.

La CIA puede cometer abusos.

Pero alguien tiene que proteger el país.

Esta concepción se aproxima mucho al realismo geopolítico estadounidense.

El mundo no está organizado fundamentalmente mediante cooperación.

Está organizado mediante poder.

Los Estados compiten.

Los servicios secretos infiltran.

La información se utiliza como arma.

Las grandes potencias intentan explotar las debilidades internas de sus adversarios.

Esto coincide con determinados aspectos del discurso MAGA, especialmente su visión de China como competidor estratégico y su preocupación por la decadencia interna de Estados Unidos.

Pero existen diferencias importantes.

Lioness continúa defendiendo un aparato de seguridad nacional fuerte y operaciones estadounidenses en el exterior.

Eso la distancia del aislacionismo existente en una parte del movimiento trumpista.

De nuevo:

afinidad cultural no significa identidad ideológica completa.

The Pendragon Cycle: cuando la alternativa conservadora crea sus propias series

Existe otro fenómeno aún más interesante.

Durante años, la estrategia cultural de muchos conservadores estadounidenses consistió fundamentalmente en criticar Hollywood.

Ahora algunos están construyendo alternativas.

El ejemplo más evidente es DailyWire+.

Su serie The Pendragon Cycle: Rise of the Merlin adapta las novelas de Stephen R. Lawhead y presenta un universo de inspiración artúrica donde aparecen temas como cristianismo, sacrificio, masculinidad, civilización y liderazgo.

Aquí la dimensión ideológica no necesita ser inferida del mismo modo que en Yellowstone.

Daily Wire es explícitamente una compañía mediática conservadora.

Los siete episodios de The Pendragon Cycle están disponibles en su plataforma. (dailywire.com)

La importancia cultural de este proyecto va mucho más allá de una serie concreta.

Representa una nueva estrategia:

si Hollywood no produce suficientes historias conservadoras, crearemos otro Hollywood.

La batalla política deja entonces de limitarse a elecciones, periódicos o redes sociales.

Pasa a desarrollarse también mediante ficción.

House of David y la infraestructura cultural conservadora

Algo parecido ocurre alrededor de la ficción religiosa.

House of David demuestra que las historias bíblicas pueden volver a convertirse en producciones audiovisuales masivas.

Pero lo más interesante se encuentra detrás de las cámaras.

The Wall Street Journal informó en 2025 de la implicación del influyente activista conservador Leonard Leo en inversiones destinadas a desarrollar una infraestructura cultural alternativa, incluyendo apoyo al estudio Wonder Project, vinculado a House of David. (wsj.com)

Leo comprendió algo que durante décadas había sido mucho más habitual en sectores progresistas:

la política comienza antes de que una persona entre en una cabina electoral.

Comienza con aquello que considera normal.

Con sus héroes.

Con las familias que admira.

Con sus ideas sobre el éxito.

Con quién considera víctima.

Con quién considera responsable.

Con aquello que interpreta como justo.

Por eso invertir en entretenimiento puede tener efectos culturales más profundos que financiar directamente una campaña electoral.

Shifting Gears: política sin hablar de política

El caso de Shifting Gears, protagonizada por Tim Allen, demuestra todavía mejor cómo funciona esta transformación.

La serie gira alrededor de un viudo propietario de un taller de restauración de automóviles cuya hija vuelve a vivir con él junto con sus hijos.

La estructura parece completamente apolítica.

Pero contiene muchos elementos culturalmente conservadores:

familia,

paternidad,

trabajo manual,

automóviles,

choque generacional,

masculinidad tradicional,

responsabilidad individual.

WIRED la incluyó precisamente entre los ejemplos de la nueva recalibración conservadora de la televisión estadounidense y destacó su éxito de audiencia. (wired.com)

No hace falta que un personaje diga:

“Vote Republican”.

Culturalmente puede ser mucho más eficaz presentar una forma de vida concreta como agradable, digna y deseable.

