"Carta abierta a los imbéciles". Un médico de Málaga estalla en redes sociales 1

“Carta abierta a los imbéciles”. Un médico de Málaga estalla en redes sociales

La ciencia evoluciona y rectifica. La pseudociencia, sin embargo, nunca falla: tiene un remedio estúpido que vale para cualquier cosa. Por eso la ciencia cura en cuanto puede, y la pseudociencia no cura nunca.

– José Antonio López Guerrero

Juan Manuel Jiménez Muñoz es médico de familia y ejerce en Málaga. Este miércoles, en su perfil público de Facebook, publicó una ‘carta abierta a los imbéciles‘ con gran repercusión en dicha red social, donde ha sido aplaudida por miles de internautas que han compartido sus palabras en sus muros y le han dejado mensajes de apoyo en el suyo. Con un titular muy directo, está dirigida a todos esos médicos y biológos que, como los llamado Médicos por la verdad, difunden bulos y teorías falsas como negar la pandemia.

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Tras presentarse y dar sus datos personales –incluido el numero de colegiado por si alguien le quiere denunciar o poner una querella–, este médico de Málaga con 35 años de experiencia dedica un texto a todos aquellos que parecen renegar, en tiempos de pandemia y con miles de muertos en las cifras oficiales, de los avances científicos y médicos dando pábulo a teorías de la conspiración y sin fundamento científico.

Comienza su carta el doctor Jiménez, recordando a quienes parecen haberlo olvidado que el método científico, desde Galileo Galilei, nos ha sacado de las sombras. La electricidad, la radio, la televisión, los GPS, los teléfonos, los viajes espaciales, los antibióticos, las vacunas, los telescopios, la anestesia general, el saneamiento de las ciudades, la depuración del agua, las radiografías, las resonancias, los rascacielos, los aviones, los trenes, el cine, las fotografías, los ordenadores, y nuestra vida al completo, dependen de una ocurrencia de Galileo”.

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Resume el método de Galileo en tres puntos: “establecer una hipótesis plausible sobre un problema concreto; realizar experimentos para comprobar la veracidad o la falsedad de esa hipótesis; publicar los experimentos para que cualquier otro los pueda reproducir, afirmar o refutar”. Y, como él mismo añade, por eso “la sociedad de 2020 es completamente distinta a la de 1700”. Al método científico, continua, le debe la humanidad el contar con “herramientas para erradicar una pandemia, o para hacerla soportable: la del coronavirus, por ejemplo”.

A quienes lo obvian les recuerda que gracias a ella hay enfermedades que son ya parte del recuerdo o con casos muy contados y que otras han encontrado tratamiento que las hacen menos mortales. Dicho todo esto, a modo de introducción, comienza su desahogo y crítica sin paliativos, porque “que después de 300 años de éxitos tenga uno que soportar lo insoportable, resulta estremecedor: la caída del modelo y la sustitución por la farsa, por la charlatanería, por la incultura, por el pensamiento mágico, por la vulgaridad, por el despropósito y por la democracia aplicada a la ciencia, donde el analfabeto opina sobre el coronavirus en igualdad de altavoces que el más docto catedrático de virología, y donde los tratamientos y las medidas de contención de una epidemia son a la carta”.

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Ahí, en ese grupo, mete a todos esos grupos que “parecen añorar la Alta Edad Media y en el que se mezclan “terraplanistas, conspiranoicos, sectas satánicas, antivacunas, hedonistas ácratas, neonazis, cazadores de masones, adoradores de ovnis, fetichistas de los porros, delirantes con el 5G, ecologistas que no han visto jamás una gallina e imbéciles con pedigrí, pululan en todas las redes sociales instaurando una nueva religión que, mucho me temo, está calando más de lo que imaginaba en una población carente de cultura y liderazgo”.

Todo eso, que siempre ha estado ahí, “no es nuevo”. Lo que realmente le hace enfadar, como médico, es que haya compañeros de profesión “liderando imbéciles acientíficos y abjurando de la ciencia para adquirir una fama pasajera”. Algo que asegura que nunca creyó que verían sus ojos, como tampoco que “los Colegios de Médicos, o de Biólogos, giraran la cabeza hacia otra parte y no alzaran su voz contra el medievalismo”.

