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La vida no es un juego de azar. No es un casino donde invertir tus días. Es una obra de arte para contemplar y crear. Siente, ama, crea.

Alan Moore: del cómic como herejía al ocultismo como revelación

Merece ser compartido:

Alan Moore, el guionista que transformó para siempre el mundo del cómic con obras como Watchmen, V de Vendetta o From Hell, lleva años desvinculado de la industria que lo encumbró. En lugar de cultivar su prestigio dentro del llamado «noveno arte», ha preferido girar hacia territorios menos transitados —pero, según él, más veraces—: la magia, el ocultismo y la literatura como canal de poder.

“La cultura popular se ha convertido en un entorno tóxico que alimenta una nostalgia perpetua y nos infantiliza.”
— Crítica a la mercantilización de la creatividad.
“La cultura popular se ha convertido en un entorno tóxico que alimenta una nostalgia perpetua y nos infantiliza.” — Crítica a la mercantilización de la creatividad.

El mago que desmontó los superpoderes

Resulta irónico, y profundamente significativo, que quien desnudó las estructuras míticas de los superhéroes como si fueran constructos sociopolíticos disfrazados, se haya entregado al estudio de lo esotérico. No como evasión, sino como herramienta para penetrar otras capas de la realidad.

Moore no ha ocultado nunca que se considera a sí mismo un mago. Lo dice sin afectación, como quien admite una vocación tardía o una filiación política. No es un gesto teatral: es una práctica de vida. Como Aleister Crowley antes que él, ve en la magia un sistema simbólico para comprender el poder, el lenguaje y el deseo. Una forma radical de interpretar el mundo —y de intervenir en él.

Una figura más allá del mito

Quien se acerque hoy a Moore esperando encontrar a un autor retirado y taciturno, se sorprenderá. Sus ojos verdes parecen emitir luz propia. La barba larga, la melena desordenada, los anillos en las manos: cada detalle construye una presencia que recuerda más a un chamán que a un escritor. Es difícil no pensar que, de algún modo, ha transmutado en los personajes que alguna vez dibujó para otros.

Londres como umbral místico

Ahora, Alan Moore escribe novelas. Pero no cualquier tipo de novela: su nuevo proyecto literario es una saga ambientada en un Londres alucinado, donde lo sobrenatural no es un efecto especial, sino una lente a través de la cual se desenmascaran estructuras sociales, traumas históricos y símbolos invisibles. Es su manera de continuar haciendo crítica —aunque haya renunciado a la viñeta como formato—. Londres, como Joyce con Dublín o Bolaño con Santa Teresa, se convierte en su espacio simbólico total.

Más allá del arte secuencial

Moore ha renegado del cómic como industria, no del medio en sí. Denuncia su mercantilización, su domesticación. Su gesto radical no es un desdén hacia el arte que le dio voz, sino un acto de coherencia: quien ha dedicado su vida a desenmascarar narrativas de poder, no podía terminar atrapado en ellas.

En tiempos donde la ficción parece rendirse al espectáculo, Alan Moore sigue creyendo en su dimensión transformadora. Ya no necesita capas, ni máscaras, ni tramas de tres actos. Solo símbolos, palabras y una visión del mundo que, aunque a veces parezca mágica, es brutalmente política.

Alan Moore: el anarquista que dio la espalda al cómic después de reinventarlo

Segunda paradoja —y no será la última—: Alan Moore, el hombre que elevó el cómic a categoría literaria, ha renegado por completo del arte que lo convirtió en leyenda. Considerado el mejor guionista del medio, no quiere tener relación con él. No acude a convenciones, no firma reediciones, no ve adaptaciones. El motivo no es desdén personal, sino una profunda convicción política y estética: el cómic, según Moore, ha sido colonizado, domesticado y vaciado de su potencial revolucionario.

Un símbolo que escapó de las viñetas

Pocos pueden decir que un personaje de su invención se ha convertido en ícono global. Moore lo logró con V de Vendetta. Su protagonista, un enmascarado anarquista inspirado en Guy Fawkes, ha trascendido su historia para convertirse en emblema de protesta: desde Occupy Wall Street hasta Anonymous, la máscara de V ha sido adoptada por movimientos de desobediencia civil en todo el planeta. Pero Moore no se atribuye la autoría de ese símbolo social: lo entiende como algo que se emancipó del autor y cobró vida propia. Como si las ideas, cuando son potentes, ya no pertenecieran a quien las escribió.

