Edgar Allan Poe fue el poeta norteamericano más importante de la primera mitad del siglo XIX. Un poeta que, en palabras de Stéphane Mallarmé, fue “el dios intelectual” del siglo XIX. En 1845 publicó El cuervo, uno de los poemas más influyentes escritos en inglés de todos los tiempos.

Poe fue el padre de la novela policíaca y el más grande representante de relatos cortos, muy común en esa época, tanto en Estados Unidos como en el resto del mundo. Ejerció una gran influencia sobre el posterior simbolismo francés, así como en los escritores más importantes de su época, como Dostoievski o Baudelaire, y posteriores, como Faulkner y Kafka o Cortázar quien tradujo al castellano prácticamente toda su literatura.

Como todo gran escritor, Poe siempre trató la comprensión y el trasfondo moral, aunque a simple vista no lo parezca, por su oscuridad y tenebrismo, así como el amor. Así lo refleja el protagonista de su magnífico poema Annabel Lee:

“Pero nos amábamos con un amor que era más que el amor…

…con un amor que los serafines del cielo nos codiciaban. Y esa fue la razón, hace mucho tiempo…

…que un viento sopló de una nube, enfriando mi Annabel Lee”.

El amor siempre fue un tema recurrente en su obra.

Melancólico, exigente, un hombre hecho para las palabras. Humano y extremadamente emotivo, como refleja una de sus frases más conmovedoras: “La belleza de cualquier clase en su manifestación suprema excita inevitablemente el alma sensitiva hasta hacerle derramar lágrimas“, una frase que se puede adaptar a cualquier cosa, y hacernos reflexionar sobre la vida.

Las palabras de Poe, en su mayoría románticas, tienen valores de significancia de superación, sus cuentos siempre cuentan protagonistas que tienen que superar obstáculos que, con el tiempo, entienden que superarán. Esta frase desdramatiza el peor obstáculo que reciben todos los seres humanos: “A la muerte se le toma de frente con valor y después se le invita a una copa”.

Poe murió el 7 de octubre de 1849 a la edad de 40 años, huyendo de la vida, en busca de Virginia Eliza Clemm, su incomprendido verdadero amor, y Elizabeth Poe, su madre. Ellas fueron Leonore, Annabel, Berenice, Eleonora o Morella, protagonistas de sus poemas y relatos cortos que morían jóvenes, dejando a sus seres queridos atormentados, como a nuestro protagonista Edgar Allan Poe.

Terminamos el artículo con 9 frases y un fragmento apasionado de El cuervo, que nos enseñarán a leer el alma de las personas por encima de su apariencia:

“Cuando un loco parece completamente sensato es ya el momento, en efecto, de ponerle la camisa de fuerza”.

“El ser verdaderamente cercano al corazón del hombre es tomar nuestra lección final en el volumen cerrado con candados de la desesperación”.

“El único medio de conservar el hombre su libertad es estar siempre dispuesto a morir por ella”.

“En la música es acaso donde el alma se acerca más al gran fin por el que lucha cuando se siente inspirada por el sentimiento poético: la creación de la belleza sobrenatural”.

“La ciencia no nos ha enseñado aún si la locura es o no lo más sublime de la inteligencia”.

“Las cuatro condiciones para la felicidad: el amor de una mujer, la vida al aire libre, la ausencia de toda ambición y la creación de una belleza nueva”.

“No tengo fe en la perfección humana. El hombre es ahora más activo, no más feliz, ni más inteligente, de lo que lo fuera hace 6.000 años”.

“Y en la profunda oscuridad permanecí largo tiempo atónito, temeroso… Soñando sueños que ningún mortal se haya atrevido a soñar jamás”.

“En el amor desinteresado de un animal, en el sacrificio de sí mismo, hay algo que llega directamente al corazón del que con frecuencia ha tenido ocasión de comprobar la amistad mezquina y la frágil fidelidad del hombre natural”.

“¡Oh, Profeta —dije— oh, diablo. Por ese ancho combo velo

de zafir que nos cobija, por el mismo Dios del Cielo

a quien ambos adoramos, dile a esta alma adolorida,

presa infausta del pesar,

si jamás en otra vida la doncella arrobadora

a mi seno he de estrechar,

la alma virgen a quien llaman los arcángeles Leonora!”

Dijo el cuervo: “¡Nunca más!”


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