Llegados a este punto de su aplaudida carta, señala directamente a ese grupo de 200 médicos que se han autodenominado Médicos Por la Verdad. Un título que considera “una ofensa gravísima para el resto de los médicos que ejercemos en España, que somos 160.000. Porque quiere decir, ni más ni menos, que los 159.800 médicos restantes que no estamos en la secta somos ‘Médicos Por la Mentira’”.

Al este médico de Málaga con más de 30 años de experiencia a sus espaldas le indigna el eco que sus afirmaciones están teniendo, que den conferencias, publiquen libros y defienda teorías sin prueba científica alguna como válidas cuando la ciencia, precisamente, ha demostrado lo contrario. “Resultaría risible si no fuese mortal de necesidad, y si quienes defienden esas barbaridades fuesen mariscadores gallegos, aceituneros andaluces o pescadores cántabros, y no licenciados o doctorados por una Universidad”, se lamenta.

Pero sus críticas no se limitan a esos médicos, sino también a quienes quedan para contagiarse (menciona el caso de una playa canaria) y quienes están más arriba.

“Y yo, desde mi muro, acuso a quienes deberían ser líderes sociales, y no lo son, de favorecer esos comportamientos criminales con sus discursos absurdos. No es época de división, ni de actuar cada uno a su bola. Por desgracia, nadie lidera la crisis. Es evidente. Digo ningún político”, sentencia.

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En su análisis del panorama actual, tras el levantamiento del estado de alarma, acusa al Gobierno Central de haber “dimitido de sus responsabilidades”, de que hay 17 formas de hacer frente al coronavirus y “ni una puñetera norma en común”. Y en medio de este caos administrativo y de gestión de la pandemia, “por si fuese poco, una sarta de embusteros con el título de licenciado envenenan a la sociedad en lugar de aconsejarla, de guiarla, de cuidarla, prestándose a decir lo que muchos quieren escuchar, lo que ahora vende: que el coronavirus es un invento de las superpotencias para disminuir la población mundial, para enriquecer a las farmacias y para cargarse a los ancianos, pero que, sin embargo (y mira tú que curiosa paradoja), la tal pandemia no existe”.

De ahí vuelve al origen y razón de ser de su ‘Carta abierta a los imbéciles’, a quienes se dirige. A esos “compañeros médicos, biólogos, abogados, farmacéuticos y licenciados de toda clase y condición que habéis optado por llevarnos otra vez a la Edad Media”. A todo ellos les dice, “sois la vergüenza de la profesión, y no sois dignos de que os llamemos compañeros, y mucho menos científicos”.

El problema, o uno de ellos, es que, aunque son “pocos” hacen “mucho ruido. Si de él dependiese, les quitaría el título. Acaba su carta, antes de firmarla, recordando que sus datos los dio al principio y con un contundente: “A ver si tenéis cojones para meteros conmigo. Cojones, digo; ya que neuronas… las justitas pa beber sin ahogarse. Cagoentó”.

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Este viernes publicaba un nuevo texto de agradecimiento a quienes han compartido su carta y le han manifestado su apoyo, pero también para señalar a esos pocos cientos que han cargado contra él deseándole “la muerte, el exilio, la enfermedad y la quiebra económica”. Incluso, señala, hay quien le ha deseado “un forúnculo en el culo”.


– No quiero vacunar a mi niño pero tampoco quiero que enferme. ¿Qué me recomiendas?
– Que no te encariñes con el niño.

– GnuOwned

Un asunto genera debate científico cuando lo discuten montones de científicos, no cuando lo debate el público, la prensa o los políticos.

– Neil deGrasse Tyson

Hay una diferencia fundamental: los charlatanes lo saben todo. Son infalibles, mientras que los científicos y los divulgadores a veces te dicen «no sé, no te lo puedo explicar». Es más fácil decir que uno lo sabe todo que señalar los límites del propio conocimiento. Ellos pueden curar cualquier enfermedad, han conocido todo el mundo… Un científico y un divulgador te señalan que las cosas no son ni blanco ni negro, que hay matices… Pero es más fácil decir: aquí están los buenos y aquí están los malos.

– Irina Podgorny, antropóloga e historiadora de la ciencia