Duck Dynasty y el regreso de los valores tradicionales

El regreso de Duck Dynasty funciona de manera parecida.

Familia numerosa.

Cristianismo.

Caza.

Negocio familiar.

Matrimonio.

Vida rural.

Humor conservador.

No es necesario convertir cada episodio en un debate político.

La propia representación de esas prioridades ya constituye una intervención cultural.

Algo similar ocurre con programas como Farmer Wants a Wife, donde matrimonio, hijos, ruralidad y permanencia aparecen como aspiraciones legítimas en una cultura televisiva que durante años estuvo mucho más centrada en individualismo, sexualidad y vida urbana.

WIRED identificaba precisamente esta combinación de granjeros, familias tradicionales, religión y “law and order” como uno de los síntomas del cambio cultural que estaba experimentando la televisión estadounidense. (wired.com)

El verdadero poder no está en decir “Trump tiene razón”

Ésta probablemente sea la cuestión más importante.

Una serie abiertamente propagandística tiene una capacidad limitada para convencer.

Si cada personaje positivo apoyara a Donald Trump y cada personaje negativo fuera progresista, el resultado sería previsible.

Quien ya estuviera convencido disfrutaría.

Quien no lo estuviera desconectaría.

La ficción culturalmente poderosa funciona de otra manera.

Construye personajes atractivos.

Hace que confiemos en ellos.

Nos muestra sus habilidades.

Después les permite interpretar el mundo.

Tommy Norris puede pasar varios episodios solucionando problemas reales antes de explicar por qué considera ingenuos determinados argumentos sobre energía.

Cuando finalmente habla, el espectador ya lo considera competente.

Ésta es la diferencia entre argumento político y construcción cultural.

La pregunta fundamental no es:

¿qué idea expresa la serie?

La pregunta es:

¿a quién ha enseñado la serie al espectador a considerar inteligente?

La figura del hombre competente

Muchas de estas producciones comparten además un arquetipo extraordinariamente poderoso:

el hombre competente.

John Dutton sabe administrar un rancho.

Tommy Norris comprende un pozo petrolífero.

Jack Reacher puede evaluar una amenaza.

Los protagonistas de The Terminal List saben combatir.

Los operadores de Lioness saben sobrevivir.

No necesitan demasiadas instituciones.

Y frecuentemente esas instituciones son precisamente lo que les impide solucionar el problema.

Esta figura conecta extraordinariamente bien con el imaginario populista.

Experiencia frente a títulos.

Trabajo frente a discurso.

Capacidad frente a burocracia.

Resultados frente a procedimientos.

Pero ahí existe también un peligro político.

Las instituciones democráticas están construidas precisamente para impedir que una persona pueda decir simplemente:

“Yo sé mejor que las reglas lo que debe hacerse”.

El héroe competente puede convertirse fácilmente en fantasía autoritaria.

Del conflicto económico a la guerra cultural

Existe además una transformación significativa respecto al conservadurismo tradicional.

El protagonista contemporáneo de estas series no suele ser un empresario neoliberal que celebra mercados globales.

Es más probable que sea un trabajador, ranchero, soldado o técnico que considera que las élites económicas y culturales se han beneficiado de la globalización mientras él asumía sus costes.

Esto aproxima el nuevo entretenimiento conservador al populismo de Trump.

La división fundamental deja de ser exclusivamente:

capitalismo contra socialismo.

Se transforma en:

élite contra pueblo.

ciudad contra territorio.

experto contra trabajador.

globalización contra comunidad.

burocracia contra capacidad.

progresismo cultural contra tradición.

Ésa es una parte esencial de la evolución de la derecha estadounidense.

¿Hollywood se está haciendo MAGA?

Probablemente sería exagerado afirmarlo.

La industria continúa produciendo enormes cantidades de contenido progresista, liberal y políticamente ambiguo.