Alan Moore: del cómic como herejía al ocultismo como revelación 1
El rostro sin nombre que recorre el mundo: símbolo adoptado, distorsionado y liberado

El obituario del superhéroe

Con Watchmen, Moore no solo creó un clásico; firmó el epitafio del género. En una narración que desarma la mitología del hombre extraordinario, cuestionó la moral, la política y la psicología detrás del arquetipo superheroico. Fue una autopsia brillante a la figura que Jerry Siegel y Joe Shuster concibieron con Superman en 1938: el sueño americano en mallas. Moore, en cambio, mostró que los superhéroes podrían ser psicópatas, fascistas o víctimas de sí mismos. Y lo hizo sin perder la dimensión estética, tejiendo una estructura narrativa tan compleja como una sinfonía.

Anarquía como motor creativo

Si algo atraviesa la obra de Alan Moore es el impulso anarquista. No en el sentido superficial de “caos” o “rebeldía juvenil”, sino como una filosofía ética: cuestionar las jerarquías, denunciar los sistemas de control, imaginar alternativas. Moore convirtió al cómic —un medio históricamente marginado, luego absorbido por grandes corporaciones— en un espacio de disidencia, crítica y subversión. Y cuando ese medio se volvió funcional al poder, él se apartó.

Una renuncia como declaración

La renuncia de Moore al mundo del cómic no es un capricho. Es una afirmación: cuando el arte deja de ser libre, ya no sirve al propósito de la transformación. Por eso, prefiere escribir novelas, practicar la magia ceremonial o habitar mundos ficticios en los que el lenguaje todavía conserva su capacidad de alterar la realidad. En tiempos de cómics convertidos en franquicias y superhéroes reducidos a maquinaria de taquilla, Moore sigue siendo el hereje. El que no pactó.

El pensamiento como hechizo: Alan Moore, entre la sombra del poder y la luz de la disidencia.
El pensamiento como hechizo: Alan Moore, entre la sombra del poder y la luz de la disidencia.

Alan Moore y el desencanto con el cómic: del bocadillo a la psicogeografía

Alan Moore, leyenda viva del cómic, ha cerrado definitivamente la puerta al medio que revolucionó. Ya no quiere ver sus palabras dentro de viñetas ni que sus ideas pasen por la maquinaria del entretenimiento gráfico. Lo dice con claridad, aunque con ese tono enigmático que le caracteriza: los cómics, tal como fueron, ya no tienen futuro.

Hace cuatro décadas, Moore respondía con entusiasmo a quienes le preguntaban por el porvenir del medio. Hoy, sin embargo, solo ve un espejismo. Para él, la promesa que una vez encarnaron los cómics se disipó. Y en ese desencanto, hay una declaración de principios: no es una negación del arte secuencial, sino del uso que se le ha dado. El futuro, si alguna vez existió, quedó atrás.

Mientras las franquicias diluyen el alma crítica del cómic, Moore ha optado por caminos más solitarios. Vive en su Northampton natal junto a su esposa, la también artista Melinda Gebbie, y ha trasladado su pulsión creativa a la novela. Pero no a cualquier tipo de narrativa: sus libros son viajes entre lo histórico y lo alucinado, lo real y lo mitológico. Como ya lo hizo en La voz del fuego y Jerusalén, Moore convierte los lugares en organismos simbólicos, donde la arquitectura y el tiempo se pliegan para revelar otra dimensión.

Su nuevo proyecto, Londres eterno, arranca con El Gran Cuando, una novela ambientada en 1949, en un Londres todavía herido por la guerra. Un joven librero descubre allí un mundo oculto, donde convergen la historia oficial y el delirio fantástico. Moore lo llama “una fantasía extravagante” tendida sobre “una armadura obstinadamente inamovible de vidas y circunstancias históricas”.

Como en From Hell, el autor explora la psicogeografía de la ciudad: cómo el espacio urbano, cargado de memoria y símbolos, moldea las vivencias humanas y nos conecta con planos ocultos. Pero esta vez, el relato se despega por completo del formato gráfico. Moore no necesita ya las viñetas. Solo palabras, símbolos y la imaginación como última trinchera.

Alan Moore ha renunciado al cómic como medio de expresión, desencantado con su deriva industrial. Su nueva obra literaria, El Gran Cuando, forma parte de un proyecto ambicioso que mezcla historia, fantasía y psicogeografía en un Londres postbélico y oculto.

