A finales de los ochenta se puso en marcha el mayor ecosistema cerrado del mundo. Biosfera 2 se concibió como un complejo científico en el que varios edificios recreaban en su interior distintos hábitats ambientales: selva tropical, desierto, océano, manglar, sabana, etc. A partir de 1991, un grupo de científicos fueron encerrados en las instalaciones de Biosfera 2 y tuvieron que sobrevivir conviviendo con este multiecosistema. El objetivo era comprobar si el ser humano estaba preparado para vivir en biosferas cerradas, pensando en la colonización del espacio.

Si aquellos hombres y mujeres eran capaces de sobrevivir bajo un techo de cristal, rodeados de plantas y tierra fértil, quizás fuera posible construir una instalación de este tipo en la Luna o en Marte. Finalmente, el experimento no salió bien y, en 2006, los responsables pensaron en vender todo el complejo a una constructora para que edificara viviendas residenciales.

Recreación del ecosistema de la selva tropical en Biosfera 2.

Afortunadamente para la ciencia, la Universidad de Arizona se hizo cargo del proyecto y, desde el año 2007, ha seguido investigando los ciclos del agua, la compleja trama de interacciones que se dan dentro de cada ecosistema, la extinción de especies, la emisión de CO2 de los árboles, el reciclado de residuos, etc.

Un equipo formado por biólogos, geólogos, ecologistas e hidrólogos dedica todos sus esfuerzos y trabajo a estudiar el comportamiento de los ecosistemas.

Los científicos de Biosfera 2 están consiguiendo datos muy importantes sobre los efectos del cambio climático en la mortalidad de las plantas o en la relación que hay entre el aumento de las temperaturas y la acidificación de los océanos. Además, también es muy interesante el estudio que están haciendo sobre los paneles solares y su incidencia en la dinámica de los suelos.

Todas estas investigaciones se sustentan con fondos públicos y también gracias a la venta de entradas —porque Biosfera 2 es ahora una atracción turística también—. Miles de personas acuden cada año hasta este lugar perdido en medio de Arizona para conocer mejor cómo podría ser la vida humana en otros lugares del Sistema Solar.

El último proyecto en el que están inmersos los científicos de Biosfera 2 es altamente fascinante. La cantidad de suelos que ya han ido formándose en el complejo (semidesértico, tropical…) y los que pueden recrearse en el laboratorio (volcánico, malpaís…) permiten explorar las posibilidades de cultivo en distintos ambientes, por lo que ahora se plantea la pregunta: ¿sería posible cultivar en el suelo de la Luna o de Marte? Sin duda es la clave para tener éxito en una futura colonización espacial.

Lo que se quiere saber realmente es si el ser humano es capaz de alterar las características y cualidades de suelos que inicialmente no son propicios para el cultivo. Se está trabajando para poder hacer productivas parcelas de zonas áridas, convertirlas en tierra fértil. Si se consigue, por ejemplo, transformar suelo volcánico en suelo útil, sería un primer paso para el cultivo en ambientes hostiles para la vida.

Como ocurría en la película The Martian (Ridley Scott, 2015), el hecho de poder plantar pequeñas hortalizas en suelo yermo es el factor definitivo que permitirá al ser humano instalarse en otros planetas o satélites. Algo parecido están intentando en Biosfera 2.

Escena de la película “The Martian” (Ridley Scott, 2015)

Los científicos pretenden alcanzar la terraformación, es decir, conseguir la capacidad técnica para alterar ecosistemas de otros planetas y darles características terrestres. Suena a ciencia ficción, pero es ciencia. A través de la experimentación, del análisis de los distintos tipos de suelo, de la comprensión de cómo funcionan los ecosistemas y de descubrir qué debemos añadir a los suelos lunares o marcianos para hacerlos productivos.

Quizás en unas décadas seamos capaces de conseguirlo: plantar patatas en Marte.


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