Además, algunos de los mayores éxitos recientes han tenido repartos diversos y posiciones culturales completamente alejadas del conservadurismo.

La propia WIRED advertía que vincular estrategias creativas demasiado estrechamente a un momento político podía convertirse en una decisión empresarial arriesgada, especialmente teniendo en cuenta la composición demográfica de las audiencias jóvenes. (wired.com)

Pero sí parece estar produciéndose algo diferente:

Hollywood ha descubierto que representar valores conservadores ya no significa necesariamente producir contenido para un nicho.

Puede significar construir uno de los mayores éxitos de la televisión.

Yellowstone lo demostró.

Landman lo confirmó.

Y diferentes productoras están explorando ese espacio.

Una batalla por decidir qué significa “normal”

Éste es finalmente el aspecto más importante de la denominada televisión MAGA.

La política cultural rara vez consiste únicamente en convencer a alguien para que vote a un candidato.

Consiste en definir la normalidad.

¿Es normal querer tener cuatro hijos?

¿Es admirable trabajar en un campo petrolífero?

¿Puede un cowboy poseer conocimientos que un académico desconoce?

¿Debe un país sentirse orgulloso de sus Fuerzas Armadas?

¿Puede la masculinidad tradicional representarse como algo positivo?

¿Puede una familia religiosa aparecer sin convertirse automáticamente en caricatura?

¿Puede desconfiarse del Gobierno sin que el personaje sea presentado como un lunático?

¿Puede una mujer elegir voluntariamente una vida familiar tradicional?

Durante años, una parte importante de la derecha estadounidense consideró que Hollywood respondía negativamente a demasiadas de estas preguntas.

La transformación actual consiste en volver a responder:

sí.

Y ahí se encuentra probablemente la influencia cultural más profunda del momento MAGA sobre la televisión estadounidense.

No necesariamente en llenar las series de consignas políticas.

Sino en modificar lentamente quién puede ser un héroe.

Qué profesiones merecen respeto.

Qué familias aparecen como deseables.

Qué instituciones provocan desconfianza.

Qué valores reciben prestigio.

Y qué forma de entender Estados Unidos puede volver a ocupar el centro de una historia.

La batalla cultural de la televisión estadounidense ya no consiste simplemente en determinar si una serie es de izquierdas o de derechas.

Consiste en algo mucho más profundo:

decidir qué tipo de vida merece ser presentada como una buena vida.

Yo las ordenaría así, de mayor a menor proximidad temática al universo MAGA:

SerieAfinidad aproximadaQué comparte con el discurso MAGA
Landman🔴🔴🔴🔴🔴Petróleo, antiambientalismo, antiélite, masculinidad, crítica cultural
The Pendragon Cycle🔴🔴🔴🔴🔴Producción conservadora explícita, cristianismo, civilización occidental
The Terminal List / Dark Wolf🔴🔴🔴🔴Ejército, armas, patriotismo, desconfianza del Gobierno y burocracia
Yellowstone y su universo🔴🔴🔴🔴Propiedad, tierra, familia, antiurbanismo, élites, tradición
Duck Dynasty: The Revival🔴🔴🔴Religión, familia tradicional, ruralidad, identidad cultural
Shifting Gears🔴🔴🔴Clase trabajadora, hombre tradicional, familia, choque generacional
Reacher🔴🔴Justicia individual, masculinidad, desconfianza institucional; pero políticamente mucho más ambiguo

1. Landman: probablemente la más cercana actualmente

Después de Lioness, es probablemente Landman donde Taylor Sheridan deja más visible una sensibilidad compatible con el conservadurismo trumpista actual.

Tommy Norris, interpretado por Billy Bob Thornton, expresa continuamente una visión según la cual Estados Unidos funciona gracias a gente que realiza trabajos físicos que las élites urbanas desprecian. El petróleo no aparece principalmente como problema climático, sino como infraestructura indispensable de la civilización moderna.

