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Cómo surgieron los insultos “Perro Sanxe” y “Dirty Sánchez”

Merece ser compartido:

En política, no siempre gana quien evita el golpe. A veces gana quien lo absorbe, lo resignifica y lo devuelve transformado. Eso es, en buena medida, lo que ocurrió con el apodo “Perro Sánchez”, nacido como burla en entornos digitales y políticos adversarios, y convertido después en un recurso de comunicación útil para Pedro Sánchez y el PSOE. Durante la campaña de las elecciones generales de julio de 2023, ese mote dejó de ser solo un insulto y pasó a funcionar como un símbolo reconocible, viral y hasta movilizador.

La clave estuvo en no responder desde la ofensa, sino desde la apropiación. En vez de combatir el término como si fuese únicamente un ataque, el entorno socialista entendió que ya circulaba con demasiada fuerza en redes y conversación pública como para ignorarlo. Cuando un apodo hostil logra instalarse, intentar borrarlo suele reforzarlo. Lo que hizo Sánchez, en términos de comunicación política, fue algo parecido a un “judo discursivo”: usar la fuerza del adversario para reducir su capacidad de daño y convertirla en visibilidad propia. Ese mecanismo fue señalado en varios análisis periodísticos sobre la campaña del 23-J y volvió a aparecer en 2024, cuando El País describió una lógica similar en la reutilización de otros lemas despectivos contra el PSOE.

El paso decisivo fue llevar esa resignificación del meme al terreno material y partidario. Tras las elecciones del 23 de julio de 2023, el PSOE puso a la venta camisetas, chapas y pegatinas con el lema “Perro Sanxe”, asumiendo abiertamente el término y explotándolo como marca política y cultural. La operación fue tan visible que distintos medios informaron del tirón comercial del merchandising e incluso del colapso de la tienda online socialista por la demanda. Más tarde, en mayo de 2024, trascendió además que el PSOE había intentado registrar la marca “Perro Sanxe”, lo que muestra que no se trató de una ocurrencia puntual, sino de una estrategia con vocación de continuidad.

¿Por qué le funcionó? Porque “Perro Sánchez” reunía varias condiciones muy útiles para el ecosistema digital actual. Era breve, reconocible, memético y emocional. Servía para polarizar, sí, pero también para cohesionar a los propios. Al apropiárselo, Sánchez lograba varias cosas a la vez: debilitaba el filo del insulto, transmitía resistencia, se mostraba capaz de sobrevivir al ataque constante y conectaba con una estética política más informal, más propia de internet y menos solemne que la comunicación institucional clásica. Lo que había nacido para caricaturizarlo acabó ayudando a construir un personaje político endurecido, resistente y hasta irónico frente a la hostilidad.

También hubo un elemento de oportunidad. Sánchez llegaba a esa campaña muy cuestionado, con un desgaste acumulado y con una oposición que había personalizado mucho el ataque en su figura. En ese contexto, aceptar el marco de que “esto va de Sánchez” podía ser arriesgado, pero también rentable si lograba activar a su electorado. En el cierre de campaña del 23-J, el propio presidente asumió de forma explícita esa hiperpersonalización al plantear la elección como una disyuntiva entre él y un gobierno apoyado por la derecha y la ultraderecha. Ese movimiento encajaba con la lógica de convertir un apodo ofensivo en una insignia de combate.

En el fondo, la operación “Perro Sánchez” dice mucho sobre la política contemporánea. Ya no basta con tener un buen mensaje: hay que saber moverse en una esfera pública donde los memes, los insultos, los motes y las identidades virales compiten con los argumentos tradicionales. Sánchez no inventó esa lógica, pero sí supo aprovecharla. Transformó un intento de degradación en una prueba de resistencia y convirtió un apodo despectivo en una herramienta de notoriedad, movilización y relato. Lo que pretendía rebajarlo terminó reforzando una de las ideas que más ha cultivado sobre sí mismo: que, cuanto más lo atacan, más capaz es de sobrevivir políticamente.

