¿Eres de los que lo primero que hace al despertarse es mirar el smartphone? ¿te lo llevas al baño? ¿a la mesa de la cocina? ¿es lo último que consultas antes de ir a la cama?

El avance de la tecnología, la inclusión de las redes sociales en nuestro quehacer diario y la cantidad de opciones que se nos presentan para pasar horas y horas conectados (smartphones, tablets, ordenadores, etc.) está provocando problemas serios para las personas. El síndrome FOMO (la sensación de perderse algo) ha sido reconocido por los psicólogos como un trastorno producido por el avance de la tecnología y la cantidad de opciones que se nos presentan a las personas hoy en día; la causa de este fenómeno es estar continuamente conectados a la red. La nomofobia (el miedo incontrolable a salir de casa sin el teléfono móvil) o el tecnoestrés son otros ejemplos de los problemas derivados de las nuevas tecnologías y, en los últimos años, los psicólogos han ido reconociendo distintas patologías asociadas a las mismas: todos ellos trastornos que provocan infelicidad.

Sin embargo, hay quienes no lo hacen. Y lo hacen por libre elección. Y no es broma. Hay quienes han preferido formar parte de una nueva tribu urbana cada vez más numerosa: la de los desconectados. La forman, usuarios que, voluntariamente, han decidido escapar de la necesidad hiperconectividad.

No es que no tengan teléfonos móviles, es que no tienen smartphones, es decir, teléfonos con conexión a internet. Con los suyos, pueden cubrir las necesidades básicas de comunicación: hacer llamadas y mandar mensajes solo cuando estos son realmente relevantes. Baterías más largas y mucha menos obsolescencia programada en los terminales.

Libros como La gran adicción. Cómo sobrevivir sin internet y no aislarse del mundo, un libro que relata los casos de varias personas que, como su autor, han decidido desconectarse de la red no por romanticismo, sino por salud mental y calidad de vida. También hay quien se retira de internet asqueado de las desigualdades sociales que está creando la economía digital.

Mientras los demás miramos como unos «bichos raros» a aquellos que quieren estar alejados de la conexión, ellos nos sorprenden explicándonos cómo los demás estamos perdiendo capacidad de conversar cara a cara. Ellos se conectan lo justo, leen solo lo que les interesa en lugar de perder el tiempo saltando de una página a otra. También le dan mucha importancia a la protección de sus datos. La nueva tribu urbana se llama «desconectados» y abandona internet para abrazar la vida real.

«La nueva red ya no es una herramienta al servicio de la humanidad, sino un sistema que pone a la humanidad a su servicio». —Enric Puig Punyet

La necesidad de desconexión está creciendo tanto que ya hay avispados empresarios de turismo que ofrecen hoteles sin wifi o restaurantes que se publicitan por no disponer de conexión a internet. Alrededor de 200 escuelas Waldorf en Estados Unidos prohíben a sus alumnos el uso de las nuevas tecnologías, y algunas de las cuales se encuentran en Silicon Valley. Curiosamente, los niños de los ejecutivos de Google y Apple aprenden a vivir sin ordenadores, sin tabletas o sin tele.

Como dato curioso, 562 escritores e intelectuales de 82 países han elaborado un manifiesto, de nombre Escritores contra la vigilancia masiva, para protestar contra el espionaje por parte de empresas y estados a los ciudadanos en la red. La intención del escrito es que se publicara el martes 10 de diciembre, Día Internacional de los Derechos Humanos, en los principales medios de comunicación de los países involucrados. El texto pide a la ONU la creación de una Carta Internacional de Derechos Digitales.


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