La serie contrapone repetidamente:

  • trabajadores petroleros frente a activistas;
  • experiencia práctica frente a teoría;
  • Texas frente a las élites costeras;
  • producción frente a burocracia;
  • petróleo frente a discursos sobre transición energética;
  • masculinidad tradicional frente a ciertos códigos culturales progresistas.

The New Yorker señaló que Landman apenas establece distancia entre Tommy y algunos de sus discursos, hasta el punto de que puede parecer portavoz de Sheridan. El personaje desconfía de las noticias, del Gobierno y de buena parte del discurso ambientalista.

En la segunda temporada llegó además una burla bastante explícita contra The View, Donald Trump y determinados discursos feministas, reforzando todavía más su recepción como producto cultural “anti-woke”.

Aquí sí hablaría de una fuerte compatibilidad con el ecosistema discursivo MAGA.

No porque Tommy lleve una gorra de Trump.

Sino porque reproduce una estructura argumental muy semejante:

“Las élites que nos critican dependen del trabajo que nosotros hacemos y no comprenden cómo funciona el mundo real”.

Ésa es prácticamente una de las grandes narrativas del populismo trumpista.


2. The Pendragon Cycle: Rise of the Merlin: aquí el componente ideológico es mucho más explícito

Este caso es diferente porque no estamos interpretando únicamente subtexto.

Está producida por DailyWire+, plataforma creada precisamente como alternativa cultural conservadora a Hollywood.

La serie adapta las novelas cristianas de Stephen R. Lawhead y plantea el nacimiento de la civilización británica a través de cristianismo, liderazgo, masculinidad y misión.

El propio Jeremy Boreing, cofundador de Daily Wire y productor de la serie, explicó que una de sus preguntas centrales era:

qué significa ser hombre, tener una misión y creer en Dios y Cristo en una sociedad que no acepta esas creencias.

Los siete episodios estaban ya disponibles en marzo de 2026.

Aquí sí existe un proyecto cultural deliberado.

Incluso medios españoles han descrito The Pendragon Cycle como uno de los intentos más directos de construir una ficción épica conservadora y anti-woke capaz de competir con la televisión mainstream.

Es posiblemente el ejemplo más claro de algo nuevo:

la derecha estadounidense ya no quiere solamente criticar Hollywood; quiere construir su propio Hollywood.


3. The Terminal List y The Terminal List: Dark Wolf

Aquí entramos nuevamente en un espacio más ambiguo pero muy interesante.

El universo creado a partir de las novelas del ex-SEAL Jack Carr posee muchas características que conectan perfectamente con audiencias conservadoras:

militarismo,

patriotismo,

hermandad masculina,

armas,

autosuficiencia,

desconfianza hacia políticos,

desconfianza hacia altos mandos,

desconfianza hacia la CIA,

desconfianza hacia las grandes empresas,

y la idea recurrente de que el hombre competente debe actuar cuando las instituciones fracasan.

Esta última idea es fundamental.

TV Guide resumió muy bien la filosofía de Dark Wolf: sus operadores confían principalmente unos en otros y muestran un profundo desprecio por burócratas que utilizan a soldados como piezas en juegos políticos.

Es casi la misma estructura emocional que encontramos en MAGA:

el sistema está corrupto; quienes realmente sostienen el país son utilizados por él.

Pero hay una diferencia importante con Landman.

Dark Wolf es menos ideológicamente explícita.

Incluso una crítica favorable de Forbes observó que la serie funciona básicamente como un Call of Duty televisivo y evita entrar demasiado profundamente en las implicaciones políticas de los conflictos que representa.

Por tanto:

alta afinidad cultural, menor propaganda política directa.


4. Yellowstone y el universo Sheridan

Aunque Yellowstone terminó en diciembre de 2024, su universo cultural continúa siendo fundamental para entender este fenómeno.

De hecho, posiblemente fue la serie que demostró a Hollywood que existía una enorme audiencia conservadora insuficientemente atendida.