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Dirty Sánchez, del insulto al símbolo en la política-meme

En la política contemporánea, los insultos ya no circulan solo como agresiones. También funcionan como piezas de identidad, combustible algorítmico y, a veces, materia prima para construir un símbolo. Eso explica por qué expresiones degradantes dirigidas contra Pedro Sánchez han acabado teniendo una vida pública mucho más compleja de lo que buscaban sus autores. Lo que nace como burla puede terminar convertido en marca, en guiño de resistencia o en prueba de que el insultado ha conseguido dominar el marco narrativo. En España, ese proceso se vio primero con “Perro Sanxe”, y más recientemente ha vuelto a plantearse con “Dirty Sánchez”, la expresión usada por Elon Musk en febrero de 2026.

El caso de “Dirty Sánchez” es especialmente significativo porque no se trata de un simple adjetivo ofensivo. Según la cobertura de El País en inglés y otros medios que recogieron el episodio, Musk llamó a Pedro Sánchez “Dirty Sánchez” al reaccionar contra la propuesta del Gobierno español de reforzar la protección de menores en redes sociales. El término, en inglés, no equivale solo a “Sánchez sucio”, sino que arrastra una connotación sexual y escatológica muy vulgar. Precisamente por eso el insulto buscaba humillar, degradar y viralizarse al mismo tiempo.

Sin embargo, en el ecosistema digital actual un insulto muy visible rara vez se queda quieto. Cuando una expresión ofensiva se repite mucho, empieza a separarse parcialmente de su intención original y entra en otro circuito: el de la ironía, la remezcla y la reapropiación. Eso ya había ocurrido con “Perro Sanxe”, un mote usado durante años por sectores de la derecha y la extrema derecha, que terminó siendo resignificado durante la campaña de las generales de 2023. La investigación académica sobre memes y propaganda en las elecciones de 2023 describe precisamente ese proceso de resignificación: lo que había empezado como ataque acabó reutilizado como herramienta de humanización y movilización política.

Ahí está la clave para entender cómo un insulto puede transformarse en símbolo. No porque deje de ser ofensivo, sino porque pierde el monopolio de su significado. Cuando un adversario bautiza a un líder con un apodo despectivo, intenta fijarlo en una posición de ridículo. Pero si ese líder, su entorno o su electorado consiguen reapropiarse de la etiqueta, el insulto deja de ser solo un arma externa y pasa a convertirse en una señal de pertenencia. Con “Perro Sanxe” eso se vio con claridad: el apodo fue asumido por simpatizantes, circuló como meme favorable y hasta fue reforzado por el propio Sánchez con un mensaje en el Día Mundial del Perro, en plena campaña de julio de 2023.

En ese sentido, “Dirty Sánchez” no ha alcanzado todavía el mismo nivel de apropiación pública y organizada que “Perro Sanxe”, pero sí encaja en la misma lógica de fondo. Cuanto más grotesco y exagerado es el insulto, más fácil puede resultar que parte de la opinión pública lo perciba como una sobreactuación del agresor. Y cuando eso ocurre, el foco deja de estar solo en la supuesta suciedad moral del insultado y pasa también a la violencia verbal del atacante. Con Musk, eso fue evidente: el episodio se leyó no solo como un ataque a Sánchez, sino como otra muestra del choque entre grandes plataformas digitales y los intentos europeos de regularlas.

Por eso la transformación simbólica no consiste necesariamente en imprimir camisetas al día siguiente ni en adoptar literalmente el insulto. A veces basta con que la palabra deje de dañar como estaba previsto. En ese momento, el término cambia de función: ya no es solo una descalificación, sino también un síntoma de polarización, una pieza del espectáculo político y una demostración de que el líder atacado ocupa el centro del tablero. Eso fue exactamente lo que ocurrió con “Perro Sanxe”, y es el marco en el que “Dirty Sánchez” empieza a leerse: no solo como un insulto grosero, sino como un episodio más de una batalla por el lenguaje, la atención y el relato político.

Al final, lo relevante no es solo qué significa el insulto, sino quién consigue fijar su sentido público. En la era de los memes, los motes ya no son piezas estables. Pueden nacer como desprecio y terminar como contraseña identitaria. Pueden buscar humillar y acabar reforzando la imagen de resistencia del objetivo. Y pueden revelar algo más profundo sobre la política actual: que hoy se disputa el poder también en el terreno del lenguaje viral, donde un apodo ofensivo puede mutar, circular y convertirse, casi sin pedir permiso, en símbolo.