  1. ¿Por qué Alan Moore ha dejado de escribir cómics?
    Porque considera que el cómic ha perdido su potencial transformador y ha sido absorbido por el mercado de entretenimiento masivo.
  2. ¿Qué caracteriza su nueva novela El Gran Cuando?
    Es una mezcla de fantasía, historia y psicogeografía ambientada en un Londres alucinado de 1949, donde la ciudad actúa como portal simbólico.
  3. ¿Qué es la psicogeografía para Moore?
    Una forma de leer el espacio urbano como acumulación de memorias, energías y estructuras invisibles que moldean la realidad.

Alan Moore: la fantasía como herramienta para iluminar lo invisible

Alan Moore, el célebre guionista británico que abandonó el cómic para abrazar la literatura y el ocultismo, no ve la magia como un residuo arcaico, sino como el origen mismo del conocimiento humano. Ciencia, política, arte… todo, afirma, son fragmentos disociados de una antigua magia paleolítica. Y en su escritura, ya no busca entretener a través del escapismo, sino recuperar ese vínculo entre lo simbólico y lo real.

Para Moore, lo oculto no es sinónimo de superstición, sino de todo aquello que aún no ha sido iluminado por la razón. “La oscuridad de lo que no conocemos es inmensa, comparada con la estrecha franja de lo que creemos conocer”, dice. Bajo esa lógica, un científico o un activista no serían tan distintos de un mago: ambos amplían las fronteras de lo visible, y si además comparten ese conocimiento, se convierten en iluministas. Pero aquí llega su paradoja: tal vez el mayor deber del ocultista sea precisamente reducir el propio ocultismo, hacerlo accesible, desmitificarlo.

Una lente para mirar el siglo XX

Con su nueva serie de novelas, Londres eterno, Moore propone un uso alternativo de la fantasía: no como evasión, sino como herramienta crítica. A través de historias ambientadas en un Londres transfigurado, busca reinterpretar la segunda mitad del siglo XX para comprender cómo hemos llegado al fragmentado y delirante siglo XXI. El Gran Cuando, primera entrega de la saga, no ofrece una vía de escape —»este idiota anillo del Infierno», como lo llama—, sino una mirada lúcida y simbólica sobre la historia reciente, una forma de buscar «la escotilla de emergencia».

Contra el escapismo de celuloide

Moore se muestra especialmente crítico con la cultura actual dominada por el espectáculo superheroico. No solo rechaza las adaptaciones de sus obras —como V de Vendetta, de la que reniega abiertamente—, sino que denuncia el efecto social de estas narrativas. Según él, no solo han colonizado la pantalla, sino también el imaginario colectivo. Los líderes actuales, afirma, parecen inspirarse más en arquetipos de cómic que en proyectos reales. Y eso, en un mundo al borde del colapso, es peligroso.

El escapismo, dice, es una «escalera de incendios hecha de papel y celuloide» que no salvará a nadie del incendio. No hay salida en la evasión, solo en la conciencia. Por eso, insiste en que lo fantástico, si ha de tener valor, debe anclarse en la experiencia humana. «Debe decir algo que no sólo sea cierto en Narnia», señala. Una fantasía vacía de vínculos con el presente solo perpetúa la ceguera.

Una magia lúcida y comprometida

Así, Moore redefine lo fantástico como una forma de crítica. Una vía para volver a mirar lo real desde ángulos no domesticados. Su magia no es ritual sino narración. Y su compromiso no está en crear nuevos mundos, sino en revelar los patrones invisibles de este. La fantasía, en sus manos, no es fuga, sino resistencia.

Alan Moore reivindica la magia como la raíz perdida del conocimiento y utiliza la fantasía literaria no como evasión, sino como herramienta crítica para entender el presente. Su obra busca iluminar lo invisible y desafiar las narrativas dominantes del espectáculo contemporáneo.

“No soy un escritor de cómics. Soy un escritor que eligió los cómics como medio.”
— Reivindicación del cómic como arte mayor.
“No soy un escritor de cómics. Soy un escritor que eligió los cómics como medio.” — Reivindicación del cómic como arte mayor.
  1. ¿Qué entiende Alan Moore por “ocultismo”?
    No como superstición, sino como la búsqueda de lo que está fuera del foco racional: lo desconocido, lo simbólico, lo no dicho.
  2. ¿Por qué rechaza el escapismo fantástico?
    Porque lo considera peligroso en tiempos de crisis: en lugar de ayudarnos a enfrentar la realidad, nos distrae de ella con mundos irrelevantes.
  3. ¿Qué propone con Londres eterno?
    Una serie de novelas que, desde lo fantástico, revisan la historia reciente para entender cómo hemos llegado al caos contemporáneo y buscar posibles salidas.

Alan Moore y la máscara que se le escapó de las manos

La máscara de Guy Fawkes —ese rostro impasible y sonriente popularizado por V de Vendetta— se ha convertido en uno de los iconos políticos más reconocibles del siglo XXI. Pero para Alan Moore, su creador, esta transformación no es motivo de orgullo sin matices. Más bien al contrario: la conversión de un símbolo de ficción en mercancía de masas y su uso indiscriminado en causas contradictorias le genera una mezcla de inquietud, distancia y ambivalencia.

De símbolo de resistencia a objeto de confusión

Moore ha dejado claro que apoyó con entusiasmo el uso de la máscara por parte del movimiento Occupy, cuyas acciones consideraba éticamente justificadas y políticamente coherentes. Sin embargo, cuando Anonymous —una nebulosa red sin rostro ni estructura— adoptó también el símbolo, su entusiasmo se disipó. No porque desconfiara del ideal de anonimato, sino porque lo veía susceptible de manipulación: ¿cómo respaldar una causa cuyos verdaderos fines y actores son invisibles incluso para sus participantes?

En palabras del propio Moore, «sería absurdo e irresponsable apoyar las creencias políticas de cualquiera que posea una determinada pieza de merchandising de una película de Warner Brothers». La ironía es devastadora: el símbolo revolucionario se ha convertido en producto oficial de una gran corporación, vendido en masa como si fuera un disfraz más, desligado de su carga ideológica original.

Cuando la máscara se mezcla con el odio

El episodio del asalto al Capitolio de EE. UU. el 6 de enero de 2021 marcó un punto de inflexión para Moore. Entre las banderas confederadas, esvásticas y gorras MAGA, también hubo máscaras de Guy Fawkes. Lo que una vez fue una imagen de rebeldía contra el autoritarismo se vio entremezclada con discursos de odio y pulsiones totalitarias. Para Moore, esto fue la prueba definitiva de que un símbolo, por potente que sea, no puede controlar su propio uso.

Del mismo modo, recuerda haber visto esas máscaras en estudiantes tunecinos al inicio de la Primavera Árabe, una revuelta con grandes esperanzas que, en muchos casos, acabó derivando en nuevos regímenes autoritarios o conflictos prolongados, como en Siria. La lección, para Moore, es clara: el símbolo no basta. Sin estructura política, sin visión ética, sin conciencia crítica, la máscara es solo una superficie.

Entre la estética y la ética

Moore nunca pretendió crear un manual de instrucciones para la revolución. V de Vendetta era una obra de ficción distópica, no un manifiesto. Pero la realidad absorbió su estética y la proyectó sobre las calles del mundo. Esa transferencia, que para muchos fue un triunfo cultural, es para Moore una alerta: el poder simbólico sin reflexión puede ser colonizado, banalizado o pervertido.

Lo que emerge de su mirada no es un rechazo al activismo ni una negación del poder de los símbolos, sino una llamada de atención: que no basta con portar una máscara para encarnar una causa justa. Y que el pensamiento crítico debe acompañar siempre a cualquier gesto de rebeldía.

Alan Moore se ha distanciado del uso masivo de la máscara de Guy Fawkes como símbolo de protesta. Aunque apoyó su adopción por parte de Occupy, denuncia su banalización como producto de consumo y su uso ambiguo en movimientos políticos contradictorios o incluso violentos.

  1. ¿Por qué Alan Moore apoyó a Occupy pero no a Anonymous?
    Porque Occupy tenía un objetivo y una ética claros, mientras que Anonymous, al actuar desde el anonimato, podía ocultar intenciones contradictorias o incluso reaccionarias.
  2. ¿Qué le preocupa del uso actual de la máscara de Guy Fawkes?
    Que se ha convertido en un objeto de merchandising sin contexto político real, utilizado incluso por grupos extremistas, lo que desactiva su sentido original.
  3. ¿Cuál es el mensaje de Moore sobre los símbolos de protesta?
    Que un símbolo, sin pensamiento crítico ni compromiso ético, puede vaciarse de significado y ser usado por cualquier causa, incluso por aquellas que combate.

Alan Moore y el rechazo al mito superheroico: una voz disonante entre el aplauso masivo

En una era en la que las adaptaciones cinematográficas de superhéroes dominan el entretenimiento global, Alan Moore representa una anomalía ruidosa y persistente. No solo ha rechazado cada adaptación de su obra —renunciando a los créditos, a los pagos y a cualquier tipo de relación con ellas—, sino que denuncia abiertamente el fenómeno que las sostiene: la infantilización cultural.

Su ruptura no es nueva, pero sí radical. Cuando la cadena Channel 4 le llevó en 2011 a conversar con manifestantes de Occupy frente a la catedral de San Pablo, Moore se dio cuenta de que la mayoría de quienes portaban la icónica máscara de V de Vendetta no habían leído el cómic original. Conocían solo la película, una adaptación que, según él, vació la historia de su contenido político esencial. “Ni fascismo ni anarquía”, se lamenta, “solo fuegos artificiales y fantasmas”.

El rechazo a la industria del entretenimiento

Moore nunca ha visto ninguna de las películas basadas en su obra. Y no es por indiferencia: es una decisión ideológica. Para él, la transformación de sus relatos en productos cinematográficos masivos ha traicionado el sentido original de sus textos. Especialmente duro se muestra con V de Vendetta, que pasó de ser una crítica explícita al autoritarismo británico de Thatcher a convertirse en un artefacto ambiguo sobre el 11-S y los neoconservadores, desactivado políticamente y visualmente espectacular.

Esta posición le ha convertido, para parte del público y la crítica, en una figura incómoda, incluso excéntrica. Lo que él considera una crítica informada y profunda sobre el medio en el que trabajó durante 40 años, es interpretado por muchos fans como una pataleta de viejo gruñón. Moore, con su mordaz ironía habitual, responde: “Es más fácil caricaturizarme como un loco furioso que aceptar que quizá tengo algo que decir sobre una industria que conozco muy bien”.

Superhéroes y regresión cultural

Pero lo que más preocupa a Moore no es el destino de sus propias obras, sino el síntoma que representa la obsesión global con los superhéroes. En 2013, en una entrevista que despertó una fuerte polémica, declaró que ver a cientos de miles de adultos haciendo cola para ver una nueva película de Batman le parecía un signo preocupante de “infantilización masiva”, que históricamente ha sido precursora del fascismo. Una afirmación contundente, que conecta el escapismo masivo con la pérdida de pensamiento crítico y la dependencia de figuras autoritarias.

Moore lamenta que el público contemporáneo prefiera regresar una y otra vez a los mismos personajes y narrativas concebidas hace más de medio siglo, en lugar de buscar nuevas historias, nuevos lenguajes, nuevas preguntas. La nostalgia, cuando se vuelve cultura dominante, empobrece la imaginación colectiva y anula la capacidad de anticipar el futuro.

Un creador desencantado, no derrotado

Lejos de encerrarse en el resentimiento, Moore ha canalizado su desencanto en nuevos caminos. Su serie literaria Londres eterno no busca la espectacularidad ni la viralidad, sino la profundidad y la reflexión. Si antes usó los cómics para explorar las sombras del poder y la ideología, ahora utiliza la novela para descifrar las capas ocultas de la historia y del tiempo.

En lugar de reproducir mitos de segunda mano, Moore sigue empeñado en crear relatos que incomoden, cuestionen y despierten. Aunque eso implique renunciar al éxito fácil y cargar con la incomprensión.


Alan Moore ha cortado todo vínculo con las adaptaciones cinematográficas de sus obras y critica la obsesión contemporánea por los superhéroes como un signo de regresión cultural. Considera que este fenómeno contribuye a la infantilización del pensamiento crítico y ve en él una amenaza social más que un entretenimiento inocente.

  1. ¿Por qué Alan Moore reniega de las películas basadas en sus obras?
    Porque considera que desvirtúan el contenido político y crítico de los cómics originales, reduciéndolos a productos vacíos y espectaculares.
  2. ¿Qué crítica hace al auge de los superhéroes en el cine?
    Lo ve como un signo de infantilización cultural que impide la renovación del imaginario colectivo y favorece formas de pensamiento autoritario.
  3. ¿Cómo responde Moore a quienes lo ridiculizan por estas posturas?
    Con ironía y firmeza: defiende su conocimiento del medio y lamenta que sus críticas sean descartadas como simple resentimiento, cuando son fruto de una reflexión ética y política profunda.

De utopía pop a preludio del colapso

Alan Moore no necesita decir «os lo dije». A estas alturas, le basta con observar. El referéndum del Brexit, la era Trump, la ofensiva ultra que derribó Roe vs. Wade, el asalto al Capitolio o la autoparodia de Elon Musk vestido de Iron Man son, para él, episodios que no sorprenden. Más bien confirman una deriva cultural que ya había denunciado hace años: la infantilización política como puerta de entrada al autoritarismo. No porque posea poderes proféticos —ironiza—, sino porque basta con entender qué ocurre cuando el imaginario colectivo se construye sobre mitos planos y finales felices.

La distorsión superheroica del pensamiento

Para Moore, el problema no está en los superhéroes como ficción, sino en su imposición como modelo mental. Cuando una sociedad crece alimentada por relatos en los que la fuerza bruta resuelve conflictos morales absolutos, termina esperando soluciones simples a dilemas complejos. Así, se cultiva el terreno perfecto para el fascismo: personajes mesiánicos, enemigos absolutos, líderes que actúan por encima de la ley.

Watchmen, dice ahora Moore, también fue parte del problema. Su análisis profundo del superhéroe como figura patológica se convirtió —paradójicamente— en material de culto para quienes adoptan esos mismos arquetipos. El cómic, que debía ser un espejo crítico, fue asumido como modelo. Así llegamos al «circo de nazis absurdos» desfilando por el Capitolio, mientras el resto del mundo miraba distraído los trajes brillantes en la Batcueva o la Mansión de los Vengadores.

Una industria en decadencia

Moore va más allá del diagnóstico cultural: acusa directamente a la industria del cómic de haber contribuido a este vaciamiento. Según él, el medio está ahora en manos de entusiastas sin talento —o con dinero heredado— que han modelado el cómic a su imagen: hombres adultos nostálgicos que rehúyen la innovación y explotan los mismos personajes una y otra vez.

¿El resultado? Una avalancha de reinicios y multiversos que ya no atraen a nuevos lectores, mientras los veteranos se aferran al medio como náufragos cada vez más frustrados. Los cómics ya no hablan a los niños ni a los jóvenes. Las superheroínas, antes planas, ahora son versiones sexualizadas para el consumo adulto. El medio, diseñado en su origen para ser accesible, se ha encerrado en sí mismo y ha perdido su capacidad regeneradora.

Cultura pop sin oxígeno

Moore señala que esta falta de ideas no es casual, sino estructural. A cada década, la industria propone menos y recicla más. Incapaz de imaginar alternativas, solo repite esquemas caducos. Es una cultura que ya no crea mitos nuevos, sino que remasteriza los viejos hasta desgastarlos. En ese sentido, el cómic contemporáneo se convierte en una metáfora del colapso cultural más amplio: una maquinaria creativa sin imaginación, que apenas sobrevive encadenada a sí misma.

El problema no es solo estético: es político. Una cultura que no puede imaginar el futuro difícilmente puede construirlo. Por eso Moore insiste: los relatos que consumimos, los héroes que veneramos y las estructuras que aceptamos moldean también las realidades que habitamos.

Alan Moore denuncia que el dominio cultural de los superhéroes ha empobrecido el pensamiento crítico, facilitando el avance de discursos autoritarios. Acusa a la industria del cómic de haberse convertido en un sistema cerrado, anclado en la nostalgia y el consumo adulto, que ha perdido su función formativa y su capacidad de innovación.

“Vivimos en un mundo donde la publicidad tiene más poder que la política.”
— Denuncia del dominio de lo simbólico por intereses comerciales.
“Vivimos en un mundo donde la publicidad tiene más poder que la política.” — Denuncia del dominio de lo simbólico por intereses comerciales.
  1. ¿Por qué Moore ve la cultura superheroica como una amenaza política?
    Porque simplifica los dilemas humanos, promueve soluciones autoritarias y crea un marco mental infantilizado donde el fascismo puede prosperar sin resistencia.
  2. ¿Qué crítica hace a la industria del cómic actual?
    Que está dominada por intereses personales y nostálgicos, sexualiza a las superheroínas y ha dejado de producir obras para nuevos lectores, condenando al medio al estancamiento.
  3. ¿Qué responsabilidad asume Moore por su obra?
    Reconoce que Watchmen, pese a su intención crítica, contribuyó sin querer a consolidar una visión tóxica del héroe, y se culpa en parte de haber alimentado el imaginario que hoy critica.

Alan Moore: contra la nostalgia reaccionaria y a favor del arte como resistencia

En tiempos donde lo reaccionario se disfraza de rebeldía y los discursos de odio se presentan como defensa de la libertad, Alan Moore levanta la voz con una claridad tan incómoda como necesaria. La idea —cada vez más extendida en algunos sectores— de que el conservadurismo representa hoy una forma de insurrección contra una supuesta élite liberal omnipresente, le resulta no solo equivocada, sino profundamente absurda.

“¿Una rebelión punk?”, se pregunta con sarcasmo. Para Moore, esa narrativa es una inversión grotesca de la realidad: vivimos —y hemos vivido— en un mundo moldeado durante siglos por valores conservadores, sostenido por estructuras de poder patriarcales, coloniales y religiosos. La moral dominante no es nueva ni transgresora, sino heredera de una tradición judeocristiana autoritaria que sigue marcando los límites de lo aceptable.

Ni izquierdas domesticadas ni derechas victimistas

Moore tampoco tiene piedad con el presente político británico. El laborismo bajo el liderazgo de Keir Starmer, afirma, ha traicionado a colectivos vulnerables como las personas trans y las personas con discapacidad, en un intento de moderación que, en realidad, diluye cualquier posibilidad de justicia social real. El desencanto no proviene solo del avance de la ultraderecha, sino también de la rendición de quienes deberían ofrecer una alternativa. “Tal vez estoy furiosamente enfadado todo el tiempo”, concede, con su mezcla habitual de ironía y lucidez.

Pero esa ira no es nihilismo. No es resignación. Es un motor. Porque, frente al retroceso ideológico y cultural, Moore propone algo que va más allá de la crítica: construir comunidad. El escritor, que ha sido testigo de varias décadas de desilusiones y derrotas, no renuncia a la posibilidad de resistencia. Pero no una resistencia armada o dogmática, sino creativa y afectiva.

Arte, humor y ternura como trincheras

Para Moore, los recursos de los que dispone la ciudadanía para combatir las injusticias no son menos potentes que los del poder. La música, el humor, la palabra, el arte, las protestas… Todo puede ser una forma de insubordinación. Todo puede convertirse en un acto de amor y lucha. Y, en esa convicción, hay una forma de esperanza que se resiste a ser colonizada.

No se trata de sustituir un dogma por otro. Ni de refugiarse en la melancolía o la burla. Se trata de habitar el presente con responsabilidad, con coraje y con imaginación. De no aceptar la falsa disyuntiva entre el cinismo y la sumisión. De crear y cuidar, en medio del ruido, un espacio común.

Amor y lucha

Las últimas palabras de Moore en su declaración no son una queja ni una consigna vacía. Son un horizonte: “Debemos amar y debemos luchar”. Es, quizá, la forma más directa de enunciar que lo humano —cuando se atreve a ser solidario, creativo y rebelde— aún puede oponerse al cinismo global. Que las historias, las canciones, los trazos y las voces siguen teniendo un poder que ninguna maquinaria de propaganda puede asfixiar del todo.

Alan Moore rechaza la narrativa que presenta al conservadurismo como una rebeldía antisistema y denuncia tanto la hipocresía de los gobiernos como la desmovilización cultural. Su propuesta es clara: construir comunidad desde el arte, el humor, el afecto y la resistencia cotidiana.

“Watchmen fue una advertencia, no un manual.”
— Respuesta a la lectura errónea de su obra más famosa.
“Watchmen fue una advertencia, no un manual.” — Respuesta a la lectura errónea de su obra más famosa.
  1. ¿Qué opina Moore de la supuesta “rebeldía” del conservadurismo actual?
    Que es una farsa: vivimos en sociedades dominadas históricamente por valores conservadores, y presentarlos como insurrección es “jodidamente risible”.
  2. ¿Por qué también critica al laborismo británico?
    Porque, según él, ha abandonado sus principios y ha traicionado a colectivos vulnerables, mostrando una falta de carácter político y ético.
  3. ¿Qué propone como alternativa?
    Unirnos como comunidades que se cuidan y luchan con lo que tienen: arte, humor, escritura, música y acción colectiva. Un llamado a resistir desde el amor y la creación.

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