La literatura académica ya estudia Yellowstone como ejemplo de “red-state television”: parentesco, propiedad, tierra, lealtad y defensa de una forma de vida amenazada por el progreso económico.

Y los paralelismos con MAGA son evidentes:

América rural frente a América urbana.

Productores frente a élites.

Territorio frente a globalización.

Familia frente a individualismo.

Tradición frente a progreso.

Propiedad frente a Gobierno.

Experiencia práctica frente a expertos.

Un análisis reciente de El País vinculaba directamente el “universo Yellowstone” con determinados aspectos del trumpismo: prioridad del legado familiar, hostilidad hacia élites urbanas, desconfianza del Gobierno federal y resentimiento frente a determinados cambios derivados de la globalización.

Pero hay que repetir la matización del artículo anterior:

Yellowstone no es propaganda MAGA.

Tiene demasiadas contradicciones.

Reconoce la expropiación indígena.

Ataca las grandes corporaciones.

Defiende determinados valores ecologistas.

Presenta al propio John Dutton como profundamente corrupto.

Precisamente por eso tuvo mucho más éxito cultural que una serie abiertamente partidista.


5. Duck Dynasty: The Revival

Aquí pasamos de ficción a reality.

Duck Dynasty: The Revival regresó en 2025 y su segunda temporada se estrenó en marzo de 2026.

Representa otra dimensión del fenómeno.

No necesitas hablar constantemente de Donald Trump para reforzar determinadas ideas culturales:

familia extensa,

cristianismo,

matrimonio,

ruralidad,

armas y caza,

emprendimiento,

patriotismo,

roles familiares relativamente tradicionales.

Un análisis de Salon situaba precisamente Duck Dynasty: The Revival dentro de una nueva oleada de televisión estadounidense con inclinación conservadora.

Esto es importante porque MAGA no es solamente una ideología política.

También funciona como identidad cultural.

La división puede representarse como:

Nueva York / Los Ángeles
vs.
Texas / Louisiana / Montana.

Universidad
vs.
oficio.

Cosmopolitismo
vs.
comunidad.

Instituciones
vs.
familia.

En ese terreno, Duck Dynasty tiene una afinidad enorme.


6. Shifting Gears, con Tim Allen

Ésta es mucho más suave.

Shifting Gears está protagonizada por Tim Allen como propietario de un taller de restauración de automóviles que acaba viviendo nuevamente con su hija y sus nietos.

Taller.

Coches.

Trabajo manual.

Padre tradicional.

Conflicto generacional.

Familia.

Es casi una destilación amable del imaginario cultural conservador.

Salon la ha incluido entre los ejemplos actuales de televisión con inclinación conservadora.

Pero aquí hay que ser especialmente cuidadosos.

La serie evita deliberadamente decir qué ideología política tiene el personaje.

El propio Tim Allen explicó en enero de 2026 que se había decidido mantener las posiciones políticas de Matt deliberadamente ambiguas.

Por tanto, no diría:

“Shifting Gears es MAGA”.

Diría:

“Normaliza un universo cultural que también forma parte de la coalición cultural MAGA”.

Es diferente.


7. Reacher: parece MAGA mucho más de lo que realmente lo es

Este es uno de los casos más interesantes.

Reacher tiene prácticamente todos los elementos superficiales:

un hombre enorme;

exmilitar;

autosuficiente;

desprecio por burocracias;

desconfianza hacia instituciones;

violencia directa;

justicia personal;

poco interés por códigos sociales;

protección del débil;

y una filosofía parecida a:

“cuando los malos aparecen, alguien tiene que detenerlos”.

La cuarta temporada está actualmente en emisión en septiembre de 2026.

Es muy fácil interpretar eso como fantasía conservadora.

Pero aquí hay un dato decisivo.

Lee Child, creador de Jack Reacher, ha dicho explícitamente que Reacher estaría en contra de muchas políticas de Trump porque las consideraría crueles.