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Reapropiación o reclamación lingüística del insulto

El fenómeno se llama, sobre todo, reapropiación o reclamación lingüística del insulto. En inglés suele aparecer como reappropriation o slur reclamation. Consiste en que la persona o el grupo que recibe una etiqueta ofensiva la toma, la reutiliza y le cambia parcial o totalmente el sentido: de arma de humillación pasa a emblema, contraseña identitaria o incluso motivo de orgullo.

No es solo un cambio de tono. También es un cambio de poder. Un insulto funciona porque quien lo lanza intenta definir al otro desde fuera, colocarlo en una posición inferior y fijar públicamente esa imagen. La reapropiación rompe ese mecanismo porque el destinatario ya no acepta el significado impuesto y empieza a usar esa palabra en sus propios términos. Varios trabajos sobre el tema describen precisamente esa idea de “tomar el control” del lenguaje como una forma de resistencia social y simbólica.

Desde la lingüística, además, este proceso puede entenderse como una forma de resignificación y de amelioración semántica, es decir, un desplazamiento del significado de una palabra hacia un valor menos negativo, neutral o incluso positivo. Robin Brontsema, una autora muy citada en este campo, distinguió tres posibles resultados: la inversión de valor cuando el término pasa de peyorativo a positivo; la neutralización cuando pierde parte de su carga ofensiva; y la explotación del estigma cuando conserva algo de esa herida histórica, pero se usa de forma consciente como recordatorio y gesto de desafío.

Por eso no todos los casos son iguales. A veces la palabra se vuelve una auténtica bandera. Otras veces no llega a ser positiva, pero sí queda desactivada en parte. En algunos contextos se usa con ironía, con complicidad interna o como señal de resiliencia. La investigación reciente también subraya que esta reapropiación no borra automáticamente el daño histórico del término: muchas palabras siguen siendo conflictivas, y su uso puede ser aceptable dentro del grupo afectado pero ofensivo cuando lo hace alguien de fuera.

También conviene distinguir entre reapropiación genuina y simple viralización. Para que haya reclamación lingüística en sentido fuerte no basta con que el insulto se haga famoso. Tiene que haber una apropiación activa por parte de quienes eran el blanco del ataque. Es decir, no se trata solo de repetir la palabra, sino de convertirla en herramienta de autoafirmación, cohesión o protesta. Ese matiz es importante porque muchos motes políticos se vuelven visibles, pero no todos llegan a resignificarse de verdad.

En el fondo, este fenómeno muestra algo muy interesante: que el lenguaje no es solo un espejo de la realidad, sino también un campo de disputa. Quien nombra, clasifica. Pero quien reapropia, desafía esa clasificación. Por eso, cuando un insulto se vuelve insignia, no estamos viendo solo un juego verbal. Estamos viendo una lucha por el significado, por la identidad y por el derecho a definirse a uno mismo.

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Referencias

  1. EL PAÍS — ‘Perro sanxe’ inmortal, el pucherazo de Correos y Ayuso como Judas: los memes ganaron tras el 23J
    Descripción del enlace: análisis sobre cómo el meme “Perro Sanxe” se consolidó en la conversación digital tras las elecciones generales del 23 de julio de 2023 y cómo pasó de insulto a símbolo político.
    URL completa: https://elpais.com/tecnologia/2023-07-29/perro-sanxe-inmortal-el-pucherazo-de-correos-y-ayuso-como-judas-los-memes-ganaron-tras-el-23j.html
  2. EL PAÍS — Y Pedro Sánchez quiso volver a ser ‘Perro’ tras la pájara de abril
    Descripción del enlace: reportaje que explica cómo el apodo “Perro Sanxe” terminó funcionando como un lema movilizador para Pedro Sánchez y su electorado, y cómo esa imagen de resistencia siguió siendo útil después.
    URL completa: https://elpais.com/espana/2025-04-24/y-pedro-sanchez-quiso-volver-a-ser-perro-tras-la-pajara-de-abril.html
  3. EL PAÍS — “¿Os apetece daros el gustazo de ganar a Feijóo y Abascal…?” Sánchez resucita el espíritu de la remontada
    Descripción del enlace: pieza que vincula la estrategia de resignificación de “Perro Sanxe” con otras reapropiaciones políticas posteriores usadas por Sánchez en campaña.
    URL completa: https://elpais.com/espana/2024-06-07/sanchez-resucita-el-espiritu-de-la-remontada-tengo-muy-buenas-vibraciones-para-el-9-j.html
  4. elDiario.es — El PSOE andaluz busca diagnóstico: del castigo al ‘sanchismo’ en las municipales a la hipermovilización socialista del 23J
    Descripción del enlace: artículo sobre cómo la personalización de los ataques contra Pedro Sánchez terminó conviviendo con una fuerte movilización del voto socialista en las generales de 2023.
    URL completa: https://www.eldiario.es/andalucia/psoe-andaluz-busca-diagnostico-castigo-sanchismo-municipales-hipermovilizacion-socialista-23j_1_10406530.html
  5. THE OBJECTIVE — Sánchez y el PSOE, en el día del perro
    Descripción del enlace: artículo de contexto sobre la fase final de la campaña de 2023 y la vuelta comunicativa que dio el PSOE a la etiqueta “Perro Sanxe”.
    URL completa: https://theobjective.com/espana/2023-07-21/sanchez-psoe-perro-sanxe/
  6. THE OBJECTIVE — El PSOE consigue registrar la marca ‘Perro Sanxe’ y tendrá exclusividad en su uso
    Descripción del enlace: información sobre el registro de la marca “Perro Sanxe” por parte del PSOE, muestra de que el término pasó de ataque externo a activo político propio.
    URL completa: https://theobjective.com/espana/politica/2024-12-16/psoe-registra-marca-perro-sanxe/
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Cuando el insulto cambia de dueño: ejemplos en la política internacional, la historia y la cultura

Hay palabras que nacen para rebajar, ridiculizar o aislar. Sin embargo, algunas no terminan cumpliendo del todo esa función. A veces, quienes reciben el ataque deciden apropiarse de la etiqueta, darle otro sentido y convertirla en un signo de pertenencia, resistencia o identidad. Ese proceso se conoce como reapropiación o reclamación lingüística. No borra necesariamente la violencia original del término, pero sí altera quién controla su significado público. La literatura académica sobre este fenómeno subraya precisamente esa idea: un insulto deja de ser solo una herida cuando el grupo al que iba dirigido empieza a usarlo en sus propios términos.

En política, este mecanismo tiene una fuerza especial porque el lenguaje no solo describe: clasifica, jerarquiza y organiza alianzas. Poner un mote a un adversario no es un gesto inocente. Es intentar fijarlo en una posición de inferioridad o caricatura. Pero cuando ese apodo se reapropia, el efecto puede invertirse. En vez de degradar, cohesiona. En vez de avergonzar, moviliza. En vez de reducir a una caricatura, crea una insignia. Ese desplazamiento no siempre ocurre, y cuando ocurre no siempre es total, pero la historia ofrece ejemplos muy claros.

Uno de los ejemplos más antiguos y reveladores está en la política británica. Los nombres Whig y Tory, que durante siglos identificaron grandes tradiciones políticas del Reino Unido, no nacieron como nombres neutros ni honorables. Un estudio clásico sobre el origen del lenguaje político inglés recuerda que ambos fueron inicialmente apodos insultantes antes de ser asumidos por quienes designaban. Con el tiempo dejaron de funcionar solo como burla y acabaron convertidos en rótulos partidarios plenamente establecidos. Es un buen recordatorio de que parte del vocabulario político más serio y consolidado empezó siendo despectivo.

Otro caso histórico muy expresivo aparece en la Revolución francesa con el término sans-culottes. La expresión, asociada a las clases populares revolucionarias, tuvo inicialmente usos despectivos vinculados a la falta de la indumentaria refinada de las élites. Pero aquello que apuntaba a una supuesta inferioridad social terminó convirtiéndose en una señal de orgullo plebeyo y radicalismo democrático. El término pasó a nombrar precisamente a quienes querían romper con el orden aristocrático. Aunque el significado no se volvió “amable”, sí se transformó en una identidad política afirmativa.

En la historia del feminismo hay un ejemplo especialmente conocido: suffragette. La Encyclopaedia Britannica y el National Park Service explican que el término comenzó como una etiqueta despectiva usada para minimizar o ridiculizar a las mujeres que exigían el derecho al voto en Gran Bretaña. Sin embargo, parte del movimiento lo asumió y lo convirtió en emblema de combate. La palabra, que había sido creada para empequeñecerlas, terminó asociada a determinación, militancia y cambio histórico. Es un caso muy útil porque muestra que la reapropiación no siempre busca sonar “amable”; a veces busca sonar desafiante.

Fuera del ámbito estrictamente institucional, la cultura ofrece ejemplos muy potentes. Queer, hoy ampliamente usado en activismo, academia y cultura contemporánea, fue durante décadas un insulto dirigido contra personas no heterosexuales o no normativas. Britannica señala que el término fue retomado después por activistas y académicos para nombrar identidades y marcos políticos que cuestionaban las categorías sexuales y de género dominantes. Este caso también muestra un matiz importante: la reapropiación no significa consenso. “Queer” sigue siendo una palabra disputada, y no todas las personas afectadas la viven igual. Pero precisamente por eso es un ejemplo central de cómo un agravio puede convertirse en categoría política y cultural.

En el contexto chino y hongkonés existe otro ejemplo muy estudiado: tongzhi. El término significa literalmente “camarada” y tuvo un uso político convencional en el mundo comunista, pero investigadores como Andrew Wong han documentado cómo activistas de Hong Kong lo reapropiaron para referirse a minorías sexuales, cargándolo de connotaciones de igualdad, respeto y resistencia. Este caso es interesante porque no parte exactamente de un insulto clásico, sino de una palabra política ya existente que cambia de comunidad, tono y función. Sirve para recordar que la reapropiación no solo afecta a slurs evidentes, sino también a etiquetas cargadas ideológicamente que se resignifican en otro campo social.

También hay ejemplos en los que el proceso no lo protagoniza un grupo históricamente oprimido, sino una comunidad política que decide hacer suyo un desprecio externo. En Estados Unidos, la expresión “basket of deplorables”, usada por Hillary Clinton en 2016 para referirse a parte del electorado de Donald Trump, fue rápidamente reapropiada por simpatizantes trumpistas. Reuters documentó cómo algunos seguidores adoptaron el término “deplorable” con orgullo, hasta el punto de organizar actos como el Deploraball. Aquí la lógica no es la misma que en las reapropiaciones ligadas a minorías estigmatizadas, pero sí aparece el mismo mecanismo retórico: la etiqueta ofensiva deja de humillar porque quienes la reciben la convierten en marca de pertenencia.

Hay además casos donde la transformación del insulto en símbolo ocurre en la frontera entre política y cultura nacional. Yankee Doodle nació como burla británica hacia los colonos norteamericanos. Britannica explica que la canción tenía originalmente letras cómicas destinadas a insultarlos, pero con el tiempo fue adoptada por los propios estadounidenses y terminó convirtiéndose en un símbolo patriótico. Aquí no hablamos de un partido o de un movimiento concreto, sino de una colectividad nacional que convierte la caricatura en autoafirmación. Es uno de los ejemplos más claros de cómo la reapropiación puede operar a gran escala simbólica.

Todos estos casos ayudan a distinguir dos cosas que a veces se confunden. La primera es la viralización de un insulto: una palabra se hace famosa, circula mucho y produce ruido. La segunda, más profunda, es la reapropiación efectiva: el grupo al que iba dirigida la incorpora a su propio lenguaje y le cambia la función. No basta con repetir el término; tiene que producirse una inversión, una neutralización parcial o una nueva utilidad identitaria. La bibliografía sobre resignificación insiste en ese punto: no toda repetición desactiva el agravio, y no toda visibilidad convierte una ofensa en bandera.

En el fondo, cuando un insulto se vuelve insignia, lo que cambia no es solo una palabra. Cambia la relación de fuerzas alrededor de esa palabra. El lenguaje deja de ser un instrumento unilateral de humillación y pasa a ser un terreno de disputa. Quien insultaba pierde el monopolio del significado. Quien recibía el golpe gana margen para definirse por sí mismo. A veces esa inversión es duradera y acaba entrando en la historia oficial. Otras veces es provisional, irónica o limitada a un grupo concreto. Pero en todos los casos revela algo importante: que la política, la memoria y la cultura también se juegan en quién consigue nombrar y en quién logra quedarse con el nombre.

Referencias 2

Andrew D. Wong, The reappropriation of tongzhi
Descripción: artículo académico sobre la reapropiación de “tongzhi” en Hong Kong y sus implicaciones lingüísticas y políticas.
URL completa: https://web.stanford.edu/~eckert/Courses/l1562018/Readings/Wong2005.pdf

Encyclopaedia Britannica, Yankee Doodle
Descripción: explicación histórica de cómo una canción burlesca contra los colonos estadounidenses terminó convertida en símbolo patriótico.
URL completa: https://www.britannica.com/topic/Yankee-Doodle

Encyclopaedia Britannica, Queer
Descripción: definición histórica y política del término “queer” y su reapropiación por activistas y académicos.
URL completa: https://www.britannica.com/topic/queer-sexual-politics

Encyclopaedia Britannica, Suffragette
Descripción: entrada sobre el término “suffragette”, inicialmente despectivo y después asumido por parte del movimiento sufragista británico.
URL completa: https://www.britannica.com/topic/suffragette

National Park Service, Did You Know? Suffragist vs Suffragette
Descripción: recurso histórico que explica la diferencia entre ambos términos y la reapropiación de “suffragette” en Gran Bretaña.
URL completa: https://www.nps.gov/articles/suffragistvssuffragette.htm

Reuters, Clinton regrets calling ‘half’ of Trump supporters ‘deplorable’
Descripción: noticia sobre la declaración de Hillary Clinton y la controversia en torno a “basket of deplorables”.
URL completa: https://www.reuters.com/article/world/clinton-regrets-calling-half-of-trump-supporters-deplorable-idUSKCN11G05V/

Reuters, Trump fans’ ‘Deploraball’ party shows rift in alt-right movement
Descripción: noticia sobre cómo simpatizantes de Trump reapropiaron el término “deplorable”.
URL completa: https://www.reuters.com/article/world/trump-fans-deploraball-party-shows-rift-in-alt-right-movement-idUSKBN14I1XY/

R. Willman, The Origins of ‘Whig’ and ‘Tory’ in English Political Language
Descripción: estudio histórico sobre el origen insultante de ambos términos en la política británica.
URL completa: https://www.jstor.org/stable/2638297

Udi Kidron, The Populist Name Game: About Populism and Naming
Descripción: artículo académico sobre el uso de apodos, etiquetas y nombres como arma política en contextos populistas.
URL completa: https://journals.sagepub.com/doi/10.1177/14789299241242259

Cuando el insulto deja de herir y empieza a movilizar: de Pedro Sánchez a Trump, Milei y la nueva política europea

En la política contemporánea, un insulto no siempre destruye. A veces organiza. A veces cohesiona. A veces incluso da identidad. Ese es uno de los rasgos más llamativos de la comunicación política reciente: etiquetas que nacieron para ridiculizar a un líder o a sus votantes terminan funcionando como emblemas de pertenencia, resistencia o desafío. No ocurre siempre, ni de la misma manera en todos los casos, pero sí lo bastante a menudo como para hablar de un patrón. La clave está en la reapropiación: cuando el blanco del ataque, o su comunidad política, toma la palabra hostil y la convierte en otra cosa.

Pedro Sánchez es uno de los ejemplos más claros en la España reciente. “Perro Sanxe”, que nació como mote despectivo en entornos digitales y de oposición, terminó convertido en un símbolo reconocible del sanchismo militante. Tras las elecciones del 23 de julio de 2023, el PSOE no solo dejó de huir del apodo, sino que lo incorporó al merchandising del partido con camisetas y chapas. La operación fue más allá del meme: en 2024 se informó de que el PSOE había conseguido registrar la marca “Perro Sanxe”, una señal de que aquello ya no era una burla ajena, sino un activo político propio. Incluso en 2026 el término seguía circulando en registros ya desprovistos de su función original de insulto, como mostró la subasta benéfica de una figura de “Perro Sanxe” cedida desde el entorno presidencial.

Lo interesante en el caso de Sánchez es que la transformación no fue solo estética. “Perro Sanxe” ayudó a construir una imagen de dirigente resistente, atacado de forma obsesiva por sus adversarios pero capaz de sobrevivir políticamente. Ese desplazamiento también afectó a “sanchismo”, que durante mucho tiempo fue usado por la derecha como término de carga negativa y que después el propio Sánchez empezó a reivindicar como baza política. Ahí se ve bien el mecanismo: la etiqueta deja de definirte desde fuera cuando consigues integrarla en tu propia narrativa.

En Estados Unidos, el caso paradigmático no es tanto un apodo personal contra Donald Trump como una descalificación dirigida a sus votantes. Cuando Hillary Clinton habló en 2016 de un “basket of deplorables”, parte del electorado trumpista convirtió rápidamente “deplorables” en una insignia. Reuters recogió entonces cómo algunos simpatizantes adoptaban el término con orgullo, y ese movimiento cristalizó en símbolos, eventos y una estética de autodefinición. La operación fue políticamente eficaz porque confirmó una intuición central del trumpismo: que buena parte de su fuerza provenía precisamente de sentirse despreciado por las élites culturales y políticas. La palabra ofensiva reforzó esa identidad en lugar de debilitarla.

Trump entendió muy bien ese terreno. Su estilo no consistía solo en lanzar motes contra otros, sino también en convertir el rechazo que generaba en prueba de autenticidad. En su ecosistema político, ser atacado por los medios, por Washington o por los demócratas no era un coste de imagen, sino una credencial. Por eso etiquetas como “deplorable” podían ser absorbidas con tanta facilidad: no contradecían el relato del movimiento, sino que lo confirmaban. La reapropiación funcionó porque encajaba con una identidad previa de agravio, orgullo y confrontación.

Javier Milei ofrece un caso algo distinto. No se apoya tanto en la reapropiación de un insulto puntual como en la conversión de rasgos que iban a ser usados contra él en signos de fuerza. Su estética excesiva, sus gritos, su imagen de outsider radical y símbolos como la motosierra fueron pensados inicialmente por muchos críticos como prueba de extravagancia o peligrosidad, pero terminaron convertidos en parte central de su marca política. Reuters informó en 2025 de cómo la motosierra había pasado de ser una imagen de campaña de Milei a un símbolo internacional de recorte del Estado, hasta el punto de que Elon Musk la exhibió en un acto conservador en Estados Unidos como emblema de su agenda anti-burocrática. Ahí no vemos exactamente una reapropiación clásica de insulto, pero sí un fenómeno emparentado: lo que debía caricaturizarlo se convierte en icono.

En Bolsonaro el panorama es más ambivalente. El bolsonarismo ha construido una identidad muy fuerte alrededor del conflicto, el agravio y la idea de persecución, pero no todos los motes o etiquetas hostiles han sido reapropiados con la misma eficacia. En Brasil, términos usados por críticos para burlarse de los seguidores de Bolsonaro han circulado ampliamente, pero muchas veces no se han convertido en emblemas tan estables como “Perro Sanxe” o “deplorables”. Donde sí se ve una lógica parecida es en la capacidad del bolsonarismo para transformar la estigmatización externa en cemento interno: cuanto más se presenta a sus simpatizantes como extremistas, más se refuerza entre ellos la percepción de pertenecer a un bloque atacado por el sistema. Esa dinámica fue visible tras las elecciones de 2022 y en la persistencia de redes de movilización digital bolsonaristas incluso después de la derrota electoral.

La política europea reciente ofrece más ejemplos del mismo patrón, aunque no siempre ligados a nombres tan concretos. En varios países, fuerzas populistas y ultraderechistas han demostrado una gran capacidad para convertir la descalificación moral en energía política. Cuando sus adversarios los describen como impresentables, bárbaros, ultras o inaceptables, esos movimientos a menudo integran ese rechazo en su relato de autenticidad anti-establishment. La lógica es simple: si las élites mediáticas y políticas te odian, entonces debes de estar diciendo algo verdadero. No toda etiqueta se reapropia verbalmente, pero muchas se reapropian narrativamente. Y eso, en la práctica, cumple una función parecida.

Lo decisivo en todos estos casos es que el insulto pierde el monopolio de su sentido. Ya no significa solo humillación. Puede pasar a significar resistencia, comunidad, desafío o autenticidad. Eso no quiere decir que cualquier insulto pueda convertirse en bandera. Para que funcione, hace falta una comunidad dispuesta a reconocerlo como signo propio y un contexto comunicativo donde la provocación, el meme y la identidad pesen más que la cortesía institucional. En ese terreno, Sánchez, Trump y Milei han mostrado una gran habilidad. Bolsonaro, por su parte, ha explotado más la victimización política general que la resignificación limpia de una etiqueta concreta.

En el fondo, lo que estos ejemplos muestran es un cambio profundo en la comunicación política. Antes, ser insultado era sobre todo un problema de reputación. Hoy puede ser también una oportunidad de marca. En la era de las redes, el insulto puede servir para señalar al adversario, pero también para darle visibilidad, cohesionar a los suyos y confirmar su relato. A veces, incluso, para regalarle un símbolo.

Referencias 3

EL PAÍS — “Perro sanxe” inmortal, el pucherazo de Correos y Ayuso como Judas: los memes ganaron tras el 23J
Descripción del enlace: análisis sobre cómo “Perro Sanxe” pasó de mote hostil a símbolo memético tras las elecciones de julio de 2023.
URL completa: https://elpais.com/tecnologia/2023-07-29/perro-sanxe-inmortal-el-pucherazo-de-correos-y-ayuso-como-judas-los-memes-ganaron-tras-el-23j.html

EL ESPAÑOL — El PSOE explota el “Perro Sanxe”: vende camisetas y chapas con el eslogan en su tienda oficial
Descripción del enlace: noticia sobre la comercialización del lema “Perro Sanxe” por el PSOE, señal clara de reapropiación.
URL completa: https://www.elespanol.com/espana/politica/20230804/psoe-explota-perro-sanxe-vende-camisetas-chapas-eslogan-tienda-oficial/784171673_0.html

THE OBJECTIVE — El PSOE consigue registrar la marca ‘Perro Sanxe’ y tendrá exclusividad en su uso
Descripción del enlace: información sobre el registro de la marca “Perro Sanxe” por parte del PSOE.
URL completa: https://theobjective.com/espana/politica/2024-12-16/psoe-registra-marca-perro-sanxe/

EL PAÍS — SER Catalunya subasta un ‘Perro Sanxe’ del despacho del presidente del Gobierno
Descripción del enlace: ejemplo de la normalización pública del símbolo “Perro Sanxe” ya en 2026.
URL completa: https://elpais.com/espana/catalunya/2026-01-04/ser-catalunya-subasta-un-perro-sanxe-del-despacho-del-presidente-del-gobierno.html

EL PAÍS — Y Pedro Sánchez quiso volver a ser ‘Perro’ tras la pájara de abril
Descripción del enlace: análisis sobre cómo la imagen de “Perro” siguió siendo útil para la narrativa política de Sánchez.
URL completa: https://elpais.com/espana/2025-04-24/y-pedro-sanchez-quiso-volver-a-ser-perro-tras-la-pajara-de-abril.html

EL ESPAÑOL — Sánchez reivindica ahora el “sanchismo” como baza electoral: hace meses lo consideraba un insulto
Descripción del enlace: pieza sobre la reapropiación política del término “sanchismo”.
URL completa: https://www.elespanol.com/espana/politica/20240122/sanchez-reivindica-ahora-sanchismo-baza-electoral-hace-meses-consideraba-insulto/826667383_0.html

Reuters — Fed up with Washington, Trump’s ‘deplorables’ shake up the elite
Descripción del enlace: reportaje sobre la adopción del término “deplorables” por parte de votantes de Trump tras el comentario de Hillary Clinton.
URL completa: https://www.reuters.com/article/world/fed-up-with-washington-trumps-deplorables-shake-up-the-elite-idUSKBN1341AA/

The Washington Post — ‘Weird’ is Democrats’ most effective insult. Tim Walz’s old strategy has gone viral
Descripción del enlace: análisis que compara el nuevo insulto “weird” con el precedente de “deplorables” y explica por qué este último fue reapropiable.
URL completa: https://www.washingtonpost.com/style/power/2024/07/30/republicans-weird/

Reuters — Elon Musk wields chainsaw at conservative gathering, a gift from Argentina’s Milei
Descripción del enlace: noticia sobre la motosierra como símbolo exportado de la marca política de Javier Milei.
URL completa: https://www.reuters.com/world/us/elon-musk-wields-chainsaw-conservative-gathering-gift-argentinas-milei-2025-02-21/

Buenos Aires Times — Javier Milei: from chainsaw to fickle pragmatism
Descripción del enlace: perfil sobre cómo la motosierra y la imagen extremada de Milei se convirtieron en parte central de su identidad pública.
URL completa: https://www.batimes.com.ar/news/argentina/argentinas-javier-milei-from-chainsaw-to-fickle-pragmatism.phtml


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