Esto demuestra perfectamente la distinción que comentábamos anteriormente.

Una obra puede contener:

masculinidad,

armas,

individualismo,

violencia,

patriotismo,

desconfianza gubernamental

y atraer a una audiencia conservadora,

sin ser necesariamente MAGA.


Y hay otro fenómeno todavía más importante: una infraestructura cultural conservadora

Ésta quizá sea la transformación más interesante.

No estamos viendo únicamente series conservadoras.

Estamos viendo la creación de instituciones capaces de financiarlas.

Por ejemplo, el poderoso activista jurídico conservador Leonard Leo está vinculado a inversiones destinadas a construir una infraestructura cultural alternativa. The Wall Street Journal informó sobre su apoyo al estudio Wonder Project, responsable de House of David, dentro de una estrategia más amplia para financiar entretenimiento asociado a valores conservadores.

Eso no convierte automáticamente a House of David en propaganda MAGA.

La serie es fundamentalmente una épica bíblica y sus responsables han insistido en que quieren alcanzar públicos mucho más amplios que el estrictamente religioso.

Pero sí significa algo importante:

el conservadurismo estadounidense está aprendiendo a tratar el entretenimiento como infraestructura cultural.

Durante décadas, una crítica habitual de la derecha estadounidense era:

“Hollywood es progresista”.

La respuesta emergente ya no es únicamente protestar.

Es:

financiemos nuestras propias series.


El verdadero cambio no es que aparezcan personajes con gorras MAGA

De hecho, eso probablemente sería culturalmente mucho menos eficaz.

La transformación más importante es más sutil.

Series como Landman, Yellowstone, The Terminal List o incluso Reacher normalizan personajes para quienes determinadas afirmaciones resultan intuitivas:

los expertos pueden equivocarse.

el Gobierno puede ser incompetente.

las élites no comprenden cómo vive la mayoría.

la masculinidad puede ser una virtud.

las armas pueden ser herramientas legítimas.

la violencia puede ser necesaria.

la familia proporciona obligaciones que están por encima del individuo.

la producción energética importa más de lo que reconocen las élites urbanas.

las ciudades no representan necesariamente el futuro deseable.

el trabajador manual puede comprender el mundo mejor que el graduado universitario.

Estados Unidos tiene enemigos reales.

la nación necesita personas capaces de utilizar la fuerza.

Ninguna de esas ideas pertenece exclusivamente a MAGA.

Pero su combinación forma una parte importante de su imaginario cultural.


Por eso Landman es mucho más relevante políticamente que una serie explícitamente trumpista

Una ficción que mostrase constantemente:

“Trump tiene razón”

probablemente convencería únicamente a quien ya estuviese convencido.

Landman hace algo culturalmente bastante más potente.

Presenta a Tommy como inteligente, competente y experimentado.

Después le permite explicar durante varios minutos por qué determinados argumentos progresistas sobre energía son ingenuos.

El espectador puede no recordar las cifras.

Pero recuerda quién parecía conocer el mundo real.

Ahí está la verdadera influencia ideológica de la ficción.

No necesariamente en convencerte de una política concreta.

Sino en decidir:

¿quién parece razonable?

¿quién parece ingenuo?

¿quién sabe cómo funciona realmente el mundo?

Y desde ese punto de vista, sí existe actualmente una familia de ficciones que ayuda a legitimar parte del lenguaje cultural sobre el que se sostiene MAGA, aunque haya diferencias enormes entre Landman, Reacher o The Pendragon Cycle.

Si tuviera que escoger las tres más interesantes para continuar el análisis después de Lioness serían: Landman, porque es la más explícita culturalmente; The Terminal List / Dark Wolf, porque representa la vertiente militar y antiinstitucional; y The Pendragon Cycle, porque permite estudiar algo todavía más nuevo: la creación consciente de una industria audiovisual conservadora alternativa a Hollywood.


Merece